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Mundo de cristal
«Es un poco egoísta que un ser con tanta magia niegue su existencia, ¿no crees? Ven, te enseñaré algo.» Relato
Por Bárbara Gil Publicado en Relatos en 21 julio, 2020 2 Comentarios 15 min lectura
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Mundo de cristal

 

Llegué a Nueva York en noviembre y, al contrario de lo hubiera pensado, en seguida encontré trabajo en una tienda de antigüedades en Manhattan. A diferencia de otras calles del barrio, la manzana en la que se ubicaba la tienda no era rectangular, sino que estaba dibujada sobre dos cortes diagonales, aunque solo a vista de pájaro podría observarse claramente su forma de V. La tienda se hallaba en el vértice y en ese punto tropecé por primera vez con Gustave, el dueño. El hombre se afanaba en quitar nieve de la entrada con una pala, dejando a la vista la huella del lugar en el que, antiguamente —según me explicaría más tarde—, confluían un camino y la linde de una granja. Sin saber todavía que pisaba un trazado fantasma en aquel paisaje congelado, intuí su textura distinta, de cicatriz, en el tejido de la ciudad. Una cicatriz que había sobrevivido al urbanismo salvaje y cuyo rastro el anticuario se empeñaba en exponer desafiando el empecinamiento de aquel invierno anómalo, que duraba ya más de seis años, y que muchos empezaban a considerar como el inicio de la Última Gran Glaciación.
Cuando me descubrió, se quedó observándome fijamente y yo le reté con la mirada.
—El resto del cuerpo, ¿también lo tienes «así»? —me preguntó de forma inquisitiva, dejando por un momento la pala y mesándose la barba como quien está considerando que una idea brillante puede hacerse realidad.
Con «así» se refería a mi piel gruesa, agrietada, marrón, que se tornaba gris blanquecina al exponerla a las temperaturas extremas causadas por el enfriamiento global. Un tejido de corcho, seco como la corteza de un árbol.
—La mitad de mí es un vegetal, sí, pero eso no me impide trabajar si puede pagarme unos dólares.
Me invitó a pasar y, al hacerlo, tropecé con los colores vibrantes de tapices étnicos, fuertemente expresivos, infantiles; con adornos de marquetería en azul y naranja, en lugar de los ocres, de los brillos cobrizos, del dorado de lo antiguo que yo hubiera esperado encontrar. No olía a madera vieja y a polvo sino a mangos maduros y tierra húmeda.  Además, había algo inquietante en el ambiente: el aire expiraba una tensión que me hizo pensar en el corazón fuera del cuerpo, aún palpitante y sensible, de una gacela que está siendo devorada por un leopardo. Me detuve a contemplar el perfil de hierro de una pareja de masais tapados con una tela a cuadros roja y morada, y pude sentir su tristeza, el empeño por sobrevivir en sus miradas de plástico, el hueco vacío que la modernización había excavado en sus esbeltos cuerpos, la futilidad de su existencia.
Me di cuenta entonces de que el anticuario estaba muy cerca de mí, con una mano levantada sobre mi rostro, como si quisiera tocar las imperfecciones de mi piel. Al verse descubierto, bajó la mano bruscamente y adoptó una voz autoritaria:
—No puedo pagarte un sueldo, pero en la trastienda hay una habitación con una cama, un armario y un escritorio. Necesito alguien que limpie el polvo y me ayude con el inventario. Podría darte dos comidas al día, pero, cuando entren clientes en la tienda, prefiero que te escondas: no quiero que se asusten al verte.
Acepté la oferta y la condición de Gustave.
Al día siguiente, lo primero que hizo fue darme un trapo de seda que había pertenecido a la reina Isabel I de Inglaterra. Me pidió que le quitara el polvo a una pequeña hada tallada sobre una raíz de mandrágora del Himalaya.
—No pienses que estás limpiando. Acaríciala —dijo, al tiempo que me incitaba a sentir en el ligero cosquilleo de las yemas de mis dedos, su dignidad altiva de objeto de culto.
En el trapo quedó adherido un polvillo ligero, de la textura del polen. Yo había leído que la mandrágora es una planta tóxica y, el solo pensamiento me provocó, después de años de insensibilidad, un escalofrío en la corteza de mi piel. De la raíz sin tallo, nacían hojas verdes, oscuras, y de ellas, una pequeña flor en forma de campanilla, de color blanco lívido, como la nieve que no paraba de amontonarse en la acera, fuera de la tienda.
Desde un cuadro de la pared, pintado —según ponía en una placa explicativa— por John Wallace Waterhouse, nos observaba una dama vestida de rojo que sostenía una esfera verde esmeralda en la mano. Gustave acercó una lámpara de calor que emanaba el mismo brillo que aquella esfera y la puso encima de la flor.
—Ella también extraña su «yo» —me explicó.
Y mientras yo pensaba que aquella verdad sonaba un tanto angustiosa, la pequeña flor se abrió. No había reparado hasta entonces en los ojos abiertos del hada. Qué gran artista debía de haberla tallado para lograr esa expresividad tan risueña, soñadora y nostálgica al mismo tiempo.
A medida que pasaban los días, yo reflexionaba sobre lo opuestas que eran las enseñanzas del anticuario frente a la crudeza mercantilista de la era post-industrial en la que vivíamos. A los gobiernos ya solo les importaba producir más y más y más, a cualquier coste. Yo había conseguido huir de una mafia que se dedicaba a la trata de personas, que había quemado mi casa, la mitad de mi Yo, y a mi familia. Me sentía a salvo en aquel refugio tropical, en ese minimundo hecho a mi medida: a las mañanas y a las tardes, limpiaba y, en mis ratos libres, leía libros antiguos y modernos que había en las estanterías, en el suelo, en las mesas. Así pasé el primer mes, hasta que de pronto me di cuenta de algo: pese al incalculable valor de todas aquellas reliquias que el anticuario había conseguido reunir y del esmero con el que las cuidaba, ¡no vendía nada! No es que fuera extraño, casi todos los comercios de la zona habían cerrado por culpa de años y años sin verano, del descenso sin precedentes de la población, pero ¿cómo era posible que su negocio no quebrara? A lo mejor Gustave era un hombre rico, un excéntrico, y la tienda no era más que una extensión de su romanticismo nostálgico. Pero en ese caso, era también un avaro, ya que se resistía a pagarme un sueldo. ¿Y si quería retenerme como a un fetiche más entre sus posesiones? Ciertos sucesos relacionados con sus clientes me demostraron, más adelante, lo equivocada que estaba: el anticuario no era un romántico, todo lo contrario, era un hombre pragmático, absolutamente devoto de las leyes de la ciencia y la tecnología.
Una mañana, mientras limpiaba una escultura del dios Helios, sus músculos perfectos esculpidos en el mármol, entró un cliente y yo corrí a esconderme en la trastienda. El edificio era antiguo y las paredes tenían grietas, y ya hacía tiempo que yo había descubierto, para mi gozo, varios agujeros en la pared a través de los cuales podía espiar el interior de la tienda sin ser vista.
Gustave salió a atenderle. El hombre quería un tótem de oso que había pertenecido a la tribu Ojibwa; uno tallado en madera de cedro, de colores rojos y verdes, que Gustave había adquirido en Minnesota. Necesitaba ponerlo en una esquina de su habitación para que su espíritu ancestral penetrase en él mientras realizaba el coito —así lo expresó él— con su mujer. Así ella podría quedarse embarazada.
Gustave le preguntó dónde trabajaba y el hombre le dijo que en Wall Street. Era agente de bolsa, pero debido a aquel maldito invierno, las acciones no paraban de bajar y cada vez menos gente invertía. La única forma que encontraba para calmar el ansia que aquello le producía era el alcohol. Sentía que había perdido su virilidad y estaba dispuesto a pagar lo que fuera por aquel tótem.
El anticuario le dijo entonces:
—El hombre busca explicaciones en la naturaleza, en poderes sobrenaturales o divinos. Esta estatua no le hará recuperar el deseo por su mujer; por lo que cuenta, el invierno ha llegado también a su relación. Déjela, busque a otra que sepa encender su fuego.
El cliente le miró con sorpresa, como quien recibe la ofensa de una bofetada en plena cara:
—¡Yo quiero a mi mujer!
—Pero no la desea.
Gustave miró por la ventana, en dirección a la calle, y el cliente siguió su mirada.
—Los días se amontonan unos encimas de otros, se convierten en rutina, y el sentido de la vida se vuelve entonces tan insustancial como esa nieve indiferente al daño que causa, que todo lo enfría. Vuelva a vivir la vida con intensidad, libérese de aquello que le ata a una vida mediocre que usted nunca deseó. Ese tótem no calentará su hogar; su voluntad de volver a desear, en cambio, será un fogonazo para despertar el animal que lleva dentro.
Y así, poco a poco, fui descubriendo que los clientes salían con sus consejos, pero que los objetos siempre se quedaban dentro.
Otro día entró una mujer un tanto estrafalaria. Llevaba un sombrerito con una llave en miniatura de adorno prendido en el pelo y cientos de collares con amuletos variados, baratijas todos ellos, alrededor del cuello.
—Necesito una máquina de escribir antigua, la que usó Mark Twain para el primer manuscrito escrito a máquina, Las aventuras de Tom Sawyer, una Remington Nº. 2. Ya no sé lo que es la inspiración. ¿Qué es la inspiración, dígame, qué es? ¿Será cierto que me ha abandonado para siempre? ¡Me niego a creerlo! —La mujer se desplomó sobre el mostrador con dramatismo y miró con desespero la máquina que estaba en la última balda de la estantería, detrás de Gustave.
—Como dice Compte: «No importa saber lo que las cosas son sino cómo ocurren» —le respondió el anticuario—. Además, esa es una Sholes & Glidden Treadle de 1874 y la primera obra escrita a máquina fue La vida en el Misisipi y ni siquiera la tecleó Twain, ya que no sabía, y se la dictó a un mecanógrafo.
De pronto, la mujer le confesó que, desde su primer gran éxito, se había vuelto pudorosa, que la fama le había hecho retraerse, tenía miedo a exponer sus secretos más oscuros: ¡Necesitaba aquella máquina para recuperar las musas!
Pero, cuando Gustave le dijo el precio, se le arrugó el entrecejo.
—¡Qué cara es, por Dios! La verdad, intenté comprar una de imitación en el mercadillo Artist & Fleas, pero no les quedaban. Es este maldito invierno, cada vez se fabrica menos.
Bajo toda aquella fruslería de baratijas de objetos mágicos modernos con los que la mujer se adornaba, reconocí el tejido de la blusa azul marina que llevaba. Yo había cruzado el Atlántico en un barco que tenía talleres clandestinos en su bodega; allí viajé encerrada durante meses, cosiendo sin parar ropa que luego se vendía a precio de saldo.
Sentí un tremendo escozor por dentro, como si un grillo me trepara por el intestino.
Gustave le dijo algo a la mujer que yo no oí. Los ojos de ella se encendieron y salió de la tienda desairada, sin la máquina de escribir. Vi su sombrerito desaparecer y reaparecer apenas pasados dos minutos. La mujer se detuvo frente a la entrada, se levantó el vestido, se bajó las enaguas y, para mi asombro y el de los transeúntes, echo un chorro de orina amarilla sobre aquella nieve tan pulcra. Al principio su rostro parecía avergonzado, como si su acto se debiera a una urgencia inaplazable, pero pronto lo sustituyó uno de auténtico goce, de absoluto empoderamiento.
Gustave entró en la trastienda y yo me armé de valor:
—¿Qué les dice? ¿Por qué nunca compran nada?
—La gente ha perdido el respeto por la magia, lo mejor es que crean que no existe.
—Pero les ayuda con sus consejos.
—Las relaciones sociales son el vértice para el progreso.
Entonces, sentí que el grillo que trepaba por mi intestino se precipitaba hasta mi boca:
—¡La magia no existe!
Gustave me miró entonces con una compasión infinita y puso su mano sobre mi mejilla acartonada, limpió una lágrima mía que se deshizo entre sus dedos.
—Es un poco egoísta que un ser con tanta magia niegue su existencia, ¿no crees? Ven, te enseñaré algo.
El anticuario me llevó hasta su despacho. Yo nunca había entrado allí. Sobre un tapete de terciopelo, había un cofre. Lo abrió y, en seguida, miles de destellos de color esmeralda se reflejaron por todas las paredes de la estancia.
—Es una bola de berilio que perteneció al cristalomante Edward Kelley.
—¿Tiene cualidades ocultas? —le pregunté, casi en trance, frente a la visión de aquella maravilla.
—Si te refieres a si te quitará esa angustia de estar contenida, de ser tan infinitésimamente pequeña, no. No lo hará.
—¿Entonces?
Gustave se encogió de hombros y sonrió:
—Algún día lo entenderás. Mientras tanto, fíate solo de la experiencia, no te aceleres, no inventes explicaciones. Si observas con paciencia, te darás cuenta de que todos los fenómenos experimentan regularidades y, en ellas, hallarás respuestas.
De eso hace ya más de un año. El anticuario murió de pulmonía hace apenas unos meses y me dejó a cargo de la tienda. Esta mañana ha entrado mi primer cliente. Quería una chuparrosas divina, un colibrí disecado que, con sus poderes sobrenaturales, le ayudara a conquistar a la mujer que le ha arrancado el corazón. Le ha abandonado para irse a una isla del Caribe donde dicen que todavía existen los días de verano.
Me he encogido de hombros y he señalado la ventana con la cabeza.
—El enfriamiento global nos está pasando factura —le he dicho—. Un colibrí no le servirá de nada si no ha sido usted capaz de seguirla hasta esa isla del Caribe. Hágalo, o búsquese a otra.
Cuando se ha marchado sin el chuparrosas divina, he salido a la calle y me he quedado un buen rato mirando al cielo que, por un momento, se ha despejado y me ha enseñado sus entrañas azules. Y luego, ha vuelto a suceder lo mismo de siempre: cada vez que el cielo parece despejarse por fin, una sombra con forma de mano negra gigante se alarga como una nube sobre la ciudad y le da la vuelta a nuestro mundo. Entonces, vuelve a nevar.


Bárbara Gil-Suárez es alumna de la Primera Promoción del Máster. Nació en Bilbao y es licenciada en Periodismo con estudios en Filología Hispánica y en Historia. En 2005 obtuvo una plaza por oposición como Agente Contractual en la UE. Ha trabajado en periódicos (El Mundo), en gabinetes de comunicación (Vocento y NUBA Viajes) y en editoriales (Oxford University Press). Tras cursar el Máster de Narrativa, abrió su primera escuela de escritura en Málaga. Más adelante, siguió impartiendo talleres virtuales mientras viajaba por el mundo y vivía en países como Australia y EE.UU. Actualmente sigue colaborando como profesora de Escuela de Escritores y dirige la escuela EscribE en Mallorca, en la librería Agapea, donde da clases de literatura y lleva un club de lectura. Es autora de los cuadernos para escritores de la colección Fetiche (el último de ellos «Tu Novela»), en los que transmite su pasión: enseñar todo lo que sabe a sus alumnos. El siguiente cuaderno de la colección saldrá en septiembre y será parte de un ilusionante nuevo proyecto con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores.


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  1. Hermoso relato, Bárbara.

    Cuando una persona sigue sus sueños su vida toma color y forma, empieza a disfrutar el estar presente y le agrega valor a la vida de la persona que los persigue

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