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Pecola: el personaje y la contradicción
Un ensayo sobre "Ojos azules", de Toni Morrison. Ensayo
Por Sonia Thapar Publicado en Ensayos en 30 marzo, 2019 0 Comentarios 9 min lectura
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Pecola: el personaje y la contradicción

 

Con un papel vital en la literatura afroamericana, Toni Morrison (Nueva York, 1931) escribió la historia de una niña negra, Pecola, que sueña con tener los ojos azules, como las muñecas de las niñas blancas. Nacida en el seno de una familia trabajadora, Chloe Ardelia Wofford (que más tarde adoptaría su nombre literario tomando el apodo de su familia y el apellido de su marido) destacó desde el principio en sus estudios universitarios de Filología Inglesa, lo que más tarde le llevaría a impartir cátedras en distintas facultades universitarias de gran prestigio. Su impulso a la literatura afroamericana también le ha llevado a trabajar como editora literaria de grandes autores en este género. Para hablarnos más sobre el particular papel de Pecola como protagonista de Ojos azules, Sonia Thapar (IX Promoción) nos presenta hoy su análisis.

Ojos Azules gira en torno a la autoaversión, un sentimiento de rechazo hacia uno mismo para alcanzar un ideal imposible y absurdo, desembocando en la destrucción y en la locura. En este caso, Toni Morrison aborda el sentimiento de auto aversión por motivos raciales.

El presente análisis gira entorno al personaje central, la niña Pecola. A continuación, trataremos de definir su entorno: la sociedad afroamericana de su época, su familia y su identidad (aunque, según veremos, Pecola no tiene una identidad como tal, sino que se trata de un símbolo), para después analizar la profunda contradicción que marca al personaje.

La sociedad afroamericana a mediados del siglo XX

Toni Morrison ambientó Ojos Azules entre principios y mediados del siglo XX, antes de que se desarrollara el movimiento por los derechos civiles en EEUU y, por lo tanto, en un momento histórico en el que los afroamericanos vivían todavía estigmatizados y sumidos en el propio convencimiento de su inferioridad con respecto a los blancos, el espejo de virtudes y belleza al que debían aspirar.

Ojos Azules está trufada de ejemplos de esta situación: las muñecas blancas que las niñas negras ambicionan poseer, los caramelos Mary Jane, en cuyo envoltorio se representa una niña blanca de ojos azules, y que Pecola parece comer con el propósito de transformarse en ella. También son ejemplos de la misma idea el diálogo entre Pecola y Frieda, en el que ambas manifiestan su admiración por Shirley Temple, o el pasaje en el que el inquilino, Mr. Henry, quiere halagar a las niñas: «Tú debes ser Ginger Rogers y tú Greta Garbo». No parece haber ningún referente de belleza afroamericana.

Se trata además, de una sociedad estratificada de mayor a menor nivel de aceptación social, entre blancos, mulatos y negros. Claro ejemplo es la descripción y tratamiento del personaje de Maureen Peel, una niña mulata a la que las niñas negras miran con respeto y admiración: la consideran una belleza por el mero hecho de ser más blanca que ellas.

Tan solo otra niña negra, Claudia, parece ser consciente del sentimiento de inferioridad de los afroamericanos con respecto a los blancos y tratará de rebelarse, en la medida de sus posibilidades, contra este sentimiento. Claudia es, además, un personaje narrador. A Toni Morrison le interesa llamar la atención del lector hacia la irracionalidad de este sentimiento de autoaversión a través de los ojos de esta niña, que podría representar lo que Pecola habría sido en caso de que no hubiera estado sometida a la presión de tener que alcanzar el objetivo imposible de ser blanca.

La familia de Pecola

Pecola forma parte de una familia, desestructurada, los Breedlove, que representa el escalafón social más bajo en todos los sentidos:

– Son negros (no mulatos) pero, aun así, están un escalón por debajo de los demás negros. Por ejemplo, en la familia de Claudia y Frieda, también negras, sí existe amor, protección y cuidados hacia las niñas, un orden y una estructura. Están muy por encima de la familia de Pecola y por ello la acogen cuando la familia Breedlove se queda, de manera temporal, en la calle.

– Los Breedlove viven en un almacén y no en una casa al uso. Su hogar está, de manera simbólica, debajo de un prostíbulo, dando a entender que están en un escalón inferior al de las prostitutas.

– La madre de Pecola es una mujer corrosiva, que bajo una apariencia de limpieza y pulcritud extremas, siente un profundo desprecio por su hija y por su raza. Limpia sin descanso como criada, pero lo que intenta limpiar es su propia raza, e inyecta este sentimiento de inferioridad en su hija Pecola. Su felicidad consiste en trabajar y servir a los blancos, en un ambiente de riqueza y orden muy alejado al de su propio hogar, y que es el único en el que se siente feliz. En contraste con el cuidado que pone en limpiar y mantener en orden la casa de sus señores blancos, no realiza ningún esfuerzo en atender las necesidades de la suya, donde reina la dejadez. De una manera despiadada, su instinto maternal solo se despierta en su relación con la niña blanca que cuida, y no con Pecola. Es un sepulcro blanqueado: intachable en el exterior pero con un interior descompuesto.

– El padre de Pecola es un hombre humillado, alcohólico e indolente. Es la imagen estereotipada del hombre negro y vago en la sociedad racista de aquel momento; el símbolo de lo despreciable, incluso para el resto de los negros. El hermano de Pecola es la otra versión del mismo estereotipo, un adolescente violento, cruel, conflictivo y carente de sentimientos.

¿Y quién es Pecola?

Es un personaje con una simbología muy marcada y, al mismo tiempo, contradictoria.

La primera contradicción viene dada por el hecho de que, pese a ser el personaje central, no es un personaje protagonista. De hecho, cada capítulo tiene su propio protagonista y en él se explican las causas que les llevan, a todos ellos, a humillar con posterioridad a Pecola. Por lo tanto, el personaje central no es un personaje que hace o piensa cosas, sino que recibe la humillación de los demás. Y ello, por un triple e inevitable motivo: es negra, es mujer y es pequeña. Incluso cuando va a comprar los caramelos a la tienda, el propietario «parece no verla». Es un ser que se muestra insignificante a los ojos de los demás, y sin embargo, es el eje de la novela.

Y ahora llega la segunda contradicción:

Por un lado, Toni  Morrison juega a evitar que el lector empatice con Pecola, a empequeñecerla también a nuestros ojos: no nos permite conocer sus pensamientos ni sus sentimientos. No es una niña protagonista con la que el lector deba empatizar, sino un mero símbolo de la sociedad afroamericana humillada. Como ejemplos de esta posición que Toni Morrison intenta forzar en el lector podemos mencionar que, ya desde el principio, sitúa el embarazo de Pecola,  consecuencia de una violación, como un acontecimiento de menor importancia frente al hecho de que no hayan florecido unas caléndulas. Además, presenta la escena de la violación a la que somete a Pecola su propio padre, como algo casi agradable y  justificado por el pasado humillante de su progenitor. Y a continuación, pasa de puntillas por el hecho atroz de que la violación se repite con posterioridad al menos una vez más. Solo hacia el final de la novela logramos saber del íntimo convencimiento de Pecola: si tuviera los ojos azules, sus problemas terminarían y sería por fin aceptada por los demás. Y ello se nos muestra sólo una vez que Pecola ha entrado en la senda de la locura y entabla conversación consigo misma. Su propio desvarío dificulta al lector empatizar con ella.

Y por otro lado, hay algo que no acaba de encajar. Quizá de manera deliberada, Toni Morrison elige para su símbolo un nombre, «Pecola», que significa algo pequeño, gracioso, un toque de ternura que el lector es capaz de percibir y de sentir hacia el personaje. Un ser pequeño que, además, tiene un deseo último que va más allá de tener los ojos azules y ser como los blancos: lo que desea es ser amada. Un sentimiento contradictorio con su condición de símbolo. Una contradicción que  termina por humanizar a Pecola a nuestros ojos.


Sonia Thapar es alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores. Nació en Madrid y es licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales y ha vivido y trabajado en Estados Unidos y en la India antes de establecerse definitivamente en Madrid. Ha trabajado en varias empresas, siempre en temas relacionados con el comercio exterior y el Marketing de productos y servicios. Actualmente, también forma parte del consejo editorial de La Rompedora.


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