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La espina
«Una gota de sangre surge tímidamente. Empiezo a lamerla con fruición, excitándome con su sabor...» Relato
Por Diana Gil-Casares Publicado en Relatos en 3 noviembre, 2020 0 Comentarios 17 min lectura
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La espina

 

Jamás imaginé que el día de mi boda, al caminar del brazo de mi padre por el pasillo de la iglesia, estaría pensando en un hombre diferente al que me espera a los pies del altar: Miguel, mi dulce Miguel. Si mi futuro marido supiera que, tras mi sonrisa impostada, un calor intenso emana de mi entrepierna mientras juego en mi cabeza con la boca, con la lengua, con los dedos de otro hombre. Suenan los primeros acordes del Ave María, mi padre me mira orgulloso y yo, avergonzada, intento apartar los recuerdos, pero es inútil: mi mente está confabulada con el rocío que humedece el encaje blanco que envuelve mi sexo.

«Así que tú eres la famosa Lucía, vaya, vaya, no te imaginaba así», me dijo Rodrigo la primera vez que nos conocimos. «¿Y eso?», contesté. «Bueno, mi amigo no para de hablar de su insufrible hermana de catorce años y me imaginaba… otra cosa». A pesar de la mueca burlona de sus labios, fue la primera vez en mi vida que sentí que un hombre me desnudaba con la mirada. Yo, que siempre tenía respuestas para todo, no pude articular palabra y noté cómo las puntas de mis pechos se erguían bajo la blusa blanca, casi transparente, de mi uniforme. No pude disimular el ardor de mis mejillas ya que supe al instante que él también lo había notado.

Prosigo mi andar y observo cómo los invitados murmuran a mi alrededor, lanzándome miradas de aprobación a un lado y otro del pasillo. «Estás espléndida», me susurra mi padre al oído. ¿Conservo aún el rubor en mi rostro de mi último encuentro con Rodrigo? A lo lejos, advierto a Miguel recolocándose los puños de la camisa, como siempre hace cuando está nervioso. A su lado, mi futura suegra con gesto grave también espera, abrigada con un echarpe de leopardo.

Un leopardo al acecho, en eso se convirtió Rodrigo para mí. Cada vez frecuentaba más nuestra casa y cuando nadie se percataba, entrelazaba sus dedos con los míos, apretándolos brevemente, rozaba la parte inferior de mi vientre con un gesto en apariencia involuntario o me acariciaba la nuca con un beso húmedo y fugaz. Nunca sabía cuándo aquel hombre acecharía y esa incertidumbre se convirtió en el motor de mi existencia. Una tarde, Rodrigo me atrapó por la cintura y me arrinconó dentro del cuarto de baño de invitados. Yo no opuse resistencia. Sin dilación, introdujo su lengua ansiosa en mi boca, acaparando todos los rincones nunca antes visitados por un hombre. Al mismo tiempo, sus manos exploraban debajo de mi vestido veraniego, que amplio y liviano, se convertía en cómplice de la lujuria. Rodrigo sobó mis pechos intactos y pellizcó mis pezones con fuerza, retándome con la mirada a que me quejara, a decirle que parara. Imposible: le pedí, ¿le supliqué?, que por favor continuase. Decidido, metió sus poderosas manos en mi ropa íntima y empezó a frotar mi sexo, cubierto de un vello púbico aún incipiente, mientras yo jadeaba de puro placer. «Shhh, no tan alto, pequeña, no tan alto, que te van a oír», me decía. Aquellas palabras, sus labios entreabiertos, el deseo en sus ojos y aquella fricción rítmica y perfecta provocaron en mí una sacudida eléctrica que recorrió todo mi cuerpo desde la coronilla hasta la punta de los pies. No pude reprimir un grito arrebatado. Rodrigo me tapó la boca con la mano, acercó su boca a mi rostro y con aquella sonrisa socarrona que me desarmaba, susurró: «Señorita Lucía, es usted una desvergonzada».

Avanzo despacio por la alfombra carmesí, abrumada por la mezcla de perfumes de las invitadas y el olor a incienso del templo. Pero todo ello no me impide percibir el sutil aroma a rosas de mi ramo de novia y de los arreglos que decoran los bancos. «¿Rosas rojas? —me preguntó mi madre, cuando organizábamos los detalles de la ceremonia—, ¿crees que son adecuadas para una boda?». «Sí, mamá, son perfectas», le respondí tajante. Aprieto con fuerza el ramo y su aroma me transporta.

«¿Alguna vez has estado con un hombre?», me preguntó. Rodrigo había logrado despistar a mi hermano y fue a mi encuentro en el jardín, en el lugar de siempre, donde yo le esperaba todos los días, viniese o no. «¿Te refieres…?», pregunté. «Sí», contestó, mirándome con tal lascivia que me produjo un ligero estremecimiento. Al instante, deslizó la mano debajo de mi falda y asiéndome de una nalga me guio decidido hasta el inmenso rosal del jardín, oculto tras un murete. «Lucía, ¿estás segura?». Asentí. «Pero, ¿aquí? Nos vamos a pinchar», repuse. «Por eso mismo», me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo de la oreja con suavidad. Las manos de Rodrigo empezaron a temblar de deseo mientras me sujetaba con firmeza de las mejillas e introducía su lengua en mi boca, paladeándome con avidez. Sin apartar su boca de la mía, empezó a desabrocharme la camisa moviendo sus dedos ansiosos y resueltos para, acto seguido, bajar las copas de mi sostén liberando así mis pechos. Los agarró y tiró de ellos con decisión de manera que la banda, aún abrochada, realzaba su voluptuosidad. Rodrigo empezó a lamer mis pezones, succionándolos con ímpetu, como queriendo extraer algún néctar de su interior. La lujuria se había adueñado de mis sentidos de tal forma que perdí el equilibrio y caí en el rosal, provocando que las espinas de las rosas arañaran mi espalda. Sin saber por qué, aquel dolor punzante intensificaba mi desenfreno. «Ahora lo entiendes, ¿verdad, pequeña? Túmbate», me ordenó. El aroma de las rosas penetró por todos los poros de mi piel. Sin quitarme la falda, Rodrigo bajó mis bragas hasta los tobillos y enterró su cabeza entre mis piernas. Yo empecé a balancear mis caderas con un movimiento rítmico, creciente, imparable. Y al fin, de nuevo, aquella sacudida, aquel abandono. Ya, completamente líquida, Rodrigo se sumergió en mí sin encontrar apenas resistencia y tras varios empujones impetuosos, emitió un suspiro de gozo y cayó rendido sobre mi pecho. Quedamos tendidos sobre un charco rojo de pétalos de rosa.

El calor se vuelve insoportable y tengo que hacer una breve pausa en el camino. Solo puedo pensar en todo aquello que me agobia: el peso de la tiara que se me clava en el cráneo, el tupido encaje del vestido que me raspa la piel, el corsé que me envuelve el tronco y me dificulta la respiración, las medias que comprimen mis piernas y entorpecen el fluir de la sangre, los zapatos de tacón que me aprisionan los dedos de los pies… Mi padre me mira alarmado: «¿Estás bien?». «Sí, papá, no te preocupes», musito. Siento cómo una gota de sudor abandona mi nuca y se desliza por mi espalda. Avanza lentamente y la sigo, focalizando todos mis sentidos en ese pequeño cúmulo de agua.

Cuando la gota alcanzó el hueco de mi espalda, Rodrigo la detuvo con la yema del dedo y la lamió. «Yo creía que una señorita de buena familia como tú no sudaba», susurró. Yo yacía desnuda boca abajo a su lado, todavía azorada por aquel último encuentro. Me di la vuelta y sonriendo le dije, perdida en sus ojos felinos: «Ya, y una señorita de buena familia no debería retozar con el mejor amigo de su hermano a escondidas de su familia, ¿no crees?». Rodrigo había aprovechado que mi hermano había suspendido varias asignaturas para venir a casa todos los días de aquel mes de agosto, con el pretexto de ayudarle con los exámenes. Yo me quedé con mi hermano mientras mis padres continuaban de vacaciones, sabiendo que Rodrigo y yo tendríamos muchas más oportunidades de estar juntos. Una tarde, Rodrigo dejó a mi hermano entretenido con un ejercicio bien difícil. Sin tocar a la puerta entró en mi cuarto, cerró el pestillo y me dijo: «Tiene para media hora por lo menos». Yo ya le esperaba desnuda. Convertida en su marioneta, me colocó a los pies de la cama mirando hacia el cabecero, me empujó de la nuca de modo que mi cuerpo quedó arqueado y me indicó que apoyara las manos en la colcha. Como un animal, Rodrigo me penetró por detrás, con una violencia inusitada. Ahogué un grito mientras él metía varios dedos en mi boca susurrándome al oído: «Muerde, muérdeme fuerte, pero no grites, no grites, pequeña». Aquellos dedos sabían a sal y a tierra y su sabor aún perdura en mi lengua. Mientras su cuerpo vibraba hacia delante y hacia detrás, Rodrigo pronunciaba palabras soeces que yo no entendía, me tiraba del pelo, me palmeaba las nalgas. Me hacía daño, sí, pero el castigo hubiera sido que se detuviera. Abruptamente, Rodrigó cesó de moverse, clavó con fuerza sus dedos en mi espalda y dejó escapar un gruñido sordo. Las marcas moradas de sus dedos pervivieron en mi espalda durante varias semanas. «Túmbate», me dijo, solo unos instantes después. Rodrigo hundió su cabeza entre mis piernas y cuando creí que perdía el conocimiento, empecé a convulsionar experimentando unas olas de placer intensas. Tuve que retorcer las sábanas, pellizcarle los brazos, morderme los labios, para no dejar escapar ningún sonido que alarmara a mi hermano. Mientras se abrochaba el pantalón, Rodrigo me contestó: «Lo que creo, pequeña, es que tienes que peinarte, que se te nota demasiado que acabas de follar». Me guiñó un ojo y salió de la habitación.

Mi amiga Laura me guiña un ojo desde el banco de los testigos. Puedo distinguirla fácilmente entre el resto de los invitados gracias a su estatura por encima de la media y la gran pluma verde que decora su tocado. Laura me suplica con la mirada: «¡Aún estás a tiempo! Estoy contigo hagas lo que hagas». La miro agradecida. Laura es la única persona que sabe de mis pecados con Rodrigo. No me juzga, pero no oculta lo que piensa. Cuando le contaba las inclinaciones de mi amante, me decía: «Lucía, tienes que dejar esos encuentros, eso no está bien. Es un cerdo y está enfermo». Ante su insistencia, lo tuve que admitir ante ella y ante mí: «Si él está enfermo, yo también». Laura adora a Miguel, dice que es un hombre bueno, que no se merece que le engañe con «ese asqueroso». Le he prometido que después de la boda se acabó, que no volveré a ver a Rodrigo. Laura no me cree: «Si tienes dudas, es preferible que lo dejes antes, Lucía, aunque sea el mismo día de la boda, pero Miguel no se merece sufrir». A Laura le contaba todos mis encuentros con Rodrigo. Al principio, ella se divertía y me pedía todos los detalles. A medida que Rodrigo empezó a enseñarme más cosas, ella desaprobaba. Pero después de lo del pendiente nunca más volvió a preguntar y yo nunca le volví a contar nada.

«Quítate un pendiente», me dijo Rodrigo, una mañana que me acorraló en los vestuarios de la piscina. «¿Cómo?», le pregunté. «Quítatelo, confía en mí». Rodrigo tomó el enganche del pendiente y empezó a clavármelo en la cara interna de uno de mis muslos, mientras trepaba hacia mi sexo, presionando un poco más cada vez. «¡Ay!», grité. «Aguanta un poco, ya verás», me dijo. Rodrigo volvió a presionar la pieza metálica con más fuerza, insertándolo más profundamente entre mi vello y en mi piel. «Me duele Rodrigo, de verdad», protesté. «Espera, pequeña, va a merecer la pena», susurró. Apreté los ojos mientras clavaba el enganche alrededor de mi clítoris con mayor intensidad y a la vez estrujaba uno de mis pezones con saña. El sufrimiento era insoportable, yo le rogaba que parase, pero él no decaía y me suplicaba: «¡Aguanta, aguanta!». Cuando sentí que no podía tolerarlo más, emití un aullido desgarrador que dio paso, sin saber cómo ni por qué, a una sensación de voluptuosidad tan intensa que aún hoy no hallo palabras para describirla. Mientras mi vista se aclaraba y recobraba el aliento, Rodrigo pronunció: «Pequeña, sabía que te iba a gustar». Con la mano manchada de mi sangre, Rodrigo se masturbó a mi lado.

Bajo la atenta mirada del Cristo crucificado, Miguel me ofrece el brazo y me da un tierno beso en la mejilla. El chaqué le sienta como un guante y está rabiosamente guapo. Su mirada es límpida y bondadosa. Este es el hombre que me merezco, pero ¿lo entenderá si se lo cuento, si se lo enseño, si se lo pido? Recuerdo cómo, tras varios meses saliendo, un día me propuso, algo tímido, que llegáramos hasta el final. Miguel no pudo ocultar su sorpresa cuando yo accedí enseguida y sin remilgos. Hicimos el amor con una ternura hasta ahora para mí desconocida, acostumbrada a los martirios gozosos de Rodrigo. Miguel acabó rápido y al llegar al clímax me dijo que me quería; aquello me dejó fría, acostumbrada a los desprecios de Rodrigo que tanto me excitaban. Miguel me venera, pero en la cama con él no soy capaz de sentir nada.

La mañana de la boda decidí no ducharme y asir el aroma de Rodrigo un poco más, unas horas más. Si los invitados supieran… la novia vestida de blanco inmaculado, perfumada con la saliva de otro hombre, aún seca sobre sus pechos. La noche anterior, volvimos al rosal. «Esta vez, déjamelo a mí», le dije con decisión. Le pedí que se desnudara y se tumbara sobre la hierba. «Cierra los ojos», ordené. Ataviada únicamente con mi antigua camisa de uniforme, me senté a horcajadas sobre su pecho y comencé a desabotonármela hasta quedar completamente desnuda. A continuación, alcancé la rosa que tenía preparada, la más roja y espinada que encontré. Deslicé aquella flor por encima de sus párpados, bajo la nariz y sobre sus labios húmedos. Pero Rodrigo anhelaba más: comencé a incrustar las espinas de la delicada flor sobre el pecho y los brazos de mi maestro, lentamente, pero con decisión, hasta conseguir que brotaran minúsculas y brillantes gotas de sangre. Rodrigo se retorcía de placer con cada nuevo pinchazo. Pasado el martirio, me puse a cuatro patas sobre él, clavándole la mirada. Primero le ofrecí un pezón para que lo lamiese, luego el otro, que se metió en la boca y mordió con avidez. Rodrigo temblaba. Trepé sobre su cabeza y con las piernas abiertas empecé a frotarme sobre él mientras Rodrigo movía su lengua alrededor de mi clítoris y los dos gemíamos. Comencé a moverme más deprisa, cada vez más rápido, hasta que llegué al clímax y esta vez grité sin importarme que nos oyeran, mientras Rodrigo exprimía mis pechos que se contoneaban al ritmo de mis espasmos. Una vez recuperada, trepé sobre su vientre y me coloqué de espaldas, para que él pudiese observar mis caderas agitarse. Introduje su miembro dentro de mí y empecé a moverme despacio, arriba y abajo, arriba y abajo. Rodrigo no aguantó más: alcanzó el orgasmo sin poder reprimir un alarido de desesperación. «Pero ¿qué he hecho contigo, pequeña?», me preguntó al cabo de un rato. «Adiós, Rodrigo», respondí.

La ceremonia transcurrió sin mayores sobresaltos y una vez en el hotel comimos, bebimos y bailamos hasta altas horas de la madrugada. Ya solos en la habitación, Miguel me mira con devoción y me dice que haría cualquier cosa para hacerme feliz. «¿Cualquier cosa?», le pregunto. «Créeme, Lucía, cualquier cosa que esté en mis manos», me responde. El champagne ha hecho su tarea y me provee del valor necesario para decirle que tiene que confiar en mí y no escandalizarse por lo que le voy a pedir. Miguel ríe ingenuo y me ayuda a quitarme el pesado vestido de novia. Desnudos los dos, empiezo a retirar con delicadeza el broche que sujeta mi peinado. Le muestro a Miguel la aguja larga y punzante que brilla bajo los focos de la habitación del hotel. «Clávamela», le pido. «Pero ¿qué dices?», contesta. «Miguel, tienes que confiar en mí —le digo—clávamela, por favor, es importante para mí». «No, no puedo», insiste. Tomo su dedo corazón y lo recorro con la aguja desde la base, presionando levente. Al llegar a la yema, le clavo la aguja en la piel. Miguel se queda inmóvil y no me atrevo a mirarle. Una gota de sangre surge tímidamente. Empiezo a lamerla con fruición, excitándome con su sabor y jadeando como nunca antes lo había hecho delante de él. Busco la mirada de Miguel: la expresión de sus ojos hace que me detenga.

 


Diana Gil-Casares, alumna de la XI Promoción del Máster de Narrativa, nació en Madrid. Licenciada en Derecho por ICADE, ha estudiado también traducción bilingüe y de textos jurídicos inglés-español. Abogada y madre de familia numerosa, tras el nacimiento de su cuarto hijo solicitó una excedencia que le permitió retomar su pasión por la escritura.


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