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Esa pieza de Bartók
«Ella tocaba con él.» Relato
Por Ramón Hermosilla Publicado en Relatos en 28 abril, 2020 0 Comentarios 5 min lectura
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Esa pieza de Bartók

 

Aquel día había cena de gala en casa. Era la primera vez que me ponían corbata y me molestaba un poco el cuello de la camisa, pero estaba tan elegante que no me importaba. Chaqueta azul cruzada, botones dorados y pantalón beige, tan largo, que casi me tapaba por entero los hierros del aparato.
Mis hermanas estaban también muy arregladas y pintadas un poco, no mucho, porque mi padre se hubiera enfadado. Venía a cenar un embajador y un montón de personas más y yo iba a tocar el piano con mi profesora. Ella también vino muy elegante; llevaba un vestido azul muy largo con una apertura en el lado y yo no podía dejar de mirar su pierna. Me gustaba mucho fantasear con ella. Tenía el pelo corto y aquella noche olía a un perfume dulce, sin empalagar, que se pegaba a la nariz y perduraba en las teclas. Todavía hoy puedo olerlo si cierro los ojos.
Ese día se abrió el comedor grande que nunca se usaba. Nunca se había usado antes y no recuerdo que se volviera a usar. Muchos camareros repasaban la mesa redonda y enorme que habían decorado con una gran copa llena de flores en el centro.
Me sudaban las manos un montón. Yo tenía que tocar al final de la cena y, mientras tanto, lo hacía mi profesora, Aidé. ¡Qué bien tocaba! Sus manos, largas y huesudas, terminaban en unos dedos que a mí me parecían demasiado finos, pero muy sexuales y femeninos. Parecían flotar por el teclado. Era mi sueño de mujer, delgada y con unas gafas que le daban un toque ingenuo, pero yo sabía que para ella era solo un niño cojo que nunca iba a aprender a tocar el piano. A mí tampoco me importaba. Tres días a la semana la veía unas horas y con eso me valía para mis ensoñaciones.
Estaba nervioso, no paraba de moverme dando pasos de un lado a otro y no me quería sentar para que no se me arrugara la ropa. Cada minuto me asomaba a la cocina para saber por cuál de los platos iban, si el primeo o el segundo. Oía las risas al otro lado de la puerta abatible, cómo subía la intensidad cuando la puerta se abría y cómo bajaba al cerrarse. El plan era que, cuando acabase la cena, mi padre vendría a buscarnos y saldríamos mis hermanas y yo a saludar. Después del saludo, yo tocaría esa «piececita» horrible de Béla Bartók y luego otra a cuatro manos al lado de mi profesora. Me sentía importante. Era la primera vez que llevaba gomina, nunca había estado tan peinado.
Cuando vi que los camareros volvían con los platos de postre, me hervían las orejas. A pesar de haber machacado la pieza de Bartók hasta la saciedad, hubiera preferido no tener que tocar el piano.
Se empezaron a oír sillas y me fui corriendo al cuarto de baño a mirarme al espejo. Estaba elegante, mayor. Me encantaba que los botones fueran dorados, me sentía como dentro de una película. Volví inmediatamente a hacer guardia en la puerta del salón.
Escuché a mi padre llamar a la profesora y luego vi que le presentaba a alguien. Ya estaba a punto de tocar delante de todos y mi padre, de repente, mandó callar: «Silencio, señores, que el embajador va a tocar el piano». Pero ¿cómo que el Embajador va a tocar? ¿Y yo qué?, pensé enfadado. La pieza salió fatal.
Luego sonó la pieza a cuatro manos y no pude evitar asomarme un poco más. Ella tocaba con él. Alrededor del piano, todos los invitados miraban a mi profesora y a ese calvo con la banda de colores que le cruzaba la espalda. Los dos en la misma butaca y bien pegados. Todo el mundo aplaudió al final y él le dio un beso a ella.
Ahora iba yo. Lo iba a hacer mejor que ese calvorota. Las manos me seguían sudando y estaba cada vez más nervioso, pero llamé a mis hermanas para anunciarles que papá nos llamaría para saludar en cualquier momento antes de que yo tocara. No me hicieron ni caso. Me dio igual. Saldría solo.
Cuando volví a la puerta del salón se oía otra vez el piano. Sabía que no era mi profesora, pero sonaba bien. Me asomé. Esta vez era una señora con un traje rosa y el pelo cardado la que se me adelantó. Quizá por haber ido a avisar a mis hermanas.
«Bueno, ya está bien de piano. Tomemos una copa. Aidé, descanse usted también», dijo mi padre a mi profesora.
Me quedé esperando hasta que se fueron los invitados. Cuando oí a mis padres despedir al último me senté detrás de la puerta y, apoyado en la pared, lloré. Todavía hoy puedo tocar de memoria esa pieza de Bartók.


Ramón Hermosilla, alumno de la X Promoción del Máster de Narrativa, nació en Madrid. Estudió Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, así como en la Universidad de Oxford, en donde cursó diversos posgrados de alta dirección empresarial. Actualmente es uno de los socios y fundador de la firma Ramon Hermosilla Abogados. También ha desarrollado una actividad docente y doctrinal como profesor de Derecho y autor de diversas publicaciones especializadas en el área mercantil y concursal.


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