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Entrevista a Alejandro Pérez-Paredes
«Eso es lo que intento: funcionar como un sismógrafo.» Alejandro Pérez-Paredes Entrevistas
Por Humberto Franco Publicado en Entrevistas en 19 octubre, 2021 0 Comentarios 9 min lectura
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Entrevista a Alejandro Pérez-Paredes

 

Tras el rotundo éxito de su poemario, Qué hubiese sido de mí sin los velociraptors (Letraversal, 2021), el nombre de Alejandro Pérez-Paredes apareció en la lista que La Rompedora reserva para las víctimas de sus entrevistas.

Y es que no era para menos: desde que nos dimos el capricho de leer este libro de poemas, fuera de serie, imposible quedarnos con las ganas de conocer mejor a este talentoso escritor, poeta y académico investigador.

Hoy, finalmente, damos a conocer esta charla que mantuvimos con Alejandro, hombre cultísimo y conversador genial que también se distingue por su don de gentes. Un amigo que ya conocíamos desde su paso por el Máster de Narrativa en Escuela de Escritores y que hoy queremos presentarles con gran orgullo.

Actualmente, Alejandro compagina su escritura con su trabajo como investigador y docente. Ha impartido clases en centros como Sorbonne Université (CELSA), Université de Lille, Université Paris-Saclay. A nivel académico, sus intereses se centran en la crítica de la cultura de masas. Ahora mismo reside en París, donde cursa estudios de postgrado en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), a la vez que se ocupa de su tesis doctoral. También ha publicado el poemario Dios tenía la misma consistencia que el pato Donald (Esto no es Berlín, 2018).

Y ahora, sin más, les dejamos con Alejandro Pérez-Paredes y todo lo que amablemente compartió con La Rompedora:

Antes de hablar sobre tu libro, nos gustaría conocerte mejor. Alejandro Pérez-Paredes, ¿por qué escribir poesía?


A mí, personalmente, me permite destilar toda una tormenta de signos que casi siempre llevo girando en la mirada. A los pocos años de nacer, el cerebro de los niños emprende un proceso conocido como poda neuronal. Se eliminan conexiones sinápticas entre neuronas para conseguir que las transmisiones sean más eficaces: todo no puede estar conectado con todo. Para mí, escribir poesía es una poda sináptica. A nivel artístico, la escritura poética, tal como la entiendo, tiene que ver con una exploración estética de ciertos gestos del alma en tanto que síntomas del espíritu del tiempo. Creo que la gracia de un artista, entre otras cosas, es que sea capaz de prefigurar mediante la forma estética los sistemas cognitivos que están por venir a causa de las transformaciones tecno-económicas que se dan en una sociedad. Sé que suena un poco rebuscado, pero eso es lo que intento: funcionar como un sismógrafo.

Qué hubiese sido de mí sin los velociraptors no es tu primer poemario. ¿Existen temas recurrentes en tu poesía, vasos comunicantes con Dios tenía la misma consistencia del pato Donald? Y teníamos que preguntártelo: ¿cómo encuentras tus títulos?


Desde mi punto de vista, los dos libros se han de leer seguidos: se repiten imágenes, estructuras, significantes, motivos que están intencionalmente sistematizados en una dirección determinada. A mí lo que me interesa es de qué manera está sobredeterminado el sujeto por sus condiciones psíquicas, técnicas, económicas, sociales. Bergson dice que el automatismo siempre acecha, que nuestra libertad crea los hábitos que la ahogarán si no se renueva por un esfuerzo constante. Hegel dice que la independencia consiste en saber qué es lo que nos determina. Supongo que estos libros son un esfuerzo por dar forma a la cuadrícula que nos envuelve, por trazar unas coordenadas. Respecto a los títulos, cuando era adolescente me dediqué a leer en profundidad la antología de poesía surrealista de Ángel Pariente. La tradición surrealista, estrechamente vinculada al psicoanálisis, está en la base de mi producción textual desde el principio.

¿Cómo describirías tu obra? Nos ha parecido que la estructura tiene un papel muy importante?


Una persona inteligente me dijo que tal como está todo conectado en esta época, así mismo sucede en mis libros. Como he dicho antes, mi intención es replicar a nivel estético las condiciones tecno-cognitivas que están dándose, que están por venir.

¿Algún hijo mimado entre estos poemas?


Admiro mucho a Alejandra Pizarnik, siempre está presente de alguna forma en lo que escribo. Me gusta especialmente un poema en el que juego a imitarla, el que se llama Petit objet a. Por lo demás, no podría tomar ninguna pieza por sí sola.

¿Cómo fue la experiencia del Máster de Narrativa en Escuela de Escritores para un autor que destaca por su poesía? Tu caso, junto con el de Daniel Montoya y Lucía Emmanuel no dejará de llamarnos la atención. Ahora tenemos un Máster de Poesía en la escuela.


Desde luego, la experiencia fue enriquecedora. Uno ha de acostumbrarse a leer sus cosas en voz alta, a desacralizar el texto. Una pieza estética no solo es un fragmento psíquico, también es una pura forma secular, y eso es lo que diferencia a la literatura de la religión. Recuerdo con especial cariño a Javier Sagarna, a Mariana Torres, a Luis Luna, a Nacho Ferrando, a Elena Belmonte, a Ángel Zapata. Gracias a Zapata pude introducirme en Lacan. Además de Jesús Gonzalez Requena, nunca he encontrado en España a un mejor exégeta del texto. En cuanto a la escritura, mi relación con ella es polivalente: escribo por escribir, escribo sueños, escribo diarios, escribo cartas que nunca han sido enviadas, escribo para saber qué ha pasado, escribo cosas que escucho a la gente decir por la calle, escribo para dar clase, escribo para hablar, escribo para investigar, escribo emails. Y también escribo ficción, claro, nunca he dejado de hacerlo. Otra persona inteligente me mostró hace poco, también, la importancia de dibujar lo que imaginas de los conceptos, de forma que no hace mucho estuve intentando dibujar una idea de Deleuze. En todo caso, si me he dirigido hacia la poesía ha sido porque lo que necesitaba contar en este momento podía ser mejor contado en ese espacio más periférico del sistema literario que llamamos poesía, donde la excentricidad fomal –o sea, la voluntad de vanguardia– es más tolerada por los actores del campo.

Hace cuarenta años desenterraron los huesos de un velociraptor que luchaban por su supervivencia. La lucha, se nos dice, continúa a día de hoy: ¿cómo la lleva Alejandro Pérez-Paredes?, ¿algún proyecto en camino del que nos puedas adelantar algo?


Sigo con mi investigación, donde trato el tema de la producción socio-económica de la subjetividad del sujeto precario en el ámbito de la música de masas. Esto me lleva mucho tiempo. Ahora me toca reemprender la escritura en octubre. También traigo un tercer libro de poemas, titulado Demostración del fantasma según el orden geométrico, que espero cierre esta etapa de poesía en una especie triología de la sobredeterminación. Y tengo en camino una novela, sobre la que no quiero revelar nada aún.

Después del encierro, vuelve la Feria del Libro. ¿Te veremos por el Retiro este año, vuelves a París?


Más que a París, creo que volveré a la Bibliothèque Nationale de France. Este año me espera mucho trabajo. Me he tomado mucho tiempo libre, por motivos personales, durante la pandemia.

Si no fueras escritor, ¿qué te hubiera gustado ser?


Me gusta lo que hago. Me encanta dar clase porque tiene una dimensión performativa divertida, y disfruto mucho en ese intercambio con el otro. Necesito hablar mucho, sacar cosas. Sobre todo me gustan los oficios reales, aquellos que no tienen que ver con la hoja de cálculo omnipresente en la que está sumido el mundo. También disfruto cocinado, y dando de comer a los demás: me hace feliz. Siempre tengo perejil, albahaca, cilantro, etc., en el frigorífico. Quizás podría haber sido cocinero. Aunque creo que, sobre todo, me hubiese gustado ser psicoanalista. Pasó una cosa divertida el otro día. Estaba con mis amigas –queridísimas: Sara Barquinero, Elizabeth Duval–, tomando un Aquarius en una terraza, y ellas me decían que tenía que dejar de leer tanto psicoanálisis porque me ponía todo el tiempo en una posición metadiscursiva respecto de mí mismo que al final resultaba asfixiante. Y eso que aparece el filósofo argentino Jorge Alemán de la nada diciendo: «¡a mí el psicoanálisis me salvó la vida!», y nos reímos muchísimo: fue un momento bonito. A veces la realidad nos trae bombones, tenemos que recogerlos.

¡Muchísimas gracias, Alejandro, y enhorabuena!


Gracias a vosotros. Espero que podamos tomarnos pronto un Aquarius juntos.

 


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