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Huevos al desayuno
«Revolvía los huevos ni muy muy, ni tan tan.» Relato
Por Lorena Salazar Publicado en Relatos en 15 junio, 2020 Un comentario 7 min lectura
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Huevos al desayuno

 

Qué problema, caballero. Revolvía los huevos ni muy muy, ni tan tan. Qué va. Le quedaban muy crudos. Hoy puedo encerrarme en un galpón lleno de gallinas criollas y gritar que no me gustaban sus huevos al desayuno. Yo creía que sí, pero no. No sé si tengo hambre o es puro miedo o es que va a llover. No sé, lo que sé es que me gustaba el bailecito ese con el que los hacía, el mismo bailecito para todo. Ay, el bailecito y la risa de niño de ocho años. Y él sentado, sí, sí, la forma esa de sentarse como de lado, como interesante, como recién llegado de otra parte. ¡Qué culpa tienen los huevos! Yo los compraba en la tienda de la esquina y los cargaba como si dentro viviesen pollitos de cristal, los ponía en la canasta al lado de las manzanas que ya nos habíamos comido. Es verdad, nunca comprábamos manzanas, comprábamos pan, pero allí se quedaban los huevos, esperando como un niñito que piensa qué quiere ser cuando sea grande: ¿tortilla?, ¿revueltos?, ¿poché? Y el sonido de los huevos bailando en tu cacerola vieja. Qué mierda de ollas había en tu casa, oye, perdona, querido, pero el amor se hace en la cama y en las ollas. Sí, sí, colchón nuevo, cama nueva, pero ¿las ollas pa’ cuándo? No todo son jerseys pasteles. Te gastabas la quincena en jerseys, niño, mi niño, hay que ahorrar. Mantequilla, un-dos-tres-cuatro huevos y sal. Yo miraba y le pasaba los ingredientes. Miraba y botaba las cáscaras de huevo. Miraba y me sentía tan lejos de casa. Mi mamá no hacía los huevos así y pensaba entonces que la vida cambia cuando cambian los huevos. De haber sabido que esto terminaría así, no armo semejante escándalo. Al principio, mi papá lloró porque me fui a vivir con un fulano desconocido. Que lo iba a querer tanto y él mismo le compraría los cigarrillos, eso no lo sabíamos. Cigarrillos, el humo en sus pulmones. Como si no fuera suficiente con el daño que le haría yo más adelante, al niño, mi niño. Cigarrillos y el bailecito, empezaba el bailecito descalzo. Intentábamos regalar ropa, liberar espacio, ahorrar. Amanecía greñudo como niño de pueblo y con ritmo, me caía bien su ritmo. La cuchara de palo era la clave que llama a la salsa: haremos muchachitos, nos quedarán bonitos. Nadie sabe el valor de quince segundos más hasta que tiene que comerse unos huevos a medio bailar. En eso estaba el sabor de sus huevos. Sin clave no hay salsa, sin salsa no hay sabor, sin sabor no habría durado ni tres días en su casa. Crema de huevo, huevos salvajes, huevos término medio. ¿Qué nombre llevarían sus huevos si tuviera? Si quedaran bien hechos, como le gustan a los humanos como yo, como vos, como en los libros. Yo sonreía con los ojos, unos ojos contentos porque era la boca quien sufría al probarlos, tragarlos y no quedaba ni muy muy, ni tan tan segura de que vivir con él fuera buena idea. Vivir vivir vivir, al final no sé si era vivir, sobre todo cuando estaban construyendo el edificio del frente. Mientras pegaban ladrillos, nos despegábamos nosotros. Vivir vivir vivir, no sé, era más un bailar. Bailamos hasta el último día, pero no regó las plantas cuando me fui, se las dejé todas, hasta el anturio: vos no sabés cuánto me valió ese anturio, lo cargué sola, se había dañado el ascensor y el portero del edificio no estaba. Me tocó a mí, escaleras arriba cargando un anturio bebé y cinco kilos de tierra. ¿Podés creer que el portero todavía me escribe que hola, que cómo está, que Dios la bendiga. ¿Vos lo mandás, cierto, a que me escriba? Maneras extrañas. Me vuelvo a morir si no riega las plantas los martes y jueves después de comprar huevos. Vivía muy seguro de su receta, tanto que llegué a pensar que la mía estaba mal, que nunca supe hacer huevos, no sé, ¿quince años de huevos mal hechos? ¡Pero si hago desayunos desde que alcanzo el mesón de la cocina! Mi mamá los hacía con cebolla de rama y tomate maduro. Yo intentaba, lo juro. Desde que me fui de casa intentaba hacerlos como ella y nunca pude. Los huevos de otros ni los probé, y si los probé no me acuerdo. Luego apareció él y bueno, cualquiera puede hacer unos huevos crudos. Me volví alérgica a sus huevos y al bailecito de reproches, querido, ojalá fuera tan puta como decías, no la hubiera pasado tan mal sin ti. Pero hay tantas formas de hacer huevos. Pensé en comprar una gallina y practicar. Mi propia gallina, mis propios huevos. ¡Qué descanso no ver más a la vieja de pelo blanco del cuarto piso! La última vez que la vi venía de la tienda y traía una bolsa blanca con huevos blancos como su pelo blanco. En ese edificio todos eran viejos y blancos, seguro por la iglesia del frente, la de los grafitis. Volví por la máquina de coser y le dejé quince huevos en la canasta. Quince huevos para él y la nueva porque, ¿qué culpa tienen las gallinas y los hijos de la señora de la tienda de la esquina? Ellos tienen que comer, él tiene que comer, la nueva tiene que comer. Rey muerto, rey puesto. De todas formas, unos huevos crudos no se le niegan a nadie y las heridas que deja un «para siempre» son para siempre. Mierda, la pestañina no era a prueba de agua y es que, si te hubiera dicho lo de los huevos, habrías empezado a traer jamón, maíz o salchichas o un par de orquídeas por las noches cuando ya pa’ qué, cuando solo quedaban cáscaras de huevo y el presagio de tres cajones vacíos.


Lorena Salazar es alumna de la Décima Promoción del Máster. Nació en Medellín, Colombia y vivió parte importante de su vida en el Chocó, ubicado en el Pacífico colombiano. Es publicista con más de seis años de experiencia en el área creativa de agencias de publicidad en Colombia y España. Encargada de las líneas de guión, concepto y estrategia de contenidos de proyectos en México, Puerto Rico y Colombia. Se desempeña como líder creativa en Antártida para Valientes, una marca que trabaja para educar a la niñez en temas de acción climática. Actualmente, compagina este trabajo y otros proyectos con la preparación de su primera novela.


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