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Agua con hielo
«En sus sesenta y tres años de vida Anna jamás hubiese creído que los rayos de sol sonaran a papel de embalar arrugándose.» Relato
Por Montserrat Iglesias Publicado en Relatos en 25 febrero, 2020 0 Comentarios 13 min lectura
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Agua con hielo

 

En sus sesenta y tres años de vida Anna jamás hubiese creído que los rayos de sol sonaran a papel de embalar arrugándose. Pero así era. No había que prestar mucha atención para escuchar el chisporroteo de la luz al traspasar los cubitos de hielo que nadaban en la jarra de cristal. Su sorpresa era lógica. En las cúpulas no había sol ni cristal; tampoco hielo ni agua. Al llegar, había distinguido cuatro de las cúpulas en el horizonte y se había preguntado en cuál de ellas llevaba viviendo toda su vida. Anna se pellizcó los labios con los dedos índice y pulgar de ambas manos hasta hacerse daño y acercó el rostro a la jarra. Sintió el frescor en la mejilla derecha mientras en la izquierda le seguía picando el sol extraño. Dentro de los cubitos había unas burbujas diminutas y quietas. Campanitas redondas y transparentes que tintineaban. Pensó que no podría haber elegido mejor su Deseo antes de la Contribución Final. Un leve espasmo en la parte inferior del abdomen le hizo contraer los labios.
—Sírvetela ya. Si sigues esperando, el hielo se va a derretir y el agua helada perderá su efecto.
Se había olvidado del desconocido sentado frente a ella. Era algo mayor, sonriente, con la piel menos blanca de lo normal. ¿A cuántas sesiones de rayos UVA tendría derecho en su cúpula? Anna estaba convencida de que era el tono de piel lo que le hacía parecer más afable que la mayoría de la gente que disfrutaba durante ese día de su Deseo antes de la Contribución Final. Anna y el desconocido, que tenía su propia jarra de agua con hielo, compartían una pequeña mesa redonda en una terraza llena de flores entre un suelo de bosque espeso y un cielo azul sin mancha. Pensó que era tan perfecto que parecía más artificial que en las cúpulas. Sin embargo, allí era de verdad. En las cúpulas no había cielo, ni flores, ni ningún tipo de vegetación que no fuesen pintados, proyectados o en holograma. Pero la gracia del Deseo era que se podía salir por primera y última vez en la vida de las cúpulas, así que allí sí eran reales. «Primera y última. Más parece última», se dijo Anna sin querer. Desde que lo recibiera dos semanas antes, no se había separado del oficio que le anunciaba la fecha para su Contribución final. Lo palpó con disimulo en el bolsillo interior del buzo. Creyó que latía, como si fuera parte de su piel, animándola a disfrutar de esa primera y última vez fuera de la cúpula, pues a partir del día siguiente ya no habría más que disfrutar, ni fuera ni dentro.
Anna se enderezó e intentó encontrar una postura cómoda. No, la silla no tenía ningún problema. Era perfecta, como aquel lugar. Miró alrededor. A los lados y en los dos niveles inferiores había otras terrazas muy parecidas a la suya, aunque de diferentes tamaños, con otros ciudadanos como ella que gozaban aquel día del Deseo antes de su Contribución Final. ¿Sus oficios también establecerían que mañana era la fecha de su muerte? Anna se asustó por haber reproducido en su cabeza la palabra prohibida. Miró discretamente al desconocido, pero a él no parecía importarle ninguno de sus pensamientos, ni mucho menos parecía capaz de adivinarlos.
Por si acaso, desvió el rostro hacia la terraza más grande, donde un grupo nutrido de habitantes de las cúpulas reía sin parar. No vestían los comunes buzos naranjas y alpargatas de lona azul. La indumentaria de cada individuo constaba de varias piezas, a veces de colores distintos, que se movían de forma asimétrica cuando se desplazaban por la terraza, como las prendas ridículas que se llevaban antes del Origen de la Segunda Era. Anna no podía dejar de mirarlos. ¿Quién elegiría un Deseo así? Sintió que las costuras de su buzo le rozaban la piel. Se colocó de nuevo en la silla. El problema era que ningún buzo llevaba costuras. Los ciudadanos de la terraza no parecían estar incómodos. Se observaban y reían. Reían y se miraban. ¿A qué venía tanto escándalo? Giraban sobre sí mismos y se doblaban de risa. ¡Intolerable! Anna se fijó en una mujer de vestido largo y dorado que extendía los brazos abrazando el vacío. Parecía sola y verdaderamente feliz en mitad de aquella gente.
—¡Vamos! ¿No vas a probarla? —insistió el desconocido.
Anna sujetó el asa de la jarra y la soltó de inmediato asustada. Pesaba más de lo que había imaginado y estaba bastante más fría. En el segundo intento llenó el vaso ancho, grande y transparente hasta arriba. Tres bloques de hielo se escaparon de la boca de la jarra y chocaron contra el líquido y las paredes del vaso casi en un estruendo. Unas gotitas frías le besaron la nariz y deslizaron su lengua hasta secarse.
—Por la Restauración Definitiva —brindó Anna queriendo sonreír.
—Por la Restauración Definitiva —repitió el hombre bronceado.
Como la mano le temblaba, los hielos se agitaron en un cacareo hacia la boca. No le dio tiempo a disfrutar del contacto congelado en los labios cuando el líquido invadió la lengua, los carrillos, el paladar y se precipitó hacia la garganta dejando una contracción glacial, desconocida, dolorosa, espléndida. Los libros que había consultado decían que el agua era insípida. Anna pensó que el agua tenía el sabor único de lo nuevo. El malestar del abdomen se hizo más patente.
—¿Seguro que esto no es también una cúpula? —Anna lo preguntaba solo para oírselo negar al desconocido.
—Desde luego que no. Yo he trabajado siempre en el Ministerio de Estructuras Virtuales y, a pesar de los siglos de perfeccionamiento, nunca llegaremos a este grado de detalle. Esto es real, como antes de los tiempos del Desastre.
Se notaba que el desconocido había aprobado el grado hacía varias décadas. Ahora ninguna obra autorizada hablaba del Desastre o la Hecatombe o la Calamidad. Anna había censurado cientos de textos para el Ministerio de Instrucción y lo sabía perfectamente:
—Te refieres al Origen de la Segunda Era.
—¿Cómo?
—El Origen de la Segunda Era, ¿no lo aprendiste de pequeño? —Anna recitaba—: «En 2123 los visionarios abandonaron la superficie árida e inhabitable del planeta y la condición irracional, corrupta e individualista del hombre de la Primera Era. Desde entonces los seres humanos sobreviven bajo las cúpulas gracias a su lealtad al Pacto Comunitario…».
El desconocido la interrumpió y completó el precepto primero:
—«…Que los llevará a la Restauración Definitiva.»
Anna intentó añadir algo, pero la mujer del vestido dorado comenzó a cantar. El primer vaso de agua le había hecho sentir unos escalofríos que, al fundirse con la piel caldeada por el sol, le provocaron una sensación contradictoria. Podría ser placer, aunque se parecía más a un dolor nuevo que no se termina de identificar. Se sirvió el segundo vaso a la vez que su compañero de Deseo.
—Nosotros ya no veremos la Restauración Definitiva —prosiguió el hombre tras un breve sorbo—. ¿Imaginas cuando todo el mundo salga de las cúpulas y pueda vivir siempre como ahora, como en el Deseo antes de la Contribución Final?
Anna buscó una idea apoyando la frente en la superficie escarchada del vaso:
—Y ya no hará falta la Contribución Final… No sé si me gusta. ¿Qué sentido tiene mo… —dudó, a punto de articular la palabra prohibida— desaparecer al azar, cuando ya no le sirve a nadie y tras estorbarle a todo el mundo? Después de siglos luchando contra las adherencias de la Primera Era, ¿habría que volver a aquellos caprichos absurdos?
La brisa trajo hasta ellos los gritos de euforia de la mujer del vestido dorado. ¿Nadie iba a hacer algo con esos escandalosos? ¿Aquella mujer estaría pensando como ella en la fecha de su muerte? ¡Otra vez la palabra! Sin embargo, el desconocido tampoco se había dado cuenta esta vez. Quedaba menos de la mitad de su jarra y Anna sintió como si una esfera sólida golpeara contra sus entrañas. Ya no pudo evitar llevarse las manos al abdomen.
—No te preocupes —dijo el extraño—. Es el efecto del agua. Pronto empezarás a notar presión en el bajo vientre.
—¿Has hecho esto más veces?
El hombre respondió con una pregunta:
—¿Esperabas que tu Contribución Final llegase ya?
—Me imagino que sí… Hace mucho tiempo que no aporto grandes ideas al ministerio. Este año estuve tres veces enferma. No tengo quien me cuide, ¿sabes? Fui una carga para la cúpula. Me imagino que ha llegado el momento de dejar mi espacio. ¿Y tú?
—Yo me he acogido a la Contribución Voluntaria. A mi mujer le llegó su momento hace tres años, y… Bueno, ya sabes.
—Ya.
Anna se refugió en el último sorbo, pues siempre había desaprobado los sentimentalismos. En su opinión, contradecían el Pacto Comunitario. El comentario del desconocido le recordó el final de su madre, que rechazó su Deseo para estar hasta el último momento junto a ella. «No quiero dejarte sola, Anna». Esa frase traicionaba los valores de la cúpula y Anna decidió entonces no apuntarse nunca en la lista de procreación. Tal vez lo que le sucedió a su madre era que había pensado demasiado en la muerte. Ya no le escandalizó articular en el silencio la palabra prohibida, el agua se había acabado y notó un nuevo golpe en las entrañas que le dejó sin aliento.
De camino al lavabo se cruzó con la mujer del escándalo. Brincaba fuera de sí de un extremo a otro del pasillo de la tercera planta. El baño era como el de cualquier edificio de la cúpula, pero el olor era mucho más fuerte. No desagradable. Solo más intenso. El olor de su orina también fue sorprendentemente intenso. Y también el calor que despidió con ella su cuerpo.
Al volver a la terraza, volvió a ver a la mujer dorada intentando zafarse de dos hombres del servicio de seguridad de la cúpula. Hasta entonces no había visto a ninguno. No intentó entender lo que decían, pero tal vez la mujer dorada pronunció alguna de aquellas palabras que no tenían sentido en la Segunda Era. A Anna solo le preocupaba que su jarra ya se había terminado. El corazón se le aceleró cuando vio otra jarra encima de la mesa. El desconocido notó que se alegraba:
—Suelen ser generosos con el Deseo.
—¿De verdad no has hecho esto otras veces?
El extraño sirvió otro vaso tan gélido como el primero y Anna recobró las ganas de hablar:
—¿Te puedo contar un secreto? En los textos de la academia se estudia que solo quedan tres generaciones para la Restauración Definitiva. Pero yo he leído en el Ministerio de Instrucción viejos manuales y ya decían eso hace muchas, muchas generaciones… A lo mejor hay gente viviendo fuera ya, ¿te imaginas? Gente que no tenga que ir con los buzos y vea el sol de verdad y los árboles de verdad y sepa lo que es la comida y el agua, y hasta beba toda el agua con hielo que quiera… Gente que… muera cuando le toque y no cuando se lo diga el Pacto Comunitario.
El desconocido ya no sonreía y se echaba tan atrás como se lo permitía el respaldo de su asiento. Anna intentó volver a congraciarse; sin embargo, escuchó en su propia voz un tono distinto:
—Al fin y al cabo, ¡qué más da! No hay nada malo en las cúpulas. ¿Cómo puede ser malo un mundo en el que nadie sobre?
Sin poder evitarlo, Anna metió los dedos en el agua y se salpicó las mejillas y las sienes. Volvió a hacerlo y salpicó a su compañero.
—¿Cómo te llamas?
—Marco.
—¿Te hace falta que te diga que yo soy Anna?
Bebió hasta el fondo del vaso, abrió la boca y dejó pasar un hielo. Cuando el cubito crujió bajo los dientes, las encías se deshicieron en un dolor más agudo aún que el de sus entrañas. Empezó a reír sin motivo. Más, más, más.
La cara bronceada y seria miró instintivamente hacia la salida de la terraza. Anna dejó de reír y derribó de un manotazo su jarra, que estaba llena hasta la mitad. El agua se extendió como una mancha de grasa sobre la mesa redonda. Siguieron unos minutos de silencio. Los justos para que aparecieran en la puerta dos hombres del servicio de seguridad de la cúpula.


Montserrat Iglesias es alumna de la Décima Promoción del Máster y nació en Madrid. Estudió Periodismo y Filología Hispánica, y es profesora de Lengua y Literatura desde hace quince años. Dedicada a la prosa científica, en tiempos pasados, cuenta con varias publicaciones sobre literatura española e hispanoamericana en forma de dos libros, disertaciones en congresos y diversos artículos en revistas especializadas.

Ha sido reconocida con la beca a la excelencia académica para los alumnos del Máster de Narrativa y, recientemente, también ha sido la ganadora del I Certamen Literario Alma Negra de Novela con su obra Terraplén.

En La Rompedora también se ha publicado su relato Sarmiento Ardiente.


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