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Guaracha en sangre
"¡Ay, ay! La vida es una cosa fenomenal, lo mismo pal de adelante que pal de atrás." Relato
Por Alizia Pallás Publicado en Relatos en 7 julio, 2020 7 Comentarios 7 min lectura
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Guaracha en sangre

 

¿Qué cree usté? Cuando cierro la pizzería de esperar se trata, de mirar el reló, de ver cómo el sol se ablanda y me quedo sola a preparar masa para espantar el tiempo que por la noche se enrolla en mi alma. Siempre pongo en la radio mi guaracha preferida… ¿La conoce? ¡Ay, ay! La vida es una cosa fenomenal, lo mismo pal de alante que pal de atrás. Apago la luz después de que esas viejas con caras de poliéster me compren los últimos pedazos de pizza con piña. ¿Que quiénes son las viejas locas? Las hermanas Camacho, de sobras sabe usté, no disimule, que llevan la pensión de enfrente, la de los chinches. Ah, qué pena de locas pendencieras con uñas falsas, solteronas con moños recogidos que no se hablan desde hace años: cada una sigue viva porque espera que la otra muera primero. Su odio es un seguro de vida, ¿sabe usté? Esas locas vienen a buscar pizza para las chicas que les alquilan los catres en que usté se tumba. A las chicas boricuas no les limpian los chinches, pero las viejas Camacho les compran pizza, ¡cómo las pelean esas pobres chicas sin chanza!  Las veo tras las ventanas ducharse en esos agujeros. Un minuto de guaracha y un minuto de pie. Eso las salva. Desde luego, nada que ver la noche del barrio con el día, con las mamás que pasan la tarde desgreñadas esperando a que vuelvan sus hijos sin haberse metido en problemas ni en peleas de gangas. Si llegan les dan dos besos sonoros. Si alguno no vuelve, mamá no pregunta, nadie le dirá na, que a todo piojo le llega su peine es popular. Aquí en las calles del Barrio un día u otro se forma la ponchera. Un asesinato a balazos cuesta unos mil dólares. Los precios son negociables. Usté no sabe lo duro que es tener que mirar pa otro lao cuando se ve a la gente morir en la calle, entre Gallo Pinto, lima, bienmesabe y ceviche. ¡Ay! La fiesta y la tragedia, ¿sabe usté? Aquí se vive con eso; ya no necesitamos más nada. Y anoche tuve un presagio, ¿sabe usté? De esos presagios que se pegan como algo prohibido a la lengua. Llovía. Se escuchaban los autos como una tortilla friéndose en una paila, y esa mujer vino a guarecerse de la lluvia en el zaguán de la pensión mugrosa. Yo la conocía de verla en muchas aceras con Pedro el guapo. Dándose uno al otro borriguero por iguana. Pura burundanga lo de esos dos. Y yo pensaba: «Ay, Pedro aléjate de esa mujer que te vas a buscar una nariz sin hueco». Porque la muchacha estaba en todos los guisos, y Pedro el último orejón del tarro… pero ¡ay! Ya sabe usté que solo a su tiempo maduran las brevas. Y el ojo del amo engorda el ganado. ¿Quiere que le cuente lo que anoche vi? Aquí en el Barrio nadie le dirá na, pero yo sí, que ya no tengo pepitas en la lengua, ¿sabe usté? ¡A mi edad! Si ya solo soy una vieja pintada en la pared, con el pellejo manchado por el sol. Más nada. Agárrese los tirantes tipo Wilson, que Pedro también, también era un tipo bien Wilson, pobre muchacho. Que lo conocí de chico. Éramos vecinos, y un día y otro en esa casa se formaba tremendo arroz con mango, ¿sabe usté? Su madre, la Señá María que en paz descanse, menuda loca esa vieja parejera que solo se ocupaba en enderezar sus pendientes baratos. Tuvo a Pedro tan encerrao que casi necesitaba el pobre un tubo para respirar. Y el padre, un guapo con traje de lino y panamá, siempre de baile sacando brillo a la hebilla. Un desvergonzao con la voz tan untosa como la grasa. Se fue pa Italia con la billetera así de grande ¿sabe usté? Y ya la vieja definitivamente enloqueció. El chiquillo salía al patio pa no estorbar. Cantaba todo el santo día, yo lo oía desde el patio dale que dale venga a cantar pero no consiguió trabajo de cantante, ¿sabe usté? Ya todo el mundo cantaba y no necesitaban a más nadie. Así que Pedro se puso a trabajar en una tienda de bromas. Cojines que tiran pedos, excrementos de perro, moscas para la leche, esas cosas… Escuche, escuche usté un momento cómo suena a trompeta… ¡Ay, ay! La vida es una cosa fenomenal, lo mismo pal de alante que pal de atrás… Al muchacho lo vi crecer. Yo vendía calcetines en la Marqueta bajo las vías del ferrocarril. Nadie puede recuperar un sábado de entonces. La multitud empujaba y se podía comprar de todo: comida criolla, suministros para encantos y maldiciones. Esperanza en el medio de los plátanos, eso vendíamos además de conejos y discos de Tito Puente. Hierbas que curan y velas negras para ahuyentar. Había una banda: los dientes de oro. Se paseaban por el lugar. Y a Pedro lo traía su mamá de la mano y bien callaíto. Luego, se fue el muchacho por laberintos de dientes de oro y velas santas. De peleas de perros que se enganchan y no se sueltan, de gallos que se despluman con picos fieros. Y sepa usté que anoche lo vi. Qué cree usté, si cerrar la pizzería es quedarme quieta y sudada con abanico. Claro que lo vi. También estaba el borracho con su brazo sucio bajo la farola. Ella volvió puntual como cada día tras irse el sol, con zapatones de leopardo y un abrigo muy lavao. La vi esperar como una sombra en el zaguán de la pensión, con las piernas cruzadas y cara de ausencia. En el bolso una petaca: la quemazón del alcohol le devolvía el aliento. Esa mujer se levantó y enfiló la calle sin mirar pa atrás. Gata callejera a ritmo de guaracha que atraviesa la noche desde la ventana de la chica boricua que come pizza en el catre con chinches. «¡Chica, vete a otro lugar!», me daban ganas de gritarle. Usté ya sabe que las aceras donde pasean los guapos son peligrosas. Bastó un momento y que su sombrero negro asomara a ras: era Pedro. No vi el puñal, tan sólo un filo de oro bajo el sombrero. Un diente como una llama. Pedro Puñal que buscó sardina y encontró un tiburón. En la noche y en un zaguán todo son circunstancias. Si se nace pa martillo, del cielo caen los clavos, ¿sabe usté? Pedro se abalanzó y le clavó el puñal con un beso a esa mujer. Ella sacó un revólver pa contrarrestar. Sus cuerpos ondularon lentos. Allí quedaron largos como sardinas de pies calzados. Qué humildad nos trae la muerte. ¿Y yo? Qué quiere usté que le diga, pues que cada día vuelve el olor a cuajo en las calles y suena mi guaracha preferida: ¡Ay, ay! La vida es una cosa fenomenal, lo mismo pal de adelante que pal de atrás.

 


Alizia Pallás, alumna de la Séptima Promoción del Máster, nació en Zaragoza, España. Ha dedicado su vida al teatro, la música y la literatura. Colabora con publicaciones como la revista Natural-mente-natural, así como en Escribir y Publicar. Ha participado con dos relatos en Tengo una historia para contarte y Tengo un secreto para contarte, libros publicados en Grafein Ediciones. También es traductora al alemán de páginas web de empresas. Vocalista en algunas formaciones de jazz, participa, al día de hoy, como actriz en el grupo Helikon, grupo de teatro municipal de Borja. Ahora mismo está trabajando en su primera novela.

 

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  1. Leer a Alicia Pallás es siempre apasionante, desde la primera frase engancha de tal manera que es imposible descansar de su lectura.
    Escritora tenaz y admirable.

  2. Me ha encantado, no he podido evitar ponerme a bailar guaracha antes de acabar la primera línea, y así todo recto hasta el final. Puro ritmo.

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