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Entrevista a Lotte Lentes
«Los escritores tenemos una obligación que atender: dejar que nuestras historias sean una distracción de la realidad, brindar alegría y consuelo.» Lotte Lentes Entrevistas
Por Roberto Osa Publicado en Entrevistas en 27 abril, 2021 0 Comentarios 22 min lectura
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Entrevista a Lotte Lentes

 

Hace algún tiempo, dedicamos nuestra sección de Rompedores a Lotte Lentes, escritora de origen alemán, y a la llegada a las librerías españolas de su novela, La arena del desierto (Lengua de Trapo), traducida por Irene de la Torre.

Como siempre que uno de nuestros alumnos del Máster de Narrativa publica un libro, La Rompedora ha sentido ese pellizco por asomarse a la ventana del escritor para ver cómo trabaja. Siendo que Lotte viene de Wintertuin, nuestra escuela hermana en Holanda y es, por tanto, familia en esta casa, hemos querido entrevistarle a fondo sobre su libro y lo que para ella representa la escritura.

Para coronar esta entrevista, le hemos preguntado a nuestro estimado Roberto Osa, de la IV Promoción, si se animaba a entrevistar a Lotte, ya que ambos participaron en la primera edición del proyecto CELA como escritores emergentes. Sin perder un minuto y con ese don de gentes y tono seguro que le distinguen, Roberto asumió su papel como entrevistador para entablar un diálogo inteligente y por demás sustancioso con Lotte.

A continuación, compartimos lo que ambos escritores comentaron sobre La arena del desierto, la escritura creativa y el impacto que esta tiene en la sociedad actual.

¡Gracias, Lotte y Roberto, por su generosidad y compañerismo!

Háblanos acerca del germen de La arena del desierto, ¿cómo nace esta historia?


Estuve en Bruselas durante un ataque a un museo judío, pero de eso me enteré hasta que volví a casa y vi las noticias. Sentí como si hubiera sido parte de algo terrible, pero de inmediato traté de sacudirme esa sensación: debido a una coincidencia, estuve físicamente cerca de un lugar donde algo terrible había sucedido, pero eso tampoco significaba que yo hubiera participado. Después de todo, ni me había dado cuenta. No tenía ningún derecho a sentir ansiedad o peligro y, sin embargo, al pasar los días, comencé a preguntarme si aquello de verdad era así. ¿De verdad era totalmente ajena al atentado o solo me decía esto para tomar distancia, para mirar a otro lado? ¿La guerra en Medio Oriente, el alzamiento del Estado Islámico y la amenaza invisible del terrorismo en Europa eran, en realidad, algo muy lejano para mí? Por supuesto que todo esto me casó una gran impresión pero jamás un verdadero impacto en mi vida diaria.
Después de una semana, atraparon al terrorista responsable del ataque. Era un francés que había pasado tiempo en Siria. Seguí el caso en las noticias, sobre todo a través de medios extranjeros. Así fue como empecé a investigar sobre yihadistas extranjeros. Me topé con una visión amplísima sobre distintas personas con historias muy diversas, un mundo del que no sabía nada en ese momento. Aunque eran cientos (la mayoría chicos y hombres adultos) quienes ya habían emigrado de casi todos los países europeos hacia el Estado Islámico a mediados del 2014, había muy poca cobertura mediática al respecto.

¿Cómo fue el proceso de investigación y documentación?


Soy una adicta a la investigación; quiero saberlo todo. Es una cuestión de respeto, creo. Solo si he hecho todo lo posible por comprender un tema en específico, por escuchar todas las perspectivas y conocer todos los hechos, entonces me permito pensar en escribir ficción. Por supuesto que es una ilusión creer que uno puede realizar una investigación completa, pero luchar por conseguirlo siempre ha funcionado para mí: solo así siento que me he ganado la libertad de crear usando mi imaginación.
Para La arena del desierto esto fue particularmente complicado, pues no encontré muchas fuentes de información confiables y mucha de la que estaba disponible ya había sido conducida según ciertos discursos. Sobre la salida de niños y jóvenes de Europa a Siria, prácticamente no había nada, siendo que esto estaba sucediendo en ese mismo momento. Clases completas estaban desapareciendo pero nadie sabía exactamente por qué o cómo, ni dónde acababan estos niños después de cruzar la frontera. Solo había testimonios individuales y mucha especulación. Entonces leí libros, miré documentales e investigué sobre el alzamiento del Estado Islámico y las pugnas por el poder que marcan la historia del Medio Oriente, pero gran parte de mi investigación la realicé en internet y sobre eventos que estaban sucediendo en tiempo real. A través de las redes sociales y foros seguí a personas que vivían en el Estado Islámico o instruían a otros sobre cómo llegar allá. También hablé con trabajadores sociales que atendían a jóvenes radicalizados (sobre los que se quedaban y los que se iban), a modo de entender mejor lo que es la radicalización y cómo funciona.

La historia está contada en primera persona por Majid, un soldado del ISIS. No parece un terrorista, solo un chaval. Me resulta muy interesante la humanización, ponerse en la piel de lo que cualquiera consideraría un monstruo. ¿Por qué elegiste este punto de vista?


Porque no creo que ser un terrorista y un niño común y corriente sean, por definición, opuestos. Ese fue el gran reto para mí en La arena del desierto. Para crear a Majid tuve que dejar atrás mis prejuicios, mi definición de lo que un terrorista era o podía ser. Al mismo tiempo, deseaba mantenerme imparcial. Es muy fácil decir que porque alguien tuvo una mala infancia se convertirá en terrorista. Una mala infancia no es un mitigante para cometer actos terribles. Es un hecho que nadie nace terrorista. ¿Qué hace que alguien se convierta en uno? La respuesta es bastante compleja. Intenté capturar esa complejidad en Majid, intenté dejarle ser ambos: el terrorista y el chico común y corriente. Además, no olvides que muchos de los que emigraron a Siria no tenían idea de dónde se estaban metiendo. Se les dibujó una imagen falsa de lo que es la vida en el Estado Islámico, hubo un departamento de propaganda completo dedicado a ello. En cuanto estas personas cruzaban la frontera no había vuelta atrás. Eso no justifica sus decisiones, pero conocer todo este contexto sí que cambió mi opinión.

La violencia está a punto de desatarse en varios momentos. Sin embargo, nunca llegamos a verla. ¿Qué importancia tiene en este texto y por qué eliges no mostrarla explícitamente?


Para la historia necesité más la amenaza de la violencia que la violencia misma. Era importante mostrar que, lo que la violencia simboliza (por ejemplo, en la propaganda usada por el Estado Islámico) puede ser algo muy distinto a ejecutar esa misma violencia. La propaganda del Estado Islámico tenía la misma estructura que una película de Hollywood, solo que “lo bueno” y “lo malo” estaban al revés. Igual que en estas películas, la violencia estaba justificada para alcanzar un fin mayor. Esto estaba en línea con una forma de narrativa a la que nosotros, en el oeste, estamos muy habituados, lo que la vuelve muy efectiva. Sobre todo entre los jóvenes que ya habían crecido, por ejemplo, con videojuegos en los que la violencia es glorificada. Pero eso no significa que estuvieran, de buenas a primeras, cómodos con el uso de la violencia en el mundo real. Quería que Majid dudara en tomar una pistola, en tirar del gatillo, porque muchos de los yihadistas extranjeros se dieron cuenta de que aquello no era nada parecido a lo que habían imaginado o a lo que les habían contado; del mismo modo que vivir en el Estado Islámico estaba lejos de lo que les habían prometido.
Como historia al margen: Encontré muchísima violencia sin sentido durante mi investigación. Hubo un tiempo en que el Estado Islámico transmitió decapitaciones casi todos los días. El tema con la violencia es: por un lado es tan impactante que te paraliza, te hace imposible querer mirar qué hay detrás de tanta atrocidad; por el otro, si ves o experimentas mucha violencia, te puedes acostumbrar a ella, llegando a tolerarla cada vez más. La tremenda cantidad de imágenes horribles me dejaba nula. Entonces supe que debía dejar de mirar a la violencia misma para concentrarme más en todo lo que la hacía posible.

¿Qué semejanzas encuentras entre dos jóvenes como Majid y tú misma?


Durante mi investigación, descubrí que incluso gente con la que fui a la escuela se había ido a Siria. Eso me impactó, pues era difícil encontrar diferencias entre ellos y yo. Habíamos tenido una crianza muy similar, visto las mismas películas, escuchado la misma música y hasta compartimos los mismos trabajos de verano. Creo que esto fue una de las razones por las que quise escribir esta historia. Me sentía muy identificada como parte de una generación muy definida. Pero, en la realidad, las personas con las que me sentía vinculada tomaron decisiones que yo jamás hubiera realizado. Al parecer, yo me sentía identificada con ellos, pero ellos no se identificaban conmigo. Iban a la deriva en una dirección que yo no conocía. Tenía que encontrar el porqué.

Si pudieras hablar con Majid, ¿qué le dirías?


Creo que simplemente le pediría que me mostrara su pueblo, la casa en la que creció, las calles que tomaría para ir a la escuela y ver qué tipo de conversación surgiría entre nosotros.

¿Y qué te puede enseñar alguien como Majid a ti?


Cuando comencé la novela, sinceramente creía que a través de la escritura yo llegaría a entender las decisiones de los chicos y las chicas, de los hombres y las mujeres que dejaron Europa para irse al Estado Islámico. Al final del día, siento poca compasión por su elección, pero lo que sí siento es un mejor entendimiento de las circunstancias en las que fueron tomadas esas decisiones. Creo que Majid me hizo muy consciente de que carezco de las experiencias cruciales que son necesarias para realmente entender una decisión como esa: la marginación social, por ejemplo, o el racismo, la desolación socio-económica. Creo que muchos jóvenes emigraron al Estado Islámico porque se les prometió una vida mejor y no porque quisieran convertirse en terroristas. Lo que les llevó a ello son estructuras sociales que nosotros deberíamos atender con la misma prioridad que a la gente que ahora vuelve del Estado Islámico.

En la novela, juegas con una estructura paralela entre dos líneas narrativas que transcurren en dos tiempos diferentes. ¿Qué beneficios crees que aporta esta elección a tu historia?


Me dio la oportunidad de construir a Majid sin juzgarlo de inmediato, con la esperanza de que el lector haga lo mismo.

Una parte de la novela está ambientada en Alepo (Siria) y la otra es un recorrido por Europa: Roubaix, Frankfurt, Bruselas… ¿Qué importancia tienen los lugares en la novela?


Todos estos lugares los encontré durante mi investigación. Para las locaciones en Siria traté de mantenerme lo más cercana a lo real. Obviamente, no podía ir allá para estudiarlas, así que usé lugares y acontecimientos reales, de forma que siempre pudiera comprobar que las condiciones climáticas, por ejemplo, fueran las correctas. Roubaix y Frankfurt pudieron haber sido cualquier ciudad europea, pero desde el principio supe que quería usar Bruselas. Después de todo, fue ahí donde toda esta historia comenzó para mí; además, pasé algo de tiempo ahí durante el proceso de escritura.

En España hemos sufrido el terrorismo durante décadas, siendo especialmente duro el atentado ocurrido en Madrid en 2004, con casi doscientas víctimas. ¿Qué efecto te gustaría que produjera este libro en España?


En el contexto de una violencia tan brutal, creo que no hay nada que la literatura pueda hacer. Con La arena del desierto he tratado de contribuir a una conversación que solo puedes tener si tomas un poco de distancia con la realidad. Esa es una de las razones por las que creo que, a veces, necesitamos de la ficción para dar significado a una realidad que parece no tener sentido. Porque la ficción puede dar lugar al matiz, al menos después de una primer acercamiento. En La arena del desierto traté de mirar más allá de la decisión inimaginable de abandonar el hogar y unirse al Estado Islámico, traté de crear un espacio en el que cupiera una decisión así. No de escapar a la realidad, pero de acercarse más a ella.

¿Por qué escribes?


Crecí bastante aislada, como hija única. Nos mudamos desde Alemania a un pueblecito en el sur de los Países Bajos donde nunca logramos encajar del todo. Cuando yo era pequeña, mi madre tenía muchas migrañas y en esos días no podía tolerar la luz o el ruido. Siempre tuve que mantener el silencio. Leer y escribir era algo que, sin duda, yo podía hacer de esa forma. Sin más niños con quienes jugar, aprendí acerca de las normas de interacción y comportamiento en los libros. A través de la escritura aprendí a expresarme, a comunicarme, a participar en un diálogo, a retar mis ideas.

El proceso de escritura puede ser muy solitario, lo tienes que hacer tú sola, pero al mismo tiempo me siento muy vinculada e inmersa en el mundo. Creo que todo tiene mucho que ver con las circunstancias en las que empecé a escribir cuando era más joven.

¿Te resulta fácil escribir? ¿Cuál es tu relación con el lenguaje?


A veces siento que es la única forma de contar una historia en particular. Que hay un juego de palabras, un orden específico para ellas, que es un puzle increíblemente complejo y que tengo que continuar hasta tener todas las piezas en lugar correcto. En algunos días, cada cinco minutos doy con la palabra correcta, veo el puzle en mi mente y solo tengo que plasmarlo en el papel. En otros días me siento como una niña de dos años con un vocabulario muy limitado y ni idea de cómo usarlo.

Truman Capote decía que cuando comenzó a escribir comprendió que se había encadenado a un noble pero implacable amo. ¿Cuándo supiste que querías encadenarte a este “amo”?


Después de mi máster trabajé como editora en una revista literaria durante un buen tiempo. Me encantaba ese trabajo y aprendí mucho. Era tímida, al principio, porque me sabía mal intervenir un texto en el que alguien había trabajado tan duro. Pero conforme pasó el tiempo y cobré más experiencia, no pude parar de intervenir en ellos. Me enfurecía ante los textos, constantemente tuve que pararme las ganas de reescribir historias completas. Entonces me di cuenta: no soy una editora. Un editor trabaja con empatía y compasión, busca fortalecer la voz narrativa en la que cree y construye en el texto que ya está ahí. Yo era más como una bola de demolición. Cada historia en la que trabajé quería diseccionarla y construirla de nuevo, quería hacerla mía. Así que decidí renunciar a la edición y concentrarme en la escritura.

Me gustaría preguntarte acerca de tu rutina de trabajo, ¿escribes todos los días? ¿Cómo sueles encarar tus proyectos?


Para mí solo existen el 0% y el 100%. No hay nada en el medio. Eso significa que puedo ser muy disciplinada o muy floja. Mis padres no eran muy religiosos, pero tenían una fe ciega en el trabajo duro y la constancia. Ser flojo, o relajado, en todo caso, me hace sentir muy incómoda, así que, por mi propia salud mental, procuro llevarlo todo en el modo disciplinado. Escribo todos los días. De preferencia durante las dos primeras y las dos últimas horas del día. En el medio, me encargo de mis correos electrónicos, de mi otro trabajo y mi lectura. Encuentro confort en la repetición. Mi mejor escritura viene de hacer lo mismo, cada día, durante un largo período de tiempo. No soy muy buena con las sorpresas, como te imaginarás.

¿Qué suele venir primero a tu cabeza, la trama o los personajes?


Los personajes, definitivamente. Pero lo primero que me viene a la mente son los entornos en los que la historia se desarrolla. Las locaciones me disparan. La novela en la que estoy trabajando, por ejemplo, se desarrolla en un valle rodeado de montañas. Visité el principado de Liechtenstein hace unos años y es exactamente así: un valle rodeado de montañas, casi como un cuenco. De inmediato, me fascinó el paisaje, la ausencia de un horizonte. No tenía idea de los personajes, ni la trama, pero sabía que quería usar ese escenario. Así que empecé a investigar sobre Liechtenstein, a ver a dónde me llevaba ello. Por suerte, Liechtenstein es muy rico en historia. Aún así, me llevó tres años encontrar y esculpir el juego de personajes idóneo para un lugar como ese.

¿Qué aspecto técnico de la escritura te resulta más complicado de trabajar y por qué?


Para mí, el proceso de escritura se divide en tres. Primero está el lienzo en blanco, un espacio en el que todo es posible y puedes escribir libremente siguiendo tu intuición y las imágenes que ves en tu mente. En segundo está la fase de toma de decisiones. Esta tiene mucho que ver con la trama, crear tensión narrativa, limitar posibilidades y crear contrastes interesantes. La última parte viene con los signos de puntuación. En holandés le llamamos “picar piedra”, hacer el lenguaje tan claro como sea posible, enfocándonos en el ritmo, asegurándonos de que cada palabra en tu historia tiene el derecho a existir.

La primera y la tercera parte son mis favoritas. Existe la libertad de escribir todo lo que te viene a la mente o, por otra parte, un enfoque sin piedad para asegurarme de que lo que está escrito ha sido moldeado en la mejor manera. La segunda parte es donde mi ansiedad viene a juego. Le tengo miedo a tomar decisiones porque cuando elijo una cosa, automáticamente desecho otra. Eso me puede asustar y en ocasiones hasta me he ha paralizado porque nunca sabes de antemano qué tan grandes pueden ser las consecuencias de tus decisiones. Sabes que cada vez que tomas una decisión has limitado las posibilidades de lo que la historia pudo llegar a ser. Tomar decisiones es algo inherente a la buena escritura, pero algunas veces me toma una temporada despedirme de aquello a lo que la historia podría llegar ser para quedarme con lo que yo quiero que sea.

¿Confías en lo que escribes mientras lo escribes?


Si no lo hago así, renuncio a la historia. La mayor parte del tiempo, después de un par de días me encuentro anhelando a los personajes y las locaciones que aparecen en las historias. No puedes extrañar algo en lo que no crees, así que tan pronto como tengo esa sensación, comienzo de nuevo.

La traducción de tu novela corrió a cargo de Irene de la Torre. ¿Cómo ha sido la relación entre ambas durante este proceso?


Irene es una de esas poquísimas personas con las que te sientes en paz al momento. Ella viene de Mallorca y durante nuestra primera colaboración ella tradujo un relato breve mío que se desarrollaba allá. Creo que conectamos al instante. Ella realmente entendió lo precario del tema en La arena del desierto e hizo todo lo posible por tratarlo con la delicadeza que merece. Nos escribimos muchísimo, ella hizo muchas preguntas, incluso en los detalles más mínimos. También tuvimos la suerte de viajar y participar juntas en eventos, así que nos conocimos bastante bien. Creo que su traducción refleja bien esa buena relación y entendimiento mutuo.

El mundo entero está inmerso en una pandemia. Teniendo en cuenta que La arena del desierto trata otro problema global (el terrorismo islamista), me gustaría saber cómo encaras tu futuro inmediato como escritora.


En lo personal, la pandemia no ha cambiado mucho el modo en que veo a los artistas y a los escritores. Creo que tenemos la obligación de estar presentes, de hacer preguntas, de responsabilizarnos por el lugar que ocupamos, de usar nuestras voces con cuidado. Al mismo tiempo, tenemos una obligación que atender. Dejar que nuestras historias sean una distracción de la realidad, brindar alegría y consuelo. Creo que este último año ha demostrado lo mucho que necesitamos ambas.

Tú y yo hemos tenido la suerte de participar en CELA, ¿qué ha supuesto para ti y en qué crees que te ha ayudado a mejorar como escritora?


Estoy muy agradecida de haber tenido la oportunidad de participar en CELA. Fue maravilloso llegar a conocer a un grupo tan diverso de gente de toda Europa. Tuve unas conversaciones bellísimas y pude hacerme una buena idea del escenario literario en diferentes países. Realmente amplió mis horizontes e hice muy buenos amigos en el camino.


Lotte Lentes nació en Alemania en 1990 y vive en Ámsterdam. Estudió Literatura Europea en Radbound, Nimega. Ha sido seleccionada para el programa Slow Writing Lob de la Dutch Foundation for Literature, la residencia parisina de la Flemish-Duth House de Buren en Bruselas y el programa europeo de intercambio y formación CELA (Connecting Emerging Literary Artists). La arena del desierto es su primera novela. Foto: Gaby Jongenelen, para De Nieuwe Oost Wintertuin.

 

Roberto Osa, alumno de la Cuarta Promoción del Máster y nació en Madrid. Morderás el polvo es su primera novela, con la que ganó el XXXVI Premio de Novela Felipe Trigo y quedó finalista del Premio Nadal 2017. Trabaja desde hace más de diez años como guionista y realizador de televisión, compaginando su labor audiovisual con colaboraciones escritas en varios medios digitales. Recientemente ha sido seleccionado para el Proyecto CELA (Connecting Emerging Literary Artists), un proyecto de la Unión Europea —liderado por la institución holandesa Wintertuin y en el que participa Escuela de Escritores— para dar a conocer a escritores emergentes.


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