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Entrevista a Juan Trejo
«Importa escribir, que es una manera de estar en el mundo, de existir.» Juan Trejo Entrevistas
Por Humberto Franco Publicado en Entrevistas en 12 noviembre, 2019 0 Comentarios 10 min lectura
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Entrevista a Juan Trejo

Nacido en Barcelona, en 1970, Juan Trejo es licenciado en Filología Hispánica, escritor, traductor y profesor de secundaria, bachillerato y universidad, además de la Escola d’Escriptura del Ateneu Barcelonés, donde imparte clases de escritura creativa. También se ha dedicado al periodismo cultural y a la edición, como miembro del consejo de redacción de la revista Lateral y co-director de Quimera.

Bajo su autoría se cuentan las novelas El fin de la Guerra Fría, La máquina del porvenir (X Premio Tusquets Editores de Novela), La otra parte del mundo y La barrera del sonido.

En el ciclo de clases magistrales del Máster de Narrativa, hoy ha visitado a los alumnos de la XI Promoción para compartir con ellos su experiencia en este mundo literario. La Rompedora, inquieta por naturaleza, ha aprovechado la ocasión para robarle unos minutos antes de su clase. Con la camaradería y la voz templada que solo se obtienen después de muchos años dedicados a este empeño literario, Juan nos contó sobre su camino.

Tú has sido profesor de secundaria, bachillerato, universidad. Has enseñado Literatura, has trabajado como traductor, periodista cultural, editor… ¿nos dejamos algo en el tintero?


Y eso es solo lo que tiene que ver con lo cultural. Pero muchas cosas más he tenido que hacer para sobrevivir.
Yo soy filólogo, de carrera. Entré porque yo quería escribir y la verdad es que fue un chasco tremendo porque en aquellos tiempos (finales de los ochentas) apenas había opciones. Filología estaba centrada en literatura española. Tradicional, además. No tenías nada de literatura contemporánea; apenas algo de la latinoamericana. Cuando avanzabas en la carrera alcanzabas a ver algo de Estética, de literatura rusa. Me topé con una carrera que nada tenía que ver con la escritura creativa. Era una cosa muy sobria, en un sentido nada positivo, en realidad. A mí me costó mucho sacarme la carrera y yo le di sentido hasta que salí de la universidad. Empecé a leer y a estudiar lo que de verdad me interesaba. Estoy orgulloso, de verdad, de mi título de Filología, pero cuando estaba allí fue un poco extraño, incómodo.

Te habrá pasado como a muchos de los que estudiamos este Máster. Por aquí encontrarás ingenieros, abogados, farmacéuticos, publicistas… todos con esa misma pulsión por escribir. ¿A ti, desde cuándo te viene?


Desde bien pequeñajo. Concretarlo, pensar «lo que yo quiero es escribir», ya fue, más bien, en la adolescencia.
De pequeño me gustaba mucho el cine y desde entonces supe que quería construir historias. Usaba todo lo que tenía: juegos de construcción, muñequitos… Con siete-ocho años dibujé un cómic. Todo eso me fue llevando a narrar, después. A los quince años escribí mis primeros cuentos y lo hice por pura fanfarronería: en un grupo de chicos y chicas había dicho que yo escribía y, ¡qué va!, yo no había escrito nada. Lo hice por pura vergüenza torera.
Las historias de mi padre y mi hermano también fueron muy importantes. Tenían mucha capacidad para contar historias.

¿Y por qué contar historias? ¿Qué es lo que busca el escritor detrás de todo esto?


Yo tenía una necesidad de tener una voz. Yo llegué a este mundo cuando la historia de mi familia ya se había contado y a mí me daba la impresión de que no estaba incluido. Esa voluntad de contar historias venía de querer una voz propia y, por lo tanto, de existir. Con el paso del tiempo, también es verdad que lo veo de otra manera. Ya de adulto sabes que tienes una voz y una existencia. Pero sí que he llegado a pensar que lo de contar historias era un acto de generosidad grande, de devolver todo lo que a ese nivel yo he recibido. Transmitir un poco de todo lo bueno que a mí me había dado el cine, la literatura, las artes.

¿Cuál es el efecto que buscas en tus lectores? ¿Qué es lo que más ilusión te hace cuando leen tus libros?


Yo tengo mucho respeto por cualquier persona que lea lo que yo escribo. Entonces, me da mucho pudor pensar en lo que puedan o no sentir. A mí lo que me gustaría es que fueran felices. Me parece un objetivo muy deseable. Y un poquito pretencioso, también.

¿Cuándo está listo un texto?


Ostras… Hay algo en los textos que nunca los deja acabados del todo. Uno podría estar corrigiendo eternamente.
Sí que hay un momento en el que ya no estás completamente seguro de que puedas mejorar lo que hay. Y ese es el momento cuando hay que pedir que te arranquen el texto de las manos, que no te dejen tocarlo más. Porque, realmente, el trabajo de la escritura es el de la re-escritura, el de las correcciones.

¿Te sirves de lectores durante el proceso de corrección?


Bueno, yo tengo mi editora particular que es mi mujer. Es mi Pepito Grillo y también mi palmadita en la espalda porque es la persona con quien mayores discusiones he tenido sobre Literatura (sobre la mía). Es implacable. Sé que si me gano su atención, tengo mucho ganado ya. Es muy exigente, me ha hecho quitar muchas páginas de mis libros, sobre todo del primero; digamos que, en su proceso de edición, me quitó unas 200 páginas (y más tendría que haber quitado yo; ahora lo veo, pasado el tiempo). Tiene muy buen ojo, es instintiva, le viene como algo natural. Yo me fío plenamente. También tengo algunos amigos que me ayudan, aunque cada vez los utilizo menos porque entiendo que, a veces, es ponerles una carga. Básicamente, estarán siempre a tu favor, como buenos amigos (y escritores). Procuro pasarles las cosas cuando ya están por salir o han salido porque no me gusta ponerles en ese aprieto.
Con los textos propios, desde luego, es muy difícil tomar distancia.

¿Existe el bloqueo?


Creo que a veces tenemos fases más productivas que otras. A veces tenemos mucho que contar, otras no. Pero lo del bloqueo… me cuesta entenderlo. Tampoco soy un Balzac, ni un Monterroso. Cuando noto que hay algo llamando a mi puerta, procuro atender. Y si no, no pasa nada. Hay que tener paciencia. El trabajo continuado, en mi experiencia, sí que ha sido importante; pero también lo ha sido la intuición, saber cuándo hay que dejar reposar un texto, o incluso matarlo porque sabes que no va a ningún sitio.
Así que lo del bloqueo, lo de temerle a la página en blanco… bueno, lo mismo sería mejor dedicarse a otra cosa, como hornear pan, algo muy digno y que a mí me gustaría probar.

¿De qué se nutre más tu narrativa? ¿Experiencias vitales, imaginación…?


Mira, el otro día escuché una cosa muy chula que decía «Que la ficción hable de lo autobiográfico, y no que lo autobiográfico se convierta en ficción». Yo pienso que, cuentes lo que cuentes, siempre estás hablando de ti. Extraterrestres, ballena blancas… de algún modo siempre estás hablando de ti. Creo en el poder de la palabra, en el poder de la ficción, y no pienso que exista una diferencia entre la ficción y la realidad dentro de uno mismo. No creo en los recuerdos objetivos al 100% y una inversión 100% ficticia. No son vasos comunicantes, habitan en la misma región, ficción y realidad.

Ser escritor, marido, padre, y no morir en el intento.


Los cuatro libros que he publicado los he escrito cuando ya tenía familia. Cuando disponía de todo el tiempo del mundo, me daba la impresión de que no era capaz de concretar. Sí escribí dos libros de cuentos, que quedaron ahí. Pero cuando fui padre, cuando empecé a hacerme cargo de una familia (yo había llevado una vida un tanto desordenada antes), me ayudó mucho a centrarme. Esa responsabilidad con mi familia me ayudó a otorgarle un cierto sentido de obligación a eso que siempre había querido hacer, que era escribir. Tuve que encontrar el tiempo, el modo de mantener la motivación. A veces, en los ratos libres, lo que apetece es ver a los amigos, tomarse algo, ver series… y, a mí, ellos me han ayudado mucho a poner los pies en el suelo, a enfocarme en esto, que me gusta tanto.

¿Cuál es la cualidad que mejor distingue a un escritor?


¿Sabes qué le decía a mis alumnos de escritura? Que si podían evitar escribir, que no lo hicieran, que se sentirían mucho mejor. Que solo lo hicieran si escribir fuera menos doloroso que no hacerlo.
No importa tanto ser o no ser escritor. Importa escribir, que es una manera de estar en el mundo, de existir. No sé qué es «ser escritor», porque veo a Vargas Llosa y luego a otros amigos míos, que publican en editoriales más pequeñas. No sé si andar con Isabel Preysler o andar medio muerto de hambre es ser escritor. Sé lo que es escribir, que es una manera de ver el mundo. A veces es una bendición y otras un castigo… profundo. Y hay que sobrellevarlo porque no es sencillo.
Básicamente (el otro día lo hablaba con mi mujer), lo que hace una persona creativa es lidiar con la frustración. Siempre. No solo cuando te va mal, sino cuando lo haces bien: ¿hasta qué punto se entenderá lo que haces, cuándo logras tu expectativa? Lo he escuchado de muchos escritores: «el éxito siempre llega por error». Cuando llegan las alfombras rojas, las palmaditas en la espalda, hay que ser muy bobo para decir «lo merezco».
Lidiar con la escritura requiere de coraje y de paciencia. A mí me las han dado mis hijos.

Si Juan Trejo no fuera escritor, ni rondara el universo cultural, ¿a qué se dedicaría?


Te he dicho antes, y no lo decía en broma, lo de ser panadero. Hacer algo que la gente coma. Tener un restaurante, hacer comida, cosas para los demás.
No me importaría ser panadero.

¡Muchas gracias, Juan!
¡Un abrazo!


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