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Un cuento
«De repente, se abrió la puerta delantera del coche en el que estábamos. Dejé de respirar unos segundos.» Relato
Por Berta Rodríguez Publicado en Relatos en 1 diciembre, 2020 0 Comentarios 7 min lectura
El efecto Foehn, de Alfonso Magaz Anterior Siguiente

Un cuento

 

La luz de la habitación estaba apagada, pero hasta que escuchamos los ronquidos de mamá no nos atrevimos a movernos. De puntillas cerramos la puerta sin hacer ruido. En la cocina no pudimos coger más que un bote de cristal de garbanzos de los que nos daban en la parroquia. No había nada más.
Al bajar la escalera, el perro del vecino nos oyó. Le oímos acercarse a la puerta y oler. Pero creo que sabía que éramos nosotros porque no ladró. El garaje estaba oscuro y en silencio. Nos daba miedo que hubiese alguien escondido. Probamos con distintos coches. Al final, encontramos uno con el pestillo subido de la puerta de atrás. El asiento tenía un roto por el que se le salía la esponja amarilla de dentro. Estaba lleno de papeles, colillas, un pantalón vaquero manchado de algo marrón y un cartón de vino como los de papá. Me dolía un poco la tripa. Juan temblaba y chupaba todo el rato su trapo azul. Luego nos quedamos dormidos.

Cuando nos despertamos, muchos de los coches ya no estaban. Había sido una tontería meternos allí. Ahora era de día y si salíamos nos encontraríamos con algún vecino. Se lo diría a papá o a mamá.
Se acercó un señor con barba al coche de al lado. Nos escondimos en cuclillas en el suelo. Cada uno en un lado. Agachamos las cabezas para que no nos viera; le oímos llamar hijo de puta a alguien. Yo notaba una pelota botándome dentro del pecho. Después escuchamos que cerraba la puerta del coche y arrancaba. Levantamos la cabeza. Sólo pudimos mirarnos a los ojos un momento. De repente, se abrió la puerta delantera del coche en el que estábamos. Dejé de respirar unos segundos. Mientras notaba que algo caliente me mojaba el culo, el coche arrancaba y comenzaba a moverse. Era el pis de Juan que se había extendido por el suelo.
Al salir a la calle todo se llenó de luz. No vi quién conducía, sólo que tenía el pelo negro y con cositas blancas. En la radio dijeron la hora. La una de la tarde, mediodía en Canarias. ¡Habíamos dormido demasiado!
Estábamos metidos en aquel coche, sin saber a dónde íbamos; tampoco teníamos otro plan. Sólo que no volveríamos a casa por nada del mundo. No queríamos ir al sitio ese de acogida, aunque fuera sólo por un tiempo. Si supiéramos dónde vivía la abuela, la podríamos buscar. Mamá decía que la abuela no sabía nada de la vida, pero a nosotros nos parecía que sí; su ropa no tenía manchas, su pelo corto olía muy bien y nos traía regalices. Pero hacía mucho tiempo que no venía a vernos.
Seguimos agachados en cuclillas hasta que se volvió a hacer un poco como de noche y  el coche se detuvo. El señor se fue.
Levanté la cabeza para mirar a mi hermano. Estaba hecho una pelota y todavía temblaba.
—Juan, ¡nos tenemos que bajar ahora!
—¿A dónde vamos?
—No lo sé, pero ¡bájate antes de que vuelva!
—Tengo miedo.
—Y yo, pero si volvemos nos llevarán al sitio ese que dijo mamá.
—A lo mejor allí nos dan de comer.
—Tenemos los garbanzos, ¡venga, bájate!

Estábamos en otro parking lleno de coches. Subimos en un ascensor y aparecimos dentro de un edificio enorme, como una plaza o un parque pero con techo. Todas las personas andaban en la misma dirección. Muchos  hablaban por teléfono y otros corrían. Fuimos con ellos y llegamos a un andén de trenes. Nos metimos en el primero que llegó.
Sentados al fondo del vagón intenté abrir el bote de garbanzos. Estaba demasiado duro. Mamá siempre le metía un cuchillo por debajo de la tapa y después ya se abría. Yo no tenía ninguno. El señor sentado en el asiento de enfrente me miraba de reojo. Cuando el tren paró, se levantó para bajarse, pero antes me quitó el bote de cristal de las manos; escuché el pof que hace la tapa al abrirse y me lo devolvió. Me guiñó un ojo antes de salir del vagón.
Primero nos bebimos el líquido y después fuimos repartiéndonos los garbanzos. Una señora china y un señor con pendientes nos miraban. Teníamos tanta hambre que no nos importó. Luego siguieron mirándonos, así que nos bajamos del tren en la siguiente parada.
En el andén, una señora venía detrás de nosotros. Muy cerca. Anduvimos más rápido pero ella también lo hizo. Yo le decía a Juan que no se diese la vuelta.
—Chicos, esperad. —Miramos hacia atrás. Tenía el pelo corto como el de la abuela y los ojos muy azules como los de Juan—. ¿Estáis solos?
Yo dije que no, pero Juan dijo que sí.
—A lo mejor os apetece comer algo y quitaros esos pantalones de pijama mojados. ¿Dónde están vuestros padres?
No contestamos, pero la seguimos hasta salir del metro y después por la acera hasta un edificio de ladrillo. Subimos callados en el ascensor. Tenía las llaves en el bolso. Al abrirnos la puerta entramos en una casa que olía a jabón, con un suelo muy brillante. Me acordé de la abuela otra vez cuando me decía que tenía que aprender a llevar la cara lavada «como los chorros del oro». Nos quedamos esperando en la entrada, mientras hacía algo en una habitación. Volvió a aparecer con unos pantalones de chándal de nuestro tamaño y nos dijo que eran para nosotros. Juan y yo nos miramos, pero no nos movimos. Después de un rato, la señora dijo que daba igual, que no hacía falta que nos cambiásemos.
Fuimos entonces a la cocina. Comimos una sopa del microondas, un filete de la sartén y nos dio una mandarina de postre. Luego nos preguntó si queríamos descansar. Nos llevó a una habitación llena de muñecas, con una tele. Era de su hija. Dijo que ya no estaba y que nos podíamos quedar allí todo el tiempo que quisiéramos.
—No se lo diremos a nadie —susurró como en secreto y salió de la habitación. Nos cerró la puerta con llave.
Juan y yo nos miramos un segundo. Habíamos comido algo diferente a los garbanzos y la leche que mamá nos daba para desayunar y cenar, no hacía frío y aunque la habitación era de chica, era muy bonita. Encendimos la tele y le dije a Juan que se pusiese los pantalones que nos había dejado la señora sobre la cama. Después nos metimos dentro y, abrazados, nos quedamos allí.


Berta Rodríguez, alumna de la XII Promoción del Máster de Narrativa, nació en Madrid y es licenciada en Historia del Arte y diplomada en Ciencias de la Educación. Se dedicó al mundo inmobiliario, hasta que volvió a la universidad para hacerse maestra. Ejerció de profesora de Educación Primaria durante varios años. Se especializó en literatura infantil, bibliotecas escolares y en tecnologías educativas, además de desempeñarse como directora de colegio. Actualmente es presidenta de una fundación familiar, Child Heroes, dedicada a los niños en situación de vulnerabilidad en Sierra Leona.


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