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Entrevista a Lola Vivas
«Lo que me interesa es la dialéctica entre realidad y su desdoblamiento, la contradicción intrínseca del yo frente al otro en el mundo.» Lola Vivas Entrevistas
Por Humberto Franco Publicado en Entrevistas en 23 febrero, 2021 0 Comentarios 12 min lectura
Alejandro Manrique en Fábula Anterior Siguiente

Entrevista a Lola Vivas

 

Lola Vivas es alumna de la Cuarta Promoción del Máster, nació en Madrid y, además de dedicar su vida a las artes plásticas como diseñadora, pintora y escultora, también es escritora. Ha colaborado en la prensa como articulista sobre el arte, así como en diversas exposiciones a su cargo, como comisaria. Es fundadora y directora de Cafebrería Ad Hoc, un espacio cultural-librería en Pozuelo de Alarcón (Madrid), ahora en vías de ser reinaugurado, donde se alberga la Sede Noroeste de la Escuela de Escritores, donde también funge como profesora de Escritura Creativa y Relato Breve. Es autora de dos novelas, Hola, tesoro y Oscilación, y algunos de sus relatos han sido publicados en varias antologías (Diez relatos de mujeres, de la editorial Torremozas, y Queda la música y Tic Tac Tic Tac, editados por la Escuela de Escritores), y en revistas literarias (Cuentos para el andén).
Hoy La Rompedora se ha reunido con Lola en nuestra ya clásica mesa de entrevistas en Oliver’s House. Después de haber dedicado un artículo de la sección de Rompedores a la presentación de su libro de relatos Cachorros de arena (Torremozas, 2020), ha llegado el momento de cumplir con nuestra amenaza de entrevistarla. Por suerte Lola no solo tiene el don de la creación artística sino también el de gentes. Mediando refrigerios a cargo de nuestro célebre anfitrión, Oliver, Lola nos ha obsequiado una charla más que agradable e inteligente. Como es ella, en pocas palabras. Y ahora compartimos con ustedes lo que nos contó.

Empecemos por tu libro. Treinta y tres relatos, ni más ni menos. Cuéntanos un poco sobre cómo nacieron estos chachorros de arena.


Pues te cuento: el nacimiento de Cachorros de arena fue bastante gradual, los relatos fueron haciéndose poco a poco; de hecho, el título del libro es el de uno de los relatos y el motivo por que lo elegí es porque, al escribirlo, me di cuenta de lo que quería contar: arrojó mucha luz a lo que estaba buscando desde hacía tiempo. Y no creas que fue el primero que escribí, ni mucho menos; llevaba ya más de la mitad de los treinta y tres. Siempre he escrito así, persiguiendo algo interno que no sé muy bien lo que es hasta que comienza a revelarse en el proceso de escritura. Sí, la palabra que más se acerca al proceso que sigo es revelamiento.

Lo inquietante, una atmósfera irracional, las anomalías. Se ha dicho que tus relatos buscan remover a tus lectores. ¿Cuál definirías tú como el tema principal que reúne a estos 33 relatos y por qué lo elegiste?


Me interesa la brecha, lo que amplifica la realidad y hace que lo que aparenta ser solo una cosa, sean dos o más. Para mí, el germen de cualquier proceso de creación está en esa multiplicidad, aunque sé que lo tranquilizante es justo lo contrario, es decir,  lo que reduce las cosas y los procesos a la normalidad, a lo cotidiano y lo unívoco. En ese sentido entiendo que mis relatos tienen esa atmósfera inquietante e irracional, que no es tanto algo buscado sino más bien el resultado de esa forma de entender las cosas. Y en cuanto a lo de remover a mis lectores, me alegra que me lo digas porque entiendo que eso significa que la lectura de mis cuentos no les deja indiferentes, algo que para empezar ya es mucho. Pero tampoco es algo premeditado, tengo que admitir que no tengo ninguna intención concreta hacia el lector cuando escribo, me centro únicamente en el proceso.

Y en cuanto al tema principal, diría que es lo anómalo dentro de lo cotidiano, esa especie de ilegalidad que sucede en las relaciones y en el entorno más cercano. No busco un sentido único, ni aleccionador, ni siquiera testimonial de la realidad; lo que me interesa es la dialéctica entre realidad y su desdoblamiento, la contradicción intrínseca del yo frente al otro en el mundo, y cómo la palabra se convierte en acción y define nuestros movimientos, nuestros límites, y deja al descubierto el deseo que subyace.

Eres pintora, escultora, fotógrafa… ¿pero por qué escritora? ¿Qué encuentras en la escritura?


Creo que ahí te has pasado, Humberto, aunque me halaga que me creas capaz de tantas cosas. Nunca he sido fotógrafa, como mucho he experimentado con el collage digital. Y la escultura fue de alguna forma mi lenguaje de formación que, en un principio, me resultó más cercano. Sobre todo porque utilizaba como base el barro, lo que supone un contacto directo y maravilloso que se presta mucho a la inmediatez de la expresión. Pero trabajé la escultura poco tiempo porque pronto me di cuenta que no era eso lo que buscaba. Luego estuve durante mucho tiempo –cerca de veinte años– dedicada casi por completo a la pintura. Y de ahí pasé a la escritura, creo que como una consecuencia de mi evolución personal. De todos modos, para mí, como para muchos artistas, ninguno de los lenguajes fue nunca algo estanco. Es decir, ya escribía entonces, aunque lo hacía como apoyo a la pintura. Y, si dejé de pintar en un momento determinado, no fue porque me dejara de interesar la pintura sino porque me di cuenta de que la imagen ya no era suficiente para lo que estaba buscando y necesité de las palabras para ahondar en el sentido. Como dice John Berger: “Lo que sabemos o lo que creemos afecta a cómo vemos las cosas”, y yo nunca estuve de acuerdo con la frase hecha de “una imagen vale más que mil palabras”. Por tanto, lo entiendo como una etapa más en mi camino, algo que simplemente he necesitado hacer. Pero el proceso de creación en la pintura y en la escritura para mí son muy parecidos, así que no entiendo el paso de uno a otro como una ruptura, sino como una evolución necesaria.

Si bien los lectores son tan únicos como sus experiencias vitales, ¿qué impresión te gustaría dejar en ellos, en general, con tu libro?


Lo cierto es que lo único que me interesa es que los lectores lo lean. Creo que la impresión que deje en ellos no depende tanto ni de mí ni tan siquiera de los relatos, sino de ellos mismos. Siempre he pensado que, cuando leemos, nos leemos a nosotros mismos. Por eso surgen las filias y las fobias que a veces la lectura nos produce.

¿Qué fue lo que más te sirvió en el proceso de corrección de Cachorros de arena? ¿Cuál es tu sugerencia para quienes empiezan a escribir y se enfrentan a esta faena?


Una de las partes de las que más disfruto de todo el proceso de escritura es la corrección de los textos, una vez han tomado una forma más o menos definitiva sobre el papel. Hasta ese momento el proceso de escritura es una mezcla de placer y de búsqueda angustiosa, algo lento que nace casi siempre del rechazo o, como decía Julio Cortázar, “un enorme coágulo, un bloque total que ya es cuento, algo que es clarísimo aunque nada pueda parecer más oscuro”. Pero una vez está fuera esa “criatura” que es el cuento, adquiere una entidad independiente y entonces enfrento la corrección como un cara a cara que me resulta muy estimulante. El texto se convierte en “otro” al que interpelar.

Aconsejaría a quienes empiezan a escribir que entiendan el trabajo de corrección como una parte importantísima dentro de todo el proceso. Que dejen pasar un tiempo antes de corregir o reescribir y, sobre todo, que no tengan ninguna compasión a la hora de eliminar todo aquello que no sea esencial y que no funcione en la dirección del texto. Hay frases o párrafos bellísimos que se cargan un relato de la misma forma en que hay relatos que crecen muchísimo eliminando lo superfluo. Hay que ser implacable.

Eres una graduada de la Cuarta Promoción del Máster de Narrativa. ¿Cómo valorarías tu experiencia durante estos años después del curso?


Mi paso por la Escuela de Escritores y en particular por el Máster de Narrativa ha sido algo muy determinante para mí, ya que sucedió en un momento vital de cambio, y muchos de los profesores me animaron y ayudaron a tomar importantes decisiones. Aprendí mucho, hice grandísimos amigos que conservo –incluso a día de hoy mantengo una tertulia con escritores que conocí allí– y, en general, para mí fue un estímulo enorme.

¿Cuál ha sido tu mayor obstáculo para escribir? ¿Qué te ayudó a superarlo?


Mi mayor obstáculo a la hora de escribir soy yo misma. Y también soy yo misma la única que, una y otra vez, me ayuda a superarlo. Me refiero a que tengo cierta tendencia a posponer, inventándome todo tipo de excusas y ocupaciones varias, el momento de sentarme a escribir. No es pereza o desidia; sino básicamente miedo. Es algo que me sucede constantemente. Una y otra vez tengo que forzarme a hacerlo y establecer alguna rutina para superar ese rechazo.

Enseñar es también aprender. Sabemos, por tus alumnos, que tus talleres literarios en Cafebrería ad Hoc han alcanzado con mucho éxito la misión de ofrecer un espacio donde se nutren la escritura creativa y otras artes. Cuéntanos un poco sobre tu experiencia como profesora de escritura.


Ser profesor es algo bellísimo. Yo he tenido la suerte de tener profesores estupendos como Ángel Zapata, Javier Sagarna o Ignacio Ferrando, de los que he aprendido mucho a la hora de ejercer yo misma como profesora de escritura. Diría que una de las mejores enseñanzas es darte cuenta de que ser profesor es, de alguna forma, ser una guía, alguien que ayuda al alumno y lo apoya en su búsqueda personal. Y para eso hay que estar muy atento y a la vez ser muy cauteloso. Atento, para tratar de entender qué eso que el alumno busca, y cauteloso, para saber guiarlo sin interferir en su propio proceso.

¿Hay autores, títulos o estilos que recuerdes gratamente como influencias literarias? Por otra parte, ¿hay alguno que jamás volverías a buscar en el librero?


En mi caso –como les ocurre a muchos escritores– las influencias son muchas y variadas. No soy muy mitómana, con lo que me gusta leer cosas diversas y de géneros literarios distintos. Así que podría citar autores tan dispares como mi admiradísimo Kafka, Joseph Roth o Felisberto Hernández; a escritoras norteamericanas como Flannery O´Connor o Carsons Mc Cullers, o más recientes como Amy Hempel o Lydia Davis. También me interesan mucho Cartarescu, Herta Muller o Fleur Jaeggy. En fin, quizá el único denominador común sea que sobre todo últimamente me inclino más hacia la literatura escrita por mujeres.

En cuanto a lecturas o autores que no volvería a leer también los hay (y muchos), pero me parecería de mal gusto dar nombres concretos. Lo que sí puedo decir es que no tengo ningún reparo a la hora de dejar de leer algo que no me interesa.

Si no fueras escritora o pintora, ¿a qué te hubiera gustado dedicarte?


Me resulta muy difícil imaginarme no siendo lo que soy y, aunque reconozco que muchas veces he fantaseado con todo lo que podría hacer sin esta pulsión –a ratos el ansia de crear es un yugo–, estoy convencida de que una y otra vez volvería a lo mismo. No hay nada que me fascine tanto como la creación.

¡Muchas gracias, Lola!


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