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Para Celia con amor
"Metí el ojo de Celia en mi bolsillo y corrí detrás de la vejiga." Relato
Por Joaquín Rolón Publicado en Relatos en 23 abril, 2019 Un comentario 10 min lectura
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Para Celia con amor

 

Cada verano solíamos viajar a una estancia ganadera de la familia que nuestro padre manejaba. Quedaba al norte de la ciudad de Trinidad, en medio de praderas naturales tan extensas que para llegar ahí era necesario contratar una avioneta.
Mi hermano gemelo y yo solíamos levantarnos a la hora del ordeño, justo antes de que los gallos se pongan a cacarear, y caminábamos hacia los corrales que estaban en las afueras del cerco de la casa. Una de esas madrugadas, siempre calurosas, siempre húmedas, nos encontramos a medio camino con ella. La habían amarrado de los cuernos a la base de un árbol de tamarindo y, como todo a esa hora, parecía estar tranquila, pero al arrimarnos su respiración se hizo más profunda y agitada. Estuvimos tan cerca que pudimos palpar el pelaje blanco y liso de su lomo, pero ella respondió de inmediato dando patadas al aire con sus patas traseras. Corrimos despavoridos.
Se lo contamos a los ordeñadores con el corazón golpeando el pecho.
—Se va a casar en tres días —dijo uno de ellos mientras tiraba de la ubre y la leche salía disparada hacia un balde de plástico rojo convirtiéndose en espuma.
—La amarró el futuro marido —dijo otro que batía la leche fresca en un bidón de aluminio con una pala de madera.
—Para que no se vaya con otros toros —dijo el primero y se lanzaron a reír.
No les creímos.
—Hay una vaca amarrada a un árbol —le dijimos a Celia, una mulata ancha que amasaba pan en la cocina de barro, en el lado norte de la casa.
Cogió la masa de uno de los extremos y arrancó un puñado que a su vez dividió en dos. Nos dijo que armáramos hombrecitos para meterlos en el horno y después dijo:
—La carnearán en tres días —y dio un puñetazo a la masa y el aire se llenó de olor a levadura.
Le creímos. En vez de dos hombrecitos juntamos las dos masas y le dimos forma de una vaca.

Durante los siguientes dos días nos acercamos al animal cada mañana y cada tarde. O estaba más mansa, o tenía menos miedo que nosotros, pero desde el segundo día podíamos acariciarle la cabeza y rascarle las orejas. Sus ojos eran del tamaño de una guayaba y oscuros como ver dentro de una cantimplora de hojalata. Nos pareció verla llorar. Le ofrecimos sal que robamos de la cocina y la lamió con dificultad debido a la posición de su cabeza. Podíamos sentir su lengua como una lija caliente en la palma de la mano. Le dimos agua en una tutuma. Después de eso podíamos incluso abrazarnos a su cuello sin que nos hiciese sentir que la estábamos incomodando.
La llamamos Celia.
Pensamos en hacerla escapar. Intentamos aflojarle las amarras, pero nuestros dedos eran demasiado tiernos. Tratamos de cortarlas con un cuchillo que alguien dejó junto a las piedras de afilado, pero ante la presión de la hoja sobre el cuero del lazo, apenas se desprendían pequeñas virutas que más parecían de mugre que del mismo cuero. Por último, se lo dijimos a papá, quien con una risita esquiva nos mandó a jugar lejos de Celia mientras ordenaba unos papeles en su escritorio.

Cuando nos acercamos a ella la siguiente madrugada había cinco hombres y tres mujeres a su alrededor, además de Celia, la mulata, que nos dirigió una sonrisa al vernos llegar. Todas las mujeres sostenían vasijas de aluminio y los hombres cuchillos; uno de ellos, un hacha. Unos metros atrás, los hijos de los trabajadores, a los que nos unimos nosotros, miraban expectantes. También los perros estaban ahí, pero con una actitud menos pasiva que los humanos: ladraban y amedrentaban a Celia, la vaca, mostrándole los dientes.
El hombre del hacha se le acercó, apoyó su pie derecho en el tronco del árbol, levantó el hacha sobre sus hombros y la dejó caer por la parte contraria al filo contra la cabeza de Celia.
Me llevé la mano a la nuca, y a mi derecha, mi hermano tuvo la misma reacción. Celia chilló y dio patadas en el aire parecidas a las que había dado tres días atrás cuando nos acercamos a ella, pero mucho más bruscas. El hombre levantó y dejó caer el hacha una vez más.
Celia dejó de moverse por un momento. Pensé que eso había sido todo, que ya había muerto, pero como si la vida hubiera querido hacer un último intento, las pataletas al aire volvieron de repente, aunque con menos energía que antes. Me dieron ganas de vomitar, pero no me moví ni dije nada.
El hacha agarró altura una vez más.
Cuando cayó, el sonido al estrellarse con la cabeza de Celia fue distinto. Ya no solo el sonido seco parecido al del batán cuando la mulata Celia molía el maní, sino acompañado del crujido de una cáscara de tutumo resquebrajada contra una roca.
El hombre del hacha se hizo a un lado. Otro se acercó y desató las amarras de la cabeza de Celia y ella se incorporó con movimientos erráticos. En sus ojos de guayaba podía adivinar su deseo de correr y perderse en la pradera.
El mismo hombre que la desató empuñó el cuchillo, levantó su hocico y le clavó el filo por debajo de su quijada, buscando la yugular. Los alaridos de Celia se asemejaron entonces a los de un humano. Sus saltos se fueron apagando poco a poco hasta que apenas se podía mantener en pie. Entonces, dos hombres la agarraron de las patas y la tumbaron.
Con el brotar de la sangre fueron apareciendo decenas de gallinas por todas partes. Una de las mujeres acercó su vasija de aluminio al lugar del corte y fue recolectando la sangre, que manaba como el agua de una cañería rota. Cuando la sangre llegaba al tope de la vasija la mujer era relevada por otra. Celia aún respiraba y hacía sonidos apagados, como de alguien que yaciera debajo de ella.
Mi hermano y yo no habíamos vuelto a mover ni un pelo. Incluso cuando ya hacía suficiente calor y los mosquitos se clavaban en la piel, mirábamos la escena sin parpadear ni querer perdernos ningún detalle. A nuestro lado los otros niños también observaban, pero como quien mira a un payaso que hace figuras con los globos. Los perros se habían quedado callados desde que la vaca fue degollada y también miraban atentos.
Los demás hombres desenfundaron cuchillos y comenzaron a desollar a Celia, que ya no emitía sonido alguno y parecía que por fin había muerto. Fueron extendiendo el cuero del animal en el piso hasta que llegó a parecer un mantel de pícnic en un día de campo, con la enorme masa roja encima como una merienda cruel.
Nos acercamos por primera vez desde que llegamos. Los nervios y músculos de Celia aún se movían como si siguiera viva. El ambiente se iba saturando de moscas y avispas que hombres y mujeres ahuyentaban con trapos y manotazos.
El hombre del hacha se acercó, ahora con un serrucho, y cortó las costillas a la altura de la columna. Cuando terminó y retiró el costillar, quedaron a la vista todas las vísceras. Todo olía a sangre y el rojo estaba en todas partes, y era tan hipnótico como la espuma de leche en la vasija del ordeño.
—¿Quieren algo en especial? —nos preguntó uno de los hombres.
Yo miré esa mezcla de órganos revueltos destapados a la intemperie y solo escuché el chirriar de la hélice de la noria, que giraba a la distancia.
—Los ojos —dijo entonces mi hermano.
—Los ojos —repetí.
El hombre soltó una risotada y se acercó a la cabeza de Celia con el cuchillo en punta. Le costó sacarlos, más de lo que yo imaginé, y cuando los tuvo fuera, nos entregó uno a cada uno. Sentí en la palma de mi mano la consistencia pegajosa y aún caliente.
Mientras tanto, los demás hombres iban sacando las vísceras, la mayoría recibidas por las mujeres en recipientes de plástico verdes y azules. Otras, como el intestino grueso y el esófago, eran arrojadas a unos metros y los perros y las gallinas se abalanzaban sobre ellas y se peleaban entre ellos.
—Yo quiero la vejiga —dijo una de las niñas, y el mismo hombre que nos había dado los ojos se acercó a ese montón de órganos y cortó una especie de goma con el aspecto de un trapo sucio.
La niña tomó la vejiga, se la llevó a la boca y comenzó a soplar. Entonces el trapo sucio fue creciendo y adquiriendo forma. Cuando tenía el tamaño de una pelota de playa, le hizo un nudo y la botó al cielo. Tenía un color amarillento, parecido al de los callos crudos, y a contraluz podían verse las arterias. Flotaba ligera en el aire, dejándose llevar por las ráfagas de aire caliente que la demoraban en su descenso.
Metí el ojo de Celia en mi bolsillo y corrí detrás de la vejiga. Cuando bajó lo suficiente le di un golpe que le hizo agarrar altura nuevamente. Mi hermano y los demás niños hicieron lo mismo.
Con cada golpe la vejiga de Celia se fue alejando del resto de su cuerpo,  y detrás de ella nos dejamos llevar los niños.


Joaquín Rolón, de la Octava Promoción del Máster, nació en Cochabamba, Bolivia y es ingeniero biotecnólogo. En 2010 obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos «Roberto Bolaño» (Santiago, Chile) y posteriormente trabajó como guionista de cortometrajes y largometrajes. Hoy en día se encuentra escribiendo su primera novela.

 


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