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En la terraza de la habitación 213
«Esto raya en la pornografía, te digo con una sonrisa que espero no refleje mis dudas, el miedo a decepcionarte.» Relato
Por Yolanda Melul Publicado en Relatos en 30 marzo, 2020 Un comentario 5 min lectura
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En la terraza de la habitación 213

 

No es un recuerdo lejano en el tiempo, es una fotografía de este mes de septiembre en Barcelona, con los matices del atardecer de los últimos días de un verano cálido. Estoy recostada sobre la silla verde de plástico en la terraza de la habitación 213.

Poso para ti en actitud de abandono, con el pelo rubio revuelto después de hacer el amor. Una horquilla en forma de flor fucsia recoge parte de mi flequillo y deja unos mechones sueltos que caen sobre los ojos entrecerrados. Los labios están hinchados después de los besos, mordiscos, de los arañazos de tu barba cana y el roce de la sábana enredada que acalla mis gemidos. Estoy cubierta con el vestido playero de gasa que compramos juntos en el paseo marítimo de Peñíscola, en la tienda de la francesa. Esa con la que te escuche hablar en tu perfecto acento parisino desde el probador, la que te dio su tarjeta y garabateó un móvil pour prende quelque chose.

Te acercas, separas mis muslos pones las manos en la parte interna, los acaricias, dejas el pubis descubierto y pasas un dedo por los labios aún empapados en la mezcla de sudor, esperma, de saliva con sabor a tabaco. Acercas tu boca a mi oído y me envuelve el olor a jabón de glicerina, a café negro, susurras que te excita que no me haya duchado, que no haya borrado las huellas de tu cuerpo en el mío.

Dejas caer un ligero beso en mi cuello que pulsa con tu solo contacto, quiero que repitas ese beso, que lo prolongues para no sentirme como esas noches en las que vuelves a casa a cenar con tu hijo. Para dormir en el sofá, porque me juras que ya no te acuestas con ella desde hace años.

La gasa transparente se pliega sobre mis pechos y se intuyen los pezones rosados, ya casi marrones, doloridos de deslizarse sobre tu torso, enredados con el vello blanco, grueso como púas. Las piernas extendidas aún conservan el moreno de las calas de esa Costa de Azahar en las que hemos pasado días y noches, encerrados en nosotros.

«Esto raya en la pornografía», te digo con una sonrisa que espero no refleje mis dudas, el miedo a decepcionarte. «Mojigata, es fotografía artística, es como esa confusión con el cuadro de Courbet, ¿no me quieres inspirar como la modelo de ese retrato? El origen del mundo es arte, querida.» «Sí», te insisto, «pero a ella no se le ve la cara, es parte del misterio del cuadro, no conocer su identidad».

Me acomodo mientras ajustas las lentes de tu Nikon y veo cómo dejas de ser mi amante para ponerte tras la cámara. Ahora tus órdenes cobran otro tono, son mecánicas, profesionales, barbilla más a la derecha, sube el vestido, así, no sonrías, los pies de puntillas como la bailarina que eres. Y el constante zumbido de un disparo de la lente tras otro.

Cuando estás satisfecho, te acercas a mí, me susurras de nuevo: te has portado muy bien, eres una niña muy buena. Te pones de rodillas, pasas las manos debajo de la cintura y me deslizas de la silla hasta que me quedo encajada en ti, mientras me agarro con las manos a tu pelo blanco y no me importa la irritación que noto cuando me penetras de nuevo.

La serie de fotos la bautizas Los ángeles y las estrellas concebidas sin el pecado original y eliges esta misma que ahora miro para poner bajo el título. Esta que has amenazado con colgar en Instagram, con mandarla en un email masivo a todas las personas que tienes en Gmail, ponerla en tu Blog de arte contemporáneo y que sea tu historia de Facebook. Es la única vez en estos cinco meses que chillas cuando me llamas desde el móvil de tu hijo y exiges que te desbloquee en WhatsApp, que cómo me atrevo a borrarte del teléfono, del correo electrónico, de mi ordenador. Yo esta vez no grito, no lloro, no siento la bilis tan familiar que me arde en el estómago, que quema mi corazón. Te respondo que adelante, que lo hagas, porque el lunes voy a llamar a la oficina de tu mujer, a esa empresa de alta tecnología y le preguntaré si sabe mi nombre, de tu presencia en mi vida, de tus embestidas contra el colchón de mi cama.


Yolanda Melul es alumna de la Décima Promoción del Máster. Nació en Madrid y es abogada, empresaria y traductora. Dedicada durante años a la asesoría política en Asuntos Exteriores, ahora aprovecha sus estancias en localidades extranjeras tan diversas como África, América, París, Londres, Bruselas o Ginebra para construir los mundos en los que adentra a sus lectores. También escribe poesía, participando con su Desde el alma: un homenaje a los clásicos en el XXXVIII Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez y ha publicado relatos como «Othello» en A pecho descubierto.


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