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Las reglas del juego
«Frena, me dijiste. Y yo frené. Me bajo, dijiste. Y te bajaste.» Relato
Por Inés Usera Publicado en Relatos en 22 noviembre, 2020 Un comentario 4 min lectura
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Las reglas del juego

 

Frena, me dijiste. Y yo frené.
Me bajo, dijiste. Y te bajaste.

Te bajaste del coche, delante de tres cactus que parecían tres señoras de pueblo que llevaban toda la vida esperando a que nos paráramos frente a ellas. No sabía qué tenía que hacer, así que apagué el motor. No te gustaba que te pidiera que me explicaras las reglas de tus juegos. Me decías no las pienso de antemano, son como un sueño, si las digo en voz alta se esfuman.

La carretera era una de esas carreteras siempre largas y siempre rectas, en las que nunca se puede olvidar a alguien tras una curva. Tan sólo se puede acelerar y acelerar y esperar que el reflejo en el retrovisor se vaya reduciendo hasta una diminuta mota. La carretera la habíamos recorrido también la noche anterior.

La noche anterior no habíamos visto los cactus. Habías apagado los focos del coche y empezado otro de tus juegos. No se veía nada. Cada vez conducías más rápido. O eso decías entre jadeos. Porque no se veía nada. Todo era negro. Habías apagado los focos del coche, y nos habías escondido del lado de los cactus, la luna y las estrellas que tampoco se veían. No había dentro y fuera del coche. Los ojos me escocían porque trataba de dibujar formas. Tú te reíste con tus carcajadas que llenaron toda la oscuridad. Yo, al principio, también intenté reír. Pero me preocupaba que nos pasáramos al carril opuesto, o nos saliéramos de la carretera. Porque no se veía qué era carretera y qué no. Tú dijiste que era fácil, sólo había que dejar las manos quietas sobre el volante.
¿Oyes eso? ¿Qué son? ¿Pasos? Pero no se me oyó porque tú reías de forma casi histérica. Como unos coyotes muertos de hambre. Oía toquecitos nerviosos en la luna, las puertas, el techo del coche. No sabía cuánto tiempo pasaba. Si no veía el tiempo pasar, no era capaz de medirlo. Acariciaste mi pierna, y me preguntaste:
¿Te pone?, ahora que ya no reías, los toquecitos nerviosos eran más punzantes.
¿Qué es eso?, te pregunté.
La lluvia. Y te callaste.
Ya no reías, ni jadeabas. Tampoco hablabas. Traté de definir tu sombra a mi lado, pero no la encontraba. Te llamé, pero no contestabas. Me mareé. La lluvia era una lluvia alterada que rodeaba el coche. La gravedad había desaparecido y éramos todos uno: los cactus, la luna, las estrellas, los coyotes, las gotas, tú y yo. Ya no sabía qué era arriba. Si las gotas subían o bajaban. No sabía qué lado era el tuyo, y qué lado era el mío.
Frena, te pedí.

Por la mañana, te bajaste delante de los cactus que nos miraban sin pudor, empezaste a caminar. Yo arranqué y avancé con el coche lentamente a tu lado, a ritmo de paso. Tú mirabas las puntas de tus zapatos. No te veía la cara. Así que aceleré un poco para poder verte por el retrovisor. Seguía sin ver tu cara. Aceleré más, con la esperanza de encontrarte en el reflejo. Ladeé la cabeza, buscándote. Como si el retrovisor contuviese todo aquello que me rodeaba, tan sólo tenía que dar con la posición exacta para dar con tu cara. Pero sólo me devolvía tu cogote.

Se empezaron a oír de nuevo toquecitos nerviosos. Las gotas que no dio tiempo a que cayeran anoche, pensé. Pero ahora podía ver: no eran gotas, eran granitos de arena que el viento levantaba y lanzaba contra el coche. Miré por el retrovisor. Puede que levantaras la cara, pero ya no se te distinguía: eras un puntito rodeado de bruma de arena. Puede que gritaras mi nombre, o dijeras frena. Pero, las gotas que no eran gotas no me dejaban oírte.


Inés Usera, alumna de la XII Promoción del Máster de Narrativa, nació en Madrid, donde ha pasado casi toda su vida, salvando breves periodos en Barcelona y Dublín. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Politécnica de Madrid y también cursó un Máster sobre la regulación del sector eléctrico, área en la que ha centrado su carrera profesional hasta el momento.


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