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Pescado para un perro
"Cuando se vaya Juan a la partida, va a mirar en el garaje a ver si queda algo de ese veneno." Relato
Por Reyes Navas Publicado en Relatos en 5 noviembre, 2018 Un comentario 8 min lectura
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Pescado para un perro

Fuensanta escucha cómo el viento golpea las contraventanas mientras apura el café. Juan se acaba de marchar. Sus dos manos se aferran al calor de la taza. Mira el reloj y se levanta de la silla con un sobresalto, enganchándose el jersey de lana con una esquina de la mesa, que se está desportillando. Pega un tirón y el hilo de lana se estira como un chicle pegado a una astilla mientras el jersey se achica. Respira hondo y con la mano libre retira el hilacho enganchado. Intenta recomponer con cuidado el dibujo de la lana remetiendo con la punta de un cuchillo el exceso del hilo.

Se apresura hacia la calle. Hoy le toca abrir la pescadería. Es día de lonja y su jefe vendrá a las nueve y media. Tendrá que pasar por el callejón del perro si quiere llegar a tiempo. Cuando enfila hacia esa calle le llegan sus gruñidos aún apagados en la distancia. Espera que lo tengan atado. Ayer su amiga le contó que casi había mordido a unos chavales que iban al colegio. No soporta sus ladridos, ni su hocico lleno de babas. Algunas noches sueña con que al pasar por el callejón está muerto, que alguien lo ha envenenado y se ahoga entre espumarajos, mirándola desde el suelo como si le suplicase ayuda. Pero ella sigue caminando, serena, sin volver la cabeza atrás.

Se da prisa, pero no quiere correr. La valla no es muy alta y le da miedo que si el perro se excita pueda saltarla de un brinco. Los ladridos le marcan el ritmo al caminar como si fueran los palos de una procesión de dolores. A medio callejón se engancha el jersey con un clavo de la valla. Tira con brusquedad y el hilo se rompe. Echa a correr. El perro ladra más fuerte pegado a la valla. Fuensanta llega jadeando a la calle principal. En el jersey le ha quedado un agujero que toca con el dedo y sigue adelante sin mirarlo.

Mientras abre la pescadería piensa en el perro. Tendrá que hablar algún día con los dueños, pero siempre va apurada. A Juan le gusta que todo esté listo antes de que él llegue. Hoy, encima, tiene que plancharle las camisas.

Ha cogido dos gallos para la comida, el pescado preferido de Juan. Según llega a casa, ve que su camioneta está entrando por la rampa del garaje y echa a correr a la puerta de atrás, la que da al lavadero. Tropieza en el escalón y se le cae la bolsa. Una vez entra, pone la sopa a calentar y una sartén con el aceite para freír el gallo de Juan. Eleva un poco su voz, lo justo para que se oiga por encima del portazo de su marido.

—¡Enseguida está la comida! ¡No te esperaba tan pronto!

—Date prisa, tengo hambre. Me tengo que marchar en cuanto coma y me eche un poco. ¡Qué mala pinta tienes, Santa! ¿Te has pegado con alguien en la pescadería?

El aceite borbotea al compás de la copla de La bien pagá que Juan tamborilea contra la mesa de formica. A Fuensanta le vienen ganas de vomitar con el olor de la fritura. Tendrá que tirarla después de esta vez; se ve como un pozo de petróleo en el que el gallo se fuera a ahogar.

—Necesito una camisa.

—Sí, sí. Cuando coma te la plancho. Hoy he salido temprano, me tocaba abrir a mí.

—¿Y por qué tienes que abrir tú? Que abra el cabrón de tu jefe. ¿Acaso te paga más cuando eres tú la que abres?

—Sabes que no. Ya es mayor y muy buena gente. A mí no me importa tener que madrugar un poco más.

—¡Me partes el corazón! ¡La santa Fuensanta! A las cuatro me voy, ¿oyes? Tengo partida.

—Te la tendré lista. No te preocupes.

—Mejor me la planchas y luego comes, ¿eh, bonita? —Juan le pasa una mano ligera por la mejilla y sale de la cocina.

Fuensanta se quita el jersey y lo tira a la basura,  mete su gallo sin freír en la nevera y se sirve un plato de sopa, sentada frente a la camisa de Juan, que parece mirarla desde la silla. Mientras sorbe los fideos, piensa en el perro. Está harta de ese chucho. Una tendría que poder transitar libremente sin miedo a que la ataque un perro.

Se acuerda de que Juan le hablaba el otro día al vecino, en el patio de atrás, de que debía tener cuidado con el veneno para las ratas que le acababa de vender, no se lo fuera a comer su perrita. Los vecinos la quieren mucho, es una perrita noble. Le decía Juan que el veneno huele tan bien que muchos perros se lo comen creyendo que es su comida. No caen fulminados como las ratas, que se les coagula la sangre, y un día, así sin más, aparecen tiesas. A los animales más grandes, como los perros, se les perfora el estómago y en el esófago les salen llagas que no les dejan beber. Se mueren de sed y dolor.

Cuando se vaya Juan a la partida, va a mirar en el garaje a ver si queda algo de ese veneno. «Cienpasitos» le parece que se llama. Un nombre gracioso. Deja en el plato la sopa, que se le ha quedado fría, y se pone a planchar la camisa mientras tararea La bien pagá. No puede evitar pensar en lo pegadiza que es y en lo que le gusta a Juan cantarla.

Cuando marcha para el trabajo a la mañana siguiente, lleva en el bolso el gallo que no se comió. Lo ha frito para que esté más sabroso y dentro de las tripas le ha metido un buen puñado de «Cienpasitos». Camina decidida. Saca del bolso el plástico donde lleva el pescado y lo tira por encima de la valla, casi antes de que el perro empiece a gruñir. Apenas ha ladrado. Le oye arañar la bolsa de plástico y masticar la raspa del pescado aderezado con el veneno. Perro bobo.

Esa noche Juan no irá a dormir. Le toca la ruta de Cañete. En la tele ponen la serie de esa policía inglesa que es tan lista. Fuensanta la verá, y después igual se toma un chinchón.

A la mañana siguiente toma el atajo. Ni rastro del perro. El camino de ida y vuelta al trabajo se le hace ligero, incluso llega a tiempo a casa y Juan no le protesta tanto por la comida. Todo va mejor, la vida se pone en orden.

A los pocos días, Fuensanta está limpiando una merluza en la pescadería cuando oye la conversación de dos mujeres que esperan su turno:

—El pobre murió entre vómitos de sangre. No hay piedad. Mi marido estaba inconsolable, lo había criado desde cachorro. Así que su hermano le va a enviar el doberman que tienen en la finca. También lo han criado desde pequeño. ¡Verás que imponente es! Ahora está un poco más contento. Es que no puede vivir sin un perro en casa. Dice que le da seguridad, que se va más tranquilo si sabe que estoy protegida.

Fuensanta coge el hacha de cortar y pega un tajo a la cabeza de la merluza. Desde el suelo, los ojos la miran con desolación.


Reyes Navas, alumna de la Novena Promoción del Máster, nació en la sierra de Madrid y, además de ejercer como abogada, también se ha dedicado a la restauración y los eventos sociales. Ha ganado el primer premio del Concurso de Relatos Don Manuel (2017) y también ha sido finalista del II Premio Iasa Ascensores de Microrrelato (lo que le valió la publicación de sus relatos participantes en la editorial Páginas de Espuma). Su novela Mascaritos (2018) ha sido autopublicada bajo su seudónimo literario, Marieta Montalbo, y está disponible en Amazon. Actualmente trabaja en su segundo libro. También forma parte del consejo editorial de La Rompedora.


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  1. Reyes, un relato de venganzas estupendo, que roza el costumbrismo sin caer en él. Me ha gustado mucho cómo vas dosificando la información y la vas soltando poco a poco. Y el lenguaje es justo, pero muy rico. Si tuviera que poner un «pero» (ahora que nadie nos ve) es esa mirada estereotipada hacia Juan, no sé, me resulta demasiado… you know.

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