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El síndrome del miembro fantasma
«Una mañana coloqué el dedo meñique en el marco de la ventana y la cerré con fuerza.» Relato
Por Laura Organero Publicado en Relatos en 4 mayo, 2020 0 Comentarios 7 min lectura
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El síndrome del miembro fantasma

 

Yo era una niña de doce años cuando el bedel entró en clase de ciencias aquella mañana, mamá había llamado al colegio porque mi padre había tenido lo que hoy en día llaman un accidente laboral. Mi vida se fue a la mierda el día en que me amputé la mano en el obrador, estaba distraído y no vi el gancho de la amasadora. Me lo dijeron en clase, recuerdo que estábamos dando el aparato digestivo con uno de esos torsos de plástico de colores; tuve que recoger mis cosas delante de todos y salir al pasillo donde estaba la tía esperando. Ya le dije a Marisol: ¿por qué se lo tuvieron que decir?; ¿qué coño iba a hacer la niña a esa edad?

Lo único que me importaba era que nadie en el colegio se enterara de aquello, me daba vergüenza. Estuve ingresado nueve días, solo Marisol venía a verme, la nena me mandaba algún dibujo en el que yo salía con un gorro de cocina y una barra de pan en cada mano, nadie había tenido el valor de decirle la verdad. En aquel momento pensé que se había cortado, como me había pasado a mí alguna vez en el recreo, un corte de los que te ponían mercromina del botiquín y volvías a jugar al patio. Por las noches el dolor no me dejaba dormir, eso mezclado con la sensación de haber perdido algo irrecuperable. Y entonces me daba por pensar: ¿de qué íbamos a vivir los tres?

Sara, la chica que se sentaba detrás de mí y que ya usaba sujetador, me llamó «la hija del manco» cuando mi padre aún no había regresado a casa del hospital. Todos en el barrio le conocían, ¿por qué lo supieron ellos antes que yo? No volví a verlo hasta días después de aquella mañana de explicaciones sobre el aparato digestivo. La niña me evitaba desde el mismo día en que regresé del hospital. Una tarde llegué a casa del colegio y lo encontré sentado en el sofá esperándome con una sonrisa, esa sonrisa la puso para mí; pero yo solo pude mirar el muñón de reojo, porque donde debía estar la mano, solo había un vacío absoluto que yo también sentí. Noté a la niña asustada, me tenía miedo y apenas habló. Pasaban los días y seguía sintiendo un hormigueo, la mano estaba ahí, pero sin estar, los médicos me dijeron que aquello era normal en los casos de amputación, y tenía un nombre: «el síndrome del miembro fantasma».

Yo no quería coincidir con él, procuraba llegar cuando sabía que estaba durmiendo la siesta y por las mañanas me iba sin desayunar para no encontrármelo. Pensé que podría aprovechar los meses de baja, la vida de panadero no es un anuncio de gente guapa que amasa pasteles mientras sonríe: llevaba más de quince años levantándome a las cuatro de la mañana, y pensé en pasar más tiempo con Marisol y la cría. Él ni siquiera podía ayudarme con los deberes. Cada vez estaba más esquiva. Las pocas veces que coincidíamos venía a verme con miedo, mirando de reojo el muñón que me había quedado. A partir de aquello yo sola jugaba a esconderme la mano dentro de la manga del jersey. Fue un dolor insoportable.
Fue un dolor insoportable.

Después de la primera operación me dieron a elegir entre una prótesis parecida a un garfio doble o una mano de plástico. Lo primero en que pensé fue en cuál de las dos asustaría menos a mi familia. Pasaron meses hasta que le pusieron la prótesis, la primera vez que la vi me recordó a Milo, uno de mis muñecos que imitaba a un bebé recién nacido. La niña me miraba con el rabillo del ojo, con una mezcla entre curiosidad y miedo. Se había convertido en la misma textura, en el mismo trozo de carne de plástico que era Milo. A veces, yo colocaba el muñeco a su lado y con disimulo los comparaba. La nena, a su edad, volvió a jugar con muñecos, pensé que hablaba con ellos con tal de no hablar conmigo. Le dije a Marisol de llevarla a un psicólogo, pero ella decía que era la edad, que la niña estaba bien. Sentí que no podía distinguirlos, Milo y mi padre estaban más conectados que mi padre y yo. Su nueva mano era una mezcla entre un recién nacido y un muñeco; creo que, por eso, secretamente, la llamaba Milo, la mano Milo. Ya no era mi padre. Tampoco era ya el panadero del barrio, perdió el trabajo y aunque le dieron una indemnización, de la que siempre hablaba a la gente como disculpándose, a mí dejó de parecerme humano.

La niña estaba en casa, pero estaba ausente, ella misma intentaba no coincidir conmigo, ni siquiera para cenar, oía sus pasos y veía su silueta un segundo antes de que desapareciera. Era la sombra de una ausencia. Marisol le quitaba importancia repitiéndome que era la adolescencia y que tenía la edad del pavo, pero yo notaba que solo me evitaba a mí. Ni siquiera quería que fuera a buscarla al colegio. Sara y Carlos empezaron a llamarme la hija del maniquí. A veces tenía que decirle: «papá, espérame en la esquina antes del colegio, ya te busco yo», salía corriendo la primera para que él no se acercara a mis amigos, para que nadie lo viera. Ya no me bastaba con esconderme la mano bajo la manga del jersey, una mañana coloqué el dedo meñique en el marco de la ventana y la cerré con fuerza. Vi a la niña cerrando la ventana con rabia. Sabía que había colocado el dedo y la llevé corriendo al hospital. Solo conseguí fisurarme el dedo. En el hospital le vendaron el dedo, volvimos a casa y juntos hicimos toda una fila de colines de pan. Falté un par de días al colegio y el día en que volví a clase lo hice con el dedo sujeto por una guía metálica, papá me acompañó y fue a buscarme a la salida. Quiso darme la mano.

Esta mañana me acordé de todo aquello al salir hacia la facultad de anatomía, paré en un banco a observar los maniquís que habían sacado los de la mercería del bajo, el color y la textura de esos falsos muñecos me recordaron tanto a él. Imaginé una prótesis arrugada y envejecida, tal y como le pasa a la piel, quise pensar en que Milo descansaba en alguna caja del desván de casa de mis padres.


Laura Organero, alumna de la XI Promoción del Máster de Narrativa, nació en Madrid. Estudió Publicidad y Sociología. Ha trabajado en investigación de mercados dentro del sector editorial y en recursos humanos para la banca. El mundo corporativo nunca le terminó de satisfacer, por lo que ahora dedica su tiempo a la escritura, la cocina y la enseñanza profesional del yoga. Sus experiencias en países como Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, Centroamérica, Asia Oriental y parte de Europa nutren sus relatos. También forma parte del consejo editorial de La Rompedora.


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