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Jugada incorrecta
«Tal vez debimos haber parado en el hostal de la carretera, y venir mañana, a plena luz.» Relato
Por Alberto Cascón Publicado en Relatos en 17 noviembre, 2020 Un comentario 21 min lectura
Elizabeth Villaman, seleccionada en El Caribe Anterior "La arena del desierto", de Lotte Lentes Siguiente

Jugada incorrecta

 

«Tal vez debimos haber parado en el hostal de la carretera, y venir mañana, a plena luz», dice María, cuando las primeras gotas golpean el techo acristalado del coche. Julián, a mi lado, se burla. «Vamos, María, solo está chispeando. Además, tenemos que estar a punto de llegar». Me mira entonces a mí, para que apoye su comentario. Yo asiento, sin apartar la vista de delante. Cada vez me cuesta más mantener el control del coche en el camino, a pesar de ir siempre en segunda. Los baches, más frecuentes y hondos según avanzamos, hacen rechinar la suspensión. Con el silencio de fuera, en cada chillido tengo la sensación de estar molestando a alguien. De pisar con botas de goma el suelo encerado de una mansión a la hora de la siesta. «Sí, estamos al lado», respondo. Julián escenifica un gesto de victoria. María se recuesta en el asiento. Suspira. Apunta algo en su libreta, donde lleva escribiendo desde que empezó el viaje. «Bueno, vosotros sabréis», escucho que dice, detrás de mí, «yo solo he avisado».
Respondo claramente. Aunque no sé si creo del todo en lo que digo. Solo hay un camino, así que no podemos habernos perdido. Pero ya deberíamos haber llegado. Ha pasado casi una hora desde que cruzamos el cartel que marcaba la entrada al parque natural de La Quebrada de los Cuervos. En un cartel secundario, más pequeño, mal plantado, medio borrado por la lluvia, anunciaban un refugio. «Refugio del guardián», a veinticuatro kilómetros. Hemos revisado la guía, pero no aparecía. Ni una mención al parque en el mapa general de la zona. No nos ha importado, más bien al contrario; era una forma de salir de las rutas habituales. Ya habíamos decidido viajar sin móviles; esto solo suponía aislarnos un poco más. «Son solo veinticuatro kilómetros. Aún queda mucho rato de sol. Si no, siempre podemos dar la vuelta», hemos dicho. Y hemos girado para salir de la carretera principal y entrar en el camino de ripio que se abría a nuestra izquierda, como un atajo tentador.
Tengo una mala impresión desde entonces. Ha anochecido demasiado deprisa. Como si en lugar de diciembre en Uruguay nos encontráramos mucho más al norte, en el invierno europeo del que huimos. Nos resitúa el calor, sofocante, que se cuela por las ventanillas a medio subir. Cada vez hay menos luz y cada vez más calor. Avanzamos en lo que me parece rumbo oeste, por tanto, la oscuridad ha crecido desde detrás, y nos acorrala. A menudo tengo la impresión de que es más la noche que el motor lo que hace avanzar el coche. Nos posa una mano invisible en la espalda, suave, pero firme, para que no se nos ocurra dar la vuelta. Miro un momento por el retrovisor. Apenas se ve. Delante, aún puedo intuir un brillo débil al fondo. A lo mejor es ahí.
Reviso el contador de la gasolina, que se vacía tan rápido como se ha vaciado la luz fuera. Julián me ve y lo mira también. «Eso es por las marchas cortas. Siempre se gasta más.» La luz del fondo se hace más débil, pero no se acerca. Es el horizonte. Julián mira, como yo, hacia delante, buscando un nuevo cartel, una curva tras la cual encontremos de verdad el brillo de alguna instalación eléctrica. El refugio del guardián. Pero no hay ninguna pista. Con cada curva que pasamos aguantamos la respiración y después, al no encontrar nada, suspiramos. María se ha incorporado del asiento y coloca su cabeza entre nosotros. Respira más rápido de lo normal y siento el vaho caliente rozar la parte de atrás de mi oreja. Tal vez hemos leído mal el cartel. Tal vez esto no lleve a ninguna parte. Pero no consigo convencerme de dar la vuelta; y eso que me intranquiliza comprobar cómo el camino es cada vez más accidentado, cada vez más tortuoso, más oscuro. Además, está flanqueado, casi desde que entramos, por unos cipreses altísimos que hacen que la luz del sol solo se intuya, y que el camino adopte la forma caprichosa de un laberinto donde, voluntariamente, hemos querido encerrarnos.
Las gotas que habían empezado a caer se han vuelto densas, enormes, como llenas de un material pesado que no conozco; tengo la sensación de que están poniendo a prueba la resistencia del techo. Pequeños avisos. Parecen decir: «Lo que viene después es peor». Caen más según avanzamos. Intento escuchar los truenos de alguna tormenta dentro del parque que explique esta lluvia repentina, pero no oigo nada. Solo el martilleo acompasado de las gotas que suenan como hechas de bario para un juego de experimentos. Bajo la ventanilla y saco el brazo para comprobar que no es granizo. Meto de nuevo la mano en el coche y paso la lengua por la palma. Sabe amarga. Y está caliente. Como el agua de las saunas.
De pronto, se hace evidente que han comenzado a caer más. Y de forma más violenta. Ahora sí creo que he escuchado un trueno, a una distancia indeterminada, más allá de la barrera de cipreses. Pero a lo mejor es otra cosa. Un graznido, o un grito. No lo sé. Tal y como suenan, las gotas parecen acomodarse, amenazadoras, al chirrido de la suspensión; nos dicen que su razón de ser es nada más que combatir nuestro ruido. Nuestro ruido intruso. Delante de nosotros, se van formando charcos; el ruido del chapoteo al entrar y salir las ruedas de las rodaduras se suma a la orquesta de sonidos. Me quedo como hipnotizado, siguiendo el ritmo, agarro fuerte el volante de forma instintiva, para no perder el control del coche. Miro de reojo a Julián y a María que, como yo, permanecen idiotizados con esta extraña música. Ambos mueven el cuello de un lado al otro, siguiendo un péndulo invisible que flota frente a la luna delantera. Extrañamente, por primera vez en la última hora estamos tranquilos, como mecidos por un sueño. Reverberan los sonidos que, desde la oscuridad de fuera, penetran de forma osmótica y llenan el espacio húmedo y cálido que es el interior de la cabina.
Y entonces, el silencio.
Me sobresalto y freno el coche de golpe, sin haber sido consciente de mi propio pie pisando el pedal. Levanto la vista. Sé que sigue lloviendo porque la luz de los faros ilumina las gotas que caen, ahora formando una cortina de agua de la que parece surgir una masa de vapor. Bajo un poco las ventanillas, para convencerme de que este silencio es solo una impresión. Pero no se escucha nada. Se ha congelado el sonido. Miro a Julián y a María, que permanecen paralizados, mirando fijamente hacia delante. María me aprieta el hombro. Vuelvo la vista al frente.
Es cuando lo veo.
Una figura oscura ha surgido de la hilera de cipreses a nuestra derecha. Más oscura incluso que el resto de la noche. Cruza delante de nosotros. Está a unos dos metros del morro delantero del coche. Viste con una capa negra, larga y empapada, con una capucha que le cubre la cara; camina, con lentitud, arrastrando la capa por el suelo; lleva, cogido por las riendas, a un caballo tan oscuro cómo él, que va a su lado; en la otra mano, sostiene un bastón. Llega al centro mismo del camino, los dos faros lo alumbran.
Nos mira.
A pesar de estar iluminado, no hay luz dentro de la capucha. Inclina levemente la cabeza, como un saludo. No puedo dejar de mirar, pero me arden los párpados. Todo sigue en silencio. Siento caer gotas de sudor por mi nuca. María aumenta la presión sobre mi hombro hasta provocarme dolor.
La figura vuelve a girar la cabeza. O lo que sea. Todos sus movimientos son limpios. Sin ningún signo de rigidez. Comienza a andar hacia el margen izquierdo del camino, donde me doy cuenta de que no hay cipreses. Da un salto corto y desciende a la cuneta. El salto conserva la misma velocidad que sus pasos, como si levitara. El caballo, a su lado, lo imita. Lo seguimos con la vista. Lo vemos alejarse, en una extensión de tierra que concluye en el negro absoluto, a lo lejos.
Vuelvo a escuchar el ruido de gotas golpeando el techo.
Nos miramos los tres, pero no podemos decir nada. Julián emite un sonido ronco y oxidado. Señala al frente. Veo, a menos de doscientos metros, una luz amarillenta que ilumina el contorno de lo que me parece una casa. Giro el contacto para encender el motor; no recuerdo haberlo apagado. Meto primera y escucho a la palanca rasgar y volver al punto muerto. Me seco el sudor de las manos. Pruebo de nuevo. Entra.
Avanzamos, muy despacio, por el camino parcialmente iluminado ahora por esa luz que llega desde delante. Conforme nos acercamos, distingo mejor la estructura de la casa. Dos edificios contiguos, el tejado a dos aguas. Cincuenta metros antes de llegar, un cartel de madera: «Refugio del guardián».

«En seguida les traigo una sopa fresquita, pónganse cómodos hasta que venga el patrón», dice el chico; nos sonríe, y después desaparece detrás de una puerta con nuestras maletas. Nos quedamos parados. Persiste mi duda sobre la edad del chico, con esa cara de piel de cuero, lisa, los brazos musculosos, y de repente los ojos caídos arrugados, grises. Miro a los demás. No sé si tienen, como yo, el enorme impulso de salir corriendo, ni si, como yo, son incapaces de hacerlo. Me asomo a una de las ventanas. Fuera parece inundado. Y ni siquiera se ve la carretera. No podemos salir.
Al menos, dentro de la casa, la temperatura es más agradable. Tal vez ese calor lo hemos imaginado. Pero conservamos el cerco de sudor en las axilas. Me acerco de nuevo a ellos. Al poco, Julián empieza a caminar por la estancia, haciendo sonar las tablas de madera. María está quieta, muda. Mira al techo. Yo escucho las gotas cayendo sobre el tejado, chocando contra las ventanas, golpeando los charcos formados en el suelo. Pero han bajado el ritmo, como en el ojo de un huracán. Un descanso. Sí se distingue, ahora sin ninguna duda, el retumbe de truenos que nos rodean, como un cercado de alarmas; rompe la luz tenue de la estancia el intermitente fogonazo de los relámpagos.
Pienso en la llegada. El chico de pie, bajo el alero de la casa, esperando, igual que una recepción. Quieto, firme. Nos esperaba. No sé cómo podía esperarnos, pero nos esperaba. Cuando hemos frenado, se ha acercado hasta nosotros. Nos ha abierto la puerta del coche, diligente, y nos ha cubierto con el paraguas hasta dentro. «Bienvenidos, los acompaño dentro y ahora les llevo la valija», con un acento marcado. Hemos obedecido, como si todo el acto, el camino, la aparición, formara parte de un pack de experiencia con todo pagado. Hemos bajado del coche y, con el agua de la lluvia, que ya no era cálida ni dejaba el poso sulfúrico, igual que se borran las manchas, se nos ha borrado la memoria. Hemos entrado en esa casa, construida de madera basta, sin pulir, con mesas también de madera, y esas lámparas tipo araña que tintinean levemente, como un silbido en sordina. Parece de verdad un refugio de montaña. Y nos lo hemos creído.
Julián pasea con las manos a espalda, rebusca entre los objetos decorativos de la sala: instrumentos de cuerda en desuso, tazas ornamentadas y ordenadas por tamaños, libros que desde yo estoy parecen guías de viajes, rotas y acumuladas, como las que quedan siempre en los albergues. Una coreografía de desechos. Julián lo mira todo como quien pasea en silencio en las salas estériles de un museo de arte moderno. Sigo sus pasos por el sonido de la suela de goma haciendo sonar los tablones, y por el cerco de agua que dejan. Está buscando algo, un disimulo, una excusa para mantenerse ocupado mientras espera. Le falta olfatear como un perro detrás de un rastro. Hay gente que espanta así las dudas.
«Vamos a echar una partida», dice Julián, poniendo así fin a la búsqueda. Coge de la estantería un tablero de ajedrez y una caja. Escucho las piezas rebotar dentro del estuche mientras lo transporta. Nos sentamos, uno en frente del otro, en dos sillas bajas junto a la chimenea apagada. Nos separa una mesa también baja. Sin usar, en realidad, como casi toda la estancia, que parece un decorado. María nos sigue, se recuesta en un sillón reclinable, y empieza a escribir en la libreta. Me gustaría saber qué escribe.
No hemos hablado del incidente. Hacemos como si esa figura no existiera. No ocurre lo que no cuentas. Los problemas que no hablas no son reales. Eso hacemos: fingir. Fingimos que no ha cruzado esa figura, cuidadosa y casi educada, delante de nosotros. Se trata de una alucinación, aunque hoy no hayamos fumado. No hemos visto a ninguna silueta negra tragarse los sonidos. Al entrar aquí, hemos pasado página, de forma real o no. El recuerdo se emborrona. Queda solo la sensación, un poco engañosa, de haber superado una prueba.
Extraigo de la caja de madera las piezas del ajedrez. Están talladas de forma un tanto rústica; con picos, tal y como mi abuelo afilaba los lápices. Sin consultarlo con Julián, escojo las fichas blancas y las voy colocando en los escaques correspondientes, de manera automática. Él hace lo mismo con las suyas.
Julián hace un ademán y lo entiendo como una señal de preparación. Abro con el peón colocado delante del rey. Avanzo dos casillas. Julián imita en espejo la jugada. Desde el principio, me parece un poco absurdo jugar, atentos justo a lo menos importante. Pero me resigno. Durante unos minutos, movemos piezas, nos tanteamos. Intento amenazar con el alfil que recorre negras, pero Julián se defiende bien con los caballos. Veo que apenas levanta las piezas al moverlas. La partida es lenta. Y mediocre. Yo hace años que no juego, y Julián tampoco.
Llevamos unos diez movimientos cuando escucho pasos a mi izquierda. Me giro en dirección al ruido y veo cómo el chico, que camina dando pasos muy cortos, carga con una bandeja donde hay tres cuencos de algo que parece sopa de tomate, pero más oscura. Con olor más intenso, pasado por el fuego y después dejado enfriar. También hay pedazos de pan y unos cuchillos para untar dulce de leche. Entrega uno de los cuencos a María, que lo agradece. Los otros dos cuencos y la bandeja de pan las pone sobre nuestra mesa, junto al tablero. Se lo agradecemos. «Van ganando las negras» dice, «aquí siempre ocurre así». No pronuncia una palabra más. Después, se sienta, en un sillón a poco más de dos metros de donde estamos.
Dejamos la partida detenida, mientras sorbemos la sopa. Lo hacemos rápido, como si temiéramos que nos la robaran. Está fresca y sutilmente amarga. Muy condimentada. Ahora, dentro de la sala, el mayor ruido es el provocado por nosotros: nuestros sorbos; el zapato medio suelto de María moviéndose rápido y golpeando en el talón, el golpe del cuchillo para untar sobre el plato de cerámica cada vez que Julián se sirve un montado de dulce de leche. Solo de fondo, muy bajito, escucho el tintineo de las bombillas. Vuelvo a tener la sensación de estar molestando a alguien, de estar siendo demasiado ruidoso en una casa ajena. Fuera, la lluvia arrecia, son más los golpes sobre el tejado, sobre las ventanas. Así nos responden. Mientras bebo el último sorbo, miro hacia el chico, pero su vista no parece reparar en nosotros, mantiene los ojos fijos sobre el tablero. Inmóvil como está. Parece que estuviera midiendo el tiempo exacto de la partida. Calcula posibilidades. En un momento, sin percatarse de que le miro, sonríe, como si lo hiciera en una situación futura o pasada, lejos de aquí. Las arrugas que antes vi en los ojos y que resultaban inapropiadas, se adueñan del resto de la cara. Es un chico viejo. Me obligo a dejar de mirar, pero, como con las imágenes censuradas, no puedo evitar hacerlo de nuevo y, ahora sí, me está mirando. Pero creo que sin verme.
Me descubro repitiendo este movimiento varias veces. Y apartando la vista en seguida. No sé si estoy pidiendo ayuda o si, como en el «escondite inglés», solo le vigilo para que no se mueva y toque la pared que guardo. Mis piezas. Lo que sea. Pero lo más probable es que los vigilados seamos nosotros. Julián ha terminado de comer, y se seca la frente. Ha vuelto a subir la temperatura. Me toco yo la frente y está también mojada. Incluso la de María, que ha dejado de mover el pie, contiene gotas. Veo que escribe compulsivamente, como las últimas líneas antes de una entrega. Una carta fuera de plazo. Vuelvo al tablero y trato de coger una pieza para moverla y, por culpa del sudor, se me escurre entre las manos. El ruido al caer sobre el suelo de madera me sobresalta.
Me levanto para abrir una ventana. Al principio, noto cierto alivio. Al menos, el ruido ensordecedor de las gotas fuera me avisa de que hemos atravesado ya el ojo del huracán. Se acabó la tregua. Eso me sitúa. Saco la mano para al menos aclarar el sudor. Al volver a sentarme olfateo y vuelvo a sentir ese olor como de sauna, de manantial urbano. Miro hacia el chico viejo. Sin que nos demos cuenta, se ha acercado a medio metro de nosotros. Prácticamente nos toca. Veo que su piel ya no tiene la tersura de cuando llegamos, cuero que se estropea con la humedad. Y desprende calor, pero tengo la sensación de que es una fuente secundaria. Un satélite, la falsa luz que entrega la luna. Aun así, me aparto. Muevo la silla y la mesa hacia la derecha. Las alejo de él. Espero una protesta, pero él sigue callado.
«Venga, vamos a acabar esto de una vez», le digo a Julián. No sé si quiero acabar la partida o convertirla en una barca de rescate. Seguir jugando para seguir en juego. Julián me avisa de que me toca. Cojo el alfil de diagonales blancas y lo muevo para buscar una maniobra de distracción. Cruzo el tablero, creo que imitando a la figura cruzando el camino. Nada más soltar la pieza, me arrepiento. Pero no pienso en cambiar la jugada, sino la propia partida. Los términos, al menos. Me acuerdo de una frase de mi profesor de primaria. Aunque no consigo repetirla exacta. Algo sobre no soltar las piezas si no estamos seguro del movimiento. Lo mismo con los caminos. Decido pasar al ataque, pero, durante varios turnos, me parece estar perdiendo terreno en cada uno de ellos. Me siento caminar de espaldas hacia un precipicio evidente. Miro en perspectiva el tablero: las piezas grandes y negras rodean las mías. Nos rodean a todos.
El ruido de gotas ha penetrado en la sala. Ahora, aunque ya es un diluvio, distingo aquellas que son más pesadas. Los golpes de clave. Esas gotas también se aceleran. Los aplausos antes del salto.
«Ya está cerca el final.»
Me giro bruscamente para mirar al chico viejo. No lo encuentro donde estaba. Después de hablar, se ha levantado, y se ha colocado junto a la puerta de entrada, como esperando para abrir. No sé cómo ha podido moverse tan rápido. Lo veo borroso, siento que la luz de las bombillas se ha atenuado aún más. Un anochecer de interiores. O el calor. En un reflejo, miro la partida a la que, efectivamente, le faltan dos movimientos. Pero sé que el chico viejo no hablaba de eso. Busco con la mirada a Julián y a María. Nos miramos los tres, y lo entendemos.
Como en una ceremonia ya programada, María se ha levantado y se ha acercado hasta la mesa. Deja bien colocada la libreta en el sillón: que eso no se pierda. Nuestra botella al mar. Se queda de pie a nuestro lado. Nosotros la imitamos. Al levantarnos, con el movimiento, tiramos la mesa, el tablero, las sillas, los cuencos con los restos de sopa… Espero un estruendo, pero al golpear el suelo, no oigo nada. Ninguno de esos objetos emite un sonido. Tampoco escucho ya el sonido de las gotas.
Otra vez el silencio.
Sé lo que va a suceder antes de que ocurra. Ya no es la primera vez. No veo a Julián y a María; ni siquiera sé si siguen aquí. Estoy solo. Sí capto, en cambio, el olor de esta lluvia, sulfúrico, casi familiar.
No necesito mirar para sentir cómo se acerca a la casa.
El chico viejo abre la puerta. Se inclina para recibirlo.
El tiempo se dilata con la crueldad de lo inevitable. Por fin entra, muy despacio, en la sala; la capa se desliza sobre el suelo. Pero él flota. Se para en el centro. Empieza a retirarse la capucha.
Sé, antes de perder, que la partida ha terminado.


Alberto Cascón es alumno de la Décima Primera Promoción del Máster. Nació en León, aunque ha pasado la mayor parte de su vida en Madrid, donde estudió la carrera de Medicina en la Universidad Complutense. Después de haberse especializado en Medicina Familiar y Comunitaria, se desempeña como Médico de Familia en un centro de salud en Vallecas. Sus continuos viajes por Sudamérica, así como EEUU, Australia, Rusia e Italia, le han granjeado una visión de la condición humana que queda patente en su narrativa. Su relato A la espera de noticias, también ha sido publicado por esta revista durante su período dedicado al Blaxploitation.


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