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A la espera de noticias
«Toda la mañana la he pasado de aquí para allá en la casa, con la sensación de tener hormigas mordiéndome la planta de los pies.» Relato
Por Alberto Cascón Publicado en Relatos en 7 abril, 2020 3 Comentarios 10 min lectura
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A la espera de noticias

 

Marisol me mira desde el umbral de la puerta; los chicos han ido corriendo al jardín y ella no ha sido capaz de entrar: ha pasado algo. Una sabe estas cosas. Las siente. Pero incluso sin verla a ella ya tenía yo la cabeza rara. Como si la mañana se hubiera despertado a medias. Es una tontería, pero me ha parecido que los sonidos cambiaban. Y está lo del timbre, hasta he tenido que sentarme de la impresión. Ya ves, qué cosas le asustan a una. Pero ha sido una forma nueva de sonar. Tiene que ser la pausa, el ser pulsado con el mismo cuidado con que se pronuncian las malas noticias. Ya me pareció que el Talgo de las diez pasó más ligero; soltaba un chirrido casi cuidadoso al cruzar el paso a nivel, como si huyera de algo y hubiera tenido que soltar lastre. Pero tampoco ha empezado ahí. Toda la mañana la he pasado de aquí para allá en la casa, con la sensación de tener hormigas mordiéndome la planta de los pies. Entonces el timbre. Me he asomado a la ventana para mirar. Ahí estaba Marisol, con Henar de la mano.

Hoy ha venido Henar a casa. Yo estaba viendo la tele así que he llegado antes que mamá a abrir la puerta. Mamá bajaba por las escaleras. Cuando he abierto, Henar ha entrado corriendo y nos hemos ido al jardín. Hace sol y ahora nos estamos pintando la cara. Me gusta estar con Henar, es mi amiga. Omar dice que es la chica más guapa de la clase, pero no me gusta por eso. Me gusta porque siempre quiere venir a casa y juega a lo mismo que yo. Creo que es porque su madre y la mía son amigas; también su padre y el mío. Ellos trabajan juntos. Se meten debajo de la tierra los dos, todos los días, y salen sucios y negros. Nos traen estas piedras con las que nosotros nos pintamos y así también estamos sucios y negros. Entonces, como ahora, jugamos a hacer agujeros como los de la montaña y meternos después debajo de la tierra, como Papá y como Tello.

Desde la cocina veo a Jairo y a Henar jugando con los pedazos de hulla y arrastrándose por el césped. Unas nubes finas tapan el sol, o tal vez es el cristal. He preparado un poco de café, pero se me hace difícil tragarlo. Hemos hablado un poco, después no he sabido qué más decir. Marisol tampoco sabe demasiado, solo algo que ha escuchado en la farmacia. Hará una hora, me dice. Miro el reloj, veo que son las once y no puedo evitar acordarme de lo ligero que corría hoy el Talgo. Las hormigas han cruzado el umbral de los pies y ahora me llegan a las rodillas. Mujer, puede ser cualquiera, puede no ser nada, ya sabes cómo son estas cosas. Le digo esto y creo que me lo estoy diciendo a mí. No sé si lo he pronunciado. Pero ¿qué otra cosa puede ser este mal cuerpo? No tiene por qué haber sido en el túnel, le insisto. Miro hacia la peña donde sé que están y trato de buscar una pista; una señal que contradiga esta mala impresión y detenga a las hormigas que me trepan. Ana, seguro que no es él, pienso. Y me lo repito. Y por un momento me quedo tranquila.

Hoy es como mi cumpleaños. Estoy muy contento. Además de Henar han venido a casa Omar, y Diego, Susana y Mario. No son tan amigos como Henar, pero también me gustan. Han venido todas las madres. Cada vez que suena el timbre, voy corriendo hasta la puerta; paso por la cocina gritando: mamá, gano yo. Ella no se levanta y espera en la mesa grande a que lleguen sus amigas y se sienten con ella. Me sonríe un poco, pero no dice nada. Nadie habla. Mamá no me ha dicho nada desde que llegó Marisol. Sé que sí hablan cuando no estoy porque las veo desde el jardín. Serán cosas de mayores. Ellas son cuatro, y nosotros seis, porque como Diego, Susana y Mario son hermanos, siempre vienen juntos. Su padre es también compañero de papá y de Tello. Como el de Omar. A ellos, como a nosotros, los hemos pintado con las piedras y ahora estamos todos sucios y negros. Lo malo es que ya solo queda una piedra pequeña, así que tengo que pedir más a papá. Vamos a cambiar de juego: Mario ha traído una pelota y está eligiendo los equipos; Omar está empujando a Henar como siempre. Yo espero. Estoy mirando hacia la cocina a ver si mamá me saluda, pero no me hace caso. Voy a correr, a ver si me mira después.

No puedo mirar a Jairo. Sé que me está buscando, pero no puedo. No quiero que lo note. Si al final no ocurre nada quiero que este sea un día sin pena. Un día festivo. Está bien así, jugando con sus amigos. ¿A qué edad aprendes a esperar? ¿Y a esperar algo así? No a los ocho años, eso desde luego. En pocos minutos pasará el tren de las doce; viene de donde están ellos. De donde está él. Porque ya me dan igual los otros. Aunque parezca ridículo pienso que, cuando pase, traerá una respuesta. Un telegrama. Todo Bien punto o Tranquila coma falsa alarma punto; o como si fuera un mensaje cifrado, significará una cosa diferente según el modo en que haga rechinar las vías al cruzar el paso a nivel. Ojalá traiga noticias que no sean las que ha escuchado Marga. Ha bebido un trago largo de café antes de contarlo: ha sido en el túnel; solo uno, parece. Eso le ha dicho Florina, la del quiosco, que se lo ha dicho el repartidor. O Tello o Ramón. Lo siento, chicas. Vienen para acá; poco después de las doce llegarán los que lleguen, los veremos venir por la carretera de arriba. Eso lo dice Josefina. Esto es como escuchar campanas, no sabemos nada en realidad. Ahora es Marisol quien habla. Pero a mí algo me dice que es Ramón y no Tello, así lo siento; y lo tiene que sentir Marisol porque veo cómo mira a los niños y les sonríe y yo sé que no podría hacerlo si creyera que es Tello y no Ramón porque entonces tendría esta sensación que tengo yo, y estas hormigas que suben y que ahora me aprietan desde los pies hasta el pecho.

Estoy cansado. Y me duele en la tripa; también más arriba porque me han dado un pelotazo. Además, como he corrido mucho se me ha borrado la pintura negra y no encuentro ninguna piedra y no puedo conseguir más ahora. Henar dice que ella tiene en su casa, pero esas no me valen. Ya no estoy contento. Esto ya no se parece a mi cumple. Me gusta jugar al balón, pero también me gusta que mamá me mire desde la ventana. Y ella no ha mirado. Y además no está. Cuando ha pasado el tren se ha levantado deprisa y después se ha ido. A lo mejor está enfadada. A veces se enfada conmigo y no sé por qué. Veo que la cocina está vacía, todas las amigas han ido con ella. Las oigo en la carretera, detrás del muro. Hay muchas voces. Le digo a Henar que venga conmigo a buscarlas. El resto se van a quedar jugando. A lo mejor mamá se enfada más porque salga, pero aún no es de noche. Además, ella está fuera, y todas las demás madres también. La puerta de la calle está abierta. Salimos y miramos a la derecha, donde la carretera grande que va a la montaña. Está toda la gente ahí; a mamá todavía no la veo, pero seguro que también está. Oigo el ruido de coches que vienen. Me da miedo de repente y me quedo parado. Pero Henar me dice: vamos, Jairo, y entonces la sigo.

Una lo sabe, lo siente. Aunque me haya parecido que el tren hacía el mismo chirrido de siempre; aunque tampoco la furgoneta que viene de lejos me dé ninguna pista. La miro a ver si está desequilibrada, si le faltan los ochenta kilos de Ramón en uno de lados. Ya se ha corrido la voz y mucha gente espera como nosotras. Yo también he sido una de esas espectadoras neutrales; ahora me parece de mal gusto. No sé dónde mirar. Espero que Jairo nunca sepa de esto. Que no sea nada. Marisol me coge la mano, como si estuviésemos esperando el veredicto de un concurso. Quiero soltársela, en realidad, porque ahora mismo estoy deseando que su marido esté muerto, pero me aterrorizan las hormigas que me cubren ya hasta el cuello y que no me dejan mover. La furgoneta está a cien metros y desde fuera parece igual. Tal vez hayan sido rumores. Me late el cuello como si quisiera contradecirme; creo que el latido también lo nota Marisol, que me agarra la cintura y me frota con la mano la espalda. No me giro, pero puedo ver cómo van llegando más vecinos. Para la furgoneta. Oigo el freno de mano. Las puertas se abren y empiezan a salir figuras negras que no reconozco; se escuchan aplausos. No puedo soportarlo y me suelto y me giro. Está la mitad del pueblo ahí, aplaudiendo en silencio. Distingo a Jairo y a Henar que vienen de la mano muy juntos. Me miran los dos, después miran detrás de mí, hacia la furgoneta donde ya deben haber bajado todas las figuras negras. Permanecen quietos, veo cómo buscan, de forma innata: no saben exactamente que buscan, pero lo entenderán cuando lo encuentren. Son un espejo. Paso la vista de uno al otro. Espero. Juro. Rezo. Pero es Henar quien cambia el gesto, quien abre mucho la boca, quien se suelta la mano y sale corriendo y sin mirarme me sobrepasa. Y es Jairo quien no entiende nada, quien me mira, quien se acerca muy despacio hasta llegar a mi altura.


Alberto Cascón es alumno de la Décima Primera Promoción del Máster. Nació en León, aunque ha pasado la mayor parte de su vida en Madrid, donde estudió la carrera de Medicina en la Universidad Complutense. Después de haberse especializado en Medicina Familiar y Comunitaria, se desempeña como Médico de Familia en un centro de salud en Vallecas. Sus continuos viajes por Sudamérica, así como EEUU, Australia, Rusia e Italia, le han granjeado una visión de la condición humana que queda patente en su narrativa.


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  1. Magistral, un paseo frenético a través de un relato de arquitectura compleja en el que el autor consigue que no se noten las costuras. Una reflexión madura y llena de matices sobre la pérdida, la inocencia y sobre todo la incertidumbre, que impregna todo el relato y ahoga al lector al mismo ritmo que a la protagonista. Me ha impresionado el manejo del lenguaje, con cambios de registro orgánicos e intuitivos. Muy meritorio, gracias.

  2. Me gustó mucho.Los cambios de personajes hablando cada uno de sus sensaciones en primera persona y todo entrelazado ha sido un descubrimiento para mí.Yo que soy una principiante.
    Saludos

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