menu Menú
Entrevista a Rubén Abella
«Escribo porque quiero hacer sentir a los demás la conmoción que siento yo cuando leo.» Rubén Abella Entrevistas
Por Humberto Franco Publicado en Entrevistas en 9 febrero, 2021 0 Comentarios 12 min lectura
El guardián Anterior Marisol Torres en Nueva York Siguiente

Entrevista a Rubén Abella

 

© Rosa Jiménez

Rubén Abella es doctor en Filología Inglesa por la Universidad de La Rioja y ha cursado estudios de postgrado en las universidades de Tulane (Nueva Orleans, Estados Unidos) y Adelaida (Australia).
Su primera novela, La sombra del escapista, recibió en 2002 el Premio de Narrativa Torrente Ballester y con su segunda, El libro del amor esquivo, resultó finalista del Premio Nadal en 2009. En 2007 No habría sido igual sin la lluvia mereció el Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos, feliz incursión en el género del microrrelato que quedó revalidada en 2010 con Los ojos de los peces. Sus tres últimas novelas son Baruc en el río (2011), California (2015) e Ictus (2020). Su libro de relatos Quince llamadas perdidas ha sido galardonado con el Premio Kutxa 2020.
Rubén compagina la escritura con la fotografía y la docencia. Ha impartido cursos y conferencias sobre diversas materias en universidades de todo el mundo y es profesor de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid y, como bien sabemos, también de la Escuela de Escritores.
Para celebrar su reciente galardón literario y también con la curiosidad de saber más sobre su experiencia escribiendo relatos, La Rompedora se ha reunido con Rubén en el afamado Oliver’s House, lugar de reunión para escritores. Amable y generoso a la hora de compartir sus vivencias, Rubén nos ha permitido colarnos hasta la cocina con todas nuestras preguntas. Sus lectores notarán de inmediato cómo sus respuestas hablan igual que su prosa narrativa: con todo el peso de la verdad dicha con palabras llanas, con ese mismo diálogo templado e inteligente. Y como cada vez que uno se encuentra en inmejorable compañía y charla, el tiempo se nos fue más pronto de lo que esperábamos.

Acabas de publicar un libro de cuentos. Hemos leído tus novelas y tus microrrelatos. ¿Cómo vino la picazón por un libro de, ni más ni menos, quince relatos?


Escribo por intuición, al menos en lo que se refiere los géneros narrativos. Escucho con atención las historias que me bullen en la mente y ellas mismas me dicen cuántas palabras hacen falta para contarlas. Unas veces son setenta mil. Otras cien. En cuanto al número de cuentos del libro, la primera versión tenía diecisiete, pero quité dos porque no encajaban en el conjunto y porque tenía mucho más sentido que fueran quince. Quince llamadas perdidas es, además del título del libro, el de una de las historias. En ella, un adolescente despierta aterido a la orilla del río Manzanares después de pasar la noche drogándose y bailando en la sala La Riviera de Madrid. Al sacar el móvil del bolsillo, ve que tiene quince llamadas perdidas de sus padres. Aunque vive lejos, se va a casa a pie pensando que el paseo le ayudará a entrar en calor y a prepararse para la bronca inminente. Al igual que esas llamadas paternas no contestadas, los cuentos del libro son, a nivel simbólico, quince aldabonazos en la puerta de los lectores, quince timbrazos sin respuesta.

¿Cuándo está realmente acabado un relato? ¿O es que jamás llega a estarlo del todo?


Creo que era Borges quien decía que publicaba para dejar de corregir. Si aceptamos la premisa de que en general la narrativa refleja la vida, estaremos de acuerdo en que cada historia que empezamos a contar podría conducir a mil finales distintos. Como la vida, la escritura está llena de bifurcaciones, de esquinas que no doblamos, de senderos que se descartan. En definitiva, de historias posibles que jamás contaremos. Escribir es, en ese sentido, un esfuerzo inútil por contener algo que no tiene límites. Y luego, por supuesto, está el lenguaje: los infinitos ajustes que pueden hacerse para redondear una frase, para hacer que un sustantivo brille como merece. Pero en algún momento hay que decir basta. De lo contrario nos pasaríamos la vida escribiendo la misma historia. Quizás lo hagamos, de todos modos.

Tus obras están armadas, igual que la ebanistería fina, con estructuras que encajan perfectamente. El cuidado en la selección de cada frase de este libro remata en relatos a los que no les sobra ni les falta nada. Quince historias que crecen independientes pero que, bajo tierra, han entrelazado sus raíces. ¿Por qué elegiste esta estructura?


Todos mis libros, incluidos los de microrrelatos, los concibo como seres orgánicos, dotados de una morfología interna que les proporciona unidad, cohesión y, en última instancia, sentido. Los cuentos de Quince llamadas perdidas están enlazados unos con otros mediante un sistema de vasos comunicantes. Hay protagonistas que reaparecen como personajes secundarios en historias que no son las suyas. Hay hilos narrativos que se interrumpen para resurgir y resolverse varios cuentos más adelante. Hay acciones cuyos efectos se descubren en relatos distintos de aquellos en los que se llevan a cabo. Y luego está Madrid, que imprime sobre el conjunto una textura rugosa y, al mismo tiempo, esperanzadora. Me parece que este tipo de estructura enriquece el libro. Yo no he inventado nada, que conste. Hace más de un siglo que Sherwood Anderson publicó Winesburg, Ohio, un libro de cuentos entrelazados al que debo mucho y que siempre me ha servido de inspiración.

¿Por qué escribir? ¿Qué buscas transmitir a los lectores con tus historias?


Dice António Lobo Antunes —y yo estoy de acuerdo— que a esa pregunta cada escritor puede dar quince o veinte respuestas verdaderas, aunque seguramente ninguna sincera del todo pues lo cierto es que nadie sabe de verdad por qué escribe: es como preguntarle a un manzano por qué da manzanas. Para Kafka, por ejemplo, escribir era la única posibilidad de vida interior. Italo Calvino escribía para aprender cosas que no sabía y porque nunca estaba satisfecho de lo que había escrito. Virginia Woolf tejía ficciones porque el peso de la realidad la abrumaba y Gabriel García Márquez para que le quisieran. Yo escribo, esencialmente, porque me lo pide el cuerpo. Y porque miro a mi alrededor y hay un montón de cosas que no me cuadran. Y porque me intriga hasta dónde puede llevarme lo que escribo. Y porque hay pocas cosas más bellas que el lenguaje. Y porque quiero hacer sentir a los demás la conmoción que siento yo cuando leo. Y porque si no escribiera, no sabría qué hacer al levantarme por la mañana… Podría seguir dando porqués, pero el primero es el bueno.

Hablemos de la mirada del escritor —la tuya, además, es también de fotógrafo—. A la hora de escribir, ¿hacia dónde miras más, hacia fuera o hacia dentro?


Para mí escribir es ante todo un proyecto estético, entendiendo lo estético no como la búsqueda superficial de lo bello, sino como un posicionamiento moral ante el mundo. Lo estético va más allá de las apariencias, pues está indisolublemente unido a la verdad. Mi proceso creativo suele ir de dentro hacia fuera. Nace de una necesidad interior, a menudo inexplicable, y busca en el mundo exterior las formas visibles que lo representen. Escribir es, creo yo, tender un puente firme entre ambas cosas. En este sentido, el proceso de la creación narrativa es similar al de la lectura: nunca encontraremos en una obra literaria nada que no tengamos ya dentro. Pero en alguna ocasión el proceso también ha sido el contrario, por ejemplo en No habría sido igual sin la lluvia, que nace a partir de unas fotografías que tomé en Cuba. En este caso primero miré hacia fuera y luego hacia dentro para entender qué significaba —qué podía significar— lo que había visto.

¿Existe el bloqueo?


Por supuesto. Puede durar horas o años, incluso convertirse en un mal permanente, y ha hecho sufrir a innumerables escritores de mérito. A bote pronto me vienen a la memoria Tolstoi, Fitzgerald, Truman Capote, Juan Rulfo… Me llaman la atención los autores que presumen públicamente de no haberlo padecido. Es como vanagloriarte en un hospital de estar sano. Me parece un poco temerario, un innecesario desafío a la suerte. Por muy bien construida que esté tu casa, nunca sabes cuándo van a aparecer las goteras.

¿Hay autores, títulos o estilos que recuerdes gratamente como influencias literarias? Por otra parte, ¿hay alguno que jamás volverías a buscar en la estantería?


Decidí que quería ser escritor de adolescente al leer Mientras agonizo, de William Faulkner. No entendí casi nada, pero quedé deslumbrado por el poder de su lenguaje. Así aprendí que en literatura uno no tiene que comprenderlo todo, que hay cosas esenciales que ocurren bajo los radares de lo inteligible, a un nivel más profundo. También me ha influido mucho Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Lo abra por donde lo abra, siempre logra emocionarme. Otros autores que me han marcado son Robert Walser (El paseo), E. L. Doctorow (Ragtime), Milan Kundera (La insoportable brevedad del ser), Álvaro Mutis (La última escala del Tramp Steamer), Lucia Berlin (Manual para mujeres de la limpieza), John Williams (Stoner), Agota Kristof (El gran cuaderno), Philip Roth (Elegía), Dostoievski (Crimen y castigo)… En los últimos tiempos me han deslumbrado Kent Haruf (La canción de la llanura) y Colum McCann (Que el vasto mundo siga girando). Y no dejo de revisitar los clásicos. Hace poco releí Hamlet y su poder sigue intacto. Por supuesto hay un montón de libros que me han decepcionado, pero no tiene sentido hablar de ellos. No son más que un daño colateral —poco grave— de la lectura.

La corrección. La faena donde se quedan muchos que quieren escribir. ¿Hay algún consejo que puedas darle a quienes están en esa cuesta?


Curiosamente, la corrección es para mí una de las fases más placenteras del proceso de escritura. La trama ya está construida, con todo el trabajo que eso supone, y puedes dedicarte a pulir, a mimar los detalles, a iluminar conexiones dentro del texto que antes, cuando estabas ocupado levantando la historia, te habían pasado desapercibidas. Hace falta tenacidad, eso sí. Pero lo mismo puede decirse del resto del proceso. ¿Un consejo? Que visualicen el final, que ya está cerca. Abandonar una novela en la fase de corrección es como nadar kilómetros para ahogarte en la orilla.

¿Cuál es el obstáculo más grande que has tenido al escribir? ¿Cómo lo has vencido?


Escribir es una carrera de obstáculos. No me estoy quejando, sólo constato un hecho. A las dificultades propias del oficio se suman las externas. No escribimos en una burbuja. Quien más y quien menos, todos formamos parte de un microcosmos en el que también hay maridos, esposas, hijos, novios y novias, trabajos, amigos, hipotecas, facturas que pagar y otras muchas preocupaciones. Puede ser complicado abrirle un hueco a la escritura en el maremágnum que casi siempre es la vida. El secreto está, como pasa con casi todo, en encontrar un equilibrio. Yo aún estoy en ello.

Eres doctor en Filología Inglesa —entre otros posgrados en literatura—, has viajado por todo el mundo, constantemente te vemos por museos o con la cámara al hombro. ¿Qué viene mejor al escritor, los viajes en avión o los que se hacen a través de una ventana? ¿Dónde se nutre más tu narrativa?


Cada escritor es distinto. Yo suelo decir —más en broma que en serio— que hacer siempre lo mismo embrutece. De vez en cuando uno tiene que abandonar el “cuarto de los espíritus”, como lo llamaba Robert Walser, y ver mundo o ir al cine o visitar una exposición. A mí los aviones me hacen bien. Me abren los poros. Me dan ideas. Me alimentan la imaginación. Me recargan las pilas para seguir escribiendo. Pero lo que me funciona a mí no tiene por qué funcionarle a otros. Hay escritores a quienes les basta con asomarse a la ventana, y me parece perfecto.

Si no fueras escritor ni rondaras el universo literario, te hubiera gustado ser…


Si no fuera escritor, me gustaría no ser nada en particular. Imagínate, que alguien te pregunte a qué te dedicas y puedas responder con toda tranquilidad: a nada.

¡Muchas gracias, Rubén!


Anterior Siguiente

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cancelar Publicar el comentario

keyboard_arrow_up