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Lavanda
«Me siento una muñeca en manos anónimas y para mi sorpresa, la incertidumbre multiplica mi excitación.» Relato
Por Rubén Blasco Publicado en Relatos en 10 noviembre, 2020 0 Comentarios 6 min lectura
"La arena del desierto", de Lotte Lentes Anterior Siguiente

Lavanda

 

Me mece la suave música de Mozart que llena la limusina. Aparte de eso no se oye nada más. Apenas noto el vaivén en las curvas. Me pregunto si él sigue a mi lado. El tacto de estos asientos de cuero es muy excitante. Los acaricio con delicadeza mientras pienso en romper la norma y preguntar si hay alguien ahí. El olor de su perfume de lavanda crece a mi derecha. Sí, sigue ahí. Deslizo mi mano con suavidad y me encuentro con su pierna. No hay norma para el tacto así que mis dedos trepan por sus pantalones y noto su pene a punto de explotar. Dios santo, esto va en serio. «No corras» me susurra al oído, y su aroma se me incrusta en la garganta. Tengo la mente entumecida. Un escalofrío de fuego me recorre el vientre hasta el clítoris como un rayo. Ahora mismo soy una taza de té hirviendo. La venda de terciopelo me parece ahora libidinosa, podría llegar al orgasmo tan solo moviendo los párpados. Me ha pedido que me ponga un vestido corto y escotado, pero con clase. «No vamos a cualquier sitio —me había dicho una hora antes—. Tendrás que cumplir las normas de forma muy estricta. Y solo así, quizás, se te permita volver.» Siento su aliento acariciándome el cuello. El sitio es secreto, así que entiendo la privación de visión, pero la norma del silencio me está volviendo loca. Quiero decirle las terribles ganas que tengo de devorarlo aquí mismo, creo que jamás había estado tan excitada. Voy dejar de torturarme, es imposible no rendirse a este aroma. Lentamente, el coche se detiene con los últimos acordes de la Serenata Nocturna.

Alguien abre la puerta del vehículo y un olor a lavanda natural y césped recién cortado invade el habitáculo. El aire fresco calma el fuego de mi piel. Una voz desconocida me pide que le acompañe, coge mi mano y me ayuda a salir de la limusina. Me abraza el sonido del agua corriente acompañado del murmullo de hojas que bailan con el viento. Apoyo los pies en un suelo de fina gravilla sobre el que me cuesta apoyar los tacones de aguja. «Tenga cuidado, señorita.» Maldita sea la norma de no hablar, con tanto olor a lavanda ya no sé si él sigue a mi lado. Me siento una muñeca en manos anónimas y para mi sorpresa, la incertidumbre multiplica mi excitación. El terciopelo de la venda me está volviendo cada vez más loca. ¿Les gustará mi lencería? El sonido del agua se hace más intenso y, tras rodear una fuente, mi acompañante desconocido me advierte de cinco escalones, al final de los cuales adivino el Claro de Luna de Debussy.

Una puerta se cierra tras de mí y la lavanda se desvanece mientras me envuelve una música de piano en directo. Unos brazos me rodean desde atrás y me acarician despacio desde la base de mis pechos hasta el bajo vientre, una y otra vez. Parecen los suyos. Creí que respetaría esa norma: no follar con quien has invitado. Me aprieta de improvisto contra su cuerpo, noto su pene caliente y erecto por encima del vestido rojo de Prada. No puedo más, me flaquean las piernas, arqueo mi espalda, me aprieto contra él y mis nalgas bailan con su miembro, acariciándolo. Deseo que me penetre ahí mismo. Levanta mi vestido y baja mis bragas empapadas. Parece que me lea la mente. Mis dedos juegan con el vello de su nuca mientras le busco con mi vagina. Lo noto. La punta de su pene toca mis labios, que le reciben ansiosa. Y entra despacio buscando su sitio, más grande que nunca. De mi boca emerge un gemido cuyo eco me revela el tamaño de ese recibidor. Oigo pasos y más gemidos. No sé dónde estoy, pero tampoco me importa. Mis demonios se están apoderando de mí. Él sigue penetrándome por detrás cada vez más rápido. Estoy al borde de clavar los tacones en el suelo. El orgasmo que viene es de otro planeta. Algo vibra dentro de mí, me inunda. La música crece en intensidad. El té hirviendo está a punto de desbordarse. Unos pasos se acercan de frente mientras yo me empiezo a despegar del suelo. Alguien me agarra por las mejillas y me besa. Y de nuevo el olor a lavanda… ¿Quién está entonces detrás de mí? Ya es demasiado tarde para que me importe. Blanca oscuridad que saboreo dulce en mi lengua, gemidos de lavanda y acordes de piano que paran el tiempo y mi interior explota en una vibración que me separa la piel del cuerpo hasta que se funde con el aire. Habría caído desplomada de no ser por las cuatro manos que me sujetan. No hay nada más allá de los límites de mi cuerpo. Cae la venda de terciopelo y él está delante de mí. El hombre que me sujeta por detrás me deja caer de rodillas. Yo lo observo sorprendida y exhausta. No lleva nada más que un antifaz plateado y un sombrero de copa.

Tras recobrarme, miro en todas direcciones, y descubro el enorme recibidor con moqueta de terciopelo rojo que acaricia mis rodillas y unas anchas escaleras de madera blanca que trepan hasta los pisos superiores. La mansión está llena de sillones bañados por luz tenue y hay gente con antifaces follando por todas partes. Todos gimen de forma más discreta que yo, pero no me miran y no parece que mi escándalo haya llamado su atención. Él sigue delante de mí y me ayuda a levantarme. Mirándome con dulzura, me pone un antifaz de terciopelo y me dice: «Bienvenida».


Rubén Blasco, alumno de la XI Promoción del Máster de Narrativa, nació en Huesca. Estudió desarrollo de productos electrónicos y la carrera de música en la especialidad de violín, además de un máster en «Obras maestras de la literatura universal». Hoy en día es técnico de postventa en una de las mayores multinacionales de maquinaria industrial. Ha publicado 25 artículos sobre ciencia y astronomía en el Diario del Alto Aragón y más de 100 en diferentes blogs y páginas web, además de encargarse de las citas diarias sobre astronomía en el mismo periódico.


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