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Los niños de Malena
"Él trabaja de día y yo de noche. Nunca coincidimos." Relato
Por Luz Sánchez Publicado en Relatos en 14 mayo, 2019 2 Comentarios 8 min lectura
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Los niños de Malena

 

Él trabaja de día y yo de noche. Nunca coincidimos. Cuando él desayuna, yo estoy metiéndome en la cama. Antes de bajar a la cocina se da un baño. Abre el grifo y escucho el agua de la regadera. Cae como una lluvia espesa que taponea mis oídos. Se cepilla los dientes y susurrando me dice:
―Adiós, mi amor.
―Adiós, mi vida.
Son las dos únicas frases que intercambiamos durante el día, él es muy reservado y yo también. Escucho el pitido de la cafetera y me decido a poner la cabeza en la almohada. A mis pies se echa Fusa. Cuando la ve junto a mí, de vez en cuando me lanza un dardo.
―Mejor perros que niños.
Antes de dormir pienso que estará a punto de tomar su café con leche. Tiene todo preparado. La canastilla de pan y la taza sobre el mantel de lino blanco. Un plato de fruta y sus eternas galletas de vainilla dentro de un frasco.
A media tarde, cuando despierto, preparo la comida. Abro la nevera y mis manos se entierran en ese espacio de luz fría que me envuelve como si fuera una manta helada. Saco las verduras y las pongo a cocer en una olla. Frío dos pechugas de pollo y con la ensalada lo dejo todo listo en un santiamén.
Almuerzo sola y cuando termino dejo la cena de Mario en el microondas. Después me recuesto un rato en el sillón mientras repaso en mi cabeza el día, los días, las semanas, los años. Hace tiempo que he dejado a medias mis estudios, las clases de fotografía y las de teatro. Una voz interna me lo recuerda una y otra vez. Un poco más tarde escucho a los niños de Malena cuando llegan de la escuela. Cómo me gustan sus voces.  Los imagino al otro lado de la pared con sus uniformes grises y sus mochilas de colores. Ríen a carcajadas y cantan canciones.
Llevábamos poco tiempo en el departamento cuando apareció Malena. En el vecindario la miran mal porque anda un poco suelta de trapos. Mi marido dice que tiene buen cuerpo, pero que es demasiado alta para su gusto. Cuando dice ese tipo de cosas me mira fijo.
―¿Estás celosa?
A veces me encuentro con ella en la puerta cuando salgo para mi trabajo nocturno en la cafetería. ¿Dónde irá tan arreglada y de tacones? ¿Con quién dejará a los pequeños? Cómo me gustaría llevarlos a casa, pero Mario pondría mala cara. Cada vez que hablo de ello se enoja y deja de hablarme unos días. Ya no lo hago para no incomodarlo.
Cuando vuelvo a casa reviso la correspondencia. En uno de los sobres veo el nombre de Malena. A la mañana siguiente voy a buscarla.
―Pasa, pasa ―me dice. Me invita una taza de té.
Con sus caritas sonrientes y las mejillas coloradas, los niños corretean por el salón de punta a punta. Ella es rubia y él de pelo oscuro. Muestran sus dientes y se abalanzan sobre mí. Traen muñecos, coches, patinetas, cubos, pelotas, todo un campo de juguetes en la alfombra. Me da la sensación de estar frente a mis propios hijos.

Los domingos son los únicos días que Mario y yo estamos juntos.  Nos ponemos a chismear, él me cuenta de sus problemas en el trabajo y yo de las tardes en casa. Se pone a ver todos los partidos de fútbol que he grabado para él durante la semana y yo sin decir ni una vocal. En una de las propagandas aprovecho para contarle que he visitado a la vecina.
―¿A Malena?
―Sí, claro. Conocí el departamento y nos quedamos conversando un buen rato.
―¿Y de qué hablaron?
―De sus clases en la universidad, de lo bien que le va en su trabajo y del bolso nuevo que le regalaron.
―Si es por el bolso, mañana mismo te lo compro.
Ya me gustaría. Nunca me compra nada.
―La invité este fin de semana.
―¿A los niños también?
Mueve los labios como si no le importara y sigue mirando el partido.

Al domingo siguiente, Malena llega puntual. Mario se planta en la puerta para recibirla. La saluda como si la conociera desde hace años. La toma del brazo con suavidad y la guía hasta la sala, mientras yo les pongo a los niños un programa en la televisión.
Sirvo la bebida y nos sentamos, dispuestos a pasar un buen rato. Es raro tener invitados en casa, no tenemos muchos amigos. Mientras ellos conversan, los niños irrumpen en el salón una y otra vez. Aletean con sus brazos como pájaros. Quieren que los atrape.
Como si a Mario no le importara el tiempo, se queda clavado en la silla mientras yo troto de la cocina al comedor llevando en las bandejas el pavo y las ensaladas. Invito a pasar a la mesa, descorcho una botella y brindamos.
Entre la comida y el postre Mario no ha dejado de hablar de las horas que pasa en el gimnasio, como si fuera un experimentado maestro en artes marciales. Hincha los brazos y encorva la espalda para mostrar su físico perfecto y hasta anima a Malena a tomar alguna clase con él. No sé si se ha esparcido el calor o el vino, pero sus palabras comienzan a inquietarme.
Los pequeños me rodean, se sientan en mis faldas, me tiran de un lado y del otro, me pellizcan, quieren jugar conmigo. Fusa empieza a ladrar. Malena nos mira desconcertada, como si tuviéramos que explicarle algo. Acaricia a la más pequeña y pregunta:
―¿Por qué no tuvieron niños?
Mario se apresura en contestar.
―Prefiere las mascotas.
Me mira fijo y me lanza un beso en el aire.
No me queda más que sonreír e invitarlos de nuevo a pasar a la sala. Ella se sienta en un sillón junto a la ventana, Mario al frente. Está muy animado y ansioso, como yo con los niños. Sube el volumen de la radio, va y viene. Apoyado en el marco de la puerta enciende un cigarro, se toca la barbilla y con los ojos entrecerrados la observa como sumido en un trance. Lo miro, ni se inmuta. Es lo último que me podía pasar. Los niños siguen correteando, Fusa detrás de ellos. Malena por fin se levanta, coge el bolso y nos dice:
―La próxima, invito yo.
Él le sigue hablando para retenerla y los niños no quieren irse. Resuenan los besos por aquí y por allá.
En cuanto se marchan, Mario me atrapa entre sus brazos. Su aliento me humedece el cuello y tapa mis labios con sus labios. Me aprieta contra su cuerpo duro, me afloja con desgano y luego se sienta frente al televisor. Su boca se mueve como si vocalizara algo.
En silencio recojo los trastos y voy hasta la cocina, enciendo el grifo y dejo las copas en remojo. Echo el detergente, el agua se llena de espuma como si fueran olas en   un mar revuelto. Me imagino paseando a Fusa a orillas de una playa desierta sin horarios ni meriendas. Con la esponja me estrujo las manos, los dedos, no quiero sentir ni el olor de su colonia. El agua cae y cae, se agiganta. Se retuerce. Cierro los ojos por unos minutos y me veo tumbada en la arena, entre el mar y las olas que me empujan y me atrapan. Escucho el grito agudo de gaviotas y abro los ojos. El hueco del lavaplatos lo ha succionado todo.


Luz B. Sánchez, alumna de la Sexta Promoción del Máster, nació en Bolivia. Es pianista graduada del Conservatorio Nacional de Bolivia y algunos de sus relatos han sido publicados en la antología de micro relatos de humor Y usted, ¿de qué se ríe?, del taller literario de Clara Obligado. También ha sido finalista en el concurso de Relato Breve «Exposiciones Ad Hoc», en Madrid.


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