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Ceviche para un niño
«Mi madre se encuentra parada al lado de la ventana. Sé que no mira nada.» Relato
Por Alejandro Manrique Publicado en Relatos en 21 abril, 2020 4 Comentarios 8 min lectura
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Ceviche para un niño

 

Abrí los ojos a las diez de la mañana un sábado como cualquier otro en Lima. Siempre fui dormilón. El departamento del edificio era pequeño y con solo concentrarme podía escuchar qué ocurría cerca. No percibí sonidos del televisor. Debía de haber un apagón. Los ruidos estridentes de mi hermano no se escuchaban en la sala; era probable que estuviera en la calle jugando fútbol. La radio a pilas de mi hermana andaba en silencio. Seguro que jugaba en el 5°-C con la vecina. Olía a mantequilla derretida sobre pan francés tostado en la sartén. Algún rastro de mermelada de durazno llegó a mi nariz. Quizá mi hermano se había comido hasta la última cucharada del pote de vidrio, lengüetazo incluido.
Alguien sorbe una taza de café y despliega las hojas del periódico. Mi padre. Alguien riega las macetas de geranios que yacen en el borde de la ventana. Mi madre. En todo ello reconozco ese silencio incómodo que anticipa las discusiones con las que mis padres pasan sus fines de semana. A veces pienso que los entretiene; otras, que es una forma romántica de transmitirse cariño. Excepto hoy. La intensidad de los gritos es inusual y me asusta. Dicen que la plata no llegará a fin de mes; que el racionamiento de arroz se ha intensificado, la leche ha subido de precio, los productos de primera necesidad escasean…
«No podemos limpiarnos el culo con papel periódico todo el tiempo», reclama mi madre. Las medias zurcidas de los tres niños ya no tienen ni siquiera espacio para más zurcidos; es necesario comprar una lámpara de queroseno, porque los niños se quedarán ciegos de tanto leer con velas por las noches mientras hacen sus deberes escolares; las latas de atún no pueden suplir pollo y carne por siempre. «El toque de queda por las noches y las explosiones de coches bomba y disparos en las calles me ponen muy nerviosa», continúa quejándose.
Escucho un plato estrellarse contra la pared. El bebé del departamento de arriba empieza a llorar. Una cuculí gorda se para en la ventana y el sonido de una bofetada llega hasta mí. El llanto casi silencioso de mi madre y sus últimos lamentos cierran mis ojos. Aprieto los párpados y me concentro con todas mis fuerzas para quedarme dormido.
Mi padre me despierta alrededor del mediodía y me llama la atención por ser tan perezoso. No entiende que duermo para esconderme. ¿Cómo explicárselo? Me reclama que me asee y vista rápido porque hoy es el cumpleaños del abuelo y nos ha invitado a almorzar. Mis hermanos mayores están sentados en el sillón; mi hermano juega con un robot viejo de plástico y mi hermana golpea la radio a pilas y mueve la antena. Mi madre se encuentra parada al lado de la ventana. Sé que no mira nada. Todo listo, escucho. Vamos. Mi padre se termina de peinar una pulcra raya al costado delante del espejo.
Mis abuelos viven en el mismo barrio. En ocho minutos llegaremos caminando. Mi padre anda por un lado, mi madre avanza por otro, mi hermano patea piedras y grita gol y mi hermana arranca hojas de los arbustos. Por ratos se adelanta unos pasos, dibuja números y cuadrados con una tiza en la acera y se pone a saltar. Yo muevo mis piernas y trato de caminar rápido para alcanzarlos. Me gustaría que alguien me llevara de la mano.
Saludamos a tíos y primos que ya han llegado a la casa de mis abuelos. La luz eléctrica ha regresado, así es que encendemos televisores, radios y focos de luz. Mi abuelo nos convoca a todos a la cocina, mientras mi abuela se encuentra cortando cebollas rojas en pluma y exprimiendo gordos y resplandecientes limones verdes. Nos anuncia que tiene una sorpresa, que a pesar de la escasez generalizada ha podido hallar un tesoro, ganar un premio, recibir un jugoso regalo de cumpleaños. Abre la refrigeradora y nos enseña, en medio de una sonrisa, una bolsa grandísima de conchas de abanico. Anuncia que preparará una gran fuente de ceviche con los moluscos caídos del cielo.
El ambiente se llena de bulla mientras un tío destapa una botella de cerveza, una tía ayuda a cortar cebollas y exprimir limones para la gran cevichada, una prima da brincos reclamando un vaso de Inca Kola y otro tío da aplausos rítmicos y empieza a cantar un vals criollo. Conversaciones y carcajadas van y vienen. Mis padres, cada uno en una esquina de la cocina, observan con frialdad el alegre ruido. Mis hermanos corren por todo el departamento jugando a las chapadas con otros primos. El abuelo, con cuchillo en mano, comienza a abrir las conchas. Mi abuela me guiña un ojo y lo ayuda.
Inundan la cocina un fresco olor a mar y una fragancia salada que eleva más los ánimos. Aparecen los corales anaranjados y los tallos color perla en toda su majestuosidad. Mi abuelo inicia la mezcla en una gran fuente: espolvorea la sal, arroja la cebolla crujiente, echa el jugo de limón, vierte rodajas finas de ají limo y las pequeñas hojas cortadas de culantro. Su gran cuchara de plata revolviendo todo bajo su mano y yo, parado detrás de una silla mientras se me hace agua la boca, sonrío por primera vez desde que me desperté ese sábado.
Mi abuela me vuelve a mirar, agrega a la fuente choclo desgranado recién hervido y dice qué niño tan curioso y mi abuelo me llama y me hace probar un trozo de coral y tallo en una cuchara pequeña que rebalsa de jugo y cebolla. Su mano debajo de la cuchara para evitar que algo caiga al suelo y se desperdicie. Apenas cae una gota en su mano, que lame, y yo cierro los ojos y dejo que todo lo que ha entrado en mi boca intensifique su sabor. Mar, choclo tierno, cebolla al punto, limón jugoso, ají limo picante. Gracias, abuelito. Está riquísimo.
Alguien ha subido el volumen del televisor, alguien más el de la radio, y todos conversan en voz alta. Mi abuelo ha colocado la fuente de ceviche en medio de la mesa y sirve los platos. Las risas se escuchan hasta en los rincones mientras tíos y primos beben cervezas y chicha morada y saborean el ceviche de conchas de abanico. Yo, en alguno de esos rincones, mientras disfruto en soledad y evito así que algún primo mayor arrebate algo de mi plato, observo que mi abuelo coge a mi madre de la mano y la lleva hasta la silla pegada contra la pared donde se encuentra sentado mi padre. La sienta en su pierna izquierda. Mi abuelo se agacha, casi en cuclillas, y, mirando hacia arriba, les conversa. No escucho lo que dice, pero siento que emite una voz tierna junto a palabras suaves. Al rato se levanta y se acerca a mi abuela. Ella, al llevarse una nueva cucharada de molusco a la boca, me mira y me vuelve a guiñar el ojo. Mis padres se sonríen.
Dos semanas después mi abuelo sufrió un ataque cardiaco en la cocina y murió de manera casi instantánea. Me apenó mucho no volverlo a ver en los días anteriores ni darle un último abrazo, pero cuando me enteré de su muerte noté que el olor y el sabor del ceviche de conchas de abanico seguían dentro de mí, que sus palabras suaves y voz tierna que amistaron a mis padres me abrazaban con calidez.
Mis padres no volvieron a pelear durante un año.


Alejandro Manuel Manrique Bellido, alumno de la X Promoción del Máster de Narrativa, nació en Lima, Perú. Es sociólogo y diplomático de carrera. Ha servido en Moscú, Londres y Berna. Ha publicado los títulos La nieve roja de Moscú (Ed. Animal de Invierno, 2016), El laberinto del zar (Ed. La Nave, 2018) y los proyectos en tiempo real en Facebook Prometeo Ruso y La novela del mundial (2018). Asimismo, forma parte del consejo editorial de La Rompedora.


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  1. Simplemente una belleza, un fino relato que te lleva de la mano de recuerdos que algunos concuerdan con los míos. Gracias.

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