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El deshielo
«Las madres del pueblo de Brest ya sabían lo que significaba la llegada del destacamento de cosacos.» Relato
Por Álvaro Jarillo Publicado en Relatos en 23 marzo, 2020 0 Comentarios 30 min lectura
En la terraza de la habitación 213 Anterior Siguiente

El deshielo

 

Las madres del pueblo de Brest ya sabían lo que significaba la llegada del destacamento de cosacos. Los caballos exhaustos bebían agua de la fuente que hacía de improvisado abrevadero. El símbolo del pueblo al servicio de la guerra; la fuente de piedra construida por los vecinos y el agua cristalina del manantial habían sido el orgullo de muchas generaciones.
Las órdenes eran claras y las mujeres habían agrupado en el centro de la plaza montones de patatas, gallinas muertas y las piezas de un cerdo descuartizado. No era la primera vez que venían buscando provisiones y descanso, la ciudad de Plevna estaba a tan solo dos días a caballo y Brest era la última parada para aprovisionarse antes de llegar al frente.
Los soldados lavaban las chaquetas en la fuente, los restos de sangre caían al suelo y formaban un barro de tinte rojizo al mezclarse con la nieve. El mismísimo capitán Zurov tomó la palabra:
—Traigan también la madera seca que tengan. Si colaboran todo irá bien —dijo mientras les señalaba con el sable.
Hablaba desde lo alto de su caballo de color grisáceo, que también tenía restos de sangre en el lomo y en la silla de cuero. Debían ofrecer a los soldados la comida que tuvieran, incluidas las botellas de rakia, el licor más apreciado de la región. En Brest ya solo quedaban niños, mujeres y ancianos.
En un lado de la plaza hacían una fila las mujeres con los niños, en el otro se agrupaban los ancianos. Siempre que llegaban soldados, las mujeres se ponían sus vestidos más andrajosos y se dejaban el pelo revuelto. Casi todos miraban al suelo mientras el gran Zurov les injuriaba. Los cosacos habían llegado después de días de cabalgar desde el norte. Habían dejado atrás el Danubio y, tras cruzar el río, destruyeron con barriles de pólvora el centenario puente de piedra por el que habían cruzado. En pocos segundos, quedó hecho pedazos el paso que durante siglos había unido a Brest con el norte de los Balcanes.
Las montañas nevadas de alrededor hacían de testigos privilegiados del fin de un imperio. Los rusos sabían que en aquel valle estaban expuestos a ataques desde la sierra, pero era la única opción que tenían de aprovisionarse. Habían saqueado muchos pueblos en su ruta hacia el sur y el capitán Zurov se había ganado su merecida fama de carnicero.
Junto al carro inclinado que había servido para transportar a los heridos, un soldado joven con la cara sonrojada por el frío curaba las heridas de otro cosaco, su pierna había rodado hasta el suelo y los perros se acercaron a olerla en el barro. El herido gritaba y pedía que le acercaran su sable, pero los soldados seguían limpiado sus chaquetas en la fuente. Los perros chupaban la pierna y los restos de hielo que se fundían con la sangre aún caliente.
Al otro lado de la fuente se amontonaban los cadáveres de los hombres de Brest que habían ofrecido resistencia a los cosacos. Hartos de los saqueos, los habían combatido con sables y con los pocos fusiles que tenían. El cadáver del líder del grupo, Sergei Radev, estaba atravesado en un tronco largo que hacía las veces de estaca. Estaba clavado por la pelvis, las piernas y la cabeza le caían hacia los lados hasta reposar en la nieve que cubría los adoquines.
El capitán bajó del caballo, se quitó el gorro de piel y entregó su capa al soldado que seguía todos sus movimientos. La plaza cuadrada hacía de escenario de un teatro de la muerte en el que la vida podía durar solo unos segundos. El grupo de ancianos guardaba silencio frente a la fila de mujeres, solo se escuchaban los gritos de los soldados y el sonido metálico de las herraduras de los caballos sobre los adoquines.
Caminó junto al grupo de ancianos. El señor Vasilev, jefe del consejo de sabios, dio un paso adelante, pero la mano de otro anciano tiró de su abrigo hacia atrás. El capitán se dirigió hacia las mujeres, solo Varia Radev le miraba de frente. Tocaba la carta que tenía guardada en el bolsillo del abrigo. La apretaba entre los dedos para sentir el relieve de la cera que la sellaba: era el último mensaje que tenía de su padre Sergei. A su lado, su hermana Ivanka seguía sin levantar la cabeza.
La barba canosa del capitán contrastaba con su pelo negro rizado y con la cicatriz del lado derecho de la cara. Corría el rumor de que se la había hecho su propio hermano en una pelea antes de que él lo matara con las manos. Junto a él caminaba su hijo, Nikola Zurov; el cabello rubio y su aspecto cándido le habían creado una reputación muy alejada de la crueldad de su padre. El capitán acercó su sable a la barbilla de Ivanka que temblaba y miraba al suelo con los brazos cruzados. Clavó un poco la punta del filo en su barbilla y le levantó la cabeza; a su lado, su hermana Varia le miraba fijamente con el ceño fruncido:
—Así que vosotras sois las hijas de esa rata. Espero que hayáis aprendido todos la lección —dijo alzando la voz—. Su cuerpo se quedará ahí clavado junto al otro montón de ratas. Así nadie se olvidará de lo que les pasa a los que no colaboran —añadió gritando más fuerte.
Ninguna de las dos hermanas respondió. Paseaba frente al grupo de mujeres mientras los perros se peleaban por comerse lo que quedaba de la pierna que había rodado hasta el suelo. Su hijo Nikola le acompañaba sin decir nada, su cara estaba colorada, algunos dijeron después que no sabían si era por el frío o por el miedo que también tenía a su padre.
—Queda prohibido tocar esos cuerpos hasta que sean pasto de los buitres —continuó—. Os advierto: el que ose tocarlos lo pagará con su vida.
En ese momento, Varia Radev volvió a acariciar la carta de su padre dentro del bolsillo sin apartar la vista del capitán. Su hermana Ivanka mantenía la mirada fija en los adoquines y los perros seguían ladrando.

******

Cuando se hizo de noche, el frío comenzó a helar el cuerpo de Sergei Radev, que seguía atravesado en la estaca junto al montón de cadáveres. El pelo y la ropa de los cuerpos comenzaban a endurecerse y la sangre que caía de la boca de Serguei había formado una especie de estalactita al mezclarse con el barro que tenía adherido a la cara. Nadie del pueblo se había atrevido a acercarse. Los ancianos se habían reunido en casa del señor Vasilev y las hermanas Radev ya estaban a resguardo en casa de Ivanka. La casa de piedra olía al caldo con patatas y tocino que estaban preparando para cenar.
—No le pienso dejar ahí clavado —dijo Varia mientras removía el caldo con una cuchara de madera.
—¿No has oído lo que ha dicho el capitán? Nos matarán, no tendrán piedad.
—No me puedo quedar sin hacer nada.
—Piénsalo bien, hermana, estamos en guerra.
Ivanka se arrodilló frente al fuego y lo avivó con el fuelle.
—Es su guerra, nada nos dio el Imperio y ahora nos saquean los que quieren acabar con él —continuó Varia.
—Pregunta a los ancianos, el señor Vasilev te aconsejará.
—Ellos son viejos.
Ivanka se levantó y le quitó la cuchara de madera a su hermana.
—Siéntate, ya sigo yo.
—No puedo quedarme sentada.
—Recuerda lo que decían los ancianos: «A veces hay que ceder como hacen los árboles del río para no romperse».
—Los rusos ya nos han roto, padre está muerto —dijo Varia al sentarse en el banco.
—Por favor, espera a que se vayan, pronto saldrán para Plevna.
—Y  mientras tanto, ¿qué?… ¿Ver cómo se congela padre hasta que se lo coman los buitres? No lo permitiré.
Ivanka removía el caldo con la cuchara mientras su hermana acariciaba el metal caliente del candil que estaba en la mesa.
—Hablas como padre… ¡te lo ruego!, solo conseguirás que te maten.
—Peor es vivir con miedo.
—Es la guerra, Varia.
—Todos estamos en guerra. Padre también luchó y lo pagó con la muerte.
El vapor del agua de la cacerola comenzaba a extenderse por la casa y producía pequeñas gotas en la piedra de las paredes. Ivanka pinchaba de vez en cuando las patatas con un cuchillo largo.
—No lo hagas, ya perdimos a padre —suplicó Ivanka.
—Se lo debemos… es lo que hay que hacer… tranquila… —acercó la mano a la barbilla de su hermana que miraba hacia el suelo—. Solo te voy a pedir una cosa.
—Dime.
—Tienes que guardar esta carta —dijo sacándola del bolsillo—. Prométeme que la guardarás bien y que solo la leerás si me pasa algo.
—Puedes… ¿puedes decirme, al menos, de qué se trata?
—Es una carta de padre, tiene instrucciones para salvar al pueblo. Pretendo hacerlo yo misma, pero, si no regreso, tendrás que hacerlo tú.
—¿Por qué no me lo habías dicho antes? Soy tu hermana mayor.
—Padre me la dio a mí, será que él también pensaba que estaba loca o será que lo estoy en realidad.
—No quería decir eso…
—Da igual, ahora tengo que irme —interrumpió Varia—. Lo importante es que la guardes y que no te involucres. Si la encuentran te matarán.

******

Ivanka apenas logró dormir esa noche. Se quedó postrada en el catre de la casa junto a los restos de la lumbre de la chimenea. La despertaron los gritos de los soldados, hacían sonar los cuernos que llevaban colgados en las chaquetas y obligaban a los habitantes a acudir a la plaza. Las puertas de las casas resonaban con los golpes. Todos debían salir, incluidos los niños y las mujeres. Ivanka se asomó a la ventana y vio cómo arrastraban por la nieve a una anciana tirándola del pelo. Tuvo suficiente tiempo para esconder la carta dentro de una de las cazuelas de la cocina, la tapó justo antes de que golpearan la puerta de su casa.
Cuando llegaron a la plaza, los soldados los volvieron a alinear cerca de la fuente como el día anterior. El hijo del capitán les gritaba ordenando cómo debían colocarse las mujeres; parecía más sonrojado que nunca, a pesar de que esa mañana hacía menos frío. Los cuerpos de los cadáveres seguían amontonados igual que el día anterior, la helada de la noche los había cubierto con una capa de escarcha blanquecina bajo la cual se veían los restos de sangre. En el suelo aún quedaban astillas del hueso de la pierna que se habían comido los perros. Todas las miradas se dirigían al centro de la plaza; junto a la fuente de piedra y el montón de cadáveres se veía el poste en el que había estado clavado Sergei Radev el día anterior. La madera con manchas de sangre les hechizó durante unos instantes, parecía como si, en lugar de una estaca madera, se tratara de un faro: la ausencia del cuerpo atraía la atención de todos los habitantes del pueblo. Era como si estuviera más alta que el día anterior, como si la ausencia de Sergei la hubiera liberado de su peso y se hubiera elevado unos centímetros más.
Tuvieron a todos esperando de pie, los ancianos tiritaban. En las montañas que rodeaban el pueblo aún se veía nieve, pero el sol comenzaba a calentar esos días, quedaba poco para el deshielo. Los soldados hicieron una fogata cerca del carro donde habían transportado a los heridos. Una mujer pidió que dejaran acercarse a las señoras mayores cerca del fuego, pero no se lo permitieron. Las mujeres con niños más pequeños los cogían en brazos y los apretaban contra sí mismas generando el calor que podían. Había varios bebés y casi todos lloraban, una de las mujeres se puso a amamantar a su hijo para que se callara.
El ruido de las herraduras de los caballos sobre los adoquines anunció la llegada del séquito del gran Zurov. Su gesto serio anunciaba lo peor. Se bajó del caballo y con su espada fue acariciando despacio el pecho de las mujeres que estaban en fila. En el grupo de ancianos, el señor Vasilev se movió a un lado e intentó decir algo. Antes de que pudiera hablar, el soldado que estaba más cerca le dio un culatazo con el fusil que lo tiró al suelo. Su labio comenzó a sangrar, el capitán ni se giró para mirarle.
Cuando llegó delante de Ivanka, posó la punta del sable sobre su pecho. Todos estaban en silencio, salvo dos bebés que seguían llorando mientras sus madres intentaban callarlos, una de ellas mecía al niño con un pañuelo rojo que le colgaba del cuello.
—Callen a esos niños —dijo el capitán.
Todos miraban su sable apuntando al pecho de Ivanka.
—¿Dónde está tu hermana? —preguntó.
—No lo sé —dijo con voz temblorosa.
—Así que tu hermana es la valiente de la familia —añadió mientras miraba cómo le temblaban las piernas.
Ella no respondió. Solo se escuchaba el llanto de un bebé. Él envainó su sable y se giró hacia los demás, que esperaban con temor sus palabras.
—No tendréis paz hasta que me entreguéis a Varia Radev. Iremos casa por casa y os mataremos a todos si es necesario —gritó alzando la voz.
Todos escuchaban, solo el lloro del niño interrumpía sus palabras. El capitán se giró hacia la madre del pañuelo rojo y, en un movimiento rápido, le quitó el bebé de los brazos. Con un tirón fuerte le deshizo el nudo del pañuelo y agarró al niño por el cuello. Sin que diera tiempo a reaccionar a nadie, lo lanzó junto con el pañuelo rojo a la hoguera que tenía a pocos metros. El grito desgarrador de la madre se fundió con el del resto de las mujeres. Uno de los soldados realizó un disparo al aire y varios desenfundaron los sables para retenerlas en la fila. Varias de ellas agarraban a la madre que gritaba mientras su bebé lloraba y el humo rodeaba su pequeño cuerpo.
—Esto es lo que haremos cada día que pase sin que se entregue Varia Radev. Mañana morirá otro de vosotros en esta hoguera —gritó desafiante.
A su lado, su hijo Nikola sostenía el sable, tenía los ojos muy abiertos y el brazo le temblaba un poco. Su padre caminó unos pasos hasta donde estaba él.
—No hace falta que mates a nadie más —dijo una voz desde el otro lado de la plaza.
Todos se giraron y vieron entrar a Varia caminando despacio. Varios soldados se dirigieron hacia ella con intención de arrestarla, pero el capitán les mandó detenerse con un gesto de su mano. Ella continuó andando sin apartarle la mirada al gran Zurov hasta que se quedó a pocos metros de él. Solo se escuchaban los llantos de la madre que continuaba gritando en el suelo, el fuego crepitaba y su bebé había dejado de llorar.
—Veo que eres valiente. E insensata como tu padre —dijo el capitán.
—Ya me tienes a mí —dijo ella mirando hacia su hermana Ivanka.
—¿Qué has hecho con tu padre? —preguntó él.
—Darle justa sepultura, como manda la ley.
—¿De qué ley hablas?
—Podrás matarnos a todos, pero no decir lo que es justo.
—¡Estás loca! Vas a morir igual que tu padre.
—No te tengo miedo —dijo ella soltando una lágrima.
—Tus lágrimas te delatan, no eres tan valiente como pareces.
—Hay lágrimas que nunca entenderás.
—Mañana, cuando el sol esté en mediodía, te quemaremos viva. Esa es nuestra ley con los traidores y bien lo sabéis todos —gritó al resto de mujeres—. Todos vosotros prepararéis la hoguera, haréis una pila con ramas y la sujetaréis con la misma estaca que atravesó a su padre. Tú ayudarás a preparar la hoguera y prenderás el fuego —dijo señalando a Ivanka.
—Pronto pagarás por tu crueldad  —dijo Varia secándose las lágrimas.

******

El capitán ordenó a su hijo que encerraran a Varia en una de las casas con la prohibición de no darle ni comida ni agua. Durante esa mañana, Ivanka ayudó al resto de mujeres a apilar la leña. Al mediodía se refugió en su casa y, después de asegurarse de cerrar bien la puerta, cogió la carta que había escondido en la cazuela. La primera parte de la carta estaba escrita por su padre, le daba instrucciones a Varia sobre la localización de las tropas del ejército turco en la cima de las montañas que rodeaban Brest.
Antes de morir, Sergei Radev había intuido que, en caso de ser apresados, matarían a todos los hombres del pueblo, salvo a los ancianos. Confiaba en el valor de su hija para comunicarse con las tropas turcas. El plan acordado era esperar a los primeros días del deshielo, cuando el río bajaría con más caudal, y distraer a los cosacos con alguna otra acción que les redujera en número o les pudiera debilitar. Ivanka continuó leyendo, las líneas de su padre explicaban que los turcos esperarían una señal de humo negro como las que se hacían en las épocas del cambio de cosecha. A continuación leyó las líneas escritas por Varia:
          «Hermana, no temas. Cuando leas esto ya será el final. Te quise dejar al margen, pero ahora te necesitamos. Ten valor y todo saldrá bien. Yo ya estaré muerta o condenada. Debes hacer una fogata con humo negro bien visible, puedes utilizar fajos de paja mojados, añade ramas y piñas húmedas. Intenta ocultarlo todo bajo ramas secas y nadie se dará cuenta. Hazlo cuando convenga, aunque yo ya esté muerta y asegúrate de huir. Avisa a los que puedas e intenta distraer a los soldados. Cuando el humo negro sea bien visible, atacarán. Ten valor, hazlo por papá. Te quiere, tu hermana».
Ivanka se quedó un rato llorando después de leer la carta. Cuando estuvo más calmada, se dirigió con sigilo a varias de las casas de mujeres y recopilaron la paja y las ramas mojadas para añadir a la hoguera. Por la tarde, los soldados estaban borrachos bebiendo rakia y las mujeres pudieron acercarse a la plaza. Dejaron todo listo junto a la fuente para la ejecución del día siguiente. Cuando se hizo de noche, Ivanka y cinco mujeres más reunieron varios caballos y se fugaron hacia el norte en dirección al Danubio.
Al despuntar el alba, los soldados tardaron en despertarse, hasta que el hijo del capitán volvió a ir casa por casa para cumplir el encargo de su padre y preparar la ejecución. Volvieron a sacar a todos y los dirigieron a la plaza. El mismo Nikola fue donde estaba encerrada Varia y la llevó con los brazos maniatados a la espalda. Los soldados daban voces entre ellos, el montón de cadáveres tenía menos hielo que el día anterior, parecía que el deshielo era inminente y el hedor de los cuerpos se notaba cada vez más. Por encima del pueblo se veían buitres haciendo círculos y se escuchaban los graznidos de los cuervos que volaban bajo.
Los habitantes de Brest volvían a estar alineados, Varia buscó a su hermana con la mirada, pero no la encontró. A pesar de tener las manos atadas a la espalda, percibió, al igual que habían hecho los soldados, que faltaban varias mujeres. Los cosacos gritaban más de lo habitual, había mucho nerviosismo y el capitán aún no había llegado. Su hijo Nikola recorría la plaza gritando para que todos estuvieran perfectamente ordenados.
Se escuchó de nuevo el ruido de las herraduras en los adoquines, el capitán se bajó del caballo y, sin mediar palabra, fue hacia donde estaba su hijo. Sin quitarse los guantes negros, caminó hacia él apresurado, apretó el puño derecho y se lo acercó a la barbilla. El hijo le miraba inmóvil.
—Si no fueras mi hijo te mataría aquí mismo —le dijo al oído.
Le dio la espalda y se acercó hacia Varia que le mantenía la mirada con gesto tranquilo.
—Coge los caballos más rápidos y sal ahora mismo en su búsqueda —le ordenó a su hijo sin girar la cabeza y sin dejar de mirar fijamente a Varia—. Vete hacia el norte con los mejores hombres, seguro que pretenden cruzar el río.
Varia contemplaba la escena con las manos atadas a la espalda.
—Vosotros, ¡atadla ahora mismo al poste! Yo mismo encenderé la hoguera si no aparece su hermana antes del mediodía —dijo mirando a un grupo de soldados—. Y vosotros —añadió señalando a otro grupo—, registrad casa por casa hasta que estéis seguros de que no hay nadie, matad a quién oponga resistencia.
Los cosacos se movían con desorden por la plaza. Todas las mujeres miraban hacia el poste donde ataban a Varia, lo sujetaron sobre el montón de ramas de árboles de entre las que sobresalían algunos restos de paja. El grupo de los ancianos estaba más inquieto que las otras veces y el señor Vasilev se giraba, cada pocos minutos, para hablar con algunos de ellos.
Mientras algunos soldados registraban las casas, el capitán se fue a descansar, el registro llevaría toda la mañana. Salió de la plaza y dejó atrás a las mujeres, los ancianos y al montón de leña sobre el que estaba Varia maniatada. Su vestido largo y andrajoso se había enredado con las ramas. Por encima de ellos, se veían las montañas con menos nieve y los buitres que volaban en círculo.

******

Mientras registraban el pueblo, el capitán pidió que le sirvieran más raika en la casa que habían habilitado para su aposento. Durante esa mañana, su hijo Nikola, acompañado por seis de los mejores hombres, cabalgó sin cesar en busca de Ivanka Radev. Las armas pesaban mucho sobre los caballos: llevaban fusiles, bayonetas y mosquetes que se cargaban con balas de plomo. Según avanzaba la mañana, el sol calentaba más anunciando el deshielo. Como habían destruido el antiguo puente de piedra, tuvieron que buscar alguna zona para vadear el río. Después de varios intentos, lograron cruzarlo con mucha dificultad y pasaron al otro lado. Recuperaron al galope el tiempo perdido y, en pocas horas, capturaron al grupo de mujeres liderado por Ivanka. Las subieron maniatadas en la grupa de los caballos e iniciaron el camino de vuelta a Brest.
Cuando tuvieron que volver a cruzar el Danubio, hacía más calor y el río bajaba más crecido. Ivanka y las demás mujeres les advirtieron de que los caballos no aguantarían la fuerza del caudal. Nikola dudó si buscar otra forma de vadearlo y algunos soldados también le mostraron su temor, pero él recordó las amenazas del capitán y les advirtió de la importancia de culminar con éxito su misión. Gritó a todo el grupo con una entonación que se parecía a la de su padre, también fruncía el ceño de forma similar pero, cuando terminaba cada frase, parpadeaba más de lo normal y movía un poco los hombros como si asintiera para sí mismo.
Finalmente, hicieron una fila con los caballos y se ataron entre ellos con una cuerda para tener más estabilidad. Comenzaron a cruzarlo, pero, en cuanto uno de los caballos cedió a la fuerza del caudal, la cuerda se tensó y arrastró a todo el grupo. Las mujeres chillaban maniatadas, el río las sumergía y los remolinos tiraban de ellas junto a los caballos que no pararon de relinchar hasta que dejaron de oírse los gritos. Se hizo de nuevo el silencio sobre el que se alzaba el fuerte ruido de la corriente. Solo uno de los soldados, el que iba primero en la fila, sobrevivió gracias a que pudo soltar la cuerda que le ataba a su caballo. El Danubio dispersó todos los cuerpos de forma caprichosa a lo largo de varios kilómetros.
Al mediodía, cuando le informaron al capitán de que su hijo no había regresado, terminó la botella de raika, se arregló el uniforme y regresó a la plaza para proceder a la ejecución. Los soldados seguían custodiando al grupo de mujeres y ancianos, algunos niños más pequeños se habían dormido en el suelo junto a sus madres. El sol calentaba más que los días pasados y el hedor del montón de cadáveres era más fuerte. También había un perro muerto junto a la fuente de piedra.
El gran Zurov pidió que le encendieran una antorcha. Varias de las mujeres comenzaron a llorar y algunos de los ancianos gritaron pidiendo clemencia, los soldados desenfundaron de nuevo los sables para retener al grupo. Se dirigió hacia Varia que miraba al cielo atada a la estaca; los buitres seguían sobrevolando. Se escuchaban los gritos de las mujeres junto a los graznidos de los cuervos. Acercó la antorcha a la base de las ramas y el fuego prendió con facilidad, las maderas secas de la parte exterior fueron las que ardieron primero. Se alejó un poco de la hoguera y las mujeres taparon la cara a los niños con las manos. Varia seguía impasible mirando hacia el cielo. Cuando el humo comenzó a rodearla, hizo varios movimientos con el cuello para mirar hacia arriba, parecía como si buscara algo entre la humareda. Puso un gesto de tranquilidad cuando vio la gran columna de humo negro que se comenzaba a formar en el cielo.  A los pocos segundos, cuando las llamas se extendieron por su vestido, comenzó a gritar. Sus chillidos se fundieron con los gritos de las demás mujeres de la plaza hasta que perdió el conocimiento.
El capitán ordenó a todos que se quedaran donde estaban hasta que se apagara del todo el fuego y el cadáver de Varia terminara de carbonizarse. Se retiró otra vez a descansar a sus aposentos. No había pasado ni una hora cuando fue llamado de nuevo a la plaza: había vuelto el soldado de la expedición de captura. Cuando el superviviente le contó lo ocurrido, le preguntó dos veces si estaba seguro de la muerte de su hijo, a lo que no pudo responder con certeza más allá de decirle que el río se los había tragado a todos. Sin preguntarle una tercera vez, desenfundó el sable y, en un movimiento rápido, le atravesó el esternón con la espada. El soldado emitió un grito seco y se escuchó un rumor en la plaza. Lleno de ira, el capitán gritó con todas sus fuerzas. Se ayudó con el pie y extrajo el sable del cuerpo del soldado para empujarlo sobre la fogata que aún ardía. Los soldados se movían nerviosos y el anciano señor Vasilev hablaba a los demás miembros del grupo.
Entonces oyeron un ruido extraño que provenía de la sierra y enseguida pudieron distinguir que era un sonido de cuernos y algo parecido al galopar de caballos. En pocos segundos fue como si el eco de las pisadas de los caballos del ejercito turco fuera una ola que inundaba el pueblo. Todos los de la plaza levantaron la vista hacia las montañas de alrededor. En silencio, vieron la enorme polvareda que se veía en todas las zonas altas que rodeaban Brest. La luz del sol se reflejaba en los sables y en los fusiles del ejército turco que descendía de las montañas. Junto al eco de las pisadas, el sonido que hacían al soplar con los cuernos era conocido por todos como la señal de ataque.
En ese momento todo aconteció muy rápido, el gran Zurov comenzó a gritar a los soldados para que preparan las armas y los caballos, pero varios de ellos se miraron inmóviles. Se hizo un extraño silencio que contrastaba con el ruido proveniente de la sierra. De pronto, uno de los cosacos huyó corriendo sin decir nada y varios de ellos le siguieron cogiendo algunos de los caballos. En pocos segundos, el capitán se había quedado solo con el único apoyo de los dos soldados que tenía más cerca, a los que señalaba con su sable.
El ruido de las montañas iba en aumento y desde la plaza ya se podían distinguir los escudos de las banderas. El señor Vasilev dio un paso al frente seguido por varios de los ancianos. Los dos soldados les dejaron acercarse mientras cargaban sus fusiles y preparaban los caballos para el capitán. Los ancianos se aproximaron a los cadáveres amontonados y comenzaron a separar los cuerpos para llevárselos. Por su parte, las mujeres se dirigieron a la hoguera y echaron cubos de agua en el rescoldo de lumbre sobre el que estaba la estaca con el cuerpo quemado de Varia. El ruido de los cuernos y de las pisadas de los caballos era cada vez mayor, los turcos ya estaban entrando en el pueblo. El cuerpo del soldado ruso al que acaba de matar fue lo último que vio el gran Zurov, dos ancianos lo apoyaban con cuidado en la fuente de piedra antes de llevárselo para enterrarlo junto a los demás hombres de Brest. En el cielo los buitres volaban en círculos más pequeños y los graznidos de los cuervos iban en aumento.


Álvaro Jarillo es alumno de la Décima Promoción del Máster. Nació en Madrid y es Doctor en Derecho y profesor de Universidad. Desde su juventud participó en talleres de escritura y publicó cuentos en libros colectivos editados por el Taller de Escritura de Madrid: La jaula sin barrotes (Festín de amotinados, 2000), Donde nadie nos ve (Vino un chino y nos vendió un mechero, 2001), Papel Mojado (Leí el diario de un extraño, 2003) y DNI (El día que nos dimos cuenta de todo, 2004). En el año 2005 ganó el primer premio de relato corto y el segundo premio de cuento en el certamen CREA 2005, convocado por el Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón. Durante unos años asumió otras obligaciones profesionales que le alejaron de la escritura, hasta que retomó algunos cursos de la Escuela de Escritores y el Máster de Narrativa le ofreció la oportunidad de retomar su vocación.


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