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The Mirror Piece
«Nadie te mira acá. En mis primeras semanas tomando el metro pensé que ese acuerdo implícito le repartía la libertad a cada quien.» Relato
Por Mariana Covarrubias Publicado en Relatos en 8 diciembre, 2020 0 Comentarios 9 min lectura
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The Mirror Piece

 

Continúa la colaboración conjunta entre La Rompedora y su revista hermana, Temporales, de la Universidad de Nueva York. Desde la otra orilla del Atlántico llega hasta nosotros Mariana Covarrubias, alumna del Creative Writing Program in Spanish (MFA), para compartir este relato.

Salí de una exposición en la 78 y camino al metro me encontré un espejo recargado en una pirámide de bolsas de basura y otros desechos. Sentí con un sobresalto la certeza de «lo quiero». Esta vez frené mis pasos, reconocí, mientras miraba un tramo de mis piernas reflejado, que tantas otras veces no lo había hecho. Estaba en mis planes comprar uno exactamente como ese: dorado y ovalado. Lo había visto hacía una semana y no me lo había llevado porque iba cargada.
Estaba segura de que no me atrevería a tomarlo, pero también de que tenía que hacerlo. Miraba el espejo, no te miento, como si mirara un aspecto muy importante de mi vida que tenía que ser sanado o resuelto. Prendí un cigarro, como excusa, para obligarme a pensar en ello pues comenzaba a sentirme observada contemplando ese montón de basura. Tanta gente toma cosas de la calle, incluso yo he tomado libros u otras cosas que no creía tan importantes.
La diferencia era que el trayecto sería más largo y concurrido, y el objeto más grande. No pensaba en el cansancio físico, sino en lo abrumador que sería soportar tantas miradas. «Podría ser como un performance», fingí animarme con la idea. «¿No decías que algún día te gustaría intentarlo?». Sí, pero no ahora. «¿Entonces, cuándo?» Ahora era cuando, lo admití, había por fin logrado desviar mi vida para venir a probar estas cosas.
Nadie te mira acá. En mis primeras semanas tomando el metro pensé que ese acuerdo implícito le repartía la libertad a cada quien. Pero estaba segura de que con el espejo se mirarían y luego me mirarían. O, lo verían, me mirarían, luego se mirarían. O, si por suerte alcanzara asiento, y el espejo en vertical escondiera algo de mi rostro: se mirarían un segundo para fijarse después en el conjunto de mujer y espejo. Pensé que podría voltearlo, pero tal vez prefería que tomaran intermedios para mirarse en el reflejo en lugar de solo ver el conjunto mujer-objeto ovalado, intuir un espejo y elucubrar sobre el origen y destino de su trayecto. Temía que mi esfuerzo fuera juzgado de ridículo: tanto trabajo por un espejo de la calle.
Estaba segura de que me mirarían, se verían en mí, romperían el contrato. Un mérito no despreciable lograría ese acto de llevar un espejo en el metro. No me motivó esa recompensa: esto del espejo es tan básico, seguramente ya se habrían hecho representaciones más relevantes que esta que apenas se me ocurría. Era mucho más honesto pensar, sin pretensiones, en el significado que el acto tenía solo para mí: uno inmenso. Llevar ese espejo a mi casa era actuar mi voluntad, y estar inmovilizada por la imposibilidad de la acción evidenciaba algo que ya sabía pero me lo dije por primera vez así: «for me, there is no harder part to play than that of performing myself»[i].
Lo levanté. El movimiento fue más lento de lo que esperaba pues era mucho más pesado de lo que había previsto. Lo devolví esos veinte centímetros hacia el suelo. A una cuadra de Central Park, mi casa quedaba a por lo menos a cuarenta y cinco minutos si andaba rápido y cambiaba a tres trenes. Un espejo caro, concluí por su peso, y para confirmarlo abrí mi vista al contexto: edificios de departamentos en piedra crema o gris con ventanas que dejan ver estudios con paredes tapizadas de libros. Miraba la arquitectura de la calle vaciada por una reciente lluvia cuando noté ya cerca a una señora que venía desde la dirección del parque.
Como las señoras que mejor plática hacen en la calle, sin ser robusta, estaba bien constituida. Me dijo con la naturalidad que evidenciaba su costumbre de hablar con desconocidas: «that’s a nice mirror»[ii]. Le contesté que sí, en mi mal inglés, aunque sospeché que, como yo, era latina. Apareció otra señora más, por la misma dirección, como brotada de la misma fuente. Se puso al lado de la otra y después de mirarnos viendo el espejo dijo con el mismo tono: «that’s a nice mirror». «I know»[iii], dije extendiendo las palabras no sé con qué objetivo. «I think I’m gonna take it»[iv], agregué desconfiando un poco de estas mujeres mayores, de las que siempre parecen más seguras que yo. Me surgió la idea de que podrían querer llevárselo. «It’s heavy, though»[v], agregué para evitarlo y lo levanté exagerando mi esfuerzo. Demostré así que ese artículo de la calle era mío, pues ya lo había cargado antes, y aproveché para tomarlo y hacer mi posesión inobjetable.
Sin querer, había logrado cruzar la incomodidad de tomar un espejo de la calle. Hasta había dado, involuntariamente, un paso. Les dije que me iría en metro y me animaron. Que sí, aunque fuera lejos debería llevarlo, me dijeron con sus gestos de digna validación y algunas pocas palabras.
Lo volví a levantar. De verdad lo sentí pesado, pero me concentré en poner una sonrisa con la que quería agradecerles y despedirme. La primera mujer fue la última en separarse. Me miraba con atención descarada, supervisando que en efecto me lo llevara y cómo lo haría. Me puso incómoda. Para disfrazar mi molestia fingí que la incomodidad venía de cargar el espejo. Tras ilustrar el falso motivo torcí una sonrisa que esperaba sirviera de despedida. Soltó entonces las órdenes que estaba conteniendo: que tenía que tomar un papel y cargarlo por atrás. Lo giró y dio sin tientas con el alambre para sujetarlo que jaló para demostrar su firmeza.
Le dije que sí, no lo hice y caminé dos pasos. «Por atrás», insistió en su indicación. Por evitar confrontaciones, a menudo pago el precio de hacer lo que alguien más quiere. No me parecía buena idea. Quería probar otras formas para cargarlo, para lo que necesitaba que esta señora se fuera. Le dije que en mi bolsa tenía un papel, que lo sacaría. Levanté la bolsa y me asomé, actuando ver ese papel que no existía. Subí la cabeza y me encontré con el rostro de la señora insatisfecha: no se iba a ir hasta que me viera cargando el espejo como ella quería. Me volví a asomar. Esta vez que no fingí, encontré al instante una bolsa de tela: perfecta para los planes de la señora. Yo todavía no sabía lo que quería, todas las fuerzas de mi deseo se concentraban en que esa señora desapareciera. Envolví el alambre y levanté el espejo. Estaba fingiendo una sonrisa complaciente cuando me di cuenta de que cargado así se sentía más ligero. Se estiró mi sonrisa, ahora verdadera. Con ella me despedí de la mujer, y apresuré mis pasos para dejarla con su gesto de apenas conforme.
Iba contenta con el espejo en una mano, vigorizada por la idea de mi gran logro. En la esquina para cruzar la calle alcancé a ver la boca del metro y a pensar, ya verdaderamente animada, que era momento de comenzar el performance. Una camioneta negra se detuvo para cederme el paso. Estaba justo a mitad de la calle. Se venció el alambre. El espejo cayó boca abajo. Me agaché por él y al levantarme me encontré los faros de la camioneta como dos ojos de mirada violenta.
Como si algo dentro de mí se hubiera roto, apenas pude seguir avanzando para dejarlo en cuanto encontrara dónde. Veinte pasos después y diez antes del metro había otro montón de basura. Lo recargué nerviosa y me fui al instante recordando a la señora. Ni el espejo se rompió, ni lo llevé a mi casa: este, mi primer acto, solo duró una cuadra.

[i] «Para mí no hay papel más difícil de actuar que el de mí misma.»
[ii] «Bonito espejo.»
[iii] «Lo sé.»
[iv] «Creo que me lo voy a llevar.»
[v] «Aunque es pesado.»


Mariana Covarrubias es alumna del Crative Writing Program (MFA) de la Universidad de Nueva York. Nació en México, estudió arquitectura y se especializó en regeneración urbana. Trabajó como planeadora urbana dentro de consultoras y el gobierno local de su ciudad. Cuando dejó el sector público por un trabajo independiente se involucró en organizaciones de activismo feminista y por la justicia social urbana. Su trabajo se ubica en las intersecciones de sus intereses: entre medios gráficos y escritos, y entre la narrativa y la poesía.


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