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Missy
«El miedo se parece mucho a los ratones. Lo sientes como unas cosquillas en los pies.» Relato
Por Lorena Salazar Publicado en Relatos en 10 marzo, 2020 0 Comentarios 8 min lectura
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Missy

 

Cuando la mamá de Missy se acostaba a ver la tele, no había dios ni ley que la hiciera mover un dedo. Siempre la llamaba a gritos: ¡Niña, préndeme el ventilador! ¡Niña, cámbiame el canal de la tele! Niña, ¿qué tareas tienes? Niña, niña, niña. Una tarde, Missy apareció con un cuaderno en el que, a veces, la mamá encontraba chicles, manchas de chocolate y mocos pegados. Esta vez traía una nota de la profesora escrita a lápiz rojo: «La niña no participa en clase. Parece que se le comieron la lengua los ratones». La mamá miro a Missy con cara de explícame esto. Missy se quedó callada porque un ratón (o varios o quizá era una ratona) se le estaba comiendo la lengua.
—¡Pero si ayer estuviste silbando todo el día y tuve que pegarte un grito para que me dejaras oír la tele!
Missy levantó los hombros sin decir nada.
—¡Manuel!, ¿sabes qué le pasa a la niña?
Manuel era el papá de Missy, que también estaba en el cuarto, pero haciéndose el dormido para que la mamá no empezara con: ¡Apágame el ventilador! ¡Cámbiame el canal! ¿Quedan trufas en la cajita?
—Es por el cuento.
—¿Qué cuento?
—Uno nuevo, de ratones, que estamos leyendo —dijo el papá mientras se tapaba la cabeza con la almohada.
La mamá se levantó y se acercó a Missy, que estaba sentada en una silla roja junto a la cama. La niña no había dicho ni mu. La mamá cayó en la cuenta de que, últimamente, Missy no hablaba.
—A ver, niña, ¡abre la boca!
Missy abrió la boca grande como un tiburón.
—¡Aquí no se ve nada!
—A mí también me faltan cosas en la boca —dijo la abuela que iba pasando por el corredor hacia el baño.
—¡Manuel!, acuesta a la abuela que ya es tarde. Y pásame la linterna —gritó, mientras estiraba el brazo sin apartar la mirada de la niña.
—¡Jumm!, pues… la lengua está en el lugar de siempre.
—¡Quizá los ratones empezaron a comérsela por dentro!
—¡No digas bobadas, Manuel!
La mamá empezó a enumerar lo que veía: trocitos de espinaca, mermelada de tomate y nueces, fresas con nata y algo que, quizás, horas antes, había tenido forma de zanahoria.
—No falta nada, pero sobran muchas cosas. ¡Niña, ve a lavarte los dientes!
El papá le hizo a Missy la señal de hazle caso a mamá para que no grite, que yo más tarde te sigo leyendo el cuento. Esa noche, cuando entró al cuarto, la encontró con uno de los tapabocas que usaba la abuela cuando se enfermaba.
—¿Para que no se te entren los ratones? —preguntó, mientras le daba un beso en la frente.
Missy levantó los hombros y sacó el cuento que tenía bajo la almohada.
—Missy mía, ¿sabes de qué color es el miedo? Gris. El miedo se parece mucho a los ratones. Lo sientes como unas cosquillas en los pies. Pasa junto a ti, pero nunca muerde.
El papá abrió el libro y continuó con la lectura: «Me di cuenta de que el suelo estaba a solo dos centímetros de mi nariz. También me fijé en dos patitas delanteras peludas que descansaban sobre el piso. Yo podía mover esas patitas… ¡Eran mías! En ese momento comprendí que yo ya no era un niño. Era un RATÓN».
Missy se quedó dormida con el tapabocas. El papá se lo quitó, cerró el libro y la besó en la frente, otra vez.

Al día siguiente, la mamá entró al cuarto diciendo:
—¡Son las siete!
Corrió las cortinas, abrió la ventana para que entrara el nuevo día y le sacó el vestido de rayas azules y zapatos blancos.
—Báñate, niña. ¡Hoy iremos al doctor!

Salieron sin desayunar. En la sala de espera había tres niños más: uno con un yeso en el brazo derecho, otro con las orejas rojas y una niña a punto de llorar. Todos estaban acompañados de sus madres que, en coreografía, ojeaban revistas viejas. Al cabo de un rato, una voz los invitó a pasar al consultorio.
—Así que es un problema de… lengua.
—Sí, doctor —dijo la mamá, pero sin gritar porque no estaban en casa—. ¿Es muy grave?
El médico examinó a Missy con un palito de madera.
—Di «AAA», grande.
—¡AAAAAA GRANDE!
—Claro, es un ratón —dijo el médico botando el palito de madera en una cubeta gris y paseándose por el consultorio—. Se le ha comido la mitad de la lengua. Pero eso no es un problema. Con media lengua se puede vivir perfectamente. Podrá ir al parque, estudiar y ser astronauta si así lo desea. Eso sí, para cortar el problema de raíz, le voy a recetar una trampa para ratones. Debe ponerla cada ocho horas en la mesita de noche con queso y mermelada de uchuva. Tiene que ser de uchuva y solo de uchuva porque la uchuva le cae pesada a los ratones. Es muy ácida y les da indigestión.

A las nueve de la noche, después de acostar a la abuela, el papá entró al cuarto de Missy y vio la trampa repleta de queso y mermelada.
—¡Una ratonera matamiedos! —dijo el papá—. Missy mía, mañana tendremos cadáveres de miedos regados por todo el cuarto y los tiraremos por la ventana.
Missy empezó a saltar en la cama. Lo hacía cuando estaba muy contenta, pero el oído de su mamá, acostada en el cuarto del lado, atravesaba las paredes:
—¡Niña, te estoy escuchando! ¡No saltes en la cama que quiebras las tablas! ¡Manuel, dile que no salte!
—Tres saltos más y seguimos leyendo el cuento —dijo el papá sonriendo—. ¿En qué página íbamos…? ¡Aquí!: «¡Ahorra vamos a poner la rratonerra! —oí gritar a la gran bruja—. ¡La tengo aquí mismo! ¡Y aquí hay un trrozo de queso!..».

—¡Son las siete! —entró gritando la mamá al día siguiente.
En realidad, eran las seis y cuarenta y dos. La niña abrió los ojos y empezó a buscar la ratonera. La encontró vacía. El ratón, astuto, se llevó la comida sin dejar ni media cola.
—Niña, no me pongas esa cara. Esta noche dejaremos otra ratonera con el doble o el triple de mermelada. Lo haremos hasta que el ratón caiga. Por ahora, ve a estudiar, aún tienes media lengua y no quiero que llegues con más notas rojas.

Al día siguiente, la profesora hizo muchas preguntas acerca del sistema digestivo. Cuando llegó el turno de Missy, la niña empezó a sentir unas cosquillas que le subían de los pies a la garganta. Tosió tan fuerte que escupió un ratón.
—¡Es mi ratón! —dijo Missy tapándose la boca con una mano.
¡Sí, era el ratón! Su ratón. Un ratón gris muy gordito que, la noche anterior, de tanto comer queso y mermelada, hizo crecer su barriga hasta pesar el doble. Cuando se metió a la boca de Missy y se preparaba para comer otro pedacito de lengua, se resbaló y quedó atrapado en la garganta de la niña. El ratón, libre y sin barriga, huyó por debajo de la puerta y Missy al fin pudo participar en clase. Habló de todo lo que había enseñado la profesora los días anteriores, hasta respondió las preguntas de sus compañeros, que la miraban en silencio desde sus puestos.
Esa tarde, cuando llegó a casa, Missy se paró frente a la mamá tapando la tele y le entregó el cuaderno con otra nota escrita a lápiz rojo: «Habla mucho en clase. Parece que se hubiera tragado un loro».


Lorena Salazar es alumna de la Décima Promoción del Máster. Nació en Medellín, Colombia y vivió parte importante de su vida en el Chocó, ubicado en el Pacífico colombiano. Es publicista con más de seis años de experiencia en el área creativa de agencias de publicidad en Colombia y España. Encargada de las líneas de guión, concepto y estrategia de contenidos de proyectos en México, Puerto Rico y Colombia. Se desempeña como líder creativa en Antártida para Valientes, una marca que trabaja para educar a la niñez en temas de acción climática. Actualmente, compagina este trabajo y otros proyectos con la preparación de su primera novela.


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