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Eva
"Eva vendrá pronto." Relato
Por Manuel Vera Publicado en Relatos en 6 noviembre, 2019 0 Comentarios 17 min lectura
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Eva

 

Mi padre y yo somos los primeros en llegar al chalet. Eva aún no ha llegado. En la entrada, una verja de lanzas negras, nos esperan mis tíos y mi prima. «Hola, bienvenidos, ¿qué tal el viaje?» y el aire se llena con el sonido de los besos. Subimos la escalera de piedra roja y avanzamos por el camino de piedra, rodeado de césped, hasta la casa. Miro a la derecha y está la piscina, que solo refleja nubes, porque no hay sol este agosto. Solo hay calor. Y la humedad hace que ese calor se vuelva líquido y se pegue a la piel. Entre dos palmeras cuelga una hamaca que el viento mece con aburrimiento. Si mi abuelo hubiera venido, estaría ahí tumbado. Pero no ha venido porque no soporta a mi tío Santiago. Siempre ha dicho que es un racista y un estúpido.
Esta familia no tiene mucho de familia.
Lo cierto es que yo tampoco. Entiendo lo que significa, pero no lo que implica. Cuando mi padre habla de familia agrava el tono y utiliza palabras solemnes, parece que habla de algo muy importante. Yo, en cambio, soy incapaz de decir la palabra familia, refiriéndome a alguien que no sea mi padre o mi madre, sin que me resbale el timbre de voz.
Ahora atravieso el umbral. Esta casa es grande, poco acogedora, y el escaso mobiliario hace que parezca hueca. La tía Mariana nos guía a mi padre y a mí escaleras arriba, hasta nuestros cuartos. La habitación que me ha tocado es la de siempre, la pequeña, seguro que es la que usan de trastero el tiempo que no estoy aquí. Hay pilas de cajas, libros y juegos de mesa agrupados en una esquina y un escritorio sencillo, con los cajones desportillados, frente a la cama. La única ventana de la habitación no tiene mosquitera, y los mosquitos de Andalucía son feroces. Así que me esperan noches de calor.
Mi prima Irene entra sin llamar y, sonriente, me pregunta si quiero ir a bañarme. Le respondo que sí, pero un poco más tarde. Me gustaría, antes de nada, deshacer la maleta. Y mentalizarme de que Eva llegará pronto.
Eva. Mi prima hermana, la hija de mi tío, del hermano de mi padre.

Saco prenda por prenda la ropa arrugada de la maleta y abro el armario para colocarla. El armario está lleno de ropa vieja y en la pared lateral hay uno de esos papeles adhesivos repleto de cadáveres de polilla. Vuelvo a dejar la ropa en la maleta y la cierro. Después me siento en la cama. No quiero ir a bañarme con mi prima Irene, no tengo ganas de hablar con ella.
En la esquina hay libros, cojo uno. Es un recopilatorio de las rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. Una edición azul con golondrinas de oro que vuelan sobre la tela de la portada. Me quedo mirando la palabra Bécquer y me pregunto de dónde vendrá un apellido que contiene una c y una q seguidas. Abro el libro y empiezo a leer en voz baja una leyenda.
No la he terminado cuando mi padre llama a la puerta de la habitación. Quiere que baje a estar con la familia. Le digo que me voy a poner el bañador y que bajo en seguida. Me tomo mi tiempo. Lo primero es acabar la leyenda. En ella se describe un cielo gris, oscuro, una lápida de plomo sobre las cabezas de dos viajeros enamorados. Me gusta ese cielo. Los cielos de Bécquer siempre tienen ese gris espectral.
Me pongo el bañador y me miro en el espejo. Los laterales de mi barriga dibujan una curva amplia. La verdad es que hoy no me siento en forma, he ganado unos kilos en julio. Espero que Eva no se dé cuenta.
Bajo las escaleras de mármol y veo que mi tía Mariana me espera en el salón. Me pregunta si quiero algo de comer. No quiero nada. Mi tía no me cae bien. Se inventa casi todo lo que dice. No me molestan las mentiras, yo mismo las cuento de vez en cuando. Pero las mentiras solo tienen sentido cuando existe la posibilidad de que alguien se las crea.
El salón es completamente blanco. Si se visita de noche parece la sala común de un manicomio. La chimenea está apagada, pero la boca está cubierta de restos de hollín. Las estatuillas de los cuervos abren los picos sobre el soporte de la estantería. Y la mesa del comedor está puesta, mantel con platos y servilletas dobladas sobre ellos. Falta poco para la noche.
Eva vendrá pronto.

Salgo por la puerta del salón al jardín y me siento en los escalones del porche. Esta casa está llena de escalones. Mi prima Irene se acerca y me dice que cada año vengo más guapo. Yo le doy las gracias y le pregunto cómo le va. Nos vemos todos los agostos, Irene y yo, solo los agostos. Y cada año, cada agosto, la barrera que nos separa es más gruesa. Las palabras de nuestras conversaciones ya no son de agua, como cuando éramos niños, ahora son de barro. Avanzan pesadamente en un diálogo interrumpido, en muchas ocasiones, por la voz de los grillos y el movimiento del aire. A mí el silencio me gusta, a ella parece molestarla. Quizá por eso hable de cosas que no importan, para matarlo. Aunque, más que matarlo, lo sepulta.
Ella me ve y probablemente vea a alguien de su familia, alguien a quien debe querer y apoyar. Yo la veo y veo a alguien extraño, tan lejano a mí que no me costaría olvidar su nombre. Irene no es Eva, ella no tiene ese giro de complicidad que Eva y yo compartimos con una sola mirada.
Después de un rato de charla de barro, me pregunta si quiere que vayamos a la piscina. Yo acepto. No tengo ganas de bañarme, el calor que hay ahora no desagrada, no es aceite. Pero tengo la sensación de que, si no me baño, Irene seguirá intentando encontrar la forma de llenar con palabras el vacío.
—Vamos —le digo.
Avanzamos por el césped, que está húmedo y enlodado, hasta la piscina. Me agacho y toco el agua con los dedos. Está congelada. Por un momento me planteo si es buena idea. Entonces escucho unos pasos. Irene coge carrerilla y se lanza a la piscina, haciendo una voltereta en el aire. Cuando sale a la superficie, dice que está buena y me sugiere que me meta tirándome, como ha hecho ella. Y en realidad creo que tiene razón. Si me metiese poco a poco, la agonía sería lenta. Mejor hacerlo sin pensar.
En el aire, me arrepiento de esa decisión. Me sumerjo. Hielo. El agua está tan fría que no se me resiente la carne, sino los huesos. Empiezo a moverme frenéticamente en el agua para entrar en calor. Irene, que ha debido de ver mi cara de espanto, se acerca a mí nadando y me pregunta si tengo frío. Le digo que un poco, que pronto me saldré. Entonces ella se acerca a mí despacio y me abraza.
Su cuerpo me envuelve. Siento sus pechos apretándose contra mi torso. Me siento invadido, quiero alejarla de mí. Pero ya no hay frío. La piel de Irene se lo ha llevado. Me pregunta si me siento mejor y yo le digo que sí. Entonces me pide que yo también la abrace, que ella también tiene frío y quiere dejar de tenerlo. Me pega la boca al cuello mientras me lo pide. Y yo cedo.

***

Ahora estamos secándonos en el césped, imaginando las estrellas que ocultan las nubes. Ella quiere retomar la charla que teníamos antes de bañarnos. Yo le respondo con algo más de entusiasmo y sé que ella, sin decirlo, me lo agradece. Ahora se pone seria. Parece distraerse. Creo que está pensando en algo.
—Ya no soy virgen, ¿sabes? —me dice.
Y yo tardo en contestar. Después de unos segundos, le pregunto con quién lo hizo. Y ella me responde que con un gitanito de su clase. Al oírlo, algo se me remueve: yo aún soy virgen, y tengo dieciséis años, igual que ella. Es la primera vez que siento vergüenza delante de Irene. Ella me dice que el gitanito es muy guapo y que lo hicieron en la furgoneta de su hermano, con velas y una manta como colchón. Me dice que al principio le dolió, pero no tardó en acostumbrarse y a partir de entonces no dejó de disfrutar.
Le pregunto si se siente diferente ahora y ella me contesta que sí. Que se siente más completa. No sabe explicarlo bien, pero nota que algo dentro de ella está más tranquilo. No comprendo lo que quiere decir, supongo que lo comprenderé cuando lo haga. Entonces me dice que también se siente distinta físicamente y, tocándose la parte inferior del bikini, añade que se nota más abierta ahí abajo. Cree que es algo temporal.
—¿Quieres verlo? —me pregunta.
Y yo la miro a los ojos. Lo dice en serio. Estoy tentado de responderle que sí. Abro la boca para hablar, pero algo me interrumpe. Ruido. El sonido entrecortado de un motor. Ahora algo se ilumina más allá de la entrada. Los faros de un coche arrojan la sombra de la verja sobre el césped del jardín. Me incorporo. Imagino quiénes serán los que vienen en ese coche.
Voy a mi cuarto, me pongo una camiseta y bajo a la entrada, en la que ya están mis tíos y mi padre, esperando para recibir al resto de la familia. Veo cómo bajan del coche María y Rodrigo, mis tíos, que empiezan a saludar a todo el mundo. Después de un momento la puerta trasera del coche se abre.
Aunque esté más alta y tenga un peinado distinto, sigue siendo ella, la de todos los agostos. Con el pelo de cobre y pecas marrones repartidas por la cara y los brazos. Las pestañas larguísimas. Rojas.
Eva.

Estamos en la mesa del comedor. Mis tíos y mi padre se han puesto a beber vino antes de que se sirva el pollo. Sobre el mantel se cuentan tres botellas vacías y, aunque no seamos más que ocho, hacemos el ruido de un bar entero. Risas y gritos. Mientras María trincha la carne, Santiago, el padre de Irene, hace chistes de negros, gitanos y homosexuales, en una especie de funeral del humor.
En mi plato hay restos de picatostes con foie y mermelada de albaricoque, el tocino sobrante de las lonchas de jamón ibérico y seis cabezas de gambas vacías. Voy cogiendo comida de aquí y de allá. Mientras como, de cuando en cuando, miro de reojo a Eva, que ahora charla con mi prima Irene sobre los exámenes que tendrán en septiembre.
Irene no deja de hablar. Eva, más que hablar, sonríe y asiente. A veces se abstrae, a veces dirige sus ojos hacia mí. Y se me queda mirando un tiempo. Cuando lo hace, yo no bajo la vista. Eva tiene la mirada de un mascarón de barco.
Cuando hemos terminado de cenar, Eva me dice que quiere bañarse y me pregunta si quiero ir con ella. Claro que quiero. Pero Irene al parecer también. Ella es quien les dice a nuestros padres que acaben ellos solos la cena, que nosotros vamos a la piscina. Mi tío Santiago apaga un eructo, inflando los carrillos, y luego dice que hagamos lo que queramos.

Más tarde, con los bañadores puestos, los tres estamos sentados en el borde rugoso de la piscina, mojándonos los pies. Yo estoy entre ellas. Irene no para de hablar. Eva se limita a decir lo justo y a mover los pies bajo el agua, para hacer burbujas. De vez en cuando, en ese movimiento, sus pies rozan los míos. Y entonces me mira con una expresión que no sé identificar. Y Irene sigue hablando. Y ahora, más que nunca, me gustaría que no dijese una sola palabra y que se marchara de allí lo antes posible.
Miro hacia delante, hacia los setos altos que rodean el jardín, como si fueran las paredes de un laberinto. Detrás, el eco de nuestros padres. Sus risas. Abajo, los focos de la piscina encendidos hacen que el agua parezca turbia y más caliente de lo que está en realidad. Arriba, nubes de gris espectral, un cielo fugado de la tinta de Bécquer. A mi izquierda, envolviéndolo todo, Eva.
—Ya no soy virgen, ¿sabes, prima? —dice Irene, como en un susurro.
Eva abre mucho los ojos, le pregunta cómo fue y Irene le cuenta lo mismo que me contó a mí unas horas antes. Eva asiente con curiosidad y, después de un segundo, dice:
—Pues la verdad es que yo tampoco.
Y yo me quedo muy quieto. Y ella me mira, supongo que para estudiar mi reacción. Algo me obstruye la garganta y me petrifica la mandíbula. Algo caliente. De repente, me apetece meterme en la piscina. Me pongo de pie y salto. Irene se ríe, las he empapado a las dos. También se tira. Eva sigue mirándome. Le salpico. Sonríe y, con las manos en el borde, se impulsa al interior de la piscina.
Los tres intercambiamos salpicaduras. Ahora el agua no parece tan fría como antes. Ahora Eva se abalanza sobre mí e intenta hacerme una ahogadilla, pero la esquivo. Se vuelve a acercar. Irene intenta hacerme lo mismo, pero Eva la aparta de un empujón. Entonces me vuelve a agarrar la cabeza, pero esta vez no la aprieta. Solo me agarra, cara a cara. Con la otra mano me envuelve el cuello.
—Oye, si queréis os dejo solos —dice Irene.
—Anda, no seas tonta —le dice Eva y enseguida se lanza a hacerle una ahogadilla.
Irene y Eva ríen y chillan mientras se agarran la una a la otra. Yo me retiro a los escalones de la piscina, porque, si se acercan, me va a ser imposible disimular la erección.
Más tarde, cuando ya se han cansado, ambas vienen a la escalera. Irene se apoya en el último escalón, solo la cabeza le asoma sobre la superficie del agua. Eva se pone solo uno por debajo de donde yo estoy sentado. Se recoge la melena empapada y se la deja caer sobre el hombro izquierdo, enseñándome su cuello y su espalda llena de pecas. Ahora se da dos golpecitos con el dedo en la nuca. Sé lo que quiere. Quiere que le haga un masaje. Pero no lo voy a hacer.
Eva se vuelve y me mira.
—Venga, hazme un masaje —me dice.
—Qué cara tienes —responde Irene.
Un perro ladra, al otro lado de los setos y el muro cubierto de hiedra. Eva no deja de mirarme. Me da un pellizco en un pie. Me quejo y ella sonríe.
Ahora suena la voz de mi tía:
—¡Irene, ven un momento!
Mi prima Irene nos mira y grita:
—¿Qué quieres, mamá?
—Hay que darle de comer al perro —le responde ella desde el porche.
Irene nos mira de nuevo.
—¿Tiene que ser ahora?
Y siguen así un rato. Al final Irene, sin quitarnos la vista de encima, sale de la piscina y se envuelve con una toalla.
—Volveré enseguida —dice, se da media vuelta y se dirige a la casa, casi corriendo.
Cuando ha entrado, Eva se levanta y sumerge de nuevo la cabeza en la piscina. Me hace un gesto para que vaya con ella. Yo me quedo quieto.
—¿Es verdad lo que has dicho antes? —le pregunto.
—¿A qué te refieres?
—Si te vas a hacer la tonta, mejor vuelvo dentro —digo levantándome.
—Espera —dice ella—. Ven.
Dudo un momento. Pero voy.
No puedo evitarlo. Ahora el agua vuelve a cubrirme la cintura. El pecho. Eva se acerca, me pone los brazos alrededor del cuello y me susurra:
—Sí que era verdad.
—Pues entonces me largo —digo tratando de soltarme.
Ella aprieta los brazos.
—No ha significado nada —dice.
Sus ojos reflejan los focos de la piscina. Los insectos suenan. Ella huele a cloro y a algo más que es imposible de describir.
—Nada —repite.
Y se acerca. Despacio. Veo de cerca las pecas de su nariz y sus mejillas, todas diferentes. Más cerca. Sus ojos marrones, entrecerrados. Su sonrisa inquieta. Ahora nos tocamos, ella me aprieta el cuello, yo su espalda. Y ahora la piscina desaparece. El viento se la ha llevado, junto con el jardín, la casa y nuestros padres. Yo bajo la vista y me fijo en sus labios. Eva da un pestañeo larguísimo.
—Lo sabía —suena la voz de Irene. Giro la cabeza y la veo allí, en el porche, observándonos—. Lo sabía.


Manuel Vera es alumno de la Novena Promoción del Máster. Estudió Derecho y cursó el Máster en Asesoría Jurídica en la Universidad Pontificia. Después de colegiarse ejerció como abogado de litigios, pero dos años más tarde decidió dejar su empleo y dedicarse por entero a la escritura, su auténtica vocación. La escritora, novela negra, es su último proyecto narrativo, en el que tuvo como mentor al profesor Marcelo Luján (Premio Hammett de novela negra en 2016).


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