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Cartas desde Nueva York: Enrique Aureng
"Tierno boxeador", de Enrique Aureng Cartas desde Nueva York
Por Enrique Aureng Publicado en Cartas desde Nueva York en 22 febrero, 2022 0 Comentarios 24 min lectura
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Carta desde Nueva York: Enrique Aureng

 

El afamado MFA en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York cuenta con Temporalesla revista literaria realizada por sus alumnos en la que se convoca mundialmente a todos los autores que escriben en español. La Rompedora, desde hace algún tiempo, ha estrechado vínculos con esta editorial neoyorquina para favorecer el intercambio cultural entre los alumnos del Máster de Narrativa y los que escriben en aquella orilla del Atlántico.

La última carta que nos ha llegado desde Nueva York es la de Enrique Aureng Silva, alumno mexicano, que nos ha escrito para compartir el relato que hoy, con mucho gusto, publicamos en La Rompedora:

 

Tierno boxeador

 

Me subo al metro y continúo leyendo un libro de cuentos de Vila-Matas que me recomendó Bolaño por medio del propio Vila-Matas.

En un artículo, en un decálogo del buen cuentista, Bolaño invita a escribir cuentos de tres en tres o de cinco en cinco y ya si uno está en plan grande de nueve en nueve y hasta de once en once, dice Bolaño, quien después de advertir que nunca se debe escribirlos de uno en uno ni de dos en dos, sugiere que quien quiera sobresalir en esta necedad de la literatura necesita leer, entre otros libros que no recuerdo ahora, Suicidios Ejemplares de Enrique Vila-Matas. Vila-Matas, que tiene hasta dominio en la internet con todo y puntocom, colocó, como no queriendo, ese decálogo dentro de la sección La Vida de los Otros de su página web y en fin, que tal gesto de autopromoción sirviéndose de sus amigos famosos me apuntó en dirección a los Suicidios, un libro que por otro lado no me ha terminado de encantar. Bueno, ya no digamos encantar, ni que fuera hada madrina (aunque a veces como ahora me imagino la cara de Vila-Matas en el cuerpo de un hada madrina y la verdad que no se ve tan mal); pero para hacer mayor uso del lenguaje digamos mejor que el libro no me ha terminado de enganchar. Salvo hasta ahora, cuando me arranco con el sexto cuento y leo que un tipo cansado de cuarenta años está siguiendo a un viejo de ochenta que a su vez persigue a un hombre de cincuenta quien, entre otras cosas, tiene aspecto de tierno boxeador.

¿Qué carajos es un tierno boxeador? me pregunto y pienso que esas son las descripciones que debo evitar en mis relatos. Tierno boxeador. El Laucha Benítez seguramente que calificaría como un tierno boxeador, pero Piglia nunca, estoy seguro sin estarlo, lo habría descrito con esas palabras, ni a él ni mucho menos al Vikingo. Tierno boxeador, repito mientras el tren se mueve a trompicadas y yo me deslizo sobre el asiento plástico de triste tono azul e intento no tocar los pasamanos. Entonces me viene a la memoria el “Güero”, un boxeador al que conocí tomando clases allá por Salto del Agua, cuando yo tenía diez años menos y todavía creía en eso de que en cuerpo sano mente sana. El Nuevo Jordán, se llamaba el gimnasio en el que decidí pasar gran parte de aquel verano, sin importar que no tuviera la más remota idea de box ni que el ring me quedara a más de una hora de distancia en metro, uno de vagones anaranjados con asientos también plásticos pero de un tono verde desgastado al que me habré subido un millón de veces pero que al final, curiosamente, se siente exactamente igual a éste. ¿Por qué será que todos los vagones de todos los metros del mundo se sienten como si fueran uno mismo? El de Berlín, el de D.C., el del Distrito Federal, el de San Pablo, éste en el que leo a Vila-Matas persiguiendo con cansancio a un tierno boxeador. Igual con los aviones, ¿qué diferencia hay entre el que recién me trajo a esta ciudad del que tomé en febrero o de aquel al que subí hace tres años con rumbo a Bogotá? Todos parecieran ser el mismo avión, aunque a lo mejor, habría que investigarlo, la cosa tiene que ver más bien con uno y con lo que le pasa a uno cuando está viajando, cuando no está en A ni en B ni en C sino en la línea recta o curva entre esos puntos, la línea que la tortuga recorría y que se divide en una décima parte y luego en la décima parte de la décima parte y luego en la décima parte de la décima parte de las décima parte y así hasta convertirse en un trecho infinito. Quizá dejamos de ser nosotros mismos cuando estamos en tránsito, a lo mejor nos separamos, detach from ourselves, dirían los gringos, y entonces quizá por eso es que en la memoria los vagones de metro y las cabinas de avión y los asientos de autobús se nos funden siempre en una sola mancha.

«Es como yo cuando boxeo», supongo que me diría el Güero si estuviera aquí sentado junto a mí, «porque en cuanto empieza el round siento que me salgo de mí mismo y alguien más toma la iniciativa y nomás ponerme los guantes, zas, ya soy otro o más bien otro se vuelve yo, o se mete en mí, no sé si me entiendes, y no se sale sino hasta que suena la campana», me decía el Güero en El Nuevo Jordán cada vez que terminábamos la práctica y a mí se me ocurría compartirle mis cavilaciones. No importaba que yo le hablara de Carla, de la facultad, de mis problemas, de si las ciudades me parecen una y la misma: el Güero siempre, sin fluctuar, lo comparaba todo a lo que él sentía cuando boxeaba.

El entrenador nos pareó casi desde el inicio del verano, o bueno, parear es un decir, porque más bien yo le servía al Güero de esparrin, yo que apenas llevaba una semana aprendiendo a saltar la cuerda y que todavía me enredaba los brazos con la pera y que tenía dos fideos en vez de piernas. Nunca supe por qué el entrenador decidió que el Güero y yo hiciéramos juntos la rutina si éramos tan disparejos a la hora de boxear. Quizá tenía que ver con nuestra piel; quizá el entrenador tenía una especie de deseo, de fetiche, de fijación oculta quiero decir, y vernos a los dos arriba, moviendo el cuerpo en ese baile a contrapunto, como si fuéramos un par de cisnes pálidos, le brindaba una emoción que ni él mismo habría podido definir. O tal vez era una cuestión de pura práctica, al entrenador le interesaba conservar en alto los ánimos del Güero; lo que el entrenador necesitaba era mantener al Güero en forma, bien aceitadito pero sin correr ningún tipo de riesgo, y qué mejor que un esparrin indefenso para preservar sin amenaza su dominio sobre el ring. O a lo mejor  al entrenador yo le caía tan mal yo tan tímido, escuálido, ajeno al barrio y al gimnasio— que desde el mero inicio me puso a sentir candela a ver si así abandonaba El Nuevo Jordán rapidito y por propia iniciativa.

Este tren insiste en moverse a trompicones y yo me sigo resbalando en el asiento hasta que –nada raro, pasa todo el tiempo– el vagón se detiene en mitad del túnel y se queda así por largo rato, tanto que los pasajeros empiezan a desesperarse, a generar muecas de impaciencia, a hacer contacto visual los unos con los otros para después empezar a bocear que esto es una vergüenza, el gobierno lo tiene todo abandonado, nada cambia y pareciera que todo es siempre lo mismo. Es exactamente lo que yo vengo pensando, tengo ganas de decirles, pero en vez sigo leyendo a Vilas-Matas que persigue al viejo que trae un maletín y al tierno boxeador hasta que éste último se detiene de improviso -me pregunto si como se ha frenado el metro- y se mete en una tienda de objetos religiosos. Es semana santa. En el cuento, digo, al menos ahí es Semana Santa, y por eso es que el tierno boxeador sale de la tienda visiblemente feliz y con la figurilla de un Niño Jesús recién comprada.

Qué curioso eso de los tiempos; quiero decir esto de las fechas, del calendario, de la religión y sus caprichos y de la necesidad que tenemos -o que nos han creado- de marcar algunos días con hitos importantes. Será para darle ritmo, una especie de cadencia a lo que de otra forma sería el monótono paso de los días, y pienso que la imagen de un tierno boxeador caminando por las calles con un Niño Jesús entre las manos sería ya de por sí una postal bastante rara pero que si ocurriera en otra época del año que no fuera Semana Santa resultaría abiertamente extravagante, casi tanto como habría sido ver al Güero llegar al ring con sus pantaloncillos blancos y su toga lino verde cualquier otro día que no hubiera sido el veintiocho de cada mes.

«San Juditas, güero», decía el Güero ataviado como el santo patrono de los días veintiocho: huaraches en vez de tenis y un disco dorado colgándole del cuello, del tamaño de un CD, que le brincaba a cada salto y desde el que la luz rebotaba caprichosa haciéndole brillar la cara y esa nariz chata que tenía, dándole un aire de otro mundo, de ligereza, de invencibilidad. Era una transformación casi teatral, digamos de proporciones litúrgicas, y que habría resultado totalmente ridícula si no fuera porque todos en El Nuevo Jordán esperábamos los días veintiochos para verlo a él entrenar tal cual lo haría un apóstol en visión de Pascuas. Aunque para Pascuas, las del cuento, en el que leo que tras comprar la estatuilla del Niño Jesús, el tierno boxeador decide hacer una nueva parada, esta vez en un bar de tapas, para tomarse una cerveza. Mientras él se sienta en la barra, el viejo ocupa una butaca y Vila-Matas se queda cerca de la entrada. El tierno boxeador pide su bebida, el viejo hace lo propio y empieza una danza de miradas trianguladas que se me asemeja mucho a esta que comienzo yo a notar en el vagón, pues en cuanto el tren se ha puesto otra vez en marcha todos los pasajeros han olvidado los bufidos y reclamos ciudadanos para retomar esa actitud tan subterránea que ocurre en casi todos los metros del mundo, la silenciosa coreografía de te voy a observar distraídamente por el rabillo del ojo pero sólo hasta que te percates porque en cuanto lo hagas voltearé hacia otro lado y entonces será tu turno de observarme a mí por el rabillo etcétera, danza que se va expandiendo dentro del vagón ahora que el tren ha dejado atrás la oscuridad del túnel y que resulta casi idéntica a la coreografía de miradas que el Güero provocaba cuando se aparecía por el gimnasio con su toga lino verde.

«Esto de rendirle al santo lo he hecho desde siempre, incluso antes de haber escogido al box como deporte, o mejor dicho, de que el box me escogiera a mí como su marioneta, no sé si me entiendes» me decía el Güero que no solo adivinaba mi asombro sino que también, estoy seguro, podía sentir la extrañeza que su vestidura generaba aún después de tantos años, porque aunque yo no era más que un recién llegado al Nuevo Jordán, el Güero llevaba ya casi una década entrenando ahí. Nunca se lo dije, tal vez sobraba hacerlo, pero siempre supe que era el santo y nadie más quien se le metía en el cuerpo, porque juro -aunque quizá jurar esté de más- que los días veintiocho los movimientos del Güero eran más veloces y sus golpes mucho más violentos que el resto de las tardes en que los dos nos tirábamos jabs, ganchos y swings.

Bólidos. Eso es lo que eran sus golpes, muy parecidos a este tren que toma impulso y ahora ya no para, ni siquiera se detiene a recoger pasajeros en las estaciones de este lado del East River y si lo hace lo hace tan rápido que ni lo noto, aunque tal vez no sea tema de velocidad sino de buena narración pues en el cuento Vila-Matas, quien creyendo que por fin está por descubrir lo que hay adentro del maletín que le ha causado tanta intriga y que él se imagina puede ser hasta una bomba, ve que el viejo saca de su maletín una carpeta en la que Vila-Matas puede leer, a manera de título, Averiguaciones sobre el andar de los terceros. El viejo se pone a escribir algunas notas sobre historias que no son suyas, como no lo son el tierno boxeador que está por acabarse su cerveza ni tampoco la persecución que yo he leído hasta el momento ni mucho menos el relato del que él mismo no es más que un simple personaje, y entonces mientras veo pasar las luces del andén y  creo escuchar las puertas que se abren, chillan y se cierran, pienso en la circularidad de la literatura y en que si los libros están hechos de libros será obvio que los cuentos estén hechos de cuentos y que no es casualidad que éste que ocurre durante Semana Santa le sirva a Vila-Matas para confesar -disfrazándose de viejo octogenario- que lo que él hace normalmente para inventar sus personajes es salir a caminar, escoger a un transeúnte que por algo tan aleatorio como un maletín le llame la atención para después seguirlo, observarlo detenidamente y más tarde incrustarlo en sus relatos, práctica que yo mismo he probado en otras oportunidades pero que he dejado por la paz, en parte porque cada vez que lo intenté no logré sino bocetos superficiales y en parte también porque lo que me funciona a mí es aprovechar este intersticio temporal que los gringos llaman el commute (que no sé si deba traducir al español como traslado) para que, leyendo en movimiento, recuerde a individuos del pasado que por una u otra razón se me hubieran quedado en el olvido pero que siendo rescatados de ese fango amnésico por el efecto del vaivén del metro sobre mi memoria, se conviertan poco a poco en los personajes de mis cuentos, tal y como está pasando ahora con el Güero, quien me dijo en El Nuevo Jordán, después de una de las más fulminantes sesiones de entrenamiento que tuvimos los días veintiocho, que aunque me apreciaba de verdad, ya se había dado cuenta de que él y yo éramos muy diferentes.

«¿Cómo diferentes, Güero?» le pregunté no sabiendo si se refería a diferencias socioculturales o nomás a mi paupérrima manera de boxear. «¿Tú por qué vienes aquí, güero?», me preguntó a modo de respuesta, a lo que le contesté que me había inscrito al Nuevo Jordán porque don Adrián -el papá de Carla, la mujer con la que yo salía, de la que le hablaba al Güero después de cada práctica y de quién quedé por siempre enamorado- había boxeado ahí como treinta años atrás y que pensaba que seguir sus pasos era una buena manera de impresionarlos a los dos. «Pero eso era en el inicio», le aclaré, pues me veía con la mirada de un monaguillo incrédulo, «porque si ahora sigo viniendo a que me dejes como fruta magullada es porque me gusta», dije buscando la aprobación del San Judas Tadeo más vehemente que ese gimnasio hubiera visto nunca mientras el costado, todo amoratado, me aullaba de dolor, más o menos como a Vila-Matas le ha de haber dolido el cuerpo cuando dice que tratando de no perder la pista de sus perseguidos se va de bruces contra el muro de una iglesia en Barcelona, lo que dicho sea de paso se me antoja un poco forzado, quizá porque para esta altura el relato me empieza a parecer ocioso, si no es que un poco largo, más o menos como este viaje en metro que si no fuera por el recuerdo del Güero y de mi fugaz paso por El Nuevo Jordán carecería de toda importancia y se convertiría en uno más de miles que se me han perdido ya en el hoyo negro al que van a acumularse todas las horas traslado que los seres humanos invertimos –casi siempre sin que de ellas saquemos ningún tipo de rédito– yendo de A a B o de B a C (o como lo hacía la tortuga de A a A sobre diez y de A sobre diez a A sobre cien etcétera) sin importar que lo hagamos caminando, volando, corriendo, manejando o deslizándonos en los asientos plásticos del metro.

«A eso me refiero», recuerdo que me dijo el Güero, «¿tú sabes de qué es patrón San Juditas Tadeo?», y después de exhalar un suspiro que además de enfatizar la pausa como que le entrecerró la mirada y hasta le endureció el rostro, añadió que lo que nos hacía diametralmente opuestos no era que para él el box significara pasión, diversión, adicción, terapia, escalafón, vitrina, profesión, religión, drama, principio y fin y que para mí sólo fuera un pasatiempo o un verano o una estrategia para tener a una mujer que con los años dejó claro que por más que yo literalmente peleara por agradar nunca iba a corresponderme y jamás iba a quererme como yo la quise a ella. No: la diferencia entre los dos, según el Güero, era que yo todavía me daba el lujo de hacer las cosas porque me gustaban «aún buscas ser feliz, güero, o al menos lo intentas, pues», dijo extendiendo los brazos para que le ayudara a quitarse los guantes «mientras que yo hago lo que hago porque no me queda de otra, no sé si me entiendes», y la verdad que no le entendí en ese momento, como ahora que estoy a dos paradas de bajar tampoco entiendo que Vila-Matas, tras el golpazo contra la pared, le pierda la pista al viejo que lleva siguiendo ya por un buen par de horas pero alcance a ver que el tierno boxeador entra en una pequeña capillita, a la que se acerca e ingresa sigilosamente para en el interior ser confrontado por el tierno boxeador que lo está esperando y quien, después de encararlo con unos ojos muy oscuros al pie del altar de Santa Catarina, le pregunta que por qué lo ha estado siguiendo desde que compró al Niño Jesús, a lo que Vila-Matas responde que porque le gustaría incluirlo como personaje en uno de sus relatos, cosa que a mí me genera una leve sonrisa pero que pone furioso al tierno boxeador. Me pregunto entonces si Vila-Matas escogió ese adjetivo sólo para que tuviera sentido en este punto del relato y leo que tras dejar claro que él no quiere formar parte de ninguna historia y que todo esto le suena a puro cuento, el tierno boxeador se pone en posición de ataque como para surtirle una buena tunda al pobre Vila-Matas, pero en vez de los amenazantes puños que él describe los que yo veo son los rojizos un poco inflamados que el Güero me tendió al finalizar el entrenamiento y a los que les quité las vendas lentamente, podría decirse que hasta con cariño, a la par de que me revelaba que San Judas no sólo era el santo de las causas muy difíciles, «sino también y sobre todo el de las causas perdidas», dijo el Güero, y como para que no me quedara duda alguna de que sabía de lo que hablaba, me aseguró que yo me iría del Nuevo Jordán en cuanto se terminaran las vacaciones y tuviera que volver a la facultad, y que cuando me convenciera de que ni Carla ni su papá me iban a querer, me buscaría una nueva novia y un suegro normal y paralelamente seguiría estudiando hasta recibirme de arquitecto para luego trabajar, ganar dinero y ser feliz, y que si después de intentarlo me daba cuenta que eso no era lo que yo quería, pues entonces le buscaría por otro lado y luego por otro y luego por otro «y así hasta que encuentres lo que estás buscando. O hasta que te mueras, lo que sea que pase antes, no sé si me entiendes», y se me quedó viendo de una forma que ahora que lo pienso tal vez fuera la de un tierno boxeador, aunque seguramente diferente a la del tierno boxeador que si no ha golpeado a Vila-Matas es porque en ese preciso momento, detrás de una de las columnas de la capilla, maletín en mano, el viejo octogenario se aparece, se acuclilla y esta vez en lugar de la libreta lo que saca es un artefacto que Vila-Matas describe como una bomba de esas que en las películas son contrarreloj. Yo ya no sé si el cuento se sostiene o no pero este tren está llegando a mi destino y como buen transeúnte que siempre anticipa su bajada, cierro el libro y hago presión únicamente con la espalda, para sin tocar los pasamanos, ponerme de pie tal cual lo hizo el Güero aquella vez en El Nuevo Jordán cuando ya sin guantes y sin vendas y sin botas pero aún con la toga lino verde cubriéndole la mitad del pecho terminó de predecir buena parte de mi vida y aseveró con un temple casi estoico, que mientras yo estuviera allá en el mundo buscándome la vida él seguiría ahí, boxeando y a la par sabiendo «de antemano y sin lugar a dudas», aclaró, que él nunca triunfaría en el box ni en ningún otro ámbito porque para acabarla de amolar él no sabía hacer otra cosa que no fuera boxear. «Lo que me convierte en una causa perdida, güero, y por lo tanto exactamente lo contrario a ti, no sé si me entiendes» dijo el Güero, que siempre se preocupó por que yo le entendiera y a quien sobra decir no he vuelto a ver desde que terminó aquel verano del 2011 pero del que escribiré en cuanto salga de este vagón y llegue a mi departamento para tratar de seguir las sugerencias de Bolaño que descubrí en la web de Vila-Matas, aunque no sé si podré escribir otros dos cuentos más para cumplir con el consejo Bolañesco ni si escribirlos de tres en tres quiera decir lo mismo que escribirlos tres en uno, como tampoco sabré si al Güero le habría gustado ser personaje en un relato mío ni lo que Vila-Matas pensaría si supiera que he estado cambiándole la trama a uno suyo ni si el Güero sigue boxeando en el ring del Nuevo Jordán vistiéndose de San Judas Tadeo cada día veintiocho ni si alguna vez habrá pensado en mí como ahora yo estoy pensando en él mientras camino sobre el andén a la par de que el tren acelera y avienta una bocanada de aire tibio a mis espaldas y mucho menos si me moriré antes o después de haber encontrado lo que sea que dijo el Güero que yo estoy o debería de estar buscando.


Enrique Aureng Silva es alumno del MFA en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York. Nació en México y es arquitecto, escritor y traductor amateur. Se graduó de la Facultad de Arquitectura de la UNAM y de la Universidad de Harvard con una Maestría en Estudios de Diseño. Ha sido editor en Open Letters, Oblique: A Critical Conservation Journal y Platform 11 (Actar Publishers, 2018).


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