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Refugiados en las miradas
«He oído ese grito que se me ha metido por la falda del colegio como un cuchillo.» Relato
Por Jesús Barrero Publicado en Relatos en 11 mayo, 2020 0 Comentarios 10 min lectura
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Refugiados en las miradas

 

Somos dos pares de ojos refugiados tras la ventana, y solo nos queda mirar al callejón oscuro, a través de las tablillas de la persiana. Enfrente, dos prostitutas se sientan en taburetes medio rotos, una lleva la falda roja tan corta que deja ver un moratón en el muslo. No nos ven porque tenemos las tablillas medio cerradas. Tsubasa las separa a veces con su mano, con la otra me sujeta la muñeca. Es su forma de decirme que no me vaya, que sigamos observando, como todos los días, al sucio callejón.

Levanto mi falda roja y me restriego el moratón que me dejó el cabrón del chulo. Al menos Izumi está conmigo, porque cuando una de las dos pilla un cliente la soledad se hace insoportable. Me entretengo mirando a la ventana de enfrente. Me parece ver unos ojos que brillan, aunque nunca se ve luz en esa casa, como en todas las del barrio. Tengo hambre, voy a pedirle a Izumi que traiga comida.

He abierto la persiana un poco más, no sé si mi mujer se ha dado cuenta, la tengo sujeta para que permanezca a mi lado. Miro a las prostitutas, ahora solo está la de la falda roja, con ese moratón que me recuerda a las heridas de la guerra y esas botas altas como las de los militares. Me perturba, he de estar alerta, en cualquier momento puede estallar el caos, volver el humo y el estruendo.

Solo se oye silencio en la calle, y si no fuera por la mosca que baila alrededor del techo, encerrada como nosotros en esta casa, pensaría que estamos en una tumba. Tsubasa no deja de mirar a la prostituta. Si no fuera porque sus pupilas siguen asustadas pensaría que va a introducirla en nuestra cama. No me importaría si así Tsubasa me dijera algo. Ya no sé que está buscando, de qué tiene miedo. Si al menos hablara…

Por fin ha vuelto Izumi, no podía más, me sentía observada por esos ojos invisibles. La comida está buena, siempre pienso igual cuando tomo el primer bocado, hasta que me doy cuenta de que es la misma de siempre, con la misma salsa roja y ese sabor a jengibre que me penetra hasta dentro. ¡Joder!, dos chicos con uniforme de colegio. Un pantalón gris y una camisa blanca, una blusa blanca y una falda gris, casi adolescentes los dos. Se ponen a jugar en el callejón, sobre la reja de la alcantarilla, como si no estuviéramos aquí.

Hay dos niños enfrente de las prostitutas. Tsubasa me afloja la muñeca y saca las manos por la ventana. Hace como que arroja una piedra, pero no tenemos nada que arrojar. Saco también las mías y las dejamos allí fuera, cuatro manos asomando entre las tablillas, ¿cómo se verán desde la calle?

Ahora unas manos han salido de la ventana, manos sin ojos que se agitan como si pidieran ayuda, se retuercen, se aprietan. Ya no quiero comer más, me levanto y tiro el arroz con setas sobre la alcantarilla donde está el niño del pantalón gris, y los restos de comida con olor a jengibre caen sobre su pierna y su zapato. El arroz y las setas se escurren por la alcantarilla, pero la salsa roja se queda sobre el pantalón, resbala despacio. No sé por qué lo he hecho, ahora me duele de nuevo el moratón; me levanto la falda roja y me acaricio la nalga, como si me estuviera frotando con jengibre.

Siento la comida cayendo por mi pantalón, una mancha roja que se desliza, pero no puedo dejar de mirar a ese culo que me está excitando, espero que Aimi no note que estoy empalmado. No sé por qué la prostituta me ha tirado comida, se está acariciando delante de mí, me pregunto qué tengo que hacer, pero soy incapaz de hacer nada.

¡Qué extraño me resulta este callejón y qué fascinante!, no sé cómo hemos acabado aquí, pero no puedo dejar de mirar esas manos que asoman por la ventana, felices o angustiadas, ¿qué harán ahí dentro? Vuelvo la cabeza y veo a Kazuo, se ha parado delante de la alcantarilla y su pantalón está manchado, le preguntó si está bien. Me pide un cigarrillo, saco los que le robé a mi madre y le paso uno. Kazuo fuma, tose, fuma, tose, y cuando lleva medio cigarrillo fumado se lo apaga sobre la mancha roja del pantalón, a veces pienso que está zumbado, pero me encanta.

Ahora que hemos sacado las manos me siento extrañamente feliz. Tsubasa parece haber olvidado el peligro y agitamos las manos. Es como si de repente el callejón se hubiera llenado de luz y fuese un barrio con vida, aunque sea vida muerta. Entrelazo mis manos con las de Tsubasa y las cerramos, como si estuviéramos rezando.

Podría levantarme la falda del colegio y ponerla a la misma altura que la de la prostituta del moratón, pero saco otro cigarrillo. Me acerco a la ventana, quiero ver esas manos cruzadas una sobre otra, como dos parejas. Enciendo el cigarrillo y lo pongo delante para ver si reaccionan. Casi puedo ver los ojos que están detrás de las tablillas, los intuyo; estoy tan cerca que podrían devorarme.

He enlazado las manos a las de mi mujer, y siento como si algo se moviera dentro de mí. Se ha acercado la niña con su falda gris, no sé si alcanzará a penetrar en nuestra oscuridad. Hace tanto que no fumo. Suelto las manos de las de mi mujer y cojo el cigarrillo de la niña, lo aspiro y lo sostengo entre los labios, mientras observo sus ojos inocentes.

El niño sigue a mi lado, sin moverse. He visto cómo apagaba el tabaco en la pierna y me he sentido mal por tirarle la comida. Las manos ya no están, y solo se ve un cigarrillo suspendido entre las tablillas como si lo fumara un ser invisible, hasta que de nuevo asoma una mano femenina que palpa el aire del callejón y que encuentra el pelo de la niña. Lo acaricia con delicadeza, una y otra vez, hasta que la niña se adormece y cierra los ojos, qué ganas tengo de sentir una caricia como ésa.

Tsubasa me ha soltado la mano y está fumando el cigarrillo que le ha dado la niña, y aunque la calle está llena, nadie habla, todos miran hacia nosotros, y solo oigo la mosca de la habitación. Le toco el pelo a la niña, es muy suave, pero ahora no soporto este silencio, ni a la mosca zumbando, y quiero gritar y que Tsubasa grite conmigo, y tiro del pelo de la niña hacia abajo. Suelta un chillido, sé que le estoy haciendo daño, pero necesito romper este silencio. Las prostitutas se acercan y tratan de liberarla, pero tengo el pelo bien sujeto y agarro fuerte, esperando a ver si la mano de Tsubasa reacciona, aunque él sigue fumando.

Aimi chilla, la prostituta se ha ido a la ventana y se me baja la excitación. Me acerco yo también, la salsa me resbala todavía por la pierna. Debería ayudar a Aimi, pero cojo el cigarrillo de la ventana, se lo quito a la mano invisible que lo sujeta y lo paso por mis pantalones. La ceniza se funde con la salsa roja y cae como si fuera la lava de un volcán que se extiende lentamente.

Sigo tirando del pelo de la niña. Entonces veo a la mosca salir volando entre las tablillas, zumbar alrededor de faldas de niña y de prostitutas; de moratones y maquillajes. Luego se posa sobre el pantalón del niño. Lame la salsa roja y se lame las patas, y mientras la observo aflojo los dedos: las prostitutas, la niña y el niño se alejan de la ventana y se quedan de pie sobre el alcantarillado mirando hacia nuestra ventana.

Por fin me he soltado de esa mano, he sentido miedo, pero los he visto: unos ojos de mujer, tristes y marrones, oscuros como los de las prostitutas y otros dos ojos, más negros y asustados. De la persiana vuelven a salir cuatro manos que cuelgan sobre la ventana como trapos en un tendedero.

Me han quitado el cigarrillo y mis manos cuelgan junto a las de mi mujer. Cuatro personas nos observan desde la calle, como si formaran un pelotón de fusilamiento, aunque no sé quién es el verdugo y quién el culpable. El sabor del tabaco me ha traído recuerdos y siento que algo me recorre el interior, un río oxidado que sube por mi cuerpo y me corroe. No recuerdo cuándo dejé de hablar, pero la garganta me quema y lanzó un grito:
–¡Hiroshima!, ¡Hiroshima!
Y continúo diciéndolo durante un rato, no sé cuánto tiempo, aunque cada vez se me apaga más la voz, mientras mis manos languidecen y siento ganas de llorar.

He oído ese grito que se me ha metido por la falda del colegio como un cuchillo. Nos quedamos inmóviles observando esas manos que asoman entre la persiana. Solo se oye una mosca zumbando en el aire. Enciendo otro cigarrillo y lo acerco a la ventana, me da igual que me tiren del pelo. Lo coloco sobre una de las manos, que lo agarra y se lo lleva a una boca que solo intuyo, a esa boca que ha desgarrado el aire con su grito. Después me alejo. Estoy cansada y tengo frío. Me acerco a los taburetes de las prostitutas y me siento. Kazuo se sienta a mi lado con su pantalón gris manchado de rojo y nos quedamos mirando cómo las prostitutas se acercan a la ventana y se dejan acariciar la cabeza por las manos, mientras la mosca revolotea alrededor de su pelo y el cigarrillo se consume.

 


Jesús Barrero, alumno de la XI Promoción del Máster de Narrativa, nació en Asturias. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra, ha estudiado también fotografía y diseño. Funcionario del estado, se alejó de la escritura hasta que retomó su pasión con varios cursos de la Escuela de Escritores, y ahora con el Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. También forma parte del consejo editorial de La Rompedora.


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