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El pajar
«Íbamos al pajar desde que éramos niños.» Relato
Por Álvaro Jarillo Publicado en Relatos en 13 julio, 2020 0 Comentarios 6 min lectura
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El pajar

 

Íbamos al pajar desde que éramos niños. No recuerdo bien la primera vez, supongo que en cuanto pude montarme en la bici. Estaba en una granja enorme a poco más de un kilómetro de casa. Allí pasé muchas tardes con Belén, Jose, Dani, María, Raúl y Eva, que era la más mayor y la última vecina que se había mudado desde Barcelona.
Nunca fui solo al pajar. A los sitios prohibidos entrábamos en grupo: como a la casa de la loca, la obra grande o la cantera de los hippies. «No se te ocurra ir», siempre la misma advertencia de mi madre, y de nuevo la tentación en cuanto alguien lo sugería. Todos habíamos estado castigados alguna vez: «yo no puedo», «ni de broma», «mi madre me mata»… Mi peor bronca fue cuando llegué con aquella herida y me llevaron a vacunar del tétano. Pero bastaban unos días o que alguien insistiera un poco y enseguida montábamos la coartada para escapar juntos con las bicis.
Era arriesgado llegar hasta allí. Había que disimular cruzando las zonas de las vacas, elegir las horas en las que no estaban ordeñando y esconder bien las bicis para que no nos vieran. Parecía tan grande como un hangar de esos de las películas de aviones y disponíamos de cientos de balas de paja para construir a nuestro antojo verdaderos laberintos y cuevas en los que escondernos. Las balas estaban atadas con alambre y era difícil meter los dedos para enganchar esos cubos enormes de paja. Todo aquello se transformó, a nuestros ojos, en la versión gigante de un juego de construcción, y sin ningún mayor que nos prohibiera nada.
Cada uno tenía su juego favorito. Jose, como siempre fue el más fuerte, hacía el de la construcción y derrumbe de la torre gigante. Presumía ante las chicas apilando la paja con una sola mano y escalaba hasta donde los demás no nos atrevíamos. Con sus camisetas apretadas, no perdía ocasión para lucirse delante de Eva, que siempre le pedía que pusiera el brazo fuerte para tocárselo. Luego derribaba la torre y algunos cubos de paja se desparramaban a pesar de los alambres.
Raúl siempre proponía el enterramiento en vida, hasta que nos cansamos de probar el agobio que daba tener tan poco aire enterrados entre balas de paja. Yo prefería el del laberinto, María y  Belén también, porque no era necesario hacer mucha fuerza y construíamos pasillos por los que luego nos escondíamos para darnos sustos.  Eva decía que eso de asustarnos le parecía una bobada de niños.
Podíamos pasar muchas horas de un juego a otro hasta que alguno gritaba demasiado y acudía algún ganadero, o hasta que descubrían nuestras bicis y nos llevábamos la bronca. Antes de volver a casa debíamos tener cuidado de no arañarnos las manos y de sacudirnos bien la ropa porque siempre había algo por lo que los padres nos pillaban. Pero todos sabíamos que volveríamos, por mucho que nos castigaran.
Recuerdo bien el polvillo que se metía en la nariz y el olor intenso de la paja, tan fuerte en aquel hangar, que cubría el hedor del estiércol y el de las vacas. Pero, a pesar de todo, se convirtió en nuestro refugio perfecto en el que poníamos las normas sin los mayores, cubierto para la lluvia y con el mejor aislante posible para el frío y el calor.
Eva decidió una tarde que quería hacerse una casa apilando la paja. Comenzó  ella sola a formar las paredes y pidió a ayuda a Jose para hacer el techo. El resultado fue una choza con espacio para dos. En cuanto estuvo terminada, taparon la pequeña puerta desde dentro con uno de los cubos de paja y se quedaron ellos solos.
Pasó tanto tiempo que los demás quisimos entrar, pero Eva decía que era su casa y que ella no se metía con los juegos de los demás. Desde fuera los oíamos reírse dentro, como si quisieran que no lo notáramos, pero no nos parecieron risas como las de los chistes. Al principio no le di importancia, pero luego Belén y María se enfadaron mucho el resto de la tarde y no quisieron hacer otro laberinto conmigo por mucho que insistí. Volvieron a pedir a Eva que jugáramos todos, pero Jose gritó desde dentro una frase entrecortada que no entendí bien. Volvimos a escuchar risas nerviosas, como de esas de secretos, y Belén dijo que estaba harta y se puso a mover muy enfadada la pila de paja que hacía de puerta. En cuanto se abrió ese hueco, les vimos tumbados sobre la paja y se levantaron de golpe gritando que les dejáramos en paz. Eva parecía muy colorada y su camisa, que sobresalía muy arrugada por fuera del pantalón, me pareció que tenía algún botón desabrochado, pero no lo distinguí bien, porque fue a penas un segundo el tiempo que tardó Jose en cerrar la compuerta imaginaria de la casa.
Después no recuerdo bien lo que pasó; María y Belén insistieron en que nos fuéramos y, a partir de entonces, creo que no volvimos a ir todos juntos al pajar.


Álvaro Jarillo es alumno de la Décima Promoción del Máster. Nació en Madrid y es Doctor en Derecho y profesor de Universidad. Desde su juventud participó en talleres de escritura y publicó cuentos en libros colectivos editados por el Taller de Escritura de Madrid: La jaula sin barrotes (Festín de amotinados, 2000), Donde nadie nos ve (Vino un chino y nos vendió un mechero, 2001), Papel Mojado (Leí el diario de un extraño, 2003) y DNI (El día que nos dimos cuenta de todo, 2004). En el año 2005 ganó el primer premio de relato corto y el segundo premio de cuento en el certamen CREA 2005, convocado por el Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón. Durante unos años asumió otras obligaciones profesionales que le alejaron de la escritura, hasta que retomó algunos cursos de la Escuela de Escritores y el Máster de Narrativa le ofreció la oportunidad de retomar su vocación.

Su relato, El deshielo, también ha sido publicado por esta revista.


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