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Entrevista a Ángel Zapata
"El sueño me resulta imprescindible como guía para la vida..." Ángel Zapata Entrevistas
Por Nerea Garrán Publicado en Entrevistas en 30 marzo, 2019 0 Comentarios 10 min lectura
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Entrevista a Ángel Zapata

En 1961 Ángel Zapata nació en Madrid. Escritor, profesor, columnista y crítico, Ángel está especializado en cuento, teoría literaria y surrealismo, movimiento artístico y humanista del que, además de ser un experto, también ha hecho una experiencia de vida. Es miembro del colectivo surrealista “La llave de los campos” y del Grupo Surrealista de Madrid. En su obra, con una personalidad propia e inconfundible, se transluce la inspiración de escritores y pensadores como André Breton, Antonin Artaud, Georges Bataille, Roland Barthes o Jacques Lacan. Profesor de escritura creativa en la Escuela de Escritores, es autor de La práctica del relato (1997), Las buenas intenciones y otros cuentos (2001), El vacío y el centro. Tres lecturas en torno al cuento breve (2002) y La vida ausente (Páginas de Espuma, 2006). Entre otros galardones, ha obtenido el Premio “Ignacio Aldecoa” de cuento, Premio “Jaén” de relato, “Ciudad de Cádiz”, “Ciudad de Huelva”, y el Premio de la Fundación Fernández Lema. Tuvo a su cargo la edición de Escritura y verdad (Cuentos completos de Medardo Fraile), en Páginas de Espuma, y ha publicado igualmente la traducción de Poesía y revolución, de Louis Janover, y André Breton y los fundamentales del Surrealismo, de Michel Carrouges.

Su último libro, Luz de tormenta (Páginas de Espuma, 2018), no ha parado de ser elogiado por la crítica como una apuesta lúcida, consumada e innovadora del cuento surrealista y Nerea Garrán (Sexta Promoción), entusiasta profunda de este género y alumna de Ángel, se ha reunido con él para hablar más sobre este título. Cercano, amable y con el don de gentes que le caracteriza, esto fue lo que contestó a las preguntas de Nerea.

¿Qué tal, Ángel?
Hola, Nerea. ¿Qué tal?

¿Cómo nace Luz de tormenta y cuánto de Materia oscura hay en él?


Materia oscura es un libro en el que me proponía elaborar un nuevo lenguaje, e incluso una nueva posición en relación con la escritura; esto hace de él un texto abrupto, y con momentos de una indudable violencia simbólica. Luz de tormenta recoge y desarrolla los resultados de este trabajo, y aun así no creo sin embargo que sea un libro meramente continuista. Más bien al contrario, me parece evidente que la escritura tiene aquí la seguridad y el impulso de quien está colonizando un territorio previamente abierto, pero por eso mismo todavía por explorar.


Se suele tratar el tema del sueño como algo positivo, benévolo, necesario. En cambio, el sueño también tiene una parte inquietante; el sueño es inconsciencia, exposición, misterio. ¿Dirías que tus cuentos están más cercanos al sueño o a la pesadilla?


A las dos cosas. El sueño me resulta imprescindible como guía para la vida, y algunos de los textos de Luz de tormenta son transcripciones directas de sueños. En la pesadilla hacemos contacto con aquellas pulsiones más alejadas y/o reprimidas de nuestro “yo” (la pesadilla está vinculada a Pan y a los estados de sensibilidad pánicos), con lo cual sirve para que despertemos a nuestras necesidades y deseos menos “homologables”, y también, algunas veces, para recordarnos lo que la realidad puede tener de refugio, en relación a eso innominado y oscuro que se agita en el fondo de todo.


El surrealismo sigue vigente hoy en día y hay quienes afirman que no es un movimiento de vanguardia y que nunca lo fue. ¿Qué es para ti ser un surrealista hoy?


El surrealismo no es una vanguardia, en efecto, porque nunca se concibió a sí mismo como un movimiento artístico, sino como un movimiento revolucionario que utiliza el arte como vía de acción, entre otras vías posibles. Para mí un surrealista es alguien que no renuncia al proyecto ilustrado de construir una sociedad libre y emancipada, ni al proyecto romántico de colocar la poesía, la pasión y el sueño en el centro de una conciencia y una actividad humanas abiertas permanentemente a las innumerables posibilidades de lo real.


¿Un cuento adquiere su conflicto antes, durante o después de su escritura?


En el código de la narración clásica una historia es la exposición, el despliegue y la resolución de un conflicto. De modo que mientras no hay conflicto no hay todavía nada que escribir. Sobra añadir que se pueden contar cosas que no obedezcan al código de la narración clásica. Pero dentro de él, difícilmente vamos a escapar al valor estructurante y dinámico del conflicto.


¿Cuál es el requisito indispensable para que un cuento esté terminado?


Diría que el requisito consiste en que aquello que se nos cuenta satisfaga sin llenar. Pero creo que en este terreno no hay normas fijas. A veces cierta inconclusión potencia el efecto de sentido del cuento. Otras veces la narración prosigue después de que la historia haya terminado y sin embargo ese añadido injustificable no molesta… La escritura de un relato no es una ciencia, y menos aún una ciencia exacta.


Es innegable la enorme carga poética que tienen algunos de tus cuentos. El aire-pájaro de tu último libro es quizá uno de los mejores ejemplos de sonoridad y abstracción a partes iguales. ¿Qué sensaciones buscabas transmitir con él?


Para escribir “En el aire-pájaro” fijé intensamente la atención en mi primer recuerdo (una ventana por la que entra el sol en una habitación azul), y dejé que las palabras fueran apareciendo en la conciencia sin una dirección ni un propósito determinados. El texto, al final, habla de la vida como de una extensa herida azul, y creo que es, como la vida, una superflua y elocuente y dolorosa nada azul.


Otros cuentos, sin embargo, no están exentos de un fuerte compromiso político. “El hilo de los días” o “El osario de las estaciones” son tan solo dos ejemplos de ello. En “El osario de las estaciones”, por ejemplo, las nociones de sueño y de realidad parecen invertirse hasta el punto de que el protagonista afirma seguir vivo por haber sido capaz de mirar aquello que está oculto en la realidad. ¿Crees que como él la clave de nuestra supervivencia en esta sociedad pasa por aprender a mirar lo que nos rodea con otros ojos?


Estamos en una sociedad donde la contemplación pasiva de imágenes –por lo demás elegidas por otros- sustituye el vivir y el determinar los acontecimientos en primera persona. Por eso creo más bien que la clave de nuestra supervivencia está en dejar de mirar, en dejar de ser espectadores, y en intervenir activa y transformadoramente en lo que nos rodea. La realidad, o la haces, o si no otros la van a hacer por ti. Y en tal caso la van a hacer a favor de su supervivencia, y en detrimento de la tuya.


Al hilo de la pregunta anterior, ¿cuáles son los límites -si es que los hay-, de darle un nuevo significado a las cosas que aparentemente ya tienen uno?


Un surrealista, Benjamin Péret, dice en uno de sus poemas algo tan bello y tan provocador como: “yo llamo tabaco a lo que es oreja”. Lo que pasa es que Péret dice esto en los años 30 del siglo pasado, cuando re-nominar las cosas siguiendo el puro capricho es todavía un acto de desafío y de subversión simbólica. Hoy el panorama es distinto. Hoy es el Poder el que llama tabaco a lo que es oreja, y llama “flexibilidad”, por poner un ejemplo, al hecho de que la gente esté forzada a trabajar por sueldos de miseria sin ninguna obligación jurídica por parte del empleador. El límite a darle un nuevo significado a las cosas que ya tienen uno es no contribuir con ello a embellecer o maquillar una realidad cada día más intolerable. Y no faltan, en la literatura española de hoy, formas parasitarias de lirismo caramelizado y/o de pseudovanguardia de pacotilla que tienden justamente a eso.


La ironía también forma parte de tu repertorio. Me llama la atención que en tu cuento “El agua misteriosa”, el obispo le entregue un frasco con una pareja de caballos de mar a un hombre que pide con cierta insistencia dos patas traseras de cualquier cuadrúpedo. ¿Por qué esta ambigüedad puesta de forma simbólica en la figura del caballo de mar?


Hasta donde entiendo el texto, “El agua misteriosa” pone en escena la lógica de lo que el psicoanálisis llama “la demanda”. Es decir: nunca sabemos lo que le pedimos al otro (solo creemos saberlo). Y el otro, por su parte, nos da lo que él quiere, con completa independencia de lo que le hayamos pedido. Los caballitos de mar me fascinaban ya desde niño. Pero no sé qué fue lo que los trajo a la escritura: vino así, y la imagen resultaba pregnante.


Por último, si Ángel Zapata tuviese que adaptar uno de sus cuentos a alguna de las artes plásticas; ¿con qué manifestación artística nos encontraríamos y qué artista tendría ese honor?


“Mi” artista plástico es un amigo muy querido, además de un pintor que disfruta de un merecido reconocimiento institucional -Roberto Carrillo-; y varios críticos han destacado no sólo la calidad de las portadas que confecciona para mis libros, sino el acierto de la “lectura” poética y personalísima que suponen sus imágenes, en las antípodas de la mera “ilustración”.

¡Muchas gracias, Ángel!
¡A ti, Neri!


Nerea Garrán, alumna de la Sexta Promoción del Máster, nació en Madrid y es historiadora del arte, escritora y profesora. Sus textos han sido publicados en numerosas antologías y revistas de arte y de literatura. Actualmente compagina la escritura y la docencia con el diseño y la publicidad. También forma parte del consejo editorial de La Rompedora.


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