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Sarmiento quemado
"La culpa nace del centro de las entrañas y allí nació la mía." Relato
Por Montserrat Iglesias Publicado en Relatos en 15 octubre, 2019 0 Comentarios 10 min lectura
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Sarmiento quemado

 

Vosotros no lo comprendéis, así que ahorradme las tonterías y los consuelos idiotas. La culpa es inevitable. No se pega a la piel como la humedad en un día de bochorno, sino que vive aquí, en el centro de las tripas, como la pena, la envidia o las ganas de vivir. Nace de los intestinos, de donde brota la verdadera sangre, y nos recorre todo el cuerpo hasta ocuparlo por entero. Yo vivo en mi culpa desde que murió el tío Alberto. Eso no tiene remedio. Él me quería y yo a él no. No hay manera de solucionarlo, no hay disculpa posible, no hay nada que hacer, porque el tío Alberto está muerto y no tiene remedio.

Vosotros no lo entenderíais nunca, pero no viviría engrilletada si la tarde en la que murió el tío Alberto hubiese ignorado el teléfono. «Tienes que venir a despedirte de él. No le queda nada», era papá. «¿Seguro? Mañana tengo un examen». «Hazlo por mamá» ¿Qué te pones cuando vas a ver morir a un hombre? ¿Un hombre con el que siempre estuviste enfadada sin saber el motivo? Cuando colgué el aparato, la abuela que no conocí, la madre de aquel hijo agonizante, me miraba desde su fotografía. Me peiné como ella. La melena recogida en una coleta baja que dejaba respirar las ondas del pelo.

¿Por qué no lo quise? No soy capaz de hacéroslo entender. No creo que ni yo misma lo comprenda. Si lo hubieseis visto como yo lo vi a los ocho años, os habríais dado cuenta de lo fácil que hubiera sido amarlo. Yo estaba en mi cama recuperándome de una neumonía de primavera, él volvía de su despacho. Primero llegó su olor de sarmiento echado al fuego, mezcla de tabaco y perfume, perfume y tabaco. Eso era ya conocido. Y luego apareció un hombre envuelto en un traje gris de lana fría, y tendría que haber pensado que no hay nada más hermoso que un hombre hermoso. Pero no fui capaz y me estremecí. Algo me sobrecogió, pese a que su cara era la misma de siempre, la misma que toda la familia había heredado de la abuela; una estructura poderosa —mandíbula cuadrada y pómulos prominentes— para unos rasgos pequeños —labios finos, nariz chata y ojos diminutos—. Sin embargo, aquellos ojos hundidos entre las cejas espesas y las oscuras ojeras no eran como los de todos, decían muchas más cosas, parecían cañones tronando en medio de un foso desecado. Esos dos géisers de fuego me ofrecían un regalo. «Te traigo a Caty para que te cuide». Nunca he tenido una muñeca tan grande. No pude sostenerla y se me cayó al suelo. Cualquier niña lo hubiese adorado. Cualquiera que no hubiese sido yo, maldita sea. Había algo aplastante en su belleza desmedida, en sus ojos desmedidos, en su generosidad desmedida, y en lugar de amarlo, como era mi deber, me sentí desaparecida en mi cama, pequeñísima en aquel cuarto que se había agigantado con su presencia.

A vosotros os parecerá absurdo, claro, pero si yo lo hubiese interpretado bien entonces, todo habría sido diferente, al menos no hubiera recorrido el camino al hospital con aquel enfado sordo. ¿Cómo se viaja hasta la cama de un hombre moribundo? ¿Un hombre por el que no sientes pena sino rabia y no sabes por qué? Un señor entró vendiendo pañuelos de papel en el vagón de metro que me llevaba a un lecho mortuorio. Su tono plañidero y sus gestos de mendigo vergonzante me enfurecieron. No contra él, sino contra el tío Alberto que hubiese comprado toda aquella mercancía para hacerlo callar, igual que diez años antes me había comprado a mí todos los platos de colores.

Vosotros no sabéis que las vacaciones de mi adolescencia fueron una ardiente celebración de primos y bicicletas. Mi tío Alberto solo volvía al pueblo al final del verano, la semana de fiestas. Se alojaba en el Parador del Burgo con su mujer y sus dos hijas, tres figuritas de Lladró que cada día se parecían más a bibelots parisinos. Lo más divertido de aquellos días era el mercado medieval. Los paisanos se disfrazaban de caballeros, damas y siervos de la gleba y disfrutaban de su anacronismo vendiendo cualquier cosa. Mis primos y yo decidimos montar un puesto de platos troquelados. Pasé todo agosto entre flores de papel, vidrio y barniz. Cuando me llegó el olor a sarmiento quemado, me quedaban diez piezas y muchísima alegría. El tío Alberto paseaba con tres antiguos conocidos de infancia, que lucían desangelados al lado de aquella camisa blanca de algodón remangada hasta los codos. Conseguí convencer a uno de ellos para que me comprara una de las manualidades. Los géisers del tío me calentaban las mejillas y las manos. «Lo llevas en la sangre. Eres igual que ella». «Es verdad, se parece cada día más a tu hermana». «Ya». Siguieron andando. Cuando bajaron de nuevo, quedaban siete platos. «Has vendido dos más». «Sí». «Te lo compro todo». Los otros tres hombres aplaudieron mientras sacaba la cartera. Por supuesto, no quiso cargar con las siete fuentes redondas. Quizás vosotros también hubieseis aplaudido, seguro, pero yo, mirando la mercancía inservible, metida en aquel disfraz de princesa sin dragón, me sentí estúpida. ¿Por qué no entendí su gesto, Dios mío? ¿Por qué no lo miré con vuestros ojos, con los ojos de cualquiera menos los míos? ¿Por qué no fui más allá de la pena por un juego acabado? Entonces solo busqué una palabra en mi cabeza adolescente que etiquetara el sabor amargo. No la encontré. El día que vi pasar al vendedor de pañuelos ya la conocía, pero, aunque con catorce años no supiera el significado de condescendencia, de igual manera encendió la ira que empujó las borriquetas al suelo. Sonó como si volcase un aparador con toda una vajilla heredada.

No conseguiré que vosotros entendáis por qué entré en la clínica con el recuerdo de un estruendo y un mendigo. La sala de espera estaba llena de mandíbulas cuadradas y pómulos prominentes, pero solo me acerqué a besar los humedecidos de mi madre. Al fondo tres siluetas como tres esfinges. Serenas, elegantes, inmutables. «Ya solo nos dejan entrar de uno en uno. Ahora está papá». Al entrar en la habitación, no había rastro de su aroma a sarmiento quemado, lo sustituía un olor a cloaca. El tío Alberto había empezado a descomponerse sin dejar de respirar y respirar aquel aire era empezar a acompañarle en su nicho. Solo un alma abnegada como la de mi padre podía soportar aquello mucho tiempo, o quizás no fuese abnegación sino desquite. Algo en el gesto de papá me recordó a la última vez que estuve con un tío oficialmente sano. También en verano, también en el pueblo, también en fiestas. «¿Vas a despreciarle un vino a tu tío?» Estaba mucho más delgado y había perdido buena parte de su apostura. La edad, decían. Tampoco el sarmiento quemado se apreciaba del todo, más bien olía a encina húmeda, pero nada había conseguido apagar aún aquellos ojos como géisers de fuego. En una esquina de la barra, un bebedor de mediodía. El borracho de todos los pueblos. «¡Campeón!» ¡Cuántas veces le oí esos campeones que rebotaban en los otros para volver a su origen! «¡Campeón, pídete otra que va de mi cuenta!» El borracho de pueblo le miró desde su esquina. «Garbancero», el apodo de familia se hizo sólido en el aire, «métete tu cartera por el culo». Os juro que pensé que el tío Alberto lo carbonizaría en la distancia. Casi lo hizo. Sacó dos billetes de cien y los clavó en la barra. «Joaquín, cóbrate dos vinos y cinco borracheras de ese muerto de hambre». Salimos. «He hecho mal, ¿verdad? Siempre lo hago mal». «No». «Sí. Me miras como ella, ves más allá que yo, como ella, pero ella me lo decía, tú no te atreves».

Me atreví a acercarme hasta él. No solo había perdido su olor, la muerte le había afilado los contornos y su nariz parecía más larga, sus labios más abultados. Sin embargo, los ojos seguían hundidos en un círculo oscuro. «Tío», susurré. «Tío, tío Alberto», repetí. Nada en él pareció alterarse.
—Alberto.
Abrió los ojos, como cuencas vacías que miraban al techo. Agarrada a las barras de la cama, me asomé para que no se esforzase en volver la cabeza.
—Alberto, ¿sabes quién soy?
Las llamas revivieron y volví a sentir su mirada calentándome el rostro.
—Madre… Hice lo que pude… Se lo prometo.
La culpa nace del centro de las entrañas y allí nació la mía. No debe ser tan difícil descifrar a un hombre. Basta un momento. Yo tuve veinticinco años para entenderte y no pude encontrar ese momento, o no quise. Tu amor no era fuerte ni débil, bueno ni malo; tu amor buscaba refugio y no pude verlo, o no quise. Entonces, cuando ya no quedaba tiempo, dije por primera y última vez lo que de verdad te merecías:
—Alberto, hijo, te estoy esperando.

Agarré su mano hasta que una enfermera deshizo el nudo de nuestros dedos. Hasta el final. Sabedlo.

 


Montserrat Iglesias es alumna de la Décima Promoción del Máster y nació en Madrid en 1976. Estudió Periodismo y Filología Hispánica, y es profesora de Lengua y Literatura desde hace quince años. Dedicada a la prosa científica, en tiempos pasados, cuenta con varias publicaciones sobre literatura española e hispanoamericana en forma de dos libros, disertaciones en congresos y diversos artículos en revistas especializadas.


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