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Reemplazos
«Cariño, ¿has llamado a la Compañía de Reemplazos?» Relato
Por Aitor Díaz Publicado en Relatos en 10 diciembre, 2019 0 Comentarios 12 min lectura
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Reemplazos

 

—Cariño, ¿has llamado a la Compañía de Reemplazos?
En el mismo momento en que escucha la voz, Gabriel cierra el grifo. Deja de fregar los platos, levanta la vista y en la ventana de la cocina encuentra el reflejo de Iría, su esposa, que lo observa a través de dos ojos convertidos en puntos de luz. Ella se le  acerca por la espalda, roza su cabello, atravesándolo, y cuando el pelo de la nuca de Gabriel comienza a encresparse, llaman a la puerta.
—Será el técnico —dice él—. ¿Vas tú?
Ella sale de la cocina. Gabriel acaba de secar y recoger los platos. Va al salón y allí descubre a su esposa sentada en el sofá, con el gato ronroneando a sus pies. El técnico ha ocupado el único sillón de la estancia, frente a la mesita de té. Gabriel saluda y se sienta en el sofá.
—El gato no funciona —dice ella.
El técnico la mira detenidamente. Un instante después, gira la cabeza hacia Gabriel y dice:
—¿Quiere que proceda con la prueba, señor? —Gabriel asiente sin decir una palabra—. Como sabe —añade el técnico—, todo quedará registrado. Si quiere consultar algún detalle después de mi visita, solo tiene que llamar a la Compañía de Reemplazos.
Gabriel vuelve a mover la cabeza arriba y abajo.
—¿Es que no me ha oído? —dice Iría—. Le he dicho que el gato no va bien.
El técnico abre una pantalla holográfica, la sitúa a unos centímetros por encima de su regazo y comienza a teclear en ella. Transcurrido medio minuto, levanta la cabeza.
—Los reemplazos no fallan, señora.
—El nuestro sí —dice Iría.
El técnico sonríe con educación y mira al gato por primera vez.
—¿Quién se ocupa de él?
—Es de nuestra hija. Se llama Orión. —Iría mira a su marido y sonríe—. Es un regalito de papá.
Gabriel también sonríe aunque solo durante un momento. Estira un brazo. Roza el dorso de la mano luminiscente de su esposa con los dedos y al hacerlo el vello de que asoma por la manga de su camisa se eriza.

—Muy bien… —dice el técnico, volviendo a teclear—. Ha dicho Orión, ¿verdad?
—Así es.
—Perfecto,  ¿y cómo se llama su hija?
—Ana.
—Ana… —Teclea—. Muy bien, muy bien… —Y teclea, y cuando parece haber terminado, dice—: ¿puedo ver la fuente emisora?
Iría se levanta del sofá. Se acerca a una estantería de madera y se pone de puntillas. Estira los brazos y, con los dedos extendidos, trata de alcanzar una de las dos esferas negras que descansan sobre la parte superior del mueble. El técnico la observa y toma notas.
—No sé qué pasa… —dice Iría, aún estirada, con la luz de la cocina distorsionando su silueta—, no llego. —Se vuelve hacia Gabriel—. ¿Me ayudas, cariño?
Gabriel Sonríe. Se levanta y alcanza la esfera de menor tamaño, similar a una naranja, pero negra y de perfectas y simétricas dimensiones. El matrimonio vuelve a sentarse en el sofá; él deja la esfera en la mesilla de té, frente al técnico.
—¿Quiere que la abra? —dice Iría.
—No —contesta el técnico—, yo me encargo.
—¿No necesita la otra esfera? —pregunta Gabriel.
—Están sincronizadas, ¿verdad?
—Así es.
—Entonces no se preocupe, con una será suficiente.
El técnico alarga un brazo y presiona una pequeña hendidura oculta en la mitad de la esfera. Un segundo más tarde, el color negro de su superficie comienza a disolverse; poco a poco se transforma en una neblina grisácea y esta, a su vez, se desvanece como una nube de vapor de agua. La esfera se vuelve transparente y en su interior aparece un pequeño cerebro conectado a dos docenas de sensores celestes.
—¿Se ha caído alguna vez? —dice el técnico.
—Nunca —contesta Iría.
—¿Motivo del reemplazo?
—Accidente de tráfico —dice Gabriel.
El técnico asiente, anota en su pantalla y, sin levantar la vista, añade:
—Es un modelo de quinta generación, así que la distancia a la fuente emisora no debería ser un problema; ¿juegan con el gato en el jardín?
—Sí, muy a menudo —dice Iría—, sobre todo mi hija. ¿Quiere que la llame?
El técnico mira a Gabriel, se rasca la cabeza y vuelve a teclear. El gato, ajeno a todo lo que sucede a su alrededor, decide cambiar de posición: se despereza, frota sus patas contra el suelo, como si amasara pan, y camina hasta los pies de Gabriel, donde se acurruca.
—No se preocupe, señora, no quiero molestar.
—No es molestia —Iría se levanta y camina hasta las escaleras que dan a la planta superior—.  ¡Ana, baja un momento, por favor!
El salón se queda en silencio. Los tres se miran los unos a los otros; al cabo de medio minuto,  Iría vuelve a gritar:
—¿No me has oído, hija? ¡Solo será un momento!
—Vamos, cariño —dice Gabriel—, déjala en paz, estará escuchando música.
—¿Seguro?
—Claro. Vamos, siéntate.
Reticente, Iría vuelve al sofá. El técnico se inclina sobre la esfera. Teclea en su pantalla. Vuelve a erguirse, teclea otra vez y le enseña la pantalla al matrimonio: en ella se muestra un escáner cerebral.
—El cerebro de su gato se conserva en perfecto estado —dice, señalando la imagen—. ¿Ven? Todo amarillo y naranja. Las conexiones sinápticas de Orión son normales, la psicomotricidad está intacta y el hemisferio izquierdo presenta incluso mejor actividad que en el cuerpo original —Hace una pausa y vuelve a situar la pantalla cerca de su regazo—: ¿Cuál es exactamente el problema del gato?
—No es el de siempre —contesta Iría—. Hace cosas raras.
—¿Cómo qué? —pregunta el técnico, mirando al gato—. Si cree que es poco cariñoso…
—Es muy cariñoso; tendría que verlo jugar con nuestra hija. —Iría gira la cabeza y grita—: Ana, ¡baja, por favor!
—Venga, cielo, ya está bien.
—No me gusta que me tomen por tonta —dice ella—. Ya sé que algunos gatos no son cariñosos, pero Orión lo es, ella puede decírselo.
—Su gato funciona a la perfección, señora. Hasta la última neurona está intacta.
—Eso no es posible.
—Relájate, cariño. Seguro que todo tiene una explicación.
Gabriel estira una mano hacia a su esposa, pero ella se aparta.
—¡Déjame! Ya os he dicho que Orión no es Orión, no lo siento igual.
—¿Se refiere al efecto del roce? —dice el técnico—. ¿Quiere que ajuste su temperatura?, ¿lo prefiere más frío, más caliente?
—No sea estúpido, ¿cómo va a ser la temperatura?
El técnico mira de reojo a Gabriel, que comienza a rascarse la sien.
—La temperatura es perfecta —continua Iría—, igual el olor y los sonidos; hasta me hace estornudar, pero, aún así… —Baja la vista hacia Orión y el gato muestra sus pequeños colmillos en un bostezo prolongado—. ¿No lo ve? ¿No se da cuenta?
—¿El gato la hacía estornudar?
—Sí —contesta Gabriel—, contratamos el paquete de sensorialidad extra.
—¿Y cuándo fue la última vez que estornudó, señora? ¿Lo recuerda?
Iría se queda pensando. Su cara se paraliza durante unos segundos y de pronto, como si acabara de recordar algo, reacciona y grita:
—¡Ana! ¿No me has oído? ¡Tenemos visita!
—Por favor, cariño…
Iría se pone en pie. Corre hasta la cocina y regresa con un canario encerrado en una jaula de plástico. El pájaro revolotea asustado de un lado a otro de la jaula, pero Iría lo ignora y deja la jaula en el suelo, justo delante de Orión; entonces abre la puertecilla situada en la parte delantera y comienza a hacerle gestos al gato con las manos. Orión bosteza. Estira sus patas delanteras mientras estira la boca y, tras dedicar al pájaro una mirada indiferente, vuelve a acurrucarse junto a las piernas de Gabriel.
Iría, de pie junto a la jaula, ladea la cabeza.
—Ayer intentó comérselo —dice—. Lo vi abalanzarse sobre la jaula.
—Eso no es posible, señora —dice el técnico—. Es un reemplazo y, lo que es más importante, sabe que lo es. Todos los reemplazos lo saben, es algo instintivo, igual que un recién nacido sabe que no puede respirar bajo el agua.
—Pero, ¿qué ocurriría si lo que dice mi esposa es cierto? ¿Y si Orión hubiera olvidado que es un reemplazo?
—En ese caso el gato se habría vuelto loco.
—¿Cómo dice?
—Piénselo bien; imagine a Orión lanzándose contra el canario; imagínelo atravesando al pájaro con sus garras y dándose cuenta de que este no sufre el menor daño. ¿Qué efecto cree que esto tendría en su mente? Si su gato hubiera atacado al canario, su cerebro se habría cortocircuitado, se lo aseguro.
—¿Me está llamando mentirosa? —salta Iría—, Ana también lo vio, ella se lo dirá. ¡Ana, haz el favor de bajar!
—Escuche, señor —dice el técnico, mirando a Gabriel a los ojos—, si un reemplazo olvida que es un reemplazo y luego vuelve a recordarlo de repente, lo más probable es que su cerebro sufra daños irreversibles y tengamos que desconectarlo; no obstante, haré lo que usted prefiera.
—Nadie me avisó de esto…
—Su reemplazo funciona perfectamente; ¿verdad que usted sufre dèjá vus de vez en cuando? Pues es lo mismo: un bucle de memoria, un pequeño arrebato sin importancia. Por lo demás, el reemplazo es operativo. Si desea más información sobre los términos de compra de reemplazos, así como de las cláusulas relativas a los bucles de memoria, le sugiero que revise su contrato: ahí encontrará dosieres que le serán de gran utilidad.
Conforme acaba de hablar, el técnico cierra la pantalla y se levanta del sillón.
—¿Y ya está? —pregunta Iría—, ¿ya se va usted? Así, ¿sin más? Orión no es el de siempre, ¿es que no lo ve? Espere a que baje mi hija. Ella lo confirmará todo, espere, no se vaya… ¡Ana, ya está bien! ¡Baja de una vez!
Iría sale corriendo. Sube por las escalaras a toda prisa y Gabriel, aún sentado en el sofá, comienza a acariciar el lomo de Orión, atravesándolo. El gato ronronea y el vello del amo vuelve a encresparse.
—Dijeron que todo era reemplazable —dice Gabriel.
—¿Ha pensado en…?
—Solo pudimos recuperar dos cerebros tras el accidente.
—Ya veo.
Gabriel se levanta y acompaña al técnico a la puerta.
—¿Quiere usted presentar una incidencia, señor? —dice el técnico mientras consulta la dirección del siguiente aviso en la esfera proyectada desde su reloj—. Si nos da permiso, puedo desactivar los dos reemplazos activos en su cuenta. Incluso podría ofrecerle un reemplazo clónico de su gato; tenemos ofertas muy interesantes.
Los gritos amortiguados de Iría, repitiendo el nombre de su hija una y otra vez, reverberan en el salón. No se escucha nada más, ni nadie responde.
—¿Y bien? —dice el técnico—, ¿alguna queja, señor?
Gabriel abre la puerta.
—No. Ninguna.


Aitor Díaz es alumno de la X Promoción del Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores. También es Ingeniero Químico por la Universidad de Alicante, corrector de textos, coordinador de actividades docentes en el Máster de Aguas de La Escuela de Organización Industrial y coautor de diversos artículos técnicos sobre el ciclo integral del agua. Ha escrito diversos ensayos de crítica literaria, como El leve fastidio de Kafka, Los excluidos de Jelinek: todo vale y Simbología Borgiana. Ha residido en Australia y en Israel, donde fue el responsable del diseño y puesta en marcha de una de las mayores plantas desalinizadoras del mundo. Actualmente, coordina talleres de escritura y lectura en la ciudad de Alicante.


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