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La atmósfera narrativa en "El hombre"
Un ensayo sobre "El hombre", de Juan Rulfo. Ensayo
Por José Luis Montero Publicado en Ensayos en 7 mayo, 2019 Un comentario 7 min lectura
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La atmósfera narrativa en «El hombre»

 

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, mejor conocido como Juan Rulfo, nació en el Estado de Jalisco en 1917 y murió en la Ciudad de México en 1986. Reconocido como uno de los más grandes escritores latinoamericanos del siglo XX, la maestría de Rulfo quedó consagrada en su novela Pedro Páramo y en una colección de diecisiete relatos titulada El llano en llamas.

En el cosmos narrativo de Rulfo se mezclan la realidad y la fantasía en un escenario típicamente rural y posrevolucionario, con personajes inmersos en las convulsiones sociales y culturales de un México gestado por latifundistas, jornaleros, laicos y religiosos. Entre otros recursos narrativos utilizados magistralmente por el autor para crear la atmósfera única de sus relatos, José Luis Montero enfoca hoy su análisis en el vocabulario y el argot reflejados en el relato «El hombre».

La atmósfera narrativa es el «espacio psicológico» que envuelve a todos los personajes y sus acciones. Es el «clima emocional» que prevalece en el texto. Dijo Julio Cortázar en su ensayo Del cuento breve y sus alrededores (Último round, 1969) que «La atmósfera (de un cuento) es el aura que pervive en el relato y poseerá al lector como antes había poseído, en el otro extremo del puente, al autor». De aquí que la atmósfera de un cuento se podría definir como la materialización ―mediante objetos visibles― del estado de ánimo del narrador y los personajes.

Tres elementos importantes determinan una buena atmósfera: el lugar, los objetos y el vocabulario. En particular, se debe poner énfasis en el vocabulario si se quiere crear una buena atmósfera. Verbos, adjetivos y sustantivos se aunarán, a la hora de describir lugares y objetos, al estado anímico de los personajes. Así, estos quedarán reflejados no sólo a través de su descripción física, sino por los atributos que se elijan para el mundo que los rodea.

A continuación hablaremos de las particularidades más evidentes que conforman la atmósfera narrativa de este relato.

Atmósfera de violencia y barbarie

El relato «El hombre» de Juan Rulfo tiene un título irónico, pues parece como si estuviera hablando no de un ser humano sino de una bestia, de un animal. Este «hombre» es realmente un concepto entre comillas puesto que el lenguaje utilizado a lo largo del relato nos deja indicios que apuntan más hacia el salvajismo del reino animal.

El relato empieza con la frase «Los pies del hombre se hundieron en la arena, dejando una huella sin forma, como si fuera la pezuña de algún animal». Llama la atención, en particular, la palabra «pezuña» puesto que hace la comparación directa con un animal (el autor no le da la dignidad de compararlo con un animal en específico, sino simplemente usa la palabra «algún», casi de manera despectiva). Esta sensación se confirma cuando oímos términos como «engarruñándose», que recuerda de nuevo a la garra de un animal. Una y otra vez, Rulfo hace uso implacable de este campo semántico a lo largo de su relato.

Todo esto recuerda a la frase «homo homini lupus» (el hombre es un lobo para el hombre), que es en sí una reflexión sobre la capacidad de violencia humana para otros miembros de su propia especie. Según Marvin Harris, «somos la especie más peligrosa del mundo no porque tengamos los dientes más grandes, las garras más afiladas, los aguijones más venenosos o la piel más gruesa, sino porque sabemos cómo proveernos de instrumentos y armas mortíferas que cumplen la función de dientes, garras, aguijones y piel con más eficacia que cualquier simple mecanismo anatómico».

Este peligro del que habla Marvin Harris está latente en el uso del machete. Este machete, que igual corta ramas duras, yerbas desde la raíz o cabezas humanas, es el símbolo de la violencia en este relato. Y no hablamos de una violencia abstracta, sino una violencia cruda y gráfica, pues recordemos cómo el perseguido piensa que el machete «se amellará con este trabajito» de obtener su venganza por otro acto cruento del que ha sido objeto a su vez. Este es el mundo en el que nos adentra Rulfo, un mundo con una atmósfera de violencia y barbarie donde los hombres no son humanos sino bestias, animales sin sentimientos, que atacan a la menor provocación.

Atmósfera de remordimiento e inevitabilidad

En este relato, los personajes saben que están obrando mal, pero se comportan como si no fueran dueños de sus actos. Sienten que las circunstancias los obligan a hacerlo. Les cuesta trabajo matar, a pesar de que está en su naturaleza. Se dicen «no debí matarlos a todos. Al menos no a todos», o bien «debía de haberlos tanteado uno a uno hasta dar con él». Actúan, sin medir las consecuencias y se arrepienten después. Se disculpan y se cuestionan en privado, pero en público no dejan ver estos titubeos: el hombre tiene que ser fuerte, debe ser «macho», pero por ningún motivo «dejado».

Atmósfera de cobardía

«El hombre» hace alusión una y otra vez a la serpiente como un símbolo de cobardía: el machete brillando como un pedazo de culebra sin vida, el río dando vueltas sobre sí mismo, el hombre retorciéndose bajo las sombras, a rastras como una mala víbora. Al igual que la serpiente, los personajes zigzaguean por la vida cual animales rastreros: se mueven entre las sombras y atacan en silencio, de manera cruel, procurando no ser vistos.

Atmósfera de confusión y dualidad

En el relato, es difícil distinguir entre los personajes del perseguidor y el perseguido. A veces, parece que ambos (presa y cazador, juez y parte) son la misma persona desdoblada. Ambos personajes están consumidos por la misma rabia y deseos de venganza. Esto genera una atmósfera de confusión, descolocación y dualidad a lo largo del relato.

Conclusión

La atmósfera narrativa es el clima emocional que impera a lo largo del texto. Es la materialización del estado de ánimo del narrador y los personajes. En «El hombre», el uso del lugar, vocabulario y objetos, sugieren una atmósfera de violencia y barbarie, cobardía, remordimiento, confusión e inevitabilidad. Un mundo donde los arrebatos y la venganza imperan sobre el sentido común. Un mundo donde impera la ley del talión. Un mundo donde el «hombre» deja de serlo y se ve reducido a un animal salvaje, una bestia sin escrúpulos.


Pepe Montero es alumno de la VIII Promoción del Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores. Nació en Mazatlán, México, pero reside en los EEUU. Se desempeña como ingeniero informático y es también escritor, tanto en inglés como en español. Completó el Diplomado en Ficción Literaria por la Universidad de Washington, además de sus estudios en Escuela de Escritores. Sus relatos de género fantástico han aparecido en revistas y antologías, tanto en la unión americana como en España. Es presidente de Seattle Escribe, el mayor grupo de escritores del noroeste de la unión americana y actualmente colabora con Copper Canyon Press, una de las editoriales de poesía más prestigiosas en los EEUU.


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