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Don't panic
"Me pregunto cuántas versiones de mí misma he conocido y si alguna me traerá algo revelador." Relato
Por Lucía Emmanuel Publicado en Relatos en 9 junio, 2020 Un comentario 4 min lectura
Alejandro Manrique en Nueva York Anterior Siguiente

Don’t panic

 

Escucho otra vez esa canción en mi cabeza. Cierro los ojos y me meto dentro, como en el interior de un altavoz hecho de agua. Mientras retumba una batería en el pecho y un bajo me rasga la boca del estómago, una voz me enhebra imágenes partidas en los ojos.

Esa canción. La ciudad de mis primeras cervezas y mis primeras madrugadas en la calle. Mis primeros viajes largos, sola en el autobús.  La ciudad donde toqué por primera vez a un chico por encima de la ropa.

Barna. Una noche en el Poblenou. El bar se llamaba Garatge y en verdad era como un garaje por dentro. Dos chicos heavies con greñas se nos acercaron, aunque a mí quien me gustaba era el hermano de mi amiga, que era rubio de ojos verdes y se daba un aire a James Dean. Solía llevar chupa de cuero y, aunque no tuviera pelo largo, también le gustaba el heavy, que a mí me aburría soberanamente, pero por ser él se lo perdonaba. Después de ese viaje empezó a llamarme Luzbel.

Abrazo la manta, hecha un gurruño. Llevo despierta desde las dos. Doy vueltas. Divago. Hago cuentas vitales. Hace cinco años desde que llegué a Madrid y casi veinte desde las noches de Barna. En ese tiempo visitaba ciudades y las poblaba de sonidos sin darme cuenta. Barna son las monedas que se tragaba la cabina en frente de casa, mi voz en susurros en el cuarto de mis padres cuando llamaba el chico rubio por teléfono. Barna es Don’t Panic en bucle durante siete horas de autobús. Madrid, no lo sé todavía. Quizás esté demasiado dentro.

En un corazón de corrala madrileña se escucha absolutamente todo. Es un agregado vecinal en constante efervescencia. No sé si me molesta más el reggaetón, las peleas de los vecinos o sus reconciliaciones. Yo me embrollo como la cinta inflamable de un cassette. Me pregunto cuántas versiones de mí misma he conocido y si alguna me traerá algo revelador. Una vez alguien me dijo que siempre se escribe sobre lo mismo. Yo siempre escribo sobre esa canción, aunque hasta ahora no me había dado cuenta. Lo bello y lo trágico nacen del mismo cigoto. O, como dice Coldplay: «we live in a beautiful world».

Me gusta escribir la palabra ser. Deslizar el dedo corazón por las letras, como si estuviera tocando el piano. Ser. Ser. Ser. Me gusta la palabra ser aunque no sepa qué significa. Debería escribir siempre con ojos miopes, aprender a orientarme entre manchas borrosas. Así mis referencias tal vez serían distintas. Me levanto un momento y doy la luz. No sé para qué me he puesto las gafas. Soy una grieta del cuarto de baño.

Estas noches de insomnio, me pregunto cuántos se revolverán en su cama como yo. Quién más enhebrará imágenes rotas en los ojos. Quién recordará los tiempos en los que sabía lo que tocaba hacer. A veces me pongo existencial y le digo a Lala, mi vecina de puerta con puerta, de ventana con ventana, que hemos vivido esta pandemia juntas y no sé qué cuentos de cuando seamos abuelas. Otras me restriego en el romanticismo de la grieta.

Un pájaro me devuelve al ahora. Sé que amanece porque lo escucho cantar en el patio de corrala. Bostezo. Cierro los ojos con el consuelo de haber encontrado un sonido de Madrid.


Lucía Emmanuelalumna de la Novena Promoción del Máster, nació en Bilbao. Estudió Física y se especializó en cultura científica, ámbito en el que ha trabajado en Francia y en España. En 2014 comenzó su formación literaria con el Itinerario de Novela de la Escuela de Escritores, donde ha asistido a cursos de poesía, además del Máster. Colabora en Principia, magazine de cultura que une arte y ciencia.


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