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Encuentros en el banco
"Sólo me siento si el banco se encuentra vacío o revolotean los pájaros." Relato
Por Silvia Fernández Publicado en Relatos en 22 octubre, 2018 2 Comentarios 6 min lectura
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Encuentros en el banco

Sólo me siento si el banco se encuentra vacío o revolotean los pájaros y, a los pocos minutos, viene la vieja. Nunca falla, y no por eso dejo de venir, con su cucurucho en las manos, lleno de altramuces, mijo o maíz. Qué más da lo que sea. El contenido no tiene ninguna importancia, solo el envoltorio que, un día tras otro, me ofrece en silencio. Niego con la cabeza, con el peso del bolso en el regazo, sin atreverme a decirle que me da grima; que sus dedos rojizos, que lo sujetan como pinzas, me asquean. Y pienso en irme, sería lo mejor, lo sé, cederle el banco, pero la vieja me retiene. Quiere alcanzarme el codo, pellizcar mi gabardina, aunque me retire a un lado sin brusquedad. El cucurucho se tambalea en su mano sin llegar a caerse.

—No me abandone, mujer.

Me vuelvo a sentar, pese a no haberme levantado del todo, siempre algo me impide moverme o, quizás, no sea yo misma porque ahora tan pequeña que el banco ya no un banco, más bien una casa sin paredes y, en lugar de gabardina, un abrigo, nada de bolso, aunque sí un cucurucho entre unas manos menudas. Ahora sola en una esquina del banco, sin una vieja a mi lado que me moleste, solo una sombra alejándose por el parque, tal vez sea ella, tal vez mi madre, pero mi madre más joven. Mi madre ya solo una voz distante, Espérame aquí, mi vida, y cómetelo muy despacio.

—Estas cosas hay que masticarlas sin prisa —dice con un trozo de no sé qué en la boca. Quizás sea salvado.

La miro a la cara y noto una patada en el vientre. Otra más dolorosa. Sus ojos brillantes, acuosos y una arruga que surca su frente. Cada día más profunda, la arruga, una incógnita que no resolveré jamás. Ahora soy la mujer a la que suplica, pienso, mientras guarda el papel vacío en el bolsillo del sayo y busca algo en el otro. Siempre me voy en este momento, cuando una sonrisa desdibuja el surco en su cara. Pero hoy me ha dado por pensar si, dentro de treinta años, yo también seré un pergamino en este mismo banco. Si picotearé granos envueltos en papel de periódico. Ni idea de si entonces existirán los periódicos, si leeremos noticias de niños abandonados en una nave espacial.

—¿Quiere verla? —Aún mueve la boca desdentada.

Posa una taza de loza, entre nuestros cuerpos, sobre la madera del banco. No puedo evitar mirarla. Una taza, de un verde pálido, con unos dibujos tenues de líneas blancas que perfilan pájaros dispuestos a echar a volar. El interior, mediado de agua, paredes de loza blanca. Si la voltease, sospecho que vería a los mismos pájaros con las alas abiertas, esos dibujos engañosos con las alas desplegadas. Algo me impulsa a cogerla, tal vez el tiempo que no tengo una así entre las manos.

—Es bonita, ¿verdad?

No le respondo. Me acurruco en un profundo silencio en el que no oigo nada. Retiro el bolso y las manos cruzadas intentan cubrir mi regazo sobre la tela de la gabardina, este tejido tan falso que no protege de nada; tampoco lo hizo el abrigo, aquel abrigo de lana escocés, de pura lana, que tanto solía picarme. Y sigo dudando si acaso ella mi madre, pero ya ni siquiera la escucho, ni a ella ni a los aleteos decididos de los pájaros. Mi cuerpo se encoge más aún en el banco y solo siento frío, un frío tan helador, mientras aguardo con las manos en los bolsillos de un abrigo de gamuza y con coderas en las mangas.

Siento una presión en el hombro y la vieja se incorpora hacia mí, seguramente lleve un rato hablando. Me tironea de la gabardina, ¿Le gusta, verdad? Sabía que le gustaría. ¿Cómo lo sabe? Me da miedo mirarla, mirar a la vieja, mirar a la taza y, ya a punto de escapar, mis pies, los únicos que me detienen, tan de hierro como las patas del banco. Quizá dentro de treinta años seguiré igual. Vendré a sentarme al banco y recordaré a esta mujer, la imposibilidad absurda de moverme. ¿Cómo seré dentro de treinta años? Tal vez traiga maíz para ofrecérselos a las mujeres del barrio o derrame, a mis pies, alpiste para los pájaros.

—¿Usted sabe volar?

Y antes de que me vaya, qui…

—¿Usted es del barrio?

De pronto asiento sin querer, acariciando la taza y, al instante, ya estoy arrepentida, sin saber si soy o no soy, volteo la taza y las líneas vuelan con la continuidad infantil de los pájaros. No, no contaré que me fui de este barrio después de que me abandonaron, nunca hablaré de la tarde en que esperé sentada. Quédate aquí. Ahora mismo vuelvo. No tardo nada. Sola en la oscuridad con una taza igual que esta entre las manos.

—Entonces habrá oído hablar de la niña perdida…

Me vuelvo a mirarla. La arruga se desdobla en su frente como la boca de un cráter, se cae la taza. Rota sobre mis pies de acero. Dentro de unos años volveré a recoger los añicos, me oigo decir mirando al suelo y, al girarme otra vez, nadie a mi lado. Ahora solo unos fragmentos inservibles, que hace un instante fueron loza, porcelana, algo que ahora poco más que un charco de agua. Cuando pase algún tiempo volveré con la taza en el bolsillo de un sayo y se la ofreceré a una niña que la acariciará, tan perdida, sola, con un ligero castañeo de dientes, igual que si masticase algo pequeño, con piel, tal vez una cáscara, en todo caso algo pequeño que crecerá en su interior, en el mío ahora y, aunque no lo quiera, le temblaran los labios durante el resto de su vida. Y los pájaros se desvanecerán en el aire, se alejarán del banco, como la dentadura inexistente en mi boca de anciana.


Silvia Fernández, alumna de la Segunda Promoción del Máster, nació en Madrid y es diplomada en Profesorado y administrativa de la Administración General de la Comunidad de Madrid. Es autora de los libros de relatos La mirada de los pájaros (Ed. Talentura, 2017) y Solo con hielo (Ed. Talentura, 2014). También ha participado como autora en diversas antologías de relato y microrrelato. Cuenta con varios premios literarios en su carrera, entre los que destaca el ser finalista del XII Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en 2015.


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  1. Hermoso, Excelente, me encantó, como me gustaría escribir así, pero como dice el relato yo también soy una vieja y es muy difícil narrar algo hermoso a los setenta y cinco años, en algo me siento identificada con el relato. Mis felicitaciones a Silvia Fernández!!!!!!!!

    1. Muchísimas gracias por tu comentario, Irma. Me alegra que lo hayas disfrutado tanto. En lo que no estoy de acuerdo es en que tú no puedas conseguir escribir así. Propóntelo, si te apetece, y adelante. Casi todo está en nuestras manos. Un fuerte abrazo

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