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Entrevista a Daniel Montoya
"Conocer también los límites de mi duelo me ayudó a saber hasta dónde podía llegar el libro." Daniel Montoya Entrevistas
Por Daniel Montoya Publicado en Entrevistas en 18 junio, 2019 0 Comentarios 10 min lectura
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Entrevista a Daniel Montoya

Daniel Montoya nació en Bucaramanga, Colombia, en 1994. Es periodista, politólogo y, después de haberse graduado de la Octava Promoción del Máster de Narrativa, se desempeña como profesor de Proyectos Narrativos en la Escuela de Escritores de Madrid.
Recientemente ha publicado el poemario Mandarino (Ed. Amargord), mismo que fue a presentar a la Feria del Libro de Bogotá (FILBO), junto con la antología de poetas colombianos nacidos después de 1980, Sobre las macetas (Ed. Amargord), en la que intervino como co-editor.
Apenas puso el pie de vuelta en Madrid, La Rompedora fue a por él para hablar de su libro. Mediando los buenos oficios de nuestros anfitriones en Oliver’s House, punto de encuentro de escritores en el castizo barrio de Chamberí, esto fue lo que Daniel nos contó, con la jovialidad y sencillez que, además de su cultura literaria, le caracterizan.

¡Qué tal, Daniel? ¿Ya recuperado del viaje?
No sé si ese momento del todo llega. Volver de Colombia no se me da tan fácil. Revuelve.

Vamos al lío: hemos escuchado que Mandarino lo empezaste a esbozar mediando el espaldarazo de Luis Luna como mentor. ¿Podrías contarnos un poco más sobre esa historia?


Luis no es solo parte importante de la publicación del libro, sino de mi formación. Desde el principio mostró un interés y confianza en mí que se extendía en conversaciones fuera de la Escuela. Yo atendía a su taller y al principio, cuando revisaba mi trabajo, me daba como un sí-pero-no. Un par de meses después hubo un poema, que es de hecho con el que abre el libro, que nos emocionó a los dos. Salió de la búsqueda que él me proponía. Luego, en el bus yendo a casa, me planteó trabajar sobre esa sensación y acompañarme en el proceso.

¿De dónde nace el poemario?


Nace de la muerte de mi abuelo hace tres años. Era un campesino alto y fuerte que le costaba mucho expresar sus emociones. De niño, por diferentes razones, pasaba largas temporadas con él en la vereda. Me ensañaba a bajar mandarinas, a tratar los árboles, a obtener agua. Cuando murió, me invadió una sensación difícil de comunicar, probablemente porque mis recuerdos a su lado carecían de un diálogo. Estaban cargados de imágenes, mas no de palabras. Mandarino no es más que un esfuerzo por traducir el lenguaje de mi memoria y la suya a uno que se pueda articular en el habla.

A la hora de escribir Mandarino, en lo práctico, ¿qué fue lo que más te sirvió para terminar el libro?


Por un lado, me ayudó mucho ser consciente de un deadline. Tenía la oportunidad de publicarlo con Amargord debido a la investigación que nos habían encargado a Juan Afanador y a mí sobre la poesía contemporánea en Colombia. También, y aunque esto no se enmarque tanto alrededor de la palabra práctico, que tras escribir los últimos cuatro poemas (que comparten el comienzo del primer verso) sentí que aquello que había estado dibujando en el poemario tenía que terminar ahí y todo el trabajo que faltaba era el que precisamente pudiera conducir a esa emoción. Conocer también los límites de mi duelo me ayudó a saber hasta dónde podía llegar el libro.

Se ha hablado mucho de las imágenes, del tono evocador y del papel inspirador que ha tenido la naturaleza en tus poemas…


Probablemente porque es lo único que hay. Lo más cercano a la ciudad que puedo situar en esa casa es una carretera anaranjada, totalmente destapada y por la que era a veces mejor subir en animal que en carro. Sara Jaramillo, una estudiante del máster, describía en su novela estas carreteras como un rasguño que alguien le hizo a la montaña. Pues eso, ese rasguño era lo más cercano a la ciudad; o por lo menos una especie de camino a ella. Ahora es distinto, la vereda está mucho más conectada y habitada por elementos que le permiten comunicarse. Pero entonces, cuando era niño, no era así.

Las cabañuelas, Daniel, cuéntanos más de ellas y de la relación que tienen con la estructura de Mandarino.


Las cabañuelas son una especie de adivinanza campesina que algunos se toman más o menos en serio. Pero de cierta manera lo hacen. Siempre. Suceden los doce primeros días del año y, a partir del clima que hace, organizan la cosecha. Les ayuda a saber cuándo llueve y cuándo no; cuándo el clima va a estar caliente y cuándo va a estar fresquito. Luego, como toda adivinanza, uno puede decir que se cumple, sí, pero no cuando se espera. Por eso están desordenadas a lo largo del poemario y su número corresponde más a una emoción.

En el máster, tu formación se centró en el relato y la novela. Por otra parte, resulta que el primer libro que publicas es un poemario. ¿Esto implica una renuncia a la narrativa o llegaremos a leer relatos y novelas tuyas?


Si llegarán a leerse o no, no lo sé; pero no significa una renuncia. Esa división tan radical no la encuentro. Simplemente son formas de expresión distintas, y creo que no debemos ceñirnos a una sola forma de usar el lenguaje. Creo, además, que la narrativa y la poesía se enriquecen la una a la otra, y estar trabajando desde esas orillas ayuda a la formación de tu obra como escritor.

Todos tenemos nuestros consentidos. Si te preguntáramos por tus poemas favoritos de Mandarino


Hay dos: uno por él y uno por mí. Uno de los cuatro del final e Instrucciones para recoger mandarinas

me derrumbé a tu lado
y tu creíste que
no, creíste que el pasto se hacía más corto
y las lomas verdes
que fueron
que son
del alto de tu cuerpo
se hacían enanas
y pensaste
estoy de pie
luego imaginaste que zurriaga
estaba en tu muñeca
y con tu mano hiciste el gesto con el
que te levantabas:
una palma en la rodilla
la otra en zurriaga y
al repetir el gesto
pensaste de nuevo que estabas de pie

el pasto se lo comió la tierra
y bajaste con él
viste las raíces y los cauces
que suceden bajo el Mandarino
luego te acurrucaste
estando bajo el pasto te acurrucaste
y te entregaste a la promesa
del bosque al que un día le diste
la palabra de un fruto

y cerraste los ojos con la confianza
de un árbolvegetado.

Instrucciones para recoger mandarinas

en la madrugada, cuando la luz del sol es tan débil que su forma redonda se dibuje entre el filo de la sierra, has de salir. llevarás dos bultos de fique para que te cuelguen de las espaldas y un canasto de plástico negro que se tercie entre tu hombro y tus costillas. lleva el sombrero puesto por costumbre aunque sepas que la luz todavía no existe y que su forma, aunque distingue la apariencia de un naranjo, no deja de ser una promesa en el cielo. camina hasta recreo y saca de tu bolsillo la foto de tu nieto, que nacerá cinco ciclos de cabañuela más tarde. con una mano levántala para que mire de cerca la textura de las mandarinas. con la otra muéstrale tu palma arquearse bajo su peso, dejando que tus dedos la rodeen y por un momento, sienta él que el fruto y tú son uno. déjala girar lento, como impulsada por la tierra, me explicas, hasta que ella caiga sola. y yo veré la mandarina suelta sobre tu mano y el limpio de la rama esperar otra cosecha.

Daniel, ahora estás del otro lado, como profesor de Proyectos Narrativos. ¿Qué se siente?


Ha sido una experiencia muy bonita, en lo personal. A decir verdad, la idea me atrajo desde la curiosidad, porque es la primera vez que lo hago. Debo decir también que disfruto mucho la clase porque es un formato muy generoso, donde los participantes confían en ti una historia, en muchos casos bastante personal e íntima, y ante ello no tienes otra cosa que hacer que emocionarte a su lado. El trabajo difícil lo hacen ellos y por eso el mío es simplemente estar pendiente de cada cosa que dicen, sienten o necesitan. Estar para ellos. Escribir, al ser un ejercicio tan marginal, hace que quienes alcanzan este punto del máster lo trabajen con interés genuino. Eso hace el trabajo mucho más fácil, y sus textos mucho más ricos.

¿Qué tal todo en la FILBO? ¿Nos podrías contar un poco más de esa antología en la que colaboraste como co-editor?


La antología fue un proceso muy largo en el que Juan y yo nos hicimos mucha compañía. Su conocimiento del ámbito y su ojo crítico fueron indispensables para sacar ese libro adelante. Nos tiramos dos años trabajando y leímos a más de 160 autores. No creemos que sea un libro total, la selección última de la poesía contemporánea en Colombia; pero sí podemos decir que fue un trabajo honesto que partió de ciertos criterios. Al final la selección fue de diez personas porque preferíamos publicar una buena muestra de quienes considerábamos eran los más representativos y no una larga lista de autores sin que nadie conociera bien su trabajo. Ahí está y creo que es una buena puerta para conocer qué es lo que están haciendo los poetas jóvenes en Colombia.

¡Muchísimas gracias, Daniel, y enhorabuena!


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