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Nada cambia jamás en Shady Hill
Un ensayo sobre "El marido rural", de John Cheever Ensayo
Por Natalia García Publicado en Ensayos en 4 junio, 2019 0 Comentarios 6 min lectura
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Carpintería para curar el mal de amor

 

Antes de morir en Ossining, Nueva York, en 1982, John Cheever nació en Quincy, Massachussets, un 27 de mayo de 1912. Nacido en una familia de clase media alta, pasaría el resto de su vida relacionándose con gente de la misma clase social, a menudo inspirándose en ellos para escribir la mayoría de sus relatos y novelas. «El Chéjov de los barrios residenciales», le llamaron.

Su expulsión de la Academia Thayer acabó con su educación y al mismo tiempo le llevó a dedicarse a escribir a tiempo completo. Sus relatos, basados en las carencias morales y la infelicidad que observó en las personas de su entorno no tardaron en hacerse un lugar en periódicos y revistas, como The New Yorker, con la que mantendría una colaboración larga y prolija. El marido rural, publicado un 20 de noviembre de 1954, es un buen ejemplo de la mancuerna que Cheever formaría con esta revista y es, precisamente, el objeto del análisis que hoy nos dedica Natalia García Freire en este ensayo.

Trenes de cercanías que llevan y traen siempre los mismos rostros. Las fiestas de todos los días que terminan siendo siempre la misma fiesta. Casas de estilo colonial holandés con gente cuyos retratos de familia parecen perfectos: la luz, la sonrisa, los colores pastel. El marido rural es un perfecto relato sobre la vida manufacturada de los suburbios americanos.

John Cheever se acerca lo suficiente para descubrir detrás de esas sonrisas, vidas tristes y mediocres llenas de fisuras y desperfectos. Este relato, que no deja nada fuera, que tiene un personaje para cada idea, tiene como protagonista a un hombre de los suburbios cuya vida, vista muy de cerca, resulta absurda y triste.

El hombre se llama Francis Weed. El cuento inicia con un incidente que amenaza su vida. Al regresar de Nueva York, el avión en el que viaja se ve forzado a realizar un aterrizaje de emergencia. En medio del pánico, el pasajero que está sentado junto a Francis Weed le confiesa que siempre quiso tener una granja y criar ganado vacuno. ¿Y qué más se puede hacer en una situación así, sino pensar en qué ha hecho uno con su vida?

Al llegar a su casa, Francis Weed quiere contar su historia pero ni los niños, ni Julia, su esposa, están interesados. Poco a poco vamos viendo cómo en realidad la vida perfecta que aparece detrás de esa casa grande se va desdibujando. Pero no solo ellos. Todo lo que aparenta ser Shady Hill, parece ser una gran burbuja donde la gente vive en piloto automático.

En medio de todo esto, Francis Weed se enamora de la nueva niñera. Es un enamoramiento platónico que lo llena, sin embargo, de unos nuevos deseos de vivir. Es como si despertara de un largo sueño y sintiera algo. Como si el incidente del avión también lo hubiese llevado a preguntarse: ¿qué es lo que quería en mi vida? Incluso fantasea con las opciones que tiene para cambiarla. Sin embargo, cada una de sus acciones va destinada a no hacer nada, a dejarlo pasar como pasan los trenes por Shady Hill.

Para lograr este relato magistral, Cheever se encarga de que todos sus personajes representen una idea de quién se puede ser o quién no se puede ser en Shady Hill. Julia, la esposa, es una mujer infeliz que sabe que su marido no la quiere y que evade todo con su afición a las fiestas. Clayton, el novio de la niñera es un joven que quiere irse porque le parece que ahí no hay lugar para cumplir sueños, que la gente hace siempre lo mismo, pareciera ser el único que aún quiere escapar. Júpiter, el perro que por su instinto callejero va donde le apetece, no encaja en aquel lugar de gente amansada. Gertrude, es la vagabunda que va de casa en casa mirando las miserias que se esconden en cada lugar, es el testigo incómodo.

El relato tiene algunas referencias sobre la guerra. Pareciera que en Shady Hill la gente se ha tapado los ojos y no quiere recordar lo que ha sucedido, ni quieren mirar a quienes han vivido de cerca los horrores. La doncella, que sirve los cócteles en una de las fiestas a la que asisten, es una mujer a la que castigaron por vivir con un comandante alemán. Francis la reconoce. Pero nadie lo sabe. En Shady Hill la guerra es una sombra a la que nadie quiere mirar. Han creado una burbuja en la que todos pretenden que sus vidas son igual de perfectas que sus pequeñas mansiones de clase media y sus fiestas de sociedad.

Francis Weed termina por rendirse ante ese estilo de vida también. Su enamoramiento fue quizá una forma de querer escapar de esa vida de mentira. Pero al final no hace nada por salir de ahí. Va al psiquiatra y le cuenta, un poco avergonzado, que se ha enamorado. Y la vida sigue en Shady Hill como siempre, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. La gente cierra la puerta de sus casas y Shady Hill permanece como un barrio ideal.

John Cheever recrea la burbuja de Shady Hill de forma perfecta. Ya lo anuncia desde el principio: “No existía depravación, no se había producido un divorcio desde que él vivía allí; ni siquiera una sombra de escándalo. Las cosas parecían arreglarse incluso con más decoro que en el Reino de los Cielos”. Y con todo el decoro, después del aterrizaje de emergencia, el temor a morir sin haber vivido feliz; Francis Weed empieza a hacer carpintería, se lo recomienda el doctor para que se olvide del enamoramiento. Nada cambia en Shady Hill.


Natalia García, alumna de la Octava Promoción del Máster, nació en Cuenca, Ecuador, y es profesora de Primaria. Entre sus publicaciones se encuentran el cuento «Ojos verdes, pero feos» en la Antología de poesía y cuento ecuatoriano (Ed. Salud a la Esponja, 2017) y el cuento «Un Ruiseñor que habla» (Revista Narrativas, España).


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