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Sin cabeza
«Se vio a sí mismo como un monstruo con conciencia, observado por su familia a su espalda.» Relato
Por Jesús Barrero Publicado en Relatos en 27 octubre, 2020 0 Comentarios 10 min lectura
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Sin cabeza

 

No podía oír ni ver nada. Se tocó la parte de arriba, donde antes había estado la cabeza. Tenía una especie de muñón que había cicatrizado y al palparse notaba esa sensación de la piel rugosa, cosida con rapidez y con pequeñas protuberancias irregulares que parecían montañas.
Había muchas cicatrices, pero no podía recordar dónde se las hicieron. Lo último que escuchó, cuando todavía tenía orejas, fue que le empujarían el cerebro hacia abajo y coserían.
Con las manos, se palpó su abrigo, notó en el bolsillo una botella de un líquido que no podría beber y tocó otra vez la puerta que tenía delante. Llevaba un rato allí y nada había pasado, pero estaba ya seguro de que le habían dejado en el portal de su casa. Del bolsillo sacó las llaves y entró. Al subir por las escaleras sintió la barandilla de madera. Era agradable percibir su tacto.
Al llegar al tercero, introdujo la llave en la puerta de la izquierda y la abrió. Se quitó el abrigo, lo dejó en el perchero que había detrás de la puerta. No sabía si estaban en casa su mujer y sus hijos. Fue hasta el salón y, una vez dentro, tocó todas las sillas, la mesa de comer y la televisión. Tal vez estuviera encendida. Luego alcanzó el sofá y se sentó en él.
Estaba cansado. Tenía a su lado el cojín de lino y lo pasó entre sus manos. Siempre le había parecido suave, pero ahora era algo más, lo sentía reconfortante, tranquilizador, casi cariñoso.
Con el cojín en las manos, esperó. Podía ser que sus hijos estuvieran en el colegio y su mujer en el trabajo, aunque no sabía por qué tenía la sensación de que estaba atardeciendo. Tal vez su mujer estuviera en la ducha y no hubiese escuchado la puerta. Los niños, si estaban jugando, no se alterarían por oír a su padre entrar. Debió haber pulsado el timbre para avisarlos, así ahora no tendría dudas.
Tocó el cojín. Quizá sí le habían escuchado entrar. Quizá estaban allí, delante de él, observándolo, y no se atrevían a tocarle. Eso era lo único que podía esperar de ellos ahora mismo, que lo tocaran, que le cogieran la mano, que lo abrazaran como él abrazaba al cojín.
No eran mucho de abrazos. A su mujer no le gustaba el contacto, ni quererse con efusividad, salvo cuando hacían juntos un guiso. Entonces se tocaban las manos al echar la sal, se pasaban la cuchara de uno a otro para probarlo, olisqueaban por encima de la olla con las mejillas pegadas. A veces, los mandiles de ambos se rozaban ante el fuego encendido y notaban el calor adherirse al cuerpo mientras el caldo burbujeaba con su olor a cebolla. Y a tomillo. Y a estragón. Tal vez su mujer estuviera en la cocina haciendo uno de esos guisos, con la radio puesta no le habría escuchado entrar. ¿Cómo podía saberlo? Tampoco tenía nariz y no le era posible oler nada.
Nadie le había tocado. Eso era lo único cierto. Se levantó para ir a la cocina pero después de dar dos pasos chocó con algo. Alzó las manos pero ya no había nada. Lo había notado blando, como la carne. ¿Su mujer?, ¿Dani?, ¿Anita? ¡Cómo le hubiera gustado poder hablar en voz alta y preguntar quién estaba allí! Por la altura debía de ser su mujer, pero ella no se iría si estuviera en el salón, le abrazaría, lo cogería de la mano, le llevaría a algún sitio, buscaría la forma de comunicarse con él. Avanzó varios pasos buscando a su familia, moviendo los brazos arriba y abajo: primero despacio, luego muy rápido, desesperado, como un insecto que agita las patas, pero no encontró más que aire.
Sentía el pecho oprimido. Reanudó su marcha con los brazos en alto, salió del salón y llegó a la cocina. Tocó primero la nevera, la abrió, percibió en su mano un frío que le hizo sentir vivo y recorrió los estantes llenos de comida. Luego cerró y continuó pasando la mano, esta vez por la encimera. Sobre ella estaba la tabla de cortar, había migas de pan y un cuchillo. Lo palpó con las manos, era el cuchillo con mango de madera de tejo, el que usaban para la carne. Pasó el dedo por la hoja. Estaba afilada. Se preguntó si su mujer y sus hijos estarían detrás de él viéndole coger el cuchillo, ¿pensarían que se había vuelto loco? A veces, Dani tenía pesadillas; ¿qué soñaría después de ver a su padre pasar el dedo por el filo de un cuchillo?
Él no tenía la culpa de que alguien le hubiera dejado sin cabeza, de que no le hubieran enterrado por aquella maldita huelga, de que le hubieran metido en aquel hospital o laboratorio o lo que fuera a coserle en lugar de dejarle morir. Dejó el cuchillo sobre la tabla y tocó la cocina. Casi se quema. Estaba caliente y la sintió desagradable, su cuerpo se estremeció de dolor. Prefería el frío. Palpó el resto del espacio y no encontró a nadie. Si estaban allí, le esquivaban.
Salió de la cocina, tal vez su mujer no sabía cómo reaccionar o se había desmayado, a veces le pasaba cuando le venían esos dolores de cabeza que él no comprendía. Se dirigió al dormitorio. En el pasillo, manoseó toda la pared. Sintió los bultos de los cuadros que había a cada lado, luego tropezó con algo que había en el suelo y estuvo a punto de caerse. Algún juguete, de Dani, que solía dejar los coches por ahí, pensó. Se detuvo. Le parecía haber escuchado el ruido del camión de Dani tras desplazarlo con su pierna por el suelo, y ahora le parecía oír pisadas. Sí, las de Anita, siempre descalza; las de su mujer, más lentas pero firmes y seguras; las de Dani, casi trotando más que caminando por el parqué. Y creyó oír una voz que cuchicheaba, que decía a los hijos algo sobre su padre, hablando bajito para que no la escuchara. Tocó la pared de nuevo y la sintió caliente. Todo estaba en su cabeza, o lo que quedaba de ella. No podía oír nada. Se vio a sí mismo como un monstruo con conciencia, observado por su familia a su espalda. Se mareó. Avanzó por el pasillo tambaleándose y llegó al dormitorio, donde solo le recibió el aire.
Se sentó en la cama, estaba hecha. Era suave el tacto del edredón. Alargó la mano hacia la mesilla, sus dedos tocaron la lamparita de noche. Bajó la mano por el cable hasta tocar el interruptor. Encendió y apagó. Era lo mismo para él, aunque imaginó que la estancia se iluminaba. Cogió el portarretratos que estaba en la mesilla. Sabía que era la foto de su mujer y él diez años atrás en un acantilado de Escocia; los dos con el pelo al viento, los dos mirando a la cámara, los dos sobre el mar, ella, a su espalda, abrazándole.
Paseó los dedos por el cristal y comenzó a hacer círculos lentamente. Se quedó un rato pasando el dedo, sabiendo que la foto estaba ahí, de eso estaba seguro. Entonces, notó algo que le tocaba los cordones de los zapatos, que deshacía el lazo sutilmente. Alargó la mano tratando de acariciar un cuerpo, pero no lo encontró, no estaba a su alcance, o se había retirado, pero las manos seguían desabrochándole. Se inclinó más y su mano topó con algo. Era una oreja, un pendiente que reconocía. Por un momento dejaron de aflojarse los cordones. La oreja permaneció entre sus manos y acarició el lóbulo como solía hacerlo cuando ella se excitaba. Sintió la fragancia de la piel atravesarle desde la mano por todo el cuerpo, llegarle al pecho, hacer que su respiración se pausara.
Fueron unos segundos. Luego las manos que aflojaban los zapatos terminaron su tarea y la oreja desapareció en el aire. Movió las manos pero no encontró nada. Sacó los pies de los zapatos y se tumbó sobre la cama boca arriba, como si mirase al techo. Extendió los brazos. Entonces notó un ligero hundimiento en el colchón, a su lado. Alguien se había sentado allí. Estiró los brazos para abrazar a su mujer, para sentirla contra su pecho, para tocarse en silencio. Dos manos cogieron la suya: sintió el tacto caliente apretándole con fuerza, unas manos húmedas y mojadas; las manos, pensó, de quien trata de secarse las lágrimas, unas manos que dibujaron sobre su palma unas letras, como otras veces habían jugado a dibujar «te quiero». Sintió el dedo mojado pasear por su piel e interpretó las palabras: «adiós, cariño». Luego las manos pusieron entre sus dedos un mango de madera de tejo y desaparecieron con un último apretón que le quemó por dentro. Pasó el dedo por la hoja del cuchillo de carne y reconoció su borde afilado.

 


Jesús Barrero, alumno de la XI Promoción del Máster de Narrativa, nació en Asturias. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra, ha estudiado también fotografía y diseño. Funcionario del estado, se alejó de la escritura hasta que retomó su pasión con varios cursos de la Escuela de Escritores, y ahora con el Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Forma parte del consejo editorial de La Rompedora y su relato Refugiados en las miradas, también ha sido publicado por esta revista durante su período dedicado al Blaxploitation.


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