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Entrevista a Rodrigo Fresán
«La literatura es para mí como el ataúd al que se abraza Ishmael al final de Moby Dick.» Rodrigo Fresán Entrevistas
Por Humberto Franco Publicado en Entrevistas en 29 marzo, 2022 0 Comentarios 13 min lectura
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Entrevista a Rodrigo Fresán

 

Ignacio Ferrando, Rodrigo Fresán y Humberto Franco

Rodrigo Fresán, el escritor de escritores, el hombre que ha tenido una vida como pocos.

Nacido en el Buenos Aires de los años sesenta, Rodrigo se crió en una familia de intelectuales, en una casa donde nunca faltaron los libros. Quiso ser escritor desde antes de aprender a leer y escribir. A los 14, durante la etapa que vivió con su padre en Venezuela, fue expulsado del colegio al que asistía y, ocultándolo en casa, se dedicó durante los próximos dos años a leer en una biblioteca, hasta que fue descubierto. Pero antes de eso también pasó por otra experiencia, cuando fue secuestrado a los 10 años por «la triple A», un grupo paramilitar de extrema derecha.

De la noche a la mañana pasó de ser «nadie», como él mismo nos lo ha contado, a tener el récord de ventas en su país natal con su primer libro, Historia de Argentina (Anagrama, 2009). A partir de entonces, su carrera ha sido un ascenso vertiginoso al reconocimiento de la crítica y los lectores, consagrándose como un escritor celebrado por sus pares. Su novela más reciente, Melvill (Literatura Random House, 2022), basada en la vida de Herman Melville y su padre Allan Melvill (sin la última «e») ha sido aclamada como una obra singular por su estilo, de narración exquisita.

En el marco del Ciclo de Conferencias del Máster de Narrativa, Rodrigo Fresán visitó Escuela de Escritores para reunirse con los alumnos de este programa de estudios. La Rompedora, siempre al acecho, aprovechó la ocasión para charlar con este reconocido autor.

He aquí lo que Rodrigo Fresán, con una elocuencia y un humor negro, inteligente, nos ha compartido con absoluta naturalidad sobre su experiencia de vida y la escritura de Melvill:

De lo primero que nos llamó la atención cuando leímos Melvill fue la elección de los personajes que usas como narradores, Herman Melville y su padre, Allan Melvill (sin la “e”). Comparando este libro con otras novelas tuyas, vemos que el tema de la paternidad, del padre visto a través del hijo y viceversa, es muy importante para ti.


Así es, la paternidad, y también la infancia, un tema que se ha intensificado desde hace unos años, cuando nació mi hijo. Pero otro tema que también exploro en mis libros, quizá el más transgresor, es el de leer y escribir. No leer y escribir en una pantalla de teléfono, sino con el aliento con el que se hacía en el siglo XIX y hasta finales del XX. Siempre trato esto en mis libros; pueden ser de géneros distintos, de tramas distintas, pero siempre acabo atrayéndolos a este tema. Jardines de Kensington, Historia de Argentina, un libro basado en una historia de ciencia ficción, el otro sobre las complicaciones de ser argentino, pero los dos, igual que Melvill, cerrando con el tema de la vocación literaria.

Por otra parte, hay algunos pasajes basados en la biografía de Herman Melville, como cuando su padre cruzó el río Hudson cuando estaba congelado, huyendo de sus acreedores. La imagen me pareció genial. Eché en falta que Allan no hubiera llevado al pequeño Herman en este viaje, imagina lo que hubiera sido eso para el chico.

¿Hace mucho que fichaste a los Melville para contar esta historia?


Es una idea que yo tenía en una carpeta. En casa tengo nueve libretas con nueve posibles libros; es como tener dinero en el banco, aunque realmente nunca los uso porque se me ocurren otras ideas que acabo usando. Melvill sí que nació de una de esas carpetas guardadas. Cuando leí una biografía de Herman y visualicé sus pasajes, tomé nota. De hecho, en uno de mis libros anteriores, La parte recordada, que habla sobre un escritor frustrado, se menciona esta historia como uno de sus proyectos nunca escritos. Quizá buscaba patentar la idea, antes de que alguien más me la ganara. En otra carpeta, por ejemplo, tenía anotada una historia post-apocalíptica que me atraía mucho, pero luego cayó esta pandemia y no me pareció el mejor momento para continuar con esa trama.

¿Cómo encontraste la voz de Melville?


La única voz de Melville que tenemos es la de sus libros, la de su estilo. A mí me interesaba que el libro tuviera un poco el aliento elegíaco, crepuscular, epifánico, como una especie de letanía. En Moby Dick el lenguaje empieza siendo muy sencillo, muy claro, hasta que se va complicando y acaba en un centrifugado de Shakespeare con La Biblia y algunas pizcas de El paraíso perdido de Milton. Y esta voz fue la que me interesó para el personaje, si bien hay testimonios de que él no era ningún dandy, sino un hombre con modales casi bestiales a la hora de comer.

En cuanto al estilo narrativo, nos llama la atención todos los recursos de los que te vales, como las notas al pie, el “capítulo” de agradecimientos.


Sí, las notas de agradecimiento están en todos mis libros. A mucha gente le irritan, pero tampoco tiene por qué leerlas. A otros les resulta útil. Para mí, su función principal es la de dar las gracias. Me gusta mucho pagar mis deudas, señalar a los escritores a quienes admiro. También es una forma de consagrar el momento en el que he escrito un libro, que tampoco tiene que ser del todo cierta. Hay un amigo mío que dice que mi último libro será una recopilación de todas esas notas de agradecimiento.

Sobre las notas al pie, te diré que me gustó utilizarlas como contrapunto. Para hacer una referencia al vocabulario marítimo, digamos que son como la quilla del barco, lo que previene que todo lo que está encima no se venga abajo.

La trama del libro la voy descubriendo conforme escribo un libro, mientras que el lenguaje, la forma en que voy a contar la historia, sí que me importa más, la tengo lista desde el principio. En este (Melvill), me interesaba que se siguiera un poco el devenir del propio estilo de Melville, que tuviera esa especia de fantasmagoría europea en el medio y luego invitar a todas mis taras y costumbres. También me permití tener licencias cronológicas, como cuando señalo canciones de los Beatles, de Battiato o Dylan. Soy un gran defensor del escritor que escribe jugando, no sufriendo. En Argentina lo que prima es esa diversión, el pasárselo bien cuando uno escribe: Cortázar, Borges, Bioy Casares…

Entonces, ¿podríamos decir que, puestos en una balanza, tú te decantarías más por el estilo que por la trama?


Obviamente me interesa que haya estilo y no simple narración, en plan “giró sobre sus talones, abrió la puerta y salió”, ese tipo de libros no me interesan. Me suenan más a acotación de guión cinematográfico. Me interesa el estilo, la idea de que es el resultante de una cantidad de fracasos que poco a poco se van decantando en pequeños éxitos y acaban conformando tu voz. Hay una anécdota con un amigo mío, el mejor estilista en inglés hoy en día, el escritor irlandés John Banville: le pregunté qué era más importante, si la trama o el estilo, y él me dijo algo que se ha citado mucho a partir de entonces: “El estilo avanza dando zancadas triunfales, mientras la trama va atrás, arrastrando sus piececitos”. Le dije que me parecía muy bien, pero que el estilo, sabiéndose tan todopoderoso, también podría mirar por encima del hombro, retroceder y tomar a la trama en brazos para llevarla. “Tienes razón”, me dijo. Pero, en definitiva, el estilo es el que lleva a la trama.

¿Cómo te llegó esta pulsión por contar historias?


Yo siempre supe que quería ser escritor, incluso antes de leer y escribir, nunca hubo un plan B. Lamentable, en realidad, porque me hubiera encantado ser un odontólogo y aprovechar mis ratos libres para escribir y tener una vida mucho más tranquila y segura. Supongo que el entorno familiar también ayudó. Mis padres tuvieron un matrimonio muy disfuncional pero también fueron una pareja intelectual de los años sesenta en Buenos Aires y en mi casa siempre hubo escritores. Mi padre, que fue diseñador gráfico, hizo un libro con Borges y otro con Cortázar, yo los conocí, los vi en casa. Y mi madre, después de divorciarse de mi padre, estuvo casada por muchos años con Paco Porrúa, el editor de Cien años de soledad y Rayuela, fundador de la colección Minotauro, traductor de El señor de los anillos, así que yo tuve todos esos libros gratis. Nunca me gustó el futbol. Así que todo estuvo bastante claro desde el principio. No es que haya leído un libro que me haya detonado la vocación, no, esa venía desde antes, aunque no deja de ser un misterio. Quizá haya sido porque cuando nací fui declarado muerto y, al volver, tenía que contarla.

¿Ni un solo plan B? ¿Algún capricho, por no dejarlo?


Me hubiera gustado tener una librería, pero creo que mi idea sobre ello es bastante romántica e irreal, no creo que tenga nada que ver con lo que conlleva llevar un negocio así.

Y, de chico, ¿sabes de qué tenía muchas ganas? Me hubiera encantado ser como el anfitrión de La Dimensión Desconocida, Rod Serling, que presentaba la historia y aparecía también al final. Lo miraba y decía ¡qué genial!, de saco y corbata, fumando… y eso que yo nunca fumé. Su elegancia, ser el maestro de ceremonias, el anfitrión a una buena historia, eso sí que me hubiera gustado. Encima, las historias que se contaban en el programa –que recomiendo ver como ejercicio narrativo- son del género fantástico, que siempre me ha gustado, con ese tono de extrañamiento. Pero, ya ves, Rod Serling, que también escribía los guiones, era un escritor, así que volvemos a lo mismo: escribir como el plan único.

¿Te confiesas más un lector que escribe o un escritor que lee?


Desde luego, un lector que escribe. Deja que me explique un poco más: para mí, el caso contrario, el del escritor que lee, fue una figura útil en su momento, pero que hoy ha caído en ese opinador profesional que busca salir en medios. En su época, Thomas Mann o Charles Dickens, por ejemplo, proponían y provocaban cambios sociales o denuncias importantes a partir de sus ficciones, lo cual era genial. Pero el escritor de hoy, tertuliano, de salir en la tele y hablar, no me interesa mucho. En mi caso, cuando escribo sobre temas periodísticos, uso un personaje que me he inventado y que todo lo cuenta en tercera persona, en un tono más narrativo.

El lector que escribe es otra persona, alguien que tiene una visión no taxativa, dogmática, sino un observador de la realidad que luego la transforma para contarla, que es lo que hago yo.

Cuéntanos un poco sobre esos dos años de hacer novillos para irte a leer a una biblioteca. ¿Cómo fue que te descubrieron?


Verás, mi vida académica es un poco extraña puesto que en mi infancia tuvimos que irnos de Argentina donde, por cierto, según la ley estoy tipificado como un “semi-analfabeta”, es decir, alguien que sabe leer y escribir pero que no tiene cumplida la educación primaria.

Un día, cuando mi padre me dejó en el colegio, decidí que me apetecía más irme a leer a una biblioteca. Y al día siguiente hice lo mismo. Yo era el primer alucinado con la irresponsabilidad de mis padres. Dos años después, mientras mi padre estaba haciendo algún trámite, necesitó mi número de documento oficial, así que llamó a la escuela para preguntármelo. Imagina la cara que puso cuando el director le dijo que yo llevaba todo ese tiempo sin asistir a ese colegio. Cuando yo volví a casa y, como siempre, mi padre me preguntó qué tal las clases, le dije que todo fantástico. Y luego la imagen se funde en negro. Dejémoslo ahí. (Ríe). Se canceló la serie después de ese episodio.

Ya en serio, creo que fue una de las mejores decisiones que he tomado. Mi educación literaria y mi lectura profundísima de los clásicos (digo profundísima porque en esos momentos yo leía para escapar a mi realidad, para irme a otros mundos) nunca ha vuelto a tener una época como aquella. La literatura era para mí como el ataúd al que se abraza Ishmael al final de Moby Dick.


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