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Ma
"Ma dice que no entiende por qué nunca he llorado, ni un solo día." Relato
Por Alix Carmona Publicado en Relatos en 11 junio, 2019 2 Comentarios 5 min lectura
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Ma

 

Ma dice que no entiende por qué nunca he llorado, ni un solo día. Ni de bebé ni de niña ni nunca. Ni al nacer ni al caerme de pequeña ni al rasparme las rodillas ni cuando murió mi caballo ni siquiera cuando se casó papá. No me asustan las inyecciones, los médicos, los brebajes, las canalizaciones, los rayos X ni el tiempo en el hospital. A las personas les mueven estas cosas: estornudan y van al médico, les pone nerviosas el pensar en las agujas, las pastillas que tendrán que ingerir, el dolor que habrán de soportar, el tiempo que les consumirá recuperarse, el malestar…
Ma lloriqueó hoy cuando la inyectaron por su gripe. Pero yo no puedo. Cuando la enfermera necesita una muestra de sangre me gusta observar la aguja que rompe mi piel, me gusta ver a la sangre recorrer el camino del cuerpo al tubo de ensayo, me gusta creer que puedo sentir algo, me gusta ver los moretones en mis brazos. Intento ser amable con las enfermeras; me conocen las del sexto piso, en especial una que se llama Lucía. Es risueña, con pómulos altos, y tiene las manos tibias; me pone el termómetro bajo la axila mientras me cuenta cómo nacieron los bebés del ala de maternidad. Me dice que son lindos, le creo, y no quiero verlos.
Al principio me visitaban mis amigos, ahora me llaman de vez en cuando.
«¿Cómo te sientes?» Todos me preguntan que cuándo voy a volver. «Ponte bien», dice Sofía. Le pido a Ma que no me pase llamadas, estoy cansada de pensar qué decir.
Llega el camillero:
—Necesito llevarla a la tomografía.
—¿Quieres que vaya contigo? —pregunta Ma.
Niego con la cabeza.
Lucía me cubre con una cobija azul, me siento desnuda con la bata del hospital. Dejo mi habitación y algo se desprende de mí, el pasillo alfombrado es como un túnel directo al invierno. En la central de enfermeras todas ríen, comen de un pastel rosa con hilachas de merengue. El camillero me dice algo, pero no lo escucho. Entramos al elevador. Una señora alta y rubia lleva un ramo de jazmines, me mira y sonríe. Esquivo la mirada. Percibo el olor del hospital, una mezcla de café con solución salina y desinfectante. Tenemos que cruzarlo todo para bajar a la tomografía. Veo a lo lejos un médico que conozco y me cubro la cara con el pelo. Cuando llegamos, el camillero me pregunta que si puedo caminar. No le respondo y me levanto de la silla de ruedas, le sonrío. El radiólogo me explica cómo será la tomografía, pero ya lo sé. Dejo que hable y también le sonrío. Jala mi carrito del suero y mueve sin querer la aguja en mi muñeca, veo un poco de sangre subir por la solución salina. «Lo siento», dice.
Me dice que me suba a la cama helada del tomógrafo. Me acuesto y me cubre con la cobija. Entro al túnel de cuerpo completo, pienso en Ma y en que necesitan ver mis pulmones.  Salgo, el camillero me está esperando y me subo a la silla de ruedas.
Horas más tarde viene uno de mis médicos a verme a la habitación, entra con sigilo y pide hablar con Ma. Ella está enroscada en el sillón, junto a la cama, mirando por la ventana cómo llueve. Se levanta y lo mira de frente. Ellos hablan como si yo no estuviera ahí. Hablan de agua en los pulmones, de arenilla en los riñones, de cortisona, epinefrina, nebulizaciones, antibióticos, de terapia intensiva, de sedantes. Enciendo el televisor, están pasando La jaula de las locas.

Despierto temprano. Son las seis de la mañana, el horario de los signos vitales: presión, pulso, oxigenación, temperatura. Vigilan mi suero, les da miedo que vuelva a botarse.
Le pido a la enfermera en turno que no encienda las luces porque despertará a Ma. Pero Ma no está; el sillón junto a la ventana está vacío. Están sus cobijas revueltas y pienso que está en el baño, pero el baño está vacío también. Es temprano. No es hora de salir a fumar. Pasan los minutos y Ma no vuelve. Pienso que Ma va a volver, pero no lo hace y siento las cobijas más pesadas. Tengo un agujero en el pecho y el aire se me escapa de un modo que no conozco, abro y cierro los ojos con desesperación. Siento un aguijón en las costillas. No está. Los ojos me escuecen. Ma decía que aprendiera a mirar llover. Miro por la ventana y siento lluvia en ambos lados del cristal.


Alix Carmona, alumna de la Novena Promoción del Máster, nació en Ciudad de México. Con un apego especial a la poesía desde temprana edad, también se formó en otras artes, como la danza, pintura y canto. Estudió la Licenciatura de Psicología en la Ciudad de México y después viajó a Wisconsin, EE.UU., a una escuela de estudios especializados en la espiritualidad. En 2017 publicó su primer poemario, «En los ojos de los que lloran», con la editorial Rodrigo Porrúa.


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