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Orense
«Sebastián corrió tras la sombra. Bajo la luz de la luna reconoció al nene mono.» Relato
Por Daniela Trabuchi Publicado en Relatos en 17 marzo, 2020 0 Comentarios 14 min lectura
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Orense

 

La Rompedora celebra hoy su primera colaboración conjunta con su hermana revista, Temporales, de la Universidad de Nueva York. Desde la otra orilla del Atlántico llega hasta nosotros Daniela Trabuchi, alumna del Creative Writing Program in Spanish (MFA), para compartir su relato.

Orense era un viejo pueblo de pescadores donde vivía una docena de familias. Les habían asegurado que en esas últimas semanas de noviembre ellos serían los únicos turistas. Fue Sara la que reconoció la casa de la foto frente al mar. Estaba tapada por la niebla pero el techo rojo de chapa era inconfundible. En el balcón había un nene flaco colgando de la baranda, la remera le dejaba la panza a la vista. Junto a la puerta de entrada había un hombre con bigotes y gorra. Cuando Sara bajó del auto, vio que le faltaba una mano. Esperó a que Manuel abriera el baúl para sacar los bolsos. Sebastián la tomó por los hombros con cariño. Sopló un viento fuerte que movió la niebla. El nene que colgaba empezó a reír, su risa hacía eco en las casas vacías.
—¿Qué hora es?
El viento sacudía el pelo largo de Sara. Giró la cabeza hacia el mar. Sebastián agitó la muñeca y se acercó el reloj a los ojos.
—Las seis. Clavamos siete horas justo.
Dos mosquitos se le posaron en el antebrazo. Sebastián se golpeó pero no pudo matarlos.
—Qué terrible la humedad. —Ella se sacudió un zumbido de la oreja—. Qué suerte que trajiste el reloj de tu papá al viaje.
—Es mío, ¿qué te pasa?
—Es un reloj patriarcal.
La risa del nene llegó al mar. Sara se colgó el bolso y trepó el pequeño médano hasta la casa. El hombre de gorra la esperaba con su única mano extendida. Ella le devolvió el saludo.
—A que estaba muy cargada la ruta hoy. Soy el señor Majo. —Tenía una voz gruesa que la sorprendió.
—Llegamos diez puntos. —Sara no pensaba en lo que decía.
Dentro de la casa todavía estaban las luces apagadas. Los chicos no subían, ¿por qué se demoraban tanto? Lo primero era ver la casa y deshacerse del señor Majo.
Mi casa es la verde de acá al lado fue una de las tantas indicaciones que Sara escuchó a medias. Quería dejar todo y darse una ducha. El señor Majo dijo algo de la niebla. El cielo tronó y estalló en blanco y azul. El nene golpeaba el techo con los pies y ahora colgaba con un solo brazo. Es un mono, pensó ella. El mono le debe haber comido la mano al padre.

La casa por dentro era como la esperaban, una cama arriba, dos abajo, olor a encierro y a mar. Una tele, un aire acondicionado más rústico del que habían visto en las fotos del anuncio. La heladera ya estaba enchufada. Majo se despidió con un hasta luego y salió.
—¡Cierro la puerta! A la niebla le gusta llevarse a la gente los días así —dijo y dio un portazo.
Sara volvió a abrir. El mar estaba cerca, nadie hubiese querido la puerta cerrada. La niebla nunca entraría en la casa. El nene tampoco entró. Ella imaginó que habría saltado desde el techo hasta los hombros de su padre. Habían desaparecido.
Dejaron los bolsos al lado de la puerta. Sebastián se metió en el baño. Manuel desenvolvió el queso, el pan y el salame que habían comprado en la ruta. Sara descorchó un vino tinto. Sirvió tres copas, le alcanzó una a Manuel y tomó de la suya. Habían traído cuatro vinos tintos más, dos blancos que habían sobrado en navidad y un gin para los gin tonics.
Sebastián salió del baño.
—¿A qué hora llegan los demás?
—Ya tendrían que haber llegado.
—No entiendo por qué no nos estamos preocupando.
—¿Y si los atacó el loco de Orense?
—No digas pavadas.
Sara no quería que la conversación llegara a un lugar incómodo. Sirvió más vino.
—Esta picada se debería comer en el balcón.
A todos les pareció buena idea. Sebastián y Manuel juntaron las sillas y Sara preparó la tabla grande con la picada y las copas.
—Llevá la petaca que tengo en la mochila —le dijo Manuel.
Ella se puso a buscarla mientras los otros subían las escaleras. La casa era de madera y chirriaba con el viento. La puerta se cerró de golpe. Una niebla helada atravesó el living, la cortina de la ventana se infló como un fantasma. Sara se apuró a encontrar la botella y subió corriendo.
Las sillas miraban todas al mar. La figura de los dos amigos se recortaba contra el cielo gris. Se habían sacado las remeras. Sebastián apoyaba la copa de vino sobre su panza. Manuel hablaba con las manos detrás de la nuca. Sostenía un cigarrillo. Fumaba cada día más.
Sara dejó todo sobre la mesa, ocupó su lugar y destapó la petaca.
—Delicioso.
Tomó un par de tragos.
—Qué rico está el salame. Les dije que había que comprar las ofertas de la ruta. Brindaron mientras el cielo estallaba. Era imposible saber si era de día o de noche. La bombilla de luz lanzó un zumbido fuerte y se apagó.
—Bien, nos quedamos sin luz.
—Y sin música.
Sebastián terminó el vaso de vino. Estiró el brazo pidiendo lo que hubiera en la petaca. Manuel levantaba la mirada cada tanto, desde ahí se veía la ruta de tierra por la que habían llegado.
—Igual no creo que el loco de Orense ataque con una noche así.
—Basta, ¿podemos hablar de otra cosa?
—Seguro que se atrasaron con la niebla, ya vieron cómo maneja Alejandro.
Cayeron un par de gotas sobre el balcón. Las nubes se estaban oscureciendo. Juntaron las cosas y volvieron abajo. Comieron afuera, bajo el techo que cubría la entrada. El ruido del mar sonaba de fondo.
—¿Sabés qué? Encendé un porro.
—¿Antes de que lleguen?
—No podemos esperarlos para siempre.
Sara buscó en su bolso la lata donde traía armados los porros. Habían acordado fumarlos entre todos, pero este primero podía ser una excepción. Fumaron y tomaron sentados en el banco de plaza que había en la entrada. Los tres miraban al cielo, nunca se largó a llover del todo. Oscureció tanto que desapareció la línea del horizonte. El mar se comía a la tormenta.
—Los dioses están enojados. — Sara volcó un poco de licor de la petaca sobre la arena—. ¡Les hago mi ofrenda!

Bailaban bajo el techo y con los pies hundidos en la niebla. Todos tenían el vaso lleno. Sara se movía con los ojos cerrados. Manuel se reía solo. Sebastián estaba inquieto.
—Estoy aburrido, vamos a explorar.
—¡Vamos!
—Traje linterna.
—Llevamos un gin tonic rutero.
—Sí. Dejemos una nota para los demás.
Manuel cortó la botella de agua tónica a la mitad y Sebastián preparó el trago.
—No hay hielo todavía, no va a estar tan bueno.
—Ah, no, entonces no.
Los tres se rieron, las risas les causaban más risas. Eran imparables. Sara apoyó la frente sobre el hombro de Manuel, Sebastián se agarró la panza. Se agachó y golpeó el piso con los puños. Tenía los ojos apretados. Sara empezó a toser, se había atorado con su propia risa. Se abrazaron, las camperas de cuero hicieron ruido al rozarse. Terminaron de preparar el rutero y salieron de la casa haciendo un trencito. Ella iba adelante, seguida de Sebastián y de Manuel.
La arena estaba húmeda y endurecida. Era fácil caminar. Sara al medio iluminaba la niebla que había siempre delante. Manuel llevaba el rutero y lo iba repartiendo entre los tres.
—Acá vive el señor Manco —dijo Sara y señaló a la casa verde.
Todos se rieron. Avanzaron algunas cuadras y salieron del balneario. El camino subía hacia el médano atravesando una arboleda.
—Y también su hijo mono. —El mar sonaba tan fuerte que nadie escuchó el comentario y la conversación terminó ahí.
Treparon el médano y siguieron el camino entre los árboles. Sebastián acompañaba sus esfuerzos con gruñidos. A lo lejos vieron un cartel cuyas letras brillaron cuando Sara las alumbró. Gruta, decía, y una flecha señalaba hacia el costado del camino. Subieron varios escalones de piedra, atravesaron una entrada gobernada por dos árboles y en el medio de una ronda de rosales en flor encontraron la gruta. Era un caracol de mar gigante, hecho de cemento y pintado de blanco. La punta pinchaba el cielo. Caminaron a su alrededor pasándose el rutero de mano en mano. Sara tenía ganas de vomitar.
—Entremos.
Manuel fue primero. Ella lo siguió, le alumbraba los pies. Sebastián fue detrás. No se había dado cuenta de lo borracho que estaba hasta que tuvo que subir por la escalera empinada que giraba alrededor del centro del caracol. El ruido del mar era cada vez más fuerte. Los tres se agarraban de las paredes porosas y húmedas. Las plantas de las zapatillas se les adherían al suelo.
Manuel se detuvo.
—¿Qué hay?
Sara se acercó.
—Un altar a la virgen.
—No quiero mirar.
—¡Llora sangre!
Había estampitas, estatuillas de distintos tamaños y algunas flores de tela. Una vela encendida a punto de consumirse. En el fondo había un poster de la virgen de Guadalupe, dos lágrimas de sangre le caían por las mejillas. El póster tenía los colores lavados.
—Deberíamos dejar el reloj patriarcal como ofrenda.
—¡Sí! Dejalo.
—Es ofensivo. ¡Que lo deje, que lo deje!
Manuel, Sara y Sebastián se zarandeaban de un lado a otro en el pequeño espacio del altar. Chocaban contra las paredes y se reían. Ella lo agarró de la muñeca y le desató el reloj. Lo puso al lado de un rosario, el brillo de la vela parpadeó y se apagó. Alguien gritó. Una ola rompió tan fuerte que pareció que se los llevaría. Los tres bajaron corriendo y corrieron por el camino alejándose de la gruta hasta que Sara frenó porque necesitaba recuperar el aliento.
—¿Qué pasó? —preguntó Manuel.
—Vos gritaste.
—No, yo corrí porque alguien saltó.
Intentaban mirarse a los ojos en la oscuridad.
—Mi reloj, no lo puedo dejar ahí. —Sebastián se agarraba la muñeca desnuda—. Me lo regaló mi abuela. —Estaba al borde del llanto.
Sara encendía y apagaba la linterna, le daba golpes con la palma de su mano.
—Esta mierda, no sirvió para nada al final. —La guardó en el bolsillo de su campera.
—No se hagan los boludos, acompáñenme. —Sebastián empezaba a enojarse.
—Vos dejaste el reloj ese ahí, sabés que no le estaba haciendo bien a tu machismo tenerlo. —Sara dio media vuelta, se reía—. Bueno, vamos a buscarlo.
A Manuel ella le pareció un fantasma moviéndose en la sombra. Dudó si hacían bien en seguirla, tomó a Sebastián por el hombro pero las palabras no salieron de su boca.
La luz de la luna alumbraba el cartel de la gruta como si quisiera que la encontraran. Sebastián se sintió afortunado y tonto por haberse preocupado tanto por el reloj. Recorrieron el camino por el que minutos antes habían escapado. Sara se arrepintió de haber sido tan miedosa. Ahora el sendero se veía inofensivo. La niebla se empezaba a desarmar. Había paz. La gruta se veía maravillosa bajo el brillo de la luna.
—Parece un portal a otro mundo.
—No digas boludeces.
—Subo —dijo Sebastián.
—Nosotros te esperamos acá.
Manuel agarró a Sara del brazo y caminaron en círculos. Era lindo sentir el pasto húmedo en los talones. Sebastián subió sin tocar las paredes. Tanteó entre la virgen y sus adornos. Todo se le pegaba a los dedos, las velas, las flores, el polvo, pero el reloj no estaba. El grito de Sara lo hizo saltar. Gritaba su nombre, una y otra vez.
Corrió abajo. El cielo estaba despejado. Nunca había visto tantas estrellas.
—¡Sara! —su llamado no tuvo respuesta.
Corrió alrededor de la gruta.
—¡Chicos!
Agarró el camino de vuelta.
—Manuel. ¡Sara!
Pensó que quizás había imaginado los gritos.
—Dale, idiotas. Manuel.
Le cayeron lágrimas de verdad. Su propia respiración le impedía concentrarse en los sonidos del médano y del bosque. Caminaba de un lado a otro sin orientación.
—No veo nada. ¿Dónde están? Carajo.
Agarró una piedra del suelo y siguió el camino del bosque.
—Manuel, Sara. —Ahora susurraba sus palabras porque no estaba seguro de querer ser escuchado—. Si aparece algo en la oscuridad, del miedo que tengo lo mato. Lo mato. Incluso si es el nene mono, lo mato a piedrazos. —Se acariciaba su propio brazo, eso le traía un poco de tranquilidad—. Ya llegamos, ya llegamos.
Orense seguía sin luz. La luna reflejada en el agua era una buena guía y le permitió ver el auto gris de sus amigos frente a la casa. Habían llegado los demás. Corrió médano abajo, lo alivió que la puerta de la casa estuviera abierta. Entró, buscó en el baño, en el piso de arriba, tanteó las camas. Se escuchaba el silencio del balneario, su respiración acompasada con las olas del mar.
—Manuel, déjate de joder. Son boludos, eh.
Dio vueltas sobre su eje, el suelo crujía. Los sonidos cobraban otro sentido en la oscuridad. Decidió que no iba a hablar más. Bajó y corrió hasta la casa del señor Majo. La puerta estaba abierta. Adentro tampoco vio a nadie. Cuando entró a la cocina, sintió algo a sus espaldas. Alguien corría. Sebastián corrió tras la sombra. Bajo la luz de la luna reconoció al nene mono. Iba empujado por el viento. El nene frenó de golpe y miró hacia atrás, como queriendo asegurarse de que Sebastián también hubiera escuchado el llamado del mar.


Daniela Trabuchi es alumna del Crative Writing Program (MFA) de la Universidad de Nueva York. Nació en Ushuaia, Argentina, aunque ahora vive en Melbourne, Australia. Es licenciada en Literatura y Lingüísticas por la Universidad de Buenos Aires y, además de dedicarse a escribir, también ha colaborado como profesora en talleres literarios. Sus obras han sido publicadas en revistas como Anfibia, Metaphor y en la colección de relatos Antología.


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