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Cartas desde la infancia
"Escribir era una forma de amar lo que no teníamos." Relato
Por Natalia García Publicado en Relatos en 11 diciembre, 2018 7 Comentarios 7 min lectura
Yo me llamo Zampanó Anterior Siguiente

Cartas desde la infancia

 

Mística

Cuando tenía cinco años tenía una paloma, se llamaba Mística. Comía alpiste como todas las palomas. Se murió porque la vecina ponía veneno para ratas y jamás volví a tener una paloma. No recuerdo cómo eran sus ojos.

Fue la abuela la que nos regaló a Mística en uno de esos paseos al mercado San Francisco. Fuimos hasta la parte donde olía a cedrón y a palo santo, al fondo, detrás de hierbas y brotes había una jaula grande donde seis palomas caminaban por cordeles colocados en zigzag. La abuela me pidió que eligiese una y yo escogí a la más flaca, la que parecía necesitarme con más urgencia. La abuela, que era una mujer precavida y ordenada, sacó una caja de zapatos con agujeros que tenía en su bolso y colocó a la paloma ahí. Se va a llamar Mística, me dijo. Lo que la abuela compraba, tenía que bautizarlo. Así terminé con un montón de muñecas  con nombres de mujeres de telenovela: Pili, Isaura, Elva y Mística por María Mercedes.

Con Mística en la caja atravesamos todo el lugar, atravesamos olores a pollo, pescado, ataco y maracuyá, para llegar donde estacionó la abuela el carro: un Datsun 120Y de color azul cielo. Cuando subimos yo le dije: «abuela, mamá no nos deja tener mascotas». La abuela me dijo: «una paloma mensajera no es una mascota, es una herramienta».

Así fue como aprendí a escribir para que Mística tuviese cartas que llevarse de casa. Muchas veces a ningún lado.

María

La madre de Ana se llamaba María. Mi madre me contaba que la gente a  veces, por el parecido que teníamos, pensaba que María era mi madre. Yo recuerdo de ella dos o tres cosas: tenía una colección de pitufos miniatura, usaba chompas de lana de las que pican y solía irse sola al jardín cuando nos despistábamos, como si huyera de todos.

Vivía en casa de la abuela con sus dos hijos. El 18 de abril, un día después de que cumplí cinco años, la tía dio a luz a la tercera, una niña totalmente calva que se llama Ana. Hay una fotografía en la que la tiene en brazos y yo estoy junto a ellas, enseño los dientes grandes y un poco chuecos. La tía parece nuestra hermana mayor. Ana debía de tener un año y ni un pelo en la cabeza, recuerdo que le tocábamos el cráneo como si fuese una bola mágica. Cuando al fin tuvo unos cuantos pelos, la tía la llevó al baño y la rasuró, pelusas rubias y luminosas caían lentamente hasta el piso.

Cuando Ana cumplió dos años, la tía ya había enfermado y teníamos prohibido entrar a su habitación. Cuando murió, cerraron la habitación para siempre. El cabello de Ana creció rubio y muy fino, se alborotaba cuando jugábamos en el jardín de la abuela, subíamos a los árboles o nos encerrábamos en la bodega a jugar con las latas de conservas a la vendedora y compradora. No nos acercábamos al cuarto de su madre, hasta que poco a poco empezamos a rondarlo, como quien no quiere la cosa. Cuando jugábamos a las escondidas, nos ocultábamos en el baúl que quedaba fuera en la antesala o en el armario del cuarto contiguo. Mirábamos y sentíamos cosas extrañas cuando estábamos ahí. Veíamos cómo las lámparas se apagaban solas, las baldosas crujían y las sillas se movían. Después, nos contábamos cómo habíamos visto sombras que no tenían cuerpos arrastrándolas, nos lo contábamos como si fuese una cuestión urgente, sin decírselo a nadie más, la ansiedad nos comía las tripas. Cruzábamos el pasillo oscuro para llegar a ese cuarto, queriendo sentir pisadas y escuchar sonidos extraños, todo el tiempo esperábamos que un objeto apareciera fuera de lugar para decir: ¡aquí hay algo raro! Y sonreíamos tímidas con ganas de que en verdad lo hubiera.

Mi padre

A mi padre lo abandonó su padre, el abuelo Ramón, que a su vez fue abandonado por el suyo, el bisabuelo Rubén. Es una especie de trabalenguas y conflicto no resuelto. Mi padre se llama Miguel y rompió el círculo. Se quedó con nosotros para toda la vida.

Hasta hoy dice que empezó a tomar y fumar solo cuando se casó, que antes de eso nada. «Antes de casarme con tu mamá, yo no bebía nada», dice. Como si fuese una especie de alivio para nosotros saberlo.

Cuando éramos pequeñas y papá llegaba a casa borracho, lo acostábamos a dormir y pasábamos el día sin hacer bulla. A veces no íbamos a la escuela para no tener que abrir la puerta y que él escuchase. No encendíamos la radio, ni jugábamos. Si lograba quedarse dos días enteros en casa, dejaba de beber al menos por un tiempo.

Algunos días, mi madre tenía que ir a atender el almacén y nosotros nos quedábamos con él, en casa. Desconectábamos el teléfono y éramos fantasmas que caminaban de puntillas todo el día. Recuerdo que a veces se despertaba e iba directo a la puerta que, casi siempre, tenía candado. Recuerdo que no le importaba y nos amenazaba con romperla. Recuerdo rogarle con mis hermanas que no saliera. Recuerdo que incluso a veces nos arrodillábamos.

Pero no podía contenerse. Necesitaba irse. Necesitaba escapar por un momento de su vida.

Era algo que llevaba en la sangre.

Mis hermanas y yo le dejábamos cartas debajo de un horno pequeño que teníamos en la cocina. Eran cartas con muy pocas palabras y muchos corazones y garabatos. Solíamos poner frases como: “Papá confiamos en ti. Ya no queremos verte así otra vez.” O “Papá te queremos mucho. Mejórate.”

No sé de quién fue la idea, ni cuando dejamos de hacerlo. Pero sé que hubo una época en la que todo podía solucionarse para nosotras con cartas. También les escribíamos cartas a la tía, los tíos y la abuela que habían muerto y las quemábamos para que llegasen con el aire hasta el cielo. Escribir era una forma de amar lo que no teníamos.

 


Natalia García, alumna de la Octava Promoción del Máster, nació en Cuenca, Ecuador, y es profesora de Primaria. Entre sus publicaciones se encuentran el cuento “Ojos verdes, pero feos” en la Antología de poesía y cuento ecuatoriano (Ed. Salud a la Esponja, 2017) y el cuento “Un Ruiseñor que habla” (Revista Narrativas, España).


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  1. Magníficos tus textos, Natalia. Estas “remembranzas familiares” narradas con un estilo limpio, poético y muy intenso. Me han gustado mucho. No sé si lo que dices, o lo que no dices y se intuye. ¡Mucha fuerza en lo que está por venir!

  2. Bellas narraciones, tiernas y sencillas como la imaginación de los niños y profundas, como la mirada de una escritora que promete mucho.

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