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Diario de una importada
«Piqué trece cebollas sin motivo aparente, solo para tener una razón para llorar en público a las cuatro de la tarde.» Relato
Por Federica Consalvi Publicado en Relatos en 14 enero, 2020 0 Comentarios 10 min lectura
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Diario de una importada

 

1. No hablo con extraños

Hace casi cuatro años que voy a la fotocopistería de Los Palos Grandes. Ahí imprimí manuales de producción, contratos de modelos, reproduje mi cédula un centenar de veces y compré la goma que nos salvó a Sofía y a mí durante la emergencia de arte que nos costó una noche en vela pegando fotos. En todo este tiempo, mis palabras en ese lugar se limitaron a las de cortesía y muchos «¿cuánto es?».
Yo no hablo con extraños. Eso no lo aprendí de mi mamá, porque esa jeva le habla hasta a los postes de luz que se le atraviesan y en más de una cola de supermercado se ha escuchado de sus tres hijos y dos perros.
Algunas veces paso por antipática, otras por tímida, pero yo me etiqueto como reservada. Necesito ver a las personas al menos seis veces en un lapso de seis meses y en un ambiente controlado para sentir que puedo hacerles alguna confesión, aunque sea una trivial, como que me gusta comer burusas de torta, por ejemplo. El punto es que a Franca, la señora de la fotocopistería, nunca le he cruzado más que un «dos copias de este, por favor».
Llegué a la fotocopistería con una carpeta de hojas que necesitaban su duplicado y Franca  —hoy descubrí que se llama así— me atendió con la misma amabilidad de siempre. Contó veintitrés hojas que me iban a costar cerca de  diez mil bolívares y, una vez aprobé el monto, se dispuso a sacarlas.
Al momento de entregármelas, en lugar de preguntar ¿débito o efectivo?, me miró a los ojos y me dijo «hija, te deseo que te vaya muy bien. Por favor, habla de Venezuela, pide por nosotros y, si puedes, vuelve».
Las copias que le pedí incluían mi pasaporte, mi título apostillado y una carta de aceptación en una escuela que queda lejos.
Lloré porque es más fácil para romper la barrera de las emociones que las palabras —o la ausencia de ellas—. No le hablé a Franca, yo no hablo con extraños, pero ella comprendió con mis lágrimas y mi mueca de sonrisa que había aceptado sus tres peticiones.
 

2. Diario

Lunes 1 de octubre

No recuerdo su cara, estuve sentada frente a él durante dos horas, pero solo recuerdo balazos de información en mis tímpanos y la necesidad imperiosa de tomarme una coca-cola, no para evitar dormirme sino para seguir el ritmo acelerado de su voz.
A las diez y veintiséis de la noche me monté en el autobús de regreso a casa. Tenía tanta hambre que me comí el sánduche más triste del mundo, solo tomate y lechuga, porque la selección de preparados del Carrefour no me dio más opciones. Desde su puesto, el chofer me miraba por el retro con la misma cara que los turistas miran a las esculturas del museo de cera.

Martes 2 de octubre

Voy tarde porque temía llegar temprano. Desde que vivo acá siempre llego demasiado pronto a todos los lados, y eso les parece raro.
El chico de Cabify me preguntó si era colombiana, le dije que sí, que yo había nacido en 1820. No entendió mi chiste sobre la Gran Colombia.

Miércoles 3 de octubre

Hice una fila de  diez minutos para comprar un paquete de cotufas de dos euros y porque quería escuchar la conversación de la pelinegra que lloraba al teléfono mientras le insistía a Roberto «son diecisiete años, Roberto, ¿no te valen?». ¿Qué habrá hecho Roberto?
Llegó mi hermana y me trajo Toddy. Mucho Toddy, o sea, me trajo casa. Tengo que racionarlo para que me dure más de cinco desayunos.

Jueves 4 de octubre

Le toqué los pies sucios a un desconocido y recordé que no me había lavado las manos cuando ya me estaba terminando la manzana.
Fui al cine. Me gusta Andy García, no sé si quiero que sea mi novio o mi padre. Regresé a casa caminando: ya se siente el frío más cerca. El chico que invita a entrar a una pizzería de la calle de La Cruz me dijo «vení, tenemos las auténticas pizzas argentinas». Lo ignoré, porque lo original no es lo mío.

Viernes 5 de octubre

La nueva profesora que evalué estaba nerviosa, se le quebraba la voz, se le olvidaban los nombres. Al final de la clase le dije que yo no mordía, que lo había hecho bien. Solo le faltó repetir el saludo al sol del lado izquierdo.
Me salté el almuerzo porque la cena prometía. Setas de todo tipo y pan picajo (sí, que tiene picante y ajo. La cursilería se hereda y no se pierde). Después, helado de chocolate y coco con galletas waffer en forma de hostia; sin que nadie se dé cuenta mojo la galleta en el helado como si fuera vino y repito «el cuerpo y la sangre de Cristo» antes de metérmela a la boca. Mientras tanto, Manu y Rebeca hablan de importaciones (que ni me digan a mí lo difícil que es, si yo misma me importé).
Me encontré con el libro La analfabeta, de Agota Kristof, en la biblioteca de Marisa. Es una pequeña biografía y me pareció tanta casualidad que se la pedí prestada. Me amenazó con denunciarme en inmigración si no se la devolvía.

Sábado 6 de octubre

Me levanté temprano, pero el metro los sábados funciona por no dejar. Llegué tarde, me esperaban ya en el carro para salir. Me peiné en el asiento de atrás y dejé una bola de pelos en la alfombra.
Llegamos al evento donde daríamos la clase de yoga. Era a la intemperie, mi piel no soportaba el sol y aún así me aguanté. Toqué espaldas sudadas, todos los sudores huelen diferente: los peores son los que huelen como a pan blanco, a fermento. Me dan arcadas. Una señora me cayó encima y me volvió a doler la lumbar.
Terminó el día y llegué a casa directa a comer: lo mismo de la mañana, no ha habido tiempo para el mercado esta semana. Avena y yogur, todavía me queda un yogur. Qué ansiedad tan horrible la de saber que solo te queda un yogur en la nevera.
Me bañé con agua caliente y ni siquiera me terminé de secar, así mismo caí dormida.

Domingo 7 de octubre

Desayuné yogur y avena. Escuché al vecino gritarle a su mujer que se quería mudar: el pobre ya no soporta las escaleras. Vive en el cuarto piso interior. Compartimos miradas cómplices con el café del desayuno. Ventana a ventana.
Hoy hizo más frío que ayer, pero conté en sánscrito para la clase de yoga y recordé a Macondo. Me hace feliz saber que comparto algo con Melquíades. Aproveché para devolverle el libro a Marisa, lo leí tan rápido como si fuera mi propia vida.
A las once de la noche me di cuenta de que no me había bañado. Ya no importa, nadie lo va a notar las próximas ocho horas. Mi sudor huele ¿translúcido?
Una semana más a salvo de la deportación.
 

3. Desorden de horario

Lo mejor y lo peor de vivir sola es la soledad. El cuerpo se acostumbra al horario de los que no tienen y uno pierde en cierto modo la práctica social. En las mañanas uno se levanta muy temprano, no porque alguien haga ruido, sino porque la cama comienza a incomodar. Las primeras palabras del día nunca son habladas, sino leídas, uno se hace amigo de los autores. El desayuno se toma en el mesón, en la cama, o hasta en la poceta, porque la vergüenza es algo que no se padece en soledad.
Este último año he notado que por vivir sola se me olvidó cuándo y dónde es oportuno llorar. Cuando compartía mi casa con alguien, reservaba el llanto para las primeras horas de la mañana, mientras aún dormía. Ahora lo hago en cualquier momento y ya no me importa ni la razón.  Llorar se ha vuelto un reflejo, como respirar. Oportunidad de trabajo: plañidera. Esto de no tener horario para llorar se me está saliendo de las manos. Hoy, por ejemplo, estaba en una casa en la que había más gente cuando me llegó el diluvio a eso de las cuatro de la tarde. ¿Cómo le explico a la gente que tengo que llorar porque si no exploto? Piqué trece cebollas sin motivo aparente, solo para tener una razón para llorar en público a las cuatro de la tarde. Claro, el llanto además de rebelde, también se vuelve caprichoso. Ahora que estoy sola en mi sala con buenos motivos para entregarme a sollozar, el malvado no viene. La falta de compañía nos ha vuelto salvajes, a mí y a mis necedades.
Yo no sé quién nos enseñó a ocultar el llanto, pero eso me ha costado muchos tragos amargos, dolores de cardias y me ha tocado inventar una serie de excusas extraordinarias. El llanto no siempre es melancólico, como nos han hecho creer, el llanto es liberador. El llanto no es debilidad, requiere valentía aceptar que se necesita.
Si alguna vez me ven llorar, no se preocupen, no es más que un desorden en mi agenda, es lo mismo que les pasa a ustedes cuando se quedan dormidos en el autobús porque no tuvieron suficiente tiempo para dormir en casa.


Federica Consalvi es alumna de la Novena Promoción del Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores y nació en Venezuela. Se graduó en Idiomas en la Universidad de Los Andes y ejerció como productora de contenidos en una agencia creativa de Caracas por cinco años hasta que decidió dedicarse a la escritura. Actualmente trabaja en su libro de cuentos con Ángel Zapata como mentor.

Fotografía © Ático 26


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