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Yo me llamo Zampanó
"Mi primo Jorge Villena me dijo una vez que sus recuerdos de infancia eran una mierda y que solo los salvaba mi padre." Relato
Por José Antonio Bonet Publicado en Relatos en 18 diciembre, 2018 3 Comentarios 6 min lectura
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Yo me llamo Zampanó

 

Mi primo Jorge Villena me dijo una vez que sus recuerdos de infancia eran una mierda y que solo los salvaba mi padre. Todos mis primos recuerdan cómo jugaba con ellos o gritaba: «Yo me llamo Zampanó», mientras los levantaba en el aire o mostraba músculos imitando a un forzudo. No supe que era una alusión al personaje de Anthony Quinn en La Strada de Fellini hasta mucho después, cuando él ya había muerto. En casa, yo lo esperaba durante un tiempo que se me hacía eterno y, cuando oía la puerta, corría a abrazarlo. Él siempre se agachaba y me cogía en brazos. Era muy guapo. No es algo que diga yo porque fuera mi padre, me lo dicen todos cuando ven las fotos. De mi madre también: cuando salen juntos parecen una pareja de Hollywood, él con un aire a Jean-Paul Belmondo y ella a Jennifer Jones. Lo que más nos gustaba de él a mis primos, mis hermanos y a mí es que era como un niño. Cuando nos llevaba al cine o al parque de atracciones, creo que disfrutaba tanto o más que nosotros. Era también un gran deportista. Fue jugador del Real Madrid de baloncesto a finales de los años cincuenta, y el base titular de la selección española. Es una pena que al casarse lo dejara para ir a trabajar a Estados Unidos, pues ese año llegaron jugadores míticos como Emiliano y Bravender. Nunca abandonó el deporte, en realidad. Hacía gimnasia, nos invitaba a darnos duchas de agua fría y jugaba al tenis y al golf, esquiaba, montaba en moto y le gustaba conducir deprisa. Dicen los que fueron sus amigos que era también muy inteligente: se sacó la licenciatura de ingenieros industriales con el número uno y era un apasionado de las matemáticas, aunque a mí me las explicaba fatal. Siempre que tenía una duda, en lugar de contarme cómo resolver el problema, se remontaba muy atrás para explicarme el origen de la fórmula y yo me perdía. Le gustaba leer novela negra, jugar al bridge (según mi madre, una vez jugó con Omar Shariff, el protagonista de Doctor Zhivago) y era un gran admirador de El tercer hombre. Decía que todo en esa película era perfecto: el guión, la fotografía, la interpretación, la música, etc. Fue él quien me recomendó ver la película que originó, con doce años, mi pasión por el cine: El séptimo sello, de Ingmar Bergman. «Ya verás —me decía—. Un caballero vuelve de las cruzadas y juega al ajedrez con la Muerte…». (Recientemente se la he puesto a mis hijos y me temo que no les ha impresionado tanto).

Cuando perdía los nervios, mi madre nos gritaba o nos pegaba con la zapatilla. Mi padre, en cambio, no gritaba ni pegaba nunca. Una vez llegué con pésimas notas y ella se puso furiosa. «¡Ya verás cuando las vea tu padre!» Cuando se las mostré, él se limitó a decir: «Esto no es digno de un hijo mío». Me hundió. Mucho más que los gritos de mi madre. Creo que me volví un buen estudiante a partir de ese momento. Mi hermano recuerda que le pegó una vez. Fue una bofetada suave, se notaba que tenía la intención de no hacer daño —hasta le tembló la mano al dársela— y, sin embargo, para él fue devastadora. El hecho de haberse ganado una bofetada de mi padre, que no pegaba nunca, lo dejó tocado.

No puedo precisar cuándo empezó a torcerse todo. Yo era el pequeño y mis hermanos y mi madre me ocultaron su enfermedad hasta que se hizo evidente. Alternaba etapas en que no tenía ganas de nada y arrastraba los pies al andar con otras en las que estaba eufórico, invitaba a todo el mundo y organizaba fiestas. Las etapas de euforia podían resultar divertidas, pero tiraba el dinero y se rodeaba de gente que no estaba allí cuando todo cambiaba. En una de esas fases, iba con él en un descapotable y se le encasquilló la bocina. La gente se apartaba horrorizada mientras el coche no dejaba de pitar, dejándonos paso. Nos cruzamos con la policía y no recuerdo cómo acabó la cosa, pero creo que salió airoso. En las etapas de depresión me hartaba. Yo tenía la idea de que exageraba, de que no hacía falta ponerse así. Solo mucho después supe que el enfermo no tiene la culpa, que no sirve de nada decirle «Anímate, hombre».

Cuando tenía trece o catorce años, me seguía tratando como un niño. Una vez, supongo que en su etapa «cresta de la ola», llegué del colegio y lo vi discutir con mis hermanos, furioso, porque no quería tomarse la medicación. Alguien debió decirle que yo lo había oído gritar. Vino y me dijo: «No sabes la treta que he gastado a tus hermanos. ¡Me hecho el furioso y los he engañado a todos!» (Usaba la palabra «treta» en el sentido de «broma»; antes de su enfermedad, a veces se escondía detrás de las cortinas y me daba sustos, diciendo: «¡Vaya treta!» y cosas así). Pero un día que estaba acostado en la cama, en la etapa de bajón, no sé por qué, se sinceró conmigo. Me habló con total desnudez y dijo: «A veces me gustaría pegarme un tiro en la boca, hijo». Yo le pedí que no lo hiciera y respondió que claro que no, pero que a veces le gustaría hacerlo. Esa noche me sentí orgulloso de que por fin me hubiera tratado como un mayor.

 


José Antonio Bonet, alumno de la Octava Promoción del Máster, nació en Madrid y es Licenciado en Empresariales y Filología Inglesa, además de haber estudiado dirección de cine en la ECAM. Como guionista y director, sus cortometrajes Clases de ruso, con Luis Tosar, y Las viandas, con José María Pou, han dado la vuelta al mundo, con más de cuarenta premios en diez países. El tarro de las esencias, su primera novela, está pendiente de ser publicada.


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