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La partida de ajedrez
"Hay que conquistar a la reina como sea, es el objetivo principal. El rey luego cae solo." Relato
Por Alfonso Magaz Publicado en Relatos en 19 febrero, 2019 0 Comentarios 4 min lectura
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La partida de ajedrez

 

Hoy es la última partida de la competición. Se enfrentan las dos figuras emergentes del momento. Sebastián está muy tranquilo, se ha deshecho de todos sus rivales con relativa facilidad. Solo le queda este jovencito que no parece gran cosa.

«El secreto del ajedrez es la fuerza psicológica», le decía su tío, quien le enseñó a jugar.

Su rival llega pronto y parpadea incesantemente. Va vestido con un jersey marrón que le llega casi hasta las rodillas. Sebastián lleva un traje negro; le toca jugar con las negras y quiere que su adversario solo vea enfrente un agujero negro que todo lo absorbe.

«Con las negras, defiéndete a muerte, asegura tu posición y cuando el enemigo se confíe, le das una puñalada trapera. Con las blancas tienes que jugar pletórico, con nobleza, como si fueras un ángel que ilumina con su verdad, implacable con el lado oscuro del tablero.»

Hoy sacará su lado oscuro y aplicará las enseñanzas de su tío a machamartillo. Su rival tiene la cara y la frente llena de granos que parecen cráteres. A saber qué infancia ha tenido, piensa. Mira con fijeza esos granos, reflejo de una juventud truncada y una vida vacía. Su contrincante, inquieto, se remanga el jersey, dejando al descubierto un reloj fantasioso en el que las horas son círculos que se mueven libremente y las agujas forman arabescos que acaban en puntas afiladas y precisas. Sólo las agujas parecen estar en su sitio. Sebastián lo mira asombrado, parece el reloj de las horas perdidas.

«El tiempo es lo más importante del ajedrez», decía su tío. «Con todo el tiempo del mundo para analizar opciones, un principiante le ganaría a un gran maestro sin problemas. Reparte bien el tiempo del que dispones.» Sebastián tiene una confianza absoluta en los consejos de su tío.  Compartió muchos momentos con él, casi su padre adoptivo, el hermano de su padre, que estaba casi siempre de viaje. Las agujas del reloj de su contrincante le recuerdan las del reloj que presidía el comedor de su casa. Allí su tío le hacía estudiar las aperturas. No podía moverse hasta que pasaran exactamente cuarenta y cinco minutos. A su padre, el gran ausente, no le gustaban ni el ajedrez ni su hermano.

La partida discurre como Sebastián la había previsto, la defensa francesa le asegura una posición sólida y muy complicada en la que todas las fichas permanecen en el tablero. Su rival mira su reloj, comienza a estar apurado. Sebastián sigue su mirada. ¿Cómo demonios puede ver la hora en ese reloj de las horas perdidas? También sigue sus gestos, cómo se restriega el dorso de la mano derecha por la frente para secarse mecánicamente el sudor.
Cuando le toca jugar, Sebastián mira su objetivo, el rey blanco. Pero primero debe neutralizar a la reina.

Lo decía su tutor: «Hay que conquistar a la reina como sea, es el objetivo principal. El rey luego cae solo».

Juega rápido y, mientras espera, Sebastián calcula cuántas horas a lo largo de su vida pasó encerrado en el comedor. El cálculo le mantiene la mente ágil. Fueron seiscientas treinta horas las que pasó estudiando. De pronto, la niebla que siempre ha rodeado su infancia se disipa y aparece la verdad de sopetón. Su tío siempre venía cuando su padre no estaba.

«El tiempo es una mentira.» Tenía razón su padre.

Su rival, apurado por el tiempo, le ofrece tablas. Su tío le decía que nunca aceptara tablas si había más de cuatro fichas en el tablero. Hay muchas más, pero Sebastián acepta las tablas. Su rival no esconde un gesto de alivio y, sin evitarlo, ofrece su mano. La partida ha terminado y es norma darse la mano. Sebastián esconde su asco y devuelve el saludo.


Alfonso Magaz, alumno de la Novena Promoción del Máster, nació en Madrid y es doctor Arquitecto. Ha publicado un libro de relatos, Cristina D, una chica de su tiempo, en 2015. Su primera novela, Viaje para cuatro voces, obtuvo el III Premio Corcel Negro y fue publicada por la editorial Entrelíneas en 2018.


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