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JUNTO A LA PISCINA
"El menor de tus problemas entonces será que seas pelirroja." Relato
Por Adolfo Gilaberte Publicado en Relatos en 22 agosto, 2018 2 Comentarios 7 min lectura
LA ESPINA BÍFIDA DEL TÍO FERNANDO Anterior Siguiente

Junto a la piscina

Nos sentamos en círculo y ella acarició a ese gato tuerto que, hasta entonces, no se había dejado acariciar. Luego, así, de golpe, nos preguntó si queríamos saber algo de nuestro futuro. Éramos las únicas afuera. Al otro lado de la verja podíamos ver a los demás chicos bañándose bajo el sol de mediodía, lanzarse agua, chapotear, todas esas gotas que brillaban como cristales en el cielo transparente. Los chillidos y las risas eran un fastidio, su alegría infantil de fin de curso. Pero a ella, a Virginia, la mayor de todas nosotras, le gusta ir allí, a ese trozo de tierra seca junto a la piscina. Dice que se pueden sentir cosas. Ella siente cosas.

—¿Voy a tener hijos? —preguntó Pili, y levantó la mano como si estuviéramos en clase.

Virginia pasó los dedos por el lomo del gato, desde el cuello hasta la cola, y el animal se estiró de gusto. Después abrió mucho los ojos y se puso a girar la cabeza, despacio, como si fuera a marearse.

—No hagas eso, me asustas —dijo su hermana Lu.

Virginia detuvo el movimiento, sus ojos volvieron a ser normales.

—Cagona —dijo riéndose.

Por la cara que había puesto Sonia, supe que a ella también le había dado un poco de miedo la risa de Virginia, tan ronca, de bruja vieja. Una risa de quien parece que de verdad siente y sabe cosas que las demás no; solo tiene un año más que nosotras, pero ya le ha venido la regla y desde ese día se comporta como si fuese la hermana mayor de todas, le gusta darnos consejos —de belleza sobre todo—, y contarnos qué se siente, aquí y allá, en el cuerpo, cuando un chico te besa. Estoy segura de que a ella no le ha besado nadie, pero no me he atrevido a decírselo: la idea de quedarme fuera del círculo me aterra. Yo, con mis pecas y mi pelo rojo, no encajaría así como así en otro grupo. Pero nunca nos había hablado de sus poderes de adivinación y, la verdad, era divertido escucharla.

—Tendrás tres hijos, Pili —dijo con esa voz otra vez.

Y me acordé, no sé si por la voz, por lo de los hijos o por las dos cosas, de aquella vez que fuimos toda la clase de excursión a esas cuevas prehistóricas y el guía nos enseñó unas paredes de piedra resbaladiza donde las mujeres se agachaban y parían a sus bebés. Allí, en aquel lugar húmedo, las palabras sonaban con eco y no parecían nuestras voces.

—Pero uno de ellos morirá a los pocos años. Será uno de esos niños calvitos que hay en los hospitales, con enfermedades que no se curan.

La sonrisa a Pili se le borró de la cara. Bueno, a todas. Sonia se removió sobre la tierra, como si de pronto quisiera levantarse. Y Lu arrugó los ojos en un gesto que le hacía parecer todavía más pequeña. Virginia nos miraba y jugaba con los bigotes del gato, lo que no parecía agradarle mucho por los tímidos zarpazos al aire.

—No digas eso, Vir —dije.

Y enseguida me arrepentí. Había sonado como si la regañase, y ella no soportaba que ninguna le llevásemos la contraria. Miré a la piscina, una cadena de chicos y chicas cogidos de la mano se lanzaba al agua, sus gritos y el fuerte chapoteo hicieron que por un momento me sintiese junto a ellos, como si al fin me hubiesen aceptado y fuera una más y ya no hiciera falta pertenecer al círculo ni sentirme siempre un bicho raro entre otros bichos raros.

—A ti, Patricia, te dolerán tanto los huesos cuando cumplas treinta años que preferirás no haber nacido. Y a los cuarenta tus encías se volverán blandas y tendrás que llevar un aparato toda la vida para que no se te caigan los dientes. El menor de tus problemas entonces será que seas pelirroja.

—¡Me gusta ser pelirroja! —dije; también mi voz sonó como si fuera otra voz, o estuviera de nuevo en aquella cueva y sonase igual de dura que las paredes que nos rodeaban.

—No me creéis, ¿verdad?

—No, no te creemos —respondí.

Busqué ayuda en las caras de las demás, pero ninguna me miró. Pili se anudaba, otra vez, el cordón de la sandalia, Sonia tenía la vista fija en algún lugar al otro lado, en la piscina, y Lu arrancaba mechones de hierba con sus pequeños dedos.

—Está bien —dijo Virginia—. Vosotras lo habéis querido.

—¡No! —gritó Sonia—. ¡Yo sí te creo!

Virginia se puso en pie y el gato tuerto se paseó dentro del círculo como si fuera un tigre en miniatura, elegante, presumido. Luego se frotó unos segundos contra la pierna de Lu, salió del círculo, y a saltitos se fue entre la hierba amarilla.

—Haces bien en creerme, porque lo que te va a pasar a ti…

—¡Ya vale, Vir! —grité.

Y también me puse en pie.

Virginia se estiró frente a mí, dejando claro que era mucho más alta que yo. Noté su aliento caliente en la cara, la superioridad que había en la forma de su boca, esos ojos que querían atravesarme.

—Cuando cuente diez, aquella mujer de allí, ¿la veis? —dijo, y señaló a una mujer morena y gorda con una toalla de color mostaza alrededor de la cintura.

Todas miramos y pudimos ver a la mujer. Se había acercado al borde de la piscina, les gritaba algo a unos chicos que jugaban dentro, uno de ellos levantaba mucho los brazos y parecía reírse de ella.

—La habéis visto, ¿no? Pues cuando cuente diez se va a resbalar, va a caerse de espaldas y su cabeza se partirá como una sandía. Uno, dos…

—Me voy, no quiero seguir escuchándote.

—Tres, cuatro…

—Cállate ya, Virginia —oí de espaldas a Lu—. Se lo diré a mamá.

—Cinco, seis…

—Yo también me voy —dijo Pili—. Dijiste que hoy nos lo pasaríamos bien, que tenías que contarnos algo divertido, pero esto no es nada divertido, ¿sabes?

—Siete, ocho…

—¡Esperadme! —gritó Sonia—. El círculo se ha roto, Vir. Te quedas sola.

—Nueve. Y diez.

Me quedé quieta. El aire parecía más pesado, como si tuviera tierra adentro, y todos los ruidos desaparecieron de golpe. Durante un segundo o dos tuve la sensación de estar metida en una pequeña habitación de cristales muy gruesos, el silencio allí era tan grande que te apretaba la piel. Luego, como si el mundo se hubiera puesto otra vez en marcha, escuché primero los gritos de las mujeres, el alboroto de los hombres, llantos de niño.

El corazón me latía muy deprisa. Algo había pasado.

Pero no tuve valor para darme la vuelta.

 


Adolfo Gilaberte, alumno de la Tercera Promoción del Máster, nació en Madrid y es educador social. Ezequiel (Ed. Mármara, 2017) es su primera novela. También ha participado como autor en la antología de relatos Error 404 (Ed. Relee, 2017) y la revista literaria “La gran belleza”.

 

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