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Para Pablo. Siempre
«¿Quiero o no quiero? Está más que decidido: no quiero, pero acaba convenciéndome.» Relato
Por Alberto Pickers Publicado en Relatos en 1 diciembre, 2019 0 Comentarios 12 min lectura
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Para Pablo. Siempre

 

Soy el primero en llegar. Me pido una pinta de cerveza de trigo en la barra; el vaso imita la condensación de todas las ventanas del pub. No me muerdo los padrastros de los dedos como de costumbre, pero juego con la cera derretida de una vela casi consumida sobre la mesa (también como de costumbre siempre que hay una vela).
¿Me habría vuelto a encontrar con él si no hubiera sido por Tinder?
Conocí a Thomas por primera vez en Nueva York hace ya casi ocho años. Yo era un simple becario en una editorial y él un fotógrafo emergente que acababa de publicar su primer monográfico con unas fotografías de Yemen. El primero de muchos que vinieron después, junto a los premios internacionales más importantes. Le ayudé con la firma de su libro. Aún guardo el que firmó para mí, como premio de consolación, con un genérico «Para Pablo. Siempre». Y aquí estoy sentado tras casi ocho años sin puntos tangentes, esperándolo. Una tangencia que no es más que un giro anecdótico, que no puedo esperar a compartir con Allison, con quien tanto me reí de los pezones de Thomas, que se entreveían a través de su camisa blanca en la presentación del libro.
Lo reconozco en cuanto entra por la puerta; ha ganado algo de peso y su pelo rubio es menos frondoso. No lleva una camisa blanca, por lo que no puedo ver sus pezones, sino una chaqueta de lino azul que le da un aire de pintor, una camiseta gris y unos vaqueros. Ocho años no pueden ser calificados como «siempre», pero ningún cuerpo aguanta inmutable el paso del tiempo. Y menos pasados los treinta. Nos saludamos con un abrazo como si fuéramos más que conocidos y pide una cerveza a la camarera, que le recuerda que esto es un pub y que tiene que ir a la barra a pedir. ¿No era escocés? Ha olvidado las reglas más básicas. Me pide una a mí también, pero vuelve con las manos vacías. La camarera le vuelve a repetir que no hay servicio de mesas, que es un pub. Parece desconectado. Solo me escucha a mí, lo cual me halaga, aunque puede que solo sea el jetlag. Dice que acaba de volver de un viaje fotográfico por Siria, Iraq y Turquía y está en Londres para supervisar la edición de un documental sobre su obra. Una retrospectiva con menos de 40 años: no está nada mal.
Damos un buen repaso a los últimos años y a sus proyectos, pasados y futuros. Su nuevo trabajo vuelve a las raíces de la fotografía de conflicto que le catapultó a la fama. Me fascina aunque no creo que al mundo le haga falta otro hombre blanco privilegiado (graduado en Yale, ni más ni menos) que viaja por el mundo para fotografiar las desdichas de los que están fuera de las puertas de oro. Lo menciono sin ningún titubeo. Parece que eso le gusta de mí, que no tengo filtro. No tanto las críticas, imagino. Me adentro de lleno y se nota que aún le escuece aunque haya ganado todos esos premios. Sus paisajes tintados en blanco y negro, que no son suyos, se han convertido en mera decoración en el cuarto de baño de algún oligarca ruso. Es la única forma bella de ver un conflicto que no tiene un filtro en blanco y negro sino una realidad que sangra rojo como su ego. Aunque todo es criticable y esto es una cita, no el momento de ponerse tiquismiquis con la coherencia ideológica.
Acaba de romper su compromiso con su novia de los últimos cinco años, me cuenta. Bisexual entonces. Tendré que decírselo a Allison ya que nos lo preguntamos en su momento. No quiere hablar mucho del tema. Pasado. No hay presente; la vida es un work in progress. ¿Y la presión por crear? ¿Nota el peso de la fama? Según dice, sigue haciendo lo que quiere cuando quiere, aunque tenga una galería en cada continente luchando por llevarse la inauguración de su siguiente exposición. Futuro. Pero claro, ya tiene pagado su loft de Nueva York, además de una casa de campo en su Escocia natal y un dúplex en Londres. Dejar boquiabiertos a los oligarcas rusos parece suficiente. Por Iraq, Siria o Yemen no pasarán sus exposiciones, imagino.
Tras horas con demasiadas críticas y pintas de por medio (que se ha empeñado en no pedir en barra), es hora de moverse. Me ha follado el cerebro e invitado a la borrachera. Suficiente por hoy, pero cuando salgo a coger mi bicicleta llega la invitación a su casa. ¿Quiero o no quiero? Está más que decidido: no quiero, pero acaba convenciéndome.

*

Cruzamos las calles desiertas de Angel, el canal congelado, Old Street y ya estamos. Menos mal que vivía cerca. En una torre de veinte plantas que fue concebida como viviendas de protección oficial aunque ahora los pisos valdrán una millonada. Cómo no, vive en el ático. Subimos en un ascensor en el que falta un hilo musical de centro comercial que rompa el silencio. Al abrir la puerta veo la cristalera que va desde un lado al otro del primer piso de la casa, uniendo la cocina con el comedor y con el salón. Veo el skyline de Londres prístino, contra las estrellas que se verían si no estuviéramos en una ciudad de quince millones de habitantes.
Una vez que se me pasa la impresión inicial, me doy cuenta de que la casa está casi vacía. Además de un par de cajas de cartón, hay una mesa sesentera y blanca, demasiado pequeña para el espacio, con cuatro sillas baratas de plástico, un sofá gris de diseño escandinavo y una estantería de madera maciza sin libros. Yo que me esperaba obras de arte en cada esquina. Nada. Le pregunto si se ha mudado hace poco y me dice que no, que compró el piso hace un par de años. Hay eco. Pero también tiene su loft en el Soho de Nueva York donde está su macro estudio que alberga sus macro fotografías con sus macro precios. Lo vi en un perfil que hicieron de él en Art Review. En ese no habrá eco, ni será un lienzo en blanco.
Abre la nevera en la que solo hay cervezas y me ofrece una, que no me apetece, pero acepto sin rechistar. Mejor tener algo en la boca. Nos asomamos a los ventanales que se abren al infinito urbano, las grúas y las millones de luces que impiden que se vean las estrellas. La ciudad no duerme; la ciudad nunca duerme. Estiramos la poca conversación que queda y me dice que en el jardín que se ve abajo está enterrado el fundador de los cuáqueros y que él es cuáquero también. Nunca entendí bien qué eran los cuáqueros y pienso en buscarlo al llegar a casa. También se puede ver Bunhill Fields, donde está enterrado William Blake, un artista que nunca saboreo el éxito en vida. El cementerio también aloja mi banco propio donde suelo leer, que ahora veo desde un ángulo y con una luz diferente. Una masa de árboles dejan entrever la ráfaga naranja de las farolas y las tumbas centenarias grises y agrietadas (aunque las grietas no se ven desde esta altura). El frío se condensa en los cristales, como en el pub, como en todo Londres, pero prefiero seguir asomado a la ventana mirando al horizonte condensado.
La conversación se ha roto de tanto estirarla.
De repente, rompe el silencio y dice que las vistas desde su habitación son mejores. Me quiero ir a mi casa y la cerveza se me está haciendo cada vez más pesada. Pero mi voluntad flojea y decido coger las escaleras para subir al segundo piso, en lugar de ir directamente a la puerta de entrada (o más bien de salida). Me pierden las vistas cuando vuelvo a encontrarme frente a una cristalera que conecta cada esquina del cuarto como si fuera una urna de cristal sin cortinas. Tampoco hay sábanas en la cama, o, mejor dicho, en el colchón con el edredón al descubierto. Todo es blanco aunque, en la oscuridad, todo es más bien azul oscuro, casi negro, con tintes de naranja urbano.
Estoy hipnotizado por las pequeñas luces que parpadean sobre las grúas, que yacen muertas al otro lado del cristal. Me giro y lo veo sentado sobre el colchón dando un golpecito culminante que recoge todas las señales desde que me invitó a su casa. Quiero irme, pero me siento a su lado en la cama y se lanza a darme un beso. Sigo algo perjudicado, aunque me haya dejado la última cerveza casi entera. Allison apreciará la historia, así que le sigo la corriente que nos lleva a besarnos sin ganas (al menos por mi parte), mordernos los cuellos (más él que yo), desnudarnos (intento no mirar su cuerpo), revolcarnos, comernos la polla y quedarnos dormidos sobre el colchón sin sábanas, cada uno en su lado, sin rozarnos, y cubiertos por nuestros fluidos arrastrados por el edredón sin funda.

*

Despierto y a la luz del día todo sigue siendo blanco, un blanco que ciega. Los cristales están empañados a trozos y los rayos del sol caen sobre cada superficie calentándola, incluyendo nuestros cuerpos desnudos. Ningún cuerpo aguanta inmutable el paso del tiempo, desde luego. Me levanto con cuidado y me empiezo a poner la ropa que está desperdigada a ambos lados de la cama. Mi movimiento le despierta y le digo que me tengo que ir mientras me pongo los pantalones. Me dice que se lo pasó bien y que cierre la puerta al salir. Yo le deseo que tenga buen viaje de vuelta a Damasco, mientras se da la vuelta enseñando un culo de cuarentón. Me pongo las zapatillas en el primer piso para perderle de vista lo antes posible. La cristalera muestra de nuevo las grúas, que ahora están en movimiento, y baña el espacio con una luz pulcra que dilata una soledad clínica.
Salgo de su casa y me hago un selfie en el espejo del ascensor. Distorsiona mi reflejo. Sigue sin haber un hilo musical de centro comercial, pero ya tengo una anécdota que contar a Allison. Cruzo la calle a pie con mi bicicleta hasta el cementerio. Me siento en el banco de siempre y me doy cuenta de que está justo frente a su edificio, un edificio en el que nunca antes había reparado y que no se esconde tras los árboles, como los demás. Incluso puedo ver los ventanales tras los cuales seguirá su cuerpo desnudo sobre el colchón sin sábanas en el que siempre quedará algo mío.
«Para Pablo. Siempre»
Me levanto del banco obviando de nuevo el edificio que queda a mis espaldas, me subo a la bicicleta y pedaleo lo más rápido posible. Me rodean las tumbas grises y agrietadas (las grietas sí que se ven desde esta altura), incluida la de William Blake.


Alberto Pickers es alumno de la Décima Promoción del Máster. Nació en Madrid en 1987, donde reside actualmente tras haber estudiado y trabajado en París, Londres y Nueva York. Es licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Pontificia de Comillas y cursó el Máster en Estudios Culturales en el King’s College de Londres, donde se ha dedicado al desarrollo de cineastas a través de programas de encuentros y mentores en instituciones como el British Film Institute y la British Academy of Film and Television Arts (BAFTA), además de la programación cultural con un interés especial en la representación LGTBIQ+. Actualmente, compagina este trabajo con la preparación de su primera novela.


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