menu Menú
Cartas desde Nueva York: Lina Munar
"En las montañas", de Lina Munar Cartas desde Nueva York
Por La Rompedora Publicado en Cartas desde Nueva York en 30 noviembre, 2021 2 Comentarios 7 min lectura
Isolda Patrón-Costas, finalista del premio Felipe Trigo Anterior "Cachorros de arena", de Lola Vivas Siguiente

Carta desde Nueva York: Lina Munar

 

El afamado MFA en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York cuenta con Temporalesla revista literaria realizada por sus alumnos en la que se convoca mundialmente a todos los autores que escriben en español. La Rompedora, desde hace algún tiempo, ha estrechado vínculos con esta editorial neoyorquina para favorecer el intercambio cultural entre los alumnos del Máster de Narrativa y los que escriben en aquella orilla del Atlántico.

La última carta que nos ha llegado desde Nueva York es la de Lina Munar, alumna colombiana, que nos ha escrito para compartir el relato que hoy, con mucho gusto, publicamos en La Rompedora:

 

En las montañas

 

Hacía años no tomaba la salida del sur. Desde pequeña la he odiado por las montañas. Sé que perdí algo en ellas, algo importante, pero no recuerdo qué. Es imposible que eso haya sucedido, porque casi nunca voy a las montañas, pero es verdad. Ha sido verdad desde siempre. Me repito que es imposible, que esto es lo que pasa por ser parte de esta familia.
Yo creo que habría tenido chance de ser normal si el abuelo no hubiera crecido en la casa de los espejos encontrados. Esos espejos del comedor donde, mucho antes de entender qué era un reflejo, lo obligaron a verse a sí mismo repetido, no una, ni dos veces, sino miles. Miles de copias sin principio ni final. Uno esperaría que hubiera quitado los espejos cuando heredó la casa, pero no solo los dejó ahí, sino que también nos prohibió tocarlos. Un mandato que, advierte, tiene que sobrevivirlo.
«Que nadie los cubra y nadie los toque», manda a decir siempre que lo llamamos, como si los espejos no estuvieran en su casa. El abuelo está enfermo y no recuerda nuestros nombres, pero sí los espejos. «Que nadie los cubra y nadie los toque.» Les tiene miedo. Nunca lo ha dicho, pero se sabe. Por eso en su casa nunca usamos el comedor, sino la mesa de la cocina.
«El abuelo se va morir esta semana», declaró mamá, pero cuando le dije que fuéramos a verlo respondió que era demasiado tarde. Ella siempre ha dicho que huele la muerte, que huele a narcisos y que, cuando los huele, ya es demasiado tarde.
Cerraron la carretera por el occidente. Si hubiera cualquier otra forma de llegar a la casa del abuelo, la habría tomado. Odio la salida del sur porque no me gustan las montañas. La carretera serpentea mucho y por la neblina no se siente que uno avance. Las montañas no tienen principio ni final. La carretera es angosta y no se ve nada. Adelante parecen parpadear las luces de otro carro. Acelero un poco y veo que es otro carro gris, como el mío, pero pronto lo devora la neblina y no lo veo más.
«Es que a Juana le dan miedo las montañas», decía Manuel, odioso, cuando yo lloraba antes de subir al carro. Entonces papá lo regañaba porque a los hermanos hay que quererlos. Él había perdido a su hermano cuando tenían unos veinte años. El tío Guillo se murió con una camisa color mostaza y un sombrero café. Papá contaba que, cuando eran adolescentes, el tío Guillo tenía una novia a la que visitaba atravesando una trocha en bicicleta. Un día, después de visitarla, el tío regresó pálido. Cuando le preguntaron qué había pasado, dijo que en la trocha se había encontrado con un hombre en bicicleta que iba en la dirección contraria. Dijo que venía de camisa mostaza y sombrero café y que cuando lo vio de cerca se dio cuenta de que era él. La abuela le dijo que de noche todos se parecen a uno. Nadie pensó en esa historia hasta que, años después, el tío Guillo se murió en esa misma trocha, con una camisa mostaza y sombrero café.
Las luces del carro se reflejan contra la baranda plateada que va enmarcando la carretera. Adelante, hay un punto en el que la baranda está completamente retorcida, destruida. Por ahí se debe de haber caído un carro, un carro que desapareció por el barranco. No miro demasiado al valle: temo ver al tío Guillo, con su camisa mostaza y su sombrero café que levanta para saludarme.
«Es que a Juana le dan miedo las montañas.» Pero ese es el problema: que no me dan miedo y deberían darme. Sé que deberían darme, porque perdí algo en ellas y no recuerdo qué. El abuelo siempre ha tenido miedo de quedarse atrapado en los espejos del comedor. Nunca lo ha dicho, pero se sabe. La abuela reza mucho por él. Reza más por él de lo que le habla. No solo ahora que está enfermo, desde siempre.
La abuela le reza a la Virgen María porque le tiene miedo. Dice que cuando tenía once años se le apareció en la quebrada donde estaba jugando. «Al principio no sabía quién era», era una mujer toda de blanco. Sintió que un viento le helaba las piernas, pero los árboles no se movían. Nada se me movía, ni siquiera la quebrada. Sabía que la mujer la había estado mirando toda su vida, desde siempre. La Virgen le sonrió y con un gesto la llamó. La abuela la siguió. Se habría ahogado, si unos pescadores no se hubieran metido a salvarla.  La abuela no volvió a la quebrada.
Atrás, un carro pone las luces plenas y las vuelve a bajar. Por el espejo parece ser otro carro gris. Aunque desacelero, no me alcanza. Las luces desaparecen. En la curva el barandal tiene un hueco en el que se ha deslizado un carro, otro carro gris que ha quedado volteado sobre el barranco. No sé si lo he visto de verdad, porque cuando me asomo, la neblina lo ha cubierto.
«Que nadie los cubra y nadie los toque.» Tal vez alguien cubrió los espejos del comedor, es eso. Tal vez huele a narcisos porque el abuelo ha muerto.
El problema es que me gustan las montañas y no deberían gustarme.
Adelante, reaparece el carro gris. Es intermitente. Desaparece por un momento y acelero un poco para hacerlo reaparecer. A medida que se acerca a la curva enciendo las luces plenas para advertirle. Lo oigo derrapar y estrellarse. Oigo el metal golpeándose, el cristal que se rompe, y de repente los labios me saben a sangre. Cuando paso por la curva no hay carro y la baranda está intacta. La veo acercarse, pero no quiero frenar.
Me gustan las montañas. Ha sido verdad desde siempre. Sé que no deberían gustarme porque busco algo en ellas, algo importante, y no recuerdo qué.


Lina Munar es alumna del MFA en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York. Licenciada en Deerecho por la Universidad de Los Andes, Bogotá, en donde también completó una opción en Creación Literaria. En el 2017 ganó la XXII edición del Concurso de Cuento Ramón de Zubiría de Los Andes y obtuvo el segundo lugar en el Concorso Letterario “Con il cuore” de Cesena, Italia. Ha publicado cuentos en los libros Bogotá Cuenta (2014) y Cuentos del altillo (2016), así como varios artículos en UNA la revista de Derecho de Los Andes y la revista de periodismo 070 en donde publicó su primera crónica. Ha trabajado escribiendo cuentos para Colombia Diversa con base en testimonios de víctimas LGBTI del conflicto armado colombiano y actualmente hace traducciones para la Comisión de la Verdad de Colombia y el Instituto Internacional de Derecho Humanitario de San Remo.


Anterior Siguiente

Responder a Yadira Morales Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Cancelar Publicar el comentario

  1. Narrativa llena de encanto, evocaciones sutiles y ese halo especial que, cuando existe, se convierte en el transporte idóneo que conduce al lector al mundo de inspiración de la escritora. Disfruté mucho leyéndola. Muy talentosa artista!

keyboard_arrow_up