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Y llegaba yo de la playa
«...está ella con los ojos cerrados, sin apenas respirar, ¿respira?, y la cojo de la mano, pero la suelto en seguida y pienso que será otra tarde perdida, ¿otra vez, mamá?» Relato
Por Aitor Díaz Publicado en Relatos en 1 junio, 2020 0 Comentarios 6 min lectura
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Y llegaba yo de la playa

 

Y llegaba yo de la playa, mojado, seco en sal, y subo las escaleras de la urbanización, camino del séptimo apartamento, el D, la D con barriga rota, piso con fuerza las escaleras de asfalto marrón punteadas con motitas grises y negras, las gotas de mar salpican sobre los peldaños, resbalan sobre las motitas grises, que son piedras pequeñas, chinas que se cuelan por entre los dedos de mis pies, encerrados en unas chanclas de plástico azul, y cloc, cloc, cloc, hacen las chanclas al golpear mojadas los escalones, chanclas que bailan, como si danzaran al ritmo de las gotas de mar y el sol que acaricia mi cara, la nuca, el pelo negro, los mechones quemados, no tan negros, y allá va Daniel, allá Víctor, llevan helados, y al cruzarme con ellos por las escaleras me dan uno de esos helados, toma, para ti, un cucurucho de chocolate y vainilla, y vuelvo a concentrarme en los escalones, que aparecen y desaparecen bajo el sonido de las chanclas mojadas, las chanclas cloquean, un hilo de vainilla me cae por el mentón, por los labios, e imagino mi lengua negra y brillante, más marrón que negra, al imaginarla huelo el chocolate y la saliva mezclada con el chocolate y el caramelo y sonrío pensando en la playa, en las olas de la orilla donde Daniel y Víctor jugaban a ahogarme y a reflotarme después, pienso en Juliana y Marta untándose con esa crema tan blanca que las hace resplandecer, que las broncea hasta convertirlas en avellanas, y los escalones que no cesan, uno arriba, otro al lado, otro arriba, y entonces, como si acabara de emerger del fondo del océano, aparezco frente a la puerta del apartamento, el séptimo, el D con la barriga rota, me acerco a la puerta, la madera está caliente, el pomo redondo y metálico arde, y al abrir la puerta, al cruzar el umbral, descubro a mi madre tendida en el suelo, con los ojos cerrados, la piel tan morena como la de Juliana y Marta, solo que más negra, recuerda al pan tostado, tiene los ojos muy cerrados, cerrados sin esfuerzo, sin querer, y yo me quedo quieto mirándola mientras chupo el helado del cucurucho, y levanto la vista, allá, al fondo del recibidor, tras el salón y las puertas abiertas de la terraza, está el mar, el sol, los rayos de sol que se rompen en el mar, que se reflejan en pequeños rombos, triángulos, cuadrados, y tengo que guiñar los ojos para no cerrarlos, o bien bajar la cabeza y encontrarme de nuevo con ella, tendida en el suelo, toda negra y tostada, y esos ojos suyos que no se mueven, ni siquiera cuando camino a su alrededor, ni cuando toco su brazo con la chancla, y doy chupetones al helado de vainilla, la galleta del cucurucho está blanda y crujiente al mismo tiempo, cubierta de una capa extra de chocolate, muerdo galleta, vainilla, chocolate, y relamo la punta de mis dedos, muerdo, relamo, me pongo en cuclillas junto al rostro tranquilo de mi madre, que apenas respira, que no abre los ojos, y miro su cuerpo en busca de sangre, cortes, cuchillas, pero en el suelo de mármol, también con motitas negras, tan frío y gris, solo está ella con los ojos cerrados, sin apenas respirar, ¿respira?, y la cojo de la mano, pero la suelto en seguida y pienso que será otra tarde perdida, ¿otra vez, mamá?, eso es lo que se pasa por mi cabeza mientras doy el último bocado al cucurucho, la galleta es ahora de chocolate puro y fresa, un corazón de fresa ácida, huele a fresa, a frambuesa, huele al anís y la ginebra de los domingos, y veo una botella en el suelo, una botella, dos botellas, el vidrio arrugado refleja los rayos de sol ya fragmentados por el mar, ¿otra vez, mamá?, eso pienso al darme cuenta de que la tarde, el día, la semana, están condenados, ya no habrá más ahogadillas en el mar, ni veré a Juliana, ni a Marta con sus cremas, ni a Víctor tirándose eructos, ni jugaré a las maquinitas, ni al pinball, no habrá playa ni mar ni arena, y todo sería reemplazado por un hospital, mi madre en la camilla, los viales, las gotitas que gotean, y ella me mirará con ojos entornados, abiertos como sin querer, y hablará para decir lo mismo de siempre, no volverá a pasar, hijo, lo juro, lo juro, y lo juro, no volverá a pasar, pero da igual lo que se jure porque la playa está muy lejos, tanto como el mar, y creo que debería llorar porque no soy capaz hacerlo, debe de estar mal no llorar delante de una madre tendida en el suelo, y chupar helado y disfrutar de ese corazoncito de fresa ácida y chocolate, así que me quedo mirándola, tostada al sol, apenas respira, los ojos cerrados sin esfuerzo, casi sin querer, y relamo mis dedos, empapados de negro y rojo, y llegaba yo de la playa, mojado, seco en sal.


Aitor Díaz es alumno de la X Promoción del Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores. También es Ingeniero Químico por la Universidad de Alicante, corrector de textos, coordinador de actividades docentes en el Máster de Aguas de La Escuela de Organización Industrial y coautor de diversos artículos técnicos sobre el ciclo integral del agua. Ha escrito diversos ensayos de crítica literaria, como El leve fastidio de Kafka, Los excluidos de Jelinek: todo vale y Simbología Borgiana. Ha residido en Australia y en Israel, donde fue el responsable del diseño y puesta en marcha de una de las mayores plantas desalinizadoras del mundo. Actualmente, coordina talleres de escritura y lectura en la ciudad de Alicante.


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